MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR PARA HABLAR BIEN CON DIOS

 

ENTRETENIMIENTO VIII

Y octavo medio para hablar bien con Dios

 

La presencia de Jesucristo

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El Siervo. ¡Dichoso el hombre que anda en la presencia de su Dios! Él estará fuera del término de todos los males, y en posesión de todos los bienes, porque posee el soberano bien. Pero, Señor, ¿habrá medio de teneros siempre presente, mientras se vive en este cuerpo mortal? Obrando el alma en tal estado, con dependencia de los sentidos, con dificultad se aplica a lo que no es sensible.

El Señor. Yo, hijo mío, os he dado un poderoso socorro en la persona de Jesucristo vuestro Salvador: su humanidad, unida a mi divinidad, es un objeto no solamente sensible, sino también infinitamente amable; y por esto excelentemente propio para fijar el entendimiento y corazón de todo hombre, que quisiere aficionarse a él.

El Siervo. Bendito seáis, Señor, por las maravillosas efusiones de vuestro amor. Vos no os habéis contentado, Padre de misericordias, de haber producido para bien mío una infinidad de criaturas, que son como otros tantos escalones para subir a Vos; habéis querido también darme vuestro propio Hijo, que igualándose a nosotros en todas las cosas, nos represente vuestras perfecciones del modo el más perfecto.

El Señor. Tenlo, pues, sin cesar delante de tus ojos: Él es mi imagen (ad Colos. 1.) viéndolo a Él, me veras a mí, me conocerás, me amaras. Por esta razón lo envié al mundo, para que por Él tú y los demás hombres os levantaseis hacia mí, y a la vista de sus perfecciones os inflamaseis en mi amor.

El Siervo. ¡Designio infinitamente caritativo, Dios mío! No hay cosa que no hiciera yo por cumplirlo. Pero, Señor, Jesucristo no está en todas partes; ¿cómo pues podré yo tenerlo presente siempre?

El Señor. Representándotelo cómo vivía en la tierra, y cómo ahora está en el Cielo. La vista de un objeto tan perfecto avivará de tal modo las potencias de tu alma, que quedaran del todo penetradas. Esto es lo que han sentido los Santos, y esto es lo que todos los días experimentan las almas unidas a este divino objeto.

El Siervo. Ya lo comprehendo sin dificultad, Señor; si una mera criatura, en quien se descubre alguna rara prenda, se hace luego señora del corazón, de tal manera, que con dificultad se desvía de ella el pensamiento, ¿qué será de un Dios hombre, que encierra en sí solo todas las perfecciones criadas e increadas, humanas y divinas?

El Señor. Haz, hijo mío, en ti mismo la experiencia; ponte con frecuencia delante de tus ojos a tu dulce Salvador; imagina que lo ves en los diferentes estados de su vida, ya oculto en el seno de la Virgen, o en el establo de Belén, o en el obrador de un oficial, o en el retiro de un desierto; ya conversando con los hombres, visitándolos, instruyéndolos, consolándolos, haciendo en favor de ellos milagros sin número, y abrazando por la salvación de ellos mismos duras fatigas; ya sufriendo persecuciones, ultrajes, tormentos inauditos; ya en fin revestido de gloria y de inmortalidad, elevado a lo más al alto de los Cielos, y adorado de los espíritus bienaventurados.

El Siervo. Ve aquí bien, alma mía, dónde puedes fijar tu mente y tu corazón. Desdichada de ti, si hicieres inútiles tan poderosos socorros.

El Señor. Aplícate principalmente a su vida oculta en la Eucaristía; Él se hace presente allí en todo tiempo y en todo lugar para facilitar la memoria de su presencia; aprovéchate de este nuevo socorro; a la vista de los santos Altares, o de los santos Templos, trae a tu entendimiento al Verbo hecho hombre, y habitando entre vosotros.

El Siervo. Muy justo es, oh Dios mío. Se pone la atención en las personas que se ven, especialmente cuando son de alguna graduación o merito distinguido, ¿y no pensaré yo en Jesucristo, que se ofrece a mí en todas partes bajo una forma, tanto más admirable, cuanto menos conviene con su grandeza?

El Señor. Esto sería corresponder mal al designio, por el cual tomó Él esta forma, y que es una nueva prueba de su ternura para con los hombres. Para que ellos no lo olvidasen en su ausencia, quiso quedarse bajo la apariencia de pan, y obligarlos así a que se acordasen siempre de Él. Él mismo declaró su intención, cuando al instituir este gran Sacramento, dando potestad a sus Ministros de renovarlo todos los días en la Iglesia; haced esto, les dijo, en memoria de mí. (Luc. 22.)

El Siervo. ¡Oh exceso de caridad y de condescendencia! ¡Oh si nosotros supiéramos el tesoro que poseemos, y los grandes bienes que de él podemos sacar! Tenemos en medio de nosotros, y delante de nosotros a Jesucristo, cuya bondad iguala a su poder, nosotros lo tenemos real y substancialmente presente; presente en su Persona, aquella que estuvo en la tierra, y que ahora está en el Cielo. Él es a quien visitamos, cuando visitamos el Sacramento de nuestros Altares; Él mismo es delante de quien nos postramos, y con quien hablamos en nuestros Templos; ¿qué gracias pues no nos hará allí? Se esperan grandes conveniencias de una audiencia, que se ha tenido con el Príncipe, cuando oyó favorablemente; ¿qué no debemos pues esperar nosotros de las que tenemos todos los días de nuestro divino Salvador, en las cuales nos recibe con tanta bondad, nos escucha con tanta paciencia, nos testifica de tantas maneras su ternura para con nosotros? Él mismo dice, que un amigo no podrá resistir a las instancias de su amigo; ¿cómo este amigo, celoso de nuestras almas, que sacrificó por ellas su propia vida, no se rendirá a los incesantes ruegos, que nosotros le hiciéremos en su propia casa? ¿Cómo nos rechazara, cuando postrados a sus pies, ante el trono de su amor, le instemos, le importunemos, le presentemos sus llagas y sus méritos, le reconvengamos con su palabra, y le manifestemos la determinación, en que estamos, de no apartarnos de allí hasta que nos oiga?

Él curaba en otro tiempo las enfermedades, y hacia bien a todo el mundo en los lugares mismos por donde no hacía, sino pasar. (Act. 10.) ¿Dará ahora menos señales de poder y bondad en aquella parte, donde Él ha fijado su morada, en donde Él ha colocado su trono, y en donde Él se detiene continuamente, para derramar sus favores?

El Señor. Hijo mío, la poca fe, que se tiene Sobre el Sacramento de la Eucaristía, es causa del poco fruto que sacas de Él; una alma penetrada de la presencia de Jesucristo en este adorable Sacramento, está a la prueba de todos los accidentes de la vida, y fuera de los límites de la turbación y aflicción; aunque vengan y caigan sobre ella la pobreza, las enfermedades, los ultrajes, las persecuciones, los trabajos interiores y exteriores, no perderá nada de su ordinaria paz; porque tiene un abrigo seguro contra las mayores tempestades; este abrigo es el Sacramento del Altar, en donde sabe, que tu Salvador reside; una sola visita que le haga; una sola vista, que eche hacia Él, derrama en todas sus potencias el reposo y el gozo. Vos sois, le dice ella, oh mi buen Jesús, Dios todo bueno y todo poderoso; Vos estáis verdadera y realmente presente sobre este Altar; yo os veo bajo esas frágiles especies, no con los ojos del cuerpo, que se pueden engañar, sino con los de la fe, que son infalibles; ¿qué tengo yo que temer, y qué me puede faltar? ¿No soy bastantemente poderoso con Vos? Mi divino Salvador, yo os hiciera agravio, si no confiara en vuestros socorros; y Vos mismo os lo haríais, si no os dignarais de concedérmelos. Una sola palabra de vuestra boca, un solo acto de vuestra voluntad daba calma al mar, oído a los sordos, vista  a los ciegos, voz a los mudos y vida a los muertos; ¿no sois Vos el mismo sobre los Altares? ¿Por qué pues no obráis los mismos prodigios? ¿El amor, que os movió a ocultar ahí el resplandor de vuestra Majestad respetable, os obligó también a suspender los efectos de vuestro poder? ¿Qué? La utilidad del hombre, por quien instituisteis la Eucaristía, y la naturaleza misma de este Sacramento, que es el compendio de vuestras maravillas, ¿no piden que las renovéis a nuestros ojos? Sí, Vos las renovareis en favor mío, Dios de misericordias; yo lo espero a pesar de mi indignidad, y en esta esperanza reposaré en paz bajo la sombra de vuestras alas.

El Señor. Tú, hijo mío, tuvieras estos sentimientos, si estuvieras bien convencido de la presencia real y corporal de Jesucristo en la Eucaristía, porque aquello que se dice de la fe en general, conviene particularmente a la fe de este misterio, que teniendo su objeto siempre presente, lo hace todo posible y fácil.

El Siervo. Gran falta nuestra fuera, oh Dios mío, si nosotros no creyéramos firmemente un misterio, que nos ha sido revelado por vuestro Hijo con términos tan claros y tan manifiestos.

El Señor. Acuérdate con frecuencia de sus palabras, y anima con esto tu celo hacia el mayor de sus Sacramentos: tienes una particular devoción a las imágenes de este divino Salvador; no puedes verlas, sin sentir tu corazón enternecido, y esto no siendo ellas sino una representación, y aun muy imperfecta de su santísima humanidad; mas aquí está el Salvador mismo, y todo Él; su Persona adorable es la que tú ves detrás de los velos Eucarísticos. Cuando a los pies de alguna efigie suya en tu oratorio meditas, algún misterio de su vida o de su muerte, sientes un dulce placer, contemplando y tratando con Él en los diversos estados en que se puso por tu amor; no obstante Él, no está entonces substancialmente presente a ti, sino por el pensamiento e imaginación. Pero cuando hablas con Él delante de los Altares, en que está sacramentado, lo ves real y corporalmente presente.

Si visitaras los santos lugares, serías transportado de amor, recorriendo aquellos sitios que Él honró con su presencia, y roció con su Sangre; no obstante ellos no tienen ahora la dicha de poseerlo; en este mundo solos los Templos, donde reposa la divina Eucaristía, gozan de este glorioso privilegio, y solamente visitándolos, se visita a Jesucristo, se ve y se habla al mismo, y a su propia Persona realmente presente. ¿Qué respeto pues y qué veneración no se debe tener en estos santos Templos? ¿Qué devoción y qué celo por este augusto e incomparable Sacramento?

Mira a los espíritus celestiales, que apenas se empieza a obrar la maravillosa conversión del pan y vino en el Cuerpo y Sangre del hombre Dios, cuando vienen en tropas a rendirle sus homenajes y hacerle corte; sus aniquilaciones excitan los respetos en los Ángeles, que se abisman sin cesar alrededor de sus tabernáculos con el incienso en las manos, el rostro cubierto con las alas, y la lengua ocupada en cantar sus alabanzas. Gloria, dicen, bendición, acción de gracias se den al que está sentado sobre su nuevo trono (Apocalip.) El placer, que gozan en su presencia, es para ellos un segundo paraíso, que iguala el primero de que gozaban.

El Siervo. ¡Qué materia de confusión para nosotros, Dios mío! No se puso en los Altares en favor de los Ángeles, sino de los hombres; no obstante, ¡oh desorden del corazón humano! los Ángeles se esmeran en manifestar sus respetos y veneración, y nosotros nos olvidamos, nosotros lo abandonamos de la manera la más indigna.

El Señor. Repara en adelante una tan fea ingratitud, únete para esto a aquellas sublimes inteligencias, y procura imitarlas; no pudiendo, como ellas, estar siempre a los pies de los Altares; está allí cuanto pudieres, pero con todo el respeto que merece la presencia de un Dios; ten a lo menos alguna hora señalada para visitarlo, y derrama entonces tu corazón delante de Él, juntando al respeto la confianza y el amor; visítalo también espiritualmente algunas veces; echa con frecuencia algunas vistas amorosas hacia este amable Salvador oculto y sacrificado por ti; ocupa tu espíritu de tal suerte en Él , que sea el objeto ordinario de tus afectos y de tus deseos; camina , habla y trata en su presencia; con esto gozarás de un anticipado paraíso, pues poseerás a aquel, que es las delicias de los espíritus bienaventurados, así en la tierra, como en el Cielo.

El Siervo. Muy enemigo seré de mí mismo, oh Señor, y muy ingrato a Vos, y a vuestro amado Hijo, si anduviere negligente en aprovecharme de un bien tan grande. Oh Jesús amable, Jesús dulcísimo, que para llevarnos más fácilmente a Vos ocultáis vuestra adorable majestad bajo las apariencias de pan, y bajo de estas visibles apariencias conversáis familiarmente con nosotros. Vos seréis en adelante mis delicias más amadas; vuestros tabernáculos, oh Dios mío, serán todo mi atractivo; yo contemplaré allí sin cesar la hermosura de vuestro rostro, y las maravillas de vuestro amor. Así sea.