ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – OCTUBRE 2016 – 1° PARTE

LA PENA DE MUERTE

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Octubre de 2016.

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DEL 5° MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

No matarás

Catecismo Mayor de San Pío X

415.- ¿Hay casos en que es lícito quitar la vida al prójimo? – Es lícito quitar la vida al prójimo cuando se combate en guerra justa, cuando se ejecuta por orden de la autoridad suprema la condenación a muerte en pena de un delito y, finamente, en caso de necesaria y legítima defensa de la vida contra un injusto agresor.

Catecismo del Concilio de Trento

  1. Es lícito condenar a muerte por una justa sentencia.
  2. Otra suerte de muerte permitida es la que pertenece a aquellos magistrados, a quienes está dada potestad de quitar la vida, en virtud de la cual castigan a los malhechores según el orden y juicio de las leyes, y defienden a los inocentes. Ejerciendo justamente este oficio, tan lejos están de ser reos de muerte, que antes bien guardan exactamente esta ley divina que manda no matar. Porque como el fin de este mandamiento es mi-rar por la vida y salud de los hombres, a eso mismo se encaminan también los castigos de los magistrados que son los vengadores legítimos de las maldades, a fin de que reprimida la osadía y la injuria con las penas, esté segura la vida de los hombres. Por esto decía David: “En la mañana quitaba yo la vida a todos los pecadores de la tierra, para acabar en la ciudad de Dios con todos los obradores de maldad”.
  3. Ninguno puede matar a otro por autoridad privada.
  4. Por lo que mira a los que causan la muerte, ninguno está exceptuado, ni ricos, ni poderosos, ni señores, ni padres. A todos está vedado matar, sin diferencia ni distinción ninguna.

Resumen: No está prohibido, pues, imponer la muerte, conforme a las leyes, a los hombres criminales para defender a los inocentes (Sal. 100 8.); pues los jueces son en la sociedad los vengadores legítimos de los crímenes, para que, reprimiendo con castigos la audacia y la maldad, esté segura la vida humana, que es el fin de este mandamiento.

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Según la doctrina conciliar

Ya me he referido al método improcedente utilizado para elaborar el llamado Catecismo de la Iglesia Conciliar, así como a las correcciones que ha sufrido con motivo de la publicación de la edición latina.

Quiero ahora analizar dos de los parágrafos que han sufrido modificaciones; son aquellos en los cuales se trata el tema de la pena de muerte.

Demos de inmediato las dos versiones, la de 1992 y la de 1997:

2266

2267

2267-bis

Monseñor Estanislao Karlic resume la modificación de esta manera: “En 1995 apareció ese hermoso documento que es la encíclica «El Evangelio de la vida», de Juan Pablo II. Era necesario formular de otra manera en latín ese tema tan delicado para recoger la riqueza de las enseñanzas del Papa. El nuevo texto no excluye el recurso a la pena de muerte, si éste fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas. Es decir que el objetivo es que no mueran otros. Pero el texto dice: «Si los medios incruentos bastan para proteger y defender…». Es decir que si hay un medio incruento, éste es el que se debe usar. Además se hace un juicio histórico: «Hoy, de hecho, como consecuencia…». Esto lo dice el Santo Padre en la encíclica y lo repite el Catecismo. De hecho significa que no hay posibilidad entonces de justificar la pena de muerte”.

Por lo tanto, tres son las consecuencias que se siguen de esta nueva enseñanza:

1ª) La aplicación de la pena de muerte queda reservada para cuando sea la única vía practicable para defender eficazmente del agresor injusto la vida de seres humanos;

2ª) Si los medios incruentos son suficientes, hay que limitarse a ellos, porque son más conformes a la dignidad de la persona humana;

3ª) Si bien de derecho la pena de muerte sigue en vigencia, sin embargo de hecho para la Iglesia Conciliar ya no hay posibilidad de justificarla; por lo tanto, ha quedado superada y es inútil.

Consideremos cada una de estas sentencias.

1º) La pena de muerte sólo como legítima defensa

Los abolicionistas han esgrimido a lo largo de los siglos diversos argumentos para atacar la pena de muerte. Uno de ellos, retomado hoy por la Encíclica Evangelium vitæ y el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, es presuponer que la finalidad de la pena es puramente defensiva.

Como lo reconoce el nuevo Catecismo, en el número 2266, tanto en su primera redacción como en la definitiva, el sentido de la pena es, ante todo, reparar el desorden causado por el delito.

En efecto, la doctrina clásica, tanto eclesiástica como civil, enseña que toda pena tiene un fin mediato o último, que consiste en reparar el orden que el delito perturba; y tres fines inmediatos o próximos, que son medios respecto de aquel fin último y por los cuales es alcanzado: a) uno esencial y fundamental, que es la expiación, consistente en el castigo en cuanto es vindicación o paga moral del crimen cometido; b) otro no esencial, pero socialmente necesario, esto es, obligatorio al poder social, que es la ejemplaridad, que conlleva la prevención social o defensa de la sociedad, en cuanto que el temor de la pena contribuye a convertir los juicios a la verdad y las voluntades al bien, y consiguientemente a impedir la violación de la ley por ignorancia o malicia; c) y un tercero, conveniente, que es la corrección interior del delincuente, en cuanto que siendo mayor el bien que pierde por la pena que el que consigue por la culpa, quita al culpable el aliciente por el cual viola la ley.

La función esencial de la pena es la expiación del delito; mediante ella, se hace patente al delincuente y a la sociedad que el orden perturbado tiene validez y eficacia. Notemos, entre paréntesis, la diferencia de significación que el Catecismo da al fin expiatorio.

Los otros fines o funciones de la pena (prevención social, seguridad de las personas y reeducación o resocialización del delincuente) no son esenciales, sino sólo convenientes y pueden fallar, y de hecho fallan en muchos casos.

Citemos, no sólo como argumento de autoridad, sino también por la nitidez de pensamiento y el vigor de exposición, un texto de S.S. Pío XII que constituye una auténtica penología, en la que se examinan el sentido y finalidad de la pena:

“… El hecho culpable es siempre una posición de persona contra persona, tanto si el objeto inmediato de la culpa es una cosa, como en el hurto, cuanto si es una persona, como en el homicidio. En otras palabras, el yo de la persona que se hace culpable se dirige contra la autoridad superior, y consiguientemente, en definitiva, siempre contra la autoridad de Dios. Nos, que enfocamos el genuino problema de la culpa y de la pena propiamente dichas, prescindimos de la culpa meramente jurídica y de su consiguiente penalidad (…)

“Considerado en su término, el hecho culpable constituye un arrogante desprecio de la Autoridad que ordena mantener el orden de lo justo y de lo bueno, y que es la fuente, la custodia, la defensa y la vindicadora del orden mismo (…)

“Término de este hecho es también la comunidad de derecho público, si y en cuanto pone peligro y viola el orden establecido por la leyes (…)

“Con el concepto de hecho culpable está ligado el de convertirse su autor en merecedor de pena (reatus poenæ). El problema de la pena tiene, pues, principio en cada caso en el momento en que el hombre se hace culpable. La pena es la reacción requerida por el derecho y la justicia frente a la culpa; vienen a ser como culpa y contraculpa. El orden violado con el acto culpable exige reintegración y restablecimiento del equilibrio perturbado. Es oficio propio del derecho y de la justicia custodiar y preservar la concordancia entre el deber, por una parte, y el derecho, por otra, y restablecerla si es lesionada. La pena no alcanza de suyo al hecho culpable, sino a su autor, a su persona, a su yo, que con consciente determinación realizó la acción culpable. Del mismo modo, el castigo no viene como de un abstracto orden jurídico, sino de la persona concreta investida de legítima autoridad. Como la acción culpable, el castigo enfrenta también persona con persona.

“La pena propiamente dicha no puede, pues, tener otro sentido ni otro objeto que el recientemente enunciado, el de colocar de nuevo en el orden del deber al violador que de él había salido. Este orden del deber es necesariamente una expresión del orden del ser, del orden de lo verdadero y de lo bueno, que sólo tiene el derecho de existencia en oposición al error y al mal, que representan lo que debe no ser. La pena cumple su oficio a su manera, en cuanto constriñe al culpable, a causa del hecho realizado, a un sufrimiento, es decir, a la privación de un bien y a la imposición de un mal. Mas para que este sufrimiento sea una pena es esencial que tenga conexión causal con la culpa (…)

“Hasta cierto grado puede admitirse que la pena de cárcel o de reclusión, debidamente aplicada, es la más adecuada para procurar el retorno del culpable al recto camino y a la vida de comunidad. Pero de ahí no se sigue que esa pena sea la única buena y justa. Viene a este propósito cuanto dijimos en nuestro discurso sobre el derecho penal internacional del 3 de octubre de 1953 acerca de la teoría de la retribución. La pena vindicativa es rechazada por muchos, si bien no generalmente, no sólo como exclusiva, sino también cuando se la aplica junto con la pena medicinal. Afirmamos entonces que no sería justo rechazar en principio y totalmente la función de la pena vindicativa. Mientras el hombre alienta sobre la tierra, aun ésta puede y debe servir a su salvación definitiva, siempre que él mismo no ponga obstáculos por otra parte a la eficacia saludable de la pena misma. Tal eficacia, en efecto, no está en modo alguno en oposición con la función de equilibrio y con la reintegración del orden perturbado, que hemos ya indicado como esencial a la pena” (Discurso a los miembros del VI Congreso Nacional de la Unión de Juristas Católicos Italianos, 6 de diciembre de 1954).

Por lo tanto, queda claro que el sentido de la pena es, ante todo, reparar el desorden causado por el delito. Sin embargo, cuando el nuevo Catecismo trata el tema de la pena de muerte lo hace debajo el título de “La legítima defensa” (ns. 2263-2267), y así leemos en el número 2265: “La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad”.

A esto se suma que ya desde la primera redacción de los números que analizamos (2266 y 2267), la distinción y jerarquización de los fines de la pena era oscura y quedaba al fin de la lectura una noción confusa.

En efecto, el número 2266 afirma el “… derecho y deber… del recurso a la pena de muerte” sólo en relación a “colocar al agresor en estado de no poder causar perjuicio”, sin referencia directa a “compensar el desorden introducido por la falta”.

El número 2267, por su parte, establecía que el empleo de medios cruentos debe quedar reservado para los casos en que no es posible por otro medio defender del agresor las vidas humanas y el orden público.

La redacción definitiva agrava todo esto puesto que, invocando en su favor “la enseñanza tradicional de la Iglesia”, el número 2267 introduce una modificación importante al texto primitivo del número 2266 (ahora trasladado), limitando el recurso a la pena de muerte “cuando ésta fuese la única vía practicable para defender eficazmente del agresor injusto la vida de seres humanos”.

La enseñanza tradicional de la Iglesia no dice esto. Sin ir más lejos, citemos nuevamente a S.S. Pío XII. Esta vez se trata del Discurso a los miembros del VI Congreso Internacional de Derecho Penal, del 3 de octubre de 1953, al cual él mismo hizo referencia en el discurso arriba citado:

“Queda por decir una palabra sobre el sentido último de la pena. La mayor parte de las teorías modernas del derecho penal explica la pena y la justifica, en fin de cuentas, como una medida de protección, es decir, de defensa de la comunidad contra las acciones delictuosas, y al mismo tiempo como un intento para traer al culpable a la observancia del derecho. En estas teorías la pena puede incluir también sanciones en forma de disminución de ciertos bienes que el derecho asegura, a fin de enseñar al culpable a vivir honestamente. Pero estas teorías rehusan considerar la expiación del delito cometido, que sanciona la violación del derecho, como la función capital de la pena.

“Puede permitirse a una teoría, a una escuela jurídica, a una legislación penal nacional o internacional la labor de definir filosóficamente la pena según ellas la entienden, de acuerdo con su sistema jurídico, con tal que respeten las consideraciones arriba expuestas sobre la naturaleza del hombre y la esencia de la culpa.

“Pero desde un punto de vista diferente, y puede decirse más elevado, es lícito preguntarse si esta concepción satisface el sentido plenario de la pena. La protección de la comunidad contra los delitos y los delincuentes debe quedar asegurada, pero el blanco final de la pena habría que situarlo en un plano superior.

“La esencia de la culpa es la oposición libre a la ley reconocida como obligatoria, es la ruptura y la violación consciente y querida del orden justo. Una vez que se ha producido, es imposible hacer que no exista. Pero, no obstante, en cuanto se pueda dar satisfacción al orden violado, hay que dársela. Es una exigencia fundamental de la «justicia». Su papel en el dominio de la moralidad es mantener la igualdad existente y justificada, conservar el equilibrio y restablecer la igualdad comprometida. Esta pide que, por la pena, el responsable sea sometido por la fuerza al orden. El cumplimiento de esta exigencia proclama la absoluta supremacía del bien sobre el mal; por medio de ella se ejercita la soberanía absoluta del derecho sobre la injusticia.

“Demos un último paso; en el orden metafísico, la pena es una consecuencia de la dependencia de la Voluntad suprema, dependencia que está grabada hasta en los últimos repliegues del ser creado. Si en alguna ocasión hay que reprimir la rebelión del ser libre y restablecer el derecho violado, es sobre todo aquí cuando lo exige el Juez supremo y la justicia suprema. La víctima de una injusticia puede libremente renunciar a la reparación; pero la justicia, por su parte, se la asegura en todos los casos.

“En esta última acepción de la pena se ve también plenamente revalorizada la función de protección, que le atribuyen los modernos; pero aquí está tomada más a fondo. Se trata, en efecto, ante todo, no de proteger los bienes asegurados por el derecho, sino el derecho mismo. Nada es tan necesario a la comunidad nacional e internacional como el respeto a la majestad del derecho, como también la idea saludable de que el derecho es en sí mismo sagrado y está defendido, y que, por consiguiente, quien se atreve a ofenderlo se expone a castigos y los sufre de hecho.

“Estas consideraciones permiten apreciar más justamente una época anterior que muchos consideran como ya superada. Se distinguían entonces las penas medicinales y las penas vindicativas. En estas últimas, la función vindicativa de expiación ocupa el primer plano; la función de protección se halla comprendida en los dos géneros de penas (…) Déjese a la teoría y a la práctica la labor de definir la función de la pena en el sentido moderno más estricto o en el otro más amplio. Tanto en una como en otra hipótesis, es posible una colaboración y puede aspirarse a la creación de un derecho penal internacional. Pero que no se renuncie a tener en cuenta esta última motivación de la pena, únicamente porque no aparece apta para producir resultados prácticos inmediatos”.

Podríamos concluir aquí este punto, pero preferimos llevar hasta el absurdo la argumentación de la nueva teología conciliar.

Si fuese cierto que la pena de muerte sólo es aplicable “cuando ésta fuese la única vía practicable para defender eficazmente del agresor injusto la vida de seres humanos”, incluso en ese caso sería injusta.

En efecto, el derecho de defensa no basta, él solo, para legitimar ninguna pena propiamente dicha, y mucho menos la pena de muerte.

Y esto es así porque defensa, en el sentido estricto de la palabra, es una reacción violenta para repeler una agresión injusta actual o, al menos, inminente.

Ahora bien, si la autoridad impusiera la pena al malhechor sólo en virtud del derecho que tiene de defensa, es evidente que no podría imponerla antes de la agresión para defenderse de injurias futuras: porque eso no es defensa, sino agresión, y porque es injusto imponer penas ciertas por culpas inciertas.

Tampoco podría imponerla después de la agresión, porque ya no sería defensa, sino castigo, puesto que habiendo pasado el acto de la agresión, ya no habría de qué defenderse y sería inútil. Y como toda pena inútil es injusta, por carecer de fin, la pena impuesta a sólo título de defensa nunca podría ser justa, y por tanto nunca podría imponerse.

No nos engañemos, si el Derecho Penal, según las distintas escuelas, puede ser represivo o profiláctico, no cabe la menor duda que desde ambos puntos de mira, la pena de muerte cumple la misión que ambas concepciones le asignan.

El reatus poenæ que subsigue y es consecuencia del reatus culpæ puede exigir la aplicación de la pena capital, en tanto y en cuanto el delito extremadamente grave cometido es una triple ofensa, extremadamente grave también, a la justicia, al derecho y a la sociedad.

La justicia demanda, por su misma esencia, una reacción espontánea, vindicativa, una reintegratio adecuada, una satisfacción.

El derecho, como vehículo de la justicia, como instrumento del orden del deber y del bien, en oposición a la mofa del deber y al triunfo del mal que el delito supone, postula, al unísono, una reparación contundente y aflictiva y un castigo expiatorio.

La sociedad, turbada hondamente en el bien común, requiere, para subsistir y no sumergirse en la anarquía, una sanción protectora y terapéutica, que actúe de tres formas: como prevención general intimidatoria que disuada a todos de cometer el crimen; como prevención especial, correctora, que aconseje rectificar a algunos la conducta que puede llevar a cometerlo; como prevención especialísima y eliminatoria sobre el criminal al que se aplica la pena de muerte, evitando así que vuelva a cometerlos.

2º) Los medios incruentos son más conformes a la dignidad de la persona humana

Según el nuevo Catecismo, las penas cruentas deben evitarse, y se justifica dicho concepto diciendo que “es más conforme con la dignidad de la persona humana”.

Ante todo, no se trata de aplicar la pena que sea más conforme con la dignidad de la persona humana, sino la más justa, es decir, aquella que cumpla mejor, aquí y ahora, con la finalidad de la pena.

Pero, si fuese verdadero que hay que aplicar la pena que sea más conforme con la dignidad de la persona humana, dicho argumento probaría demasiado. En efecto, si por ser más conforme con la dignidad de la persona humana se debe respetar la vida del malhechor, dicho deber no es de distinta naturaleza que el deber de respetar su fama, su honor, su libertad, su hacienda, etc., sino tan sólo de mayor valor e importancia.

Por lo tanto, si el deber de conformarse a la dignidad de la persona humana fuera incompatible con la pena de muerte, también existiría incompatibilidad, aunque menor, con las otras penas.

Parece increíble que no caigan en la cuenta de la insustancialidad de semejante argumento esos hombres que, al menos, son reputados de talento. ¿Por ventura los derechos a la fama, al honor, a la libertad y a la propiedad no los da también la dignidad de la persona humana.

Si aquella razón valiera para que no pudiera imponerse al criminal la pena de muerte, también valdría para que no pudiera imponérsele la pena de presidio, ni penas infamantes, ni la pena de multa; y así con las demás penas.

Pero vayamos al fondo del problema. En el discurso sobre la pena de muerte y la dignidad de la persona humana se olvida la distinción esencial entre el estado de derecho del hombre inocente y el del hombre culpable. Se considera la dignidad de la persona humana como inherente a la pura existencia del hombre, cuando en realidad deriva de su fin moral.

La dignidad del hombre tiene origen en su ordenación a valores que trascienden la vida temporal, y este destino está señalado en el espíritu como imagen de Dios.

La libertad del hombre permite que, mediante la culpa, él descienda de esa dignidad y se desvíe de esa finalidad.

La base del sistema penal es precisamente la disminución axiológica del sujeto que viola el orden moral y suscita con su culpa la acción coactiva de la sociedad para reordenar el desorden.

Quienes sólo encuentran motivo para la acción coactiva en el daño inferido a la sociedad, quitan todo carácter ético al derecho y hacen de él sólo una prevención contra el delincuente.

En el sistema católico, le ecuación penal hace que al delito responda una disminución de bien, de gozo, de satisfacción.

Fuera de este contrapeso moral, la pena se convierte en una reacción puramente utilitaria, que olvida precisamente la dignidad del hombre y refiere la justicia a un orden totalmente material.

Las penas, si no se degradan a pura defensa, presuponen siempre una disminución moral en la persona castigada, y por consiguiente no tiene lugar lesión de un derecho inviolable e imprescriptible. No es que la sociedad prive al reo de un derecho, sino que éste se despoja ya de su derecho.

Santo Tomás enseña que “el hombre, al pecar, se separa del orden de la razón y por ello decae en su dignidad humana, y húndese, en cierta forma, en la esclavitud de las bestias” (2-2, q.64, a.2, ad 3).

Pío XII, por su parte, ha enseñado: “En el caso de que se trate de la ejecución de un condenado a muerte, el Estado no dispone del derecho del individuo a la vida. En este caso está reservado al Poder público privar al condenado del «bien» de la vida, en expiación de su falta, después de que, por su crimen, él se ha desposeído de su «derecho» a la vida” (Discurso al Congreso Internacional de Histopatología del Sistema Nervioso, 13/9/1952).

3º) De hecho, la pena de muerte ha quedado superada y es inútil

La versión definitiva del número 2267, incluye un pasaje de la Encíclica Evangelium vitæ:

“Hoy, de hecho, como consecuencia de las posibilidades de que dispone el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a quien lo ha cometido, sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos de absoluta necesidad de supresión del reo son ahora muy raros, si no son prácticamente inexistentes”.

Sin profundizar en lo que enseña Santo Tomás cuando dice que “Si un hombre es peligroso a la sociedad y la corrompe por algún pecado, laudable y saludablemente se le quita la vida para la conservación del bien común” (2-2, q.64, a.2), comprobamos que en la nueva teología penal no se hace ninguna consideración a la justicia, y toda la cuestión gira sobre la utilidad de la pena y su idoneidad para reinsertar a la reo en la sociedad.

El pensamiento innovador se reduce al utilitarismo de la filosofía jacobina, según la cual el individuo es esencialmente independiente, y aunque el Estado puede defenderse del delincuente, no puede castigarlo porque haya infringido la ley moral, es decir, porque sea moralmente culpable.

Tal ausencia de culpabilidad del reo se traduce en un menosprecio hacia la víctima e incluso en la preferencia otorgada al reo sobre el inocente. La pena por el delito parece más detestable que el delito, y la víctima cae en el olvido.

Por otra parte, la referencia a las actuales “posibilidades de que dispone el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a quien lo ha cometido”, es tan ilusoria y ridícula como totalmente falta de realidad.

Por eso terminamos aquí esperando que algún día el Magisterio auténtico de la Iglesia Católica sentencie con la pena capital no sólo al nuevo Catecismo sino también a toda la ideología conciliar.

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SUMA TEOLÓGICA

IIª-IIæ, cuestión 108

ARTÍCULOS 1 y 3

La venganza es lícita

La venganza se lleva a cabo mediante algún mal penal impuesto al pecador.

Por consiguiente, en la venganza se debe tener en cuenta la intención del vengador.

Pues si lo que principalmente intenta es el mal de aquel de quien se venga y en él se complace, eso es totalmente ilícito; porque gozarse del mal de otro es odio, opuesto a la caridad con que debemos amar a todos los hombres.

Ni vale el que alguien se excuse diciendo que intenta causar un daño a quien injustamente se lo causó a él, como tampoco queda uno excusado por odiar a quien lo odia. Pues no hay razón que justifique el que peque yo contra otro porque este primero pecó contra mí, lo que sería dejarse vencer por el mal, cosa que prohíbe el Apóstol cuando dice (Rom 12, 21): No debes dejarte vencer por el mal, sino que debes vencer el mal con el bien.

En cambio, si lo que principalmente intenta el vengador es un bien, al que se llega mediante el castigo del pecador, por ejemplo, su enmienda, o por lo menos el que se sienta cohibido, la tranquilidad de los demás, la conservación de la justicia y del honor debido a Dios, entonces puede ser lícita la venganza, siempre que queden a salvo las otras circunstancias debidas.

***

Quien ejerce la venganza sobre los malos según su jurisdicción, no usurpa lo que es de Dios, sino que usa del poder que Dios le ha dado. Mas si alguien ejerce la venganza fuera del orden establecido por Dios, usurpa lo que es de Dios, y por consiguiente peca.

Los malos son tolerados por los buenos en lo de soportar pacientemente las injurias propias; pero no así las injurias contra Dios o contra el prójimo. Ser paciente en las injurias propias es digno de alabanza; pero disimular las injurias contra Dios es demasiado impío.

La injuria contra una persona redunda a veces en ofensa de Dios y de la Iglesia, y entonces debe uno exigir reparación de la misma.

Mas, por lo que se refiere a la injuria contra alguien que afecta únicamente a su propia persona, debe ser tolerada con paciencia si así conviene que se haga.

La venganza del pecado de la colectividad toda entera debe recaer, o sobre la totalidad, como en el caso de los egipcios, sumergidos en el mar Rojo por perseguir a los israelitas, y el de los sodomitas, que murieron todos; o sobre una gran parte de la misma, como en el castigo de los que adoraron al becerro.

Pero a veces, si se espera la corrección de muchos, la severidad de la venganza debe ejercerse sobre unos pocos principales, con cuyo castigo escarmienten los demás, como mandó el Señor ahorcar a los príncipes del pueblo por el pecado que el pueblo había cometido.

Mas, si no todos pecaron, sino tan sólo una parte, y es posible separar los buenos de los malos, se debe ejercer la venganza sobre éstos, si es que cabe hacerlo sin escándalo de los demás. De no ser así, se debe perdonar a todos y renunciar a la severidad.

Lo mismo debe decirse del príncipe a quien obedece la multitud. Se debe tolerar su pecado si no se le puede castigar sin escándalo del pueblo, a no ser que su pecado sea tal que cause más daño espiritual o temporal a sus súbditos que el escándalo que se podría temer.

Debe llevarse a cabo la venganza aplicando los castigos de uso corriente entre los hombres

A algunos, que no sienten afecto a la virtud, los mantiene a raya el temor a perder aquello que prefieren a lo que van a conseguir pecando.

Por consiguiente, se debe tomar venganza del pecado privando al hombre de lo que tiene en mayor estima.

Y éstas son las cuatro cosas que prefiere a cualquier otra el hombre: la vida, la integridad corporal, la libertad y los bienes exteriores, tales como las riquezas, la patria y la buena fama.

Por eso, como refiere San Agustín en XXI De Civ. Dei, en los escritos de Tulio se habla de ocho géneros de penas con que castiga la ley, a saber: la muerte, por la que se quita a uno la vida; los azotes y el talión (el perder ojo por ojo), por los que se pierde la incolumidad del cuerpo; la esclavitud y la cárcel, por las que se le priva de la libertad; el destierro, que le arranca de la patria; la confiscación de bienes, que le despoja de sus riquezas; la ignominia, que le priva de su buena fama.

IIª-IIæ, cuestión 64

ARTÍCULO 2

¿Es lícito matar a los pecadores?

Objeciones por las que parece que no es lícito matar a los pecadores:

  1. El Señor prohibió, en la parábola de Mt 13, 29-30, extirpar la cizaña, que representa a los hijos del mal, como allí se dice (v.28). Pero todo lo que Dios prohíbe es pecado. Luego matar al pecador es pecado.
  2. La justicia humana debe conformarse a la justicia divina. Mas, según esta divina justicia, son conservados los pecadores para que hagan penitencia, de acuerdo con aquellas palabras de Dios que consigna Ez 18, 23: No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Luego parece que es absolutamente injusto matar a los pecadores.
  3. Lo que es malo en sí no puede en modo alguno hacerse con buen fin, como manifiestan Agustín en el libro Contra mendacium , y el Filósofo en III Ethic. Pero matar al hombre es en sí malo, puesto que hemos de tener caridad con todos los hombres, y queremos que los amigos existan y vivan, como se dice en IX Ethic. Luego en ningún caso es lícito matar al hombre pecador.

Contra esto: está Ex 22, 18, que dice: No permitirás que vivan los hechiceros; y en Sal 100, 8: De madrugada matad a todos los pecadores del país.

Respondo: Según se ha expuesto (a.1), es lícito matar a los animales brutos en cuanto se ordenan de modo natural al uso de los hombres, como lo imperfecto se ordena a lo perfecto. Pues toda parte se ordena al todo como lo imperfecto a lo perfecto, y por ello cada parte existe naturalmente para el todo.

Y por esto vemos que, si fuera necesaria para la salud de todo el cuerpo humano la amputación de algún miembro, por ejemplo, si está podrido y puede inficionar a los demás, tal amputación sería laudable y saludable.

Pues bien: cada persona singular se compara a toda la comunidad como la parte al todo; y, por tanto, si un hombre es peligroso a la sociedad y la corrompe por algún pecado, laudable y saludablemente se le quita la vida para la conservación del bien común; pues, como afirma I Cor 5, 6, un poco de levadura corrompe a toda la masa.

A las objeciones:

  1. El Señor mandó que se abstuvieran de arrancar la cizaña por evitar que se arrancara el trigo, esto es, los buenos, lo que ocurre cuando no puede matarse a los malos sin que al mismo tiempo sean muertos también los buenos, ya porque estén ocultos entre éstos, ya porque tengan muchos secuaces, de modo que no puedan ser suprimidos sin peligro para los buenos, como observa Agustín en Contra Parmen. Por eso el Señor enseña que vale más dejar vivir a los malos y reservar la venganza hasta el juicio final, que hacer perecer al mismo tiempo a los buenos. Pero cuando la muerte de los malos no entraña un peligro para los buenos, sino más bien seguridad y protección, se puede lícitamente quitar la vida a aquéllos.
  2. Dios, según el orden de su sabiduría, arrebata, algunas veces, inmediatamente la vida de los pecadores para liberar a los buenos; pero otras veces les concede tiempo de arrepentirse, si prevé que es conveniente para sus elegidos. También en esto le imita la justicia humana según su posibilidad, pues hace morir a los que son funestos para los demás, pero reserva a los que pecan sin perjudicar gravemente a otros, para que hagan penitencia.
  3. El hombre, al pecar, se separa del orden de la razón, y por ello decae en su dignidad, es decir, en cuanto que el hombre es naturalmente libre y existente por sí mismo; y se hunde, en cierto modo, en la esclavitud de las bestias, de modo que puede disponerse de él en cuanto es útil a los demás, según aquello del Sal 42, 21: El hombre, cuando se alzaba en su esplendor, no lo entendió; se ha hecho comparable a las bestias insensatas y es semejante a ellas; y en Prov 11, 29 se dice: El que es necio servirá al sabio. Por consiguiente, aunque matar al hombre que conserva su dignidad sea en sí malo, sin embargo, matar al hombre pecador puede ser bueno, como matar una bestia, pues peor es el hombre malo que una bestia y causa más daño, según afirma el Filósofo en I Polit. y en VIII Ethic.

ARTÍCULO 3

¿Es lícito a una persona particular matar al hombre pecador?

Objeciones por las que parece que es lícito a un simple particular matar al hombre pecador:

  1. En la ley divina no se manda ninguna cosa ilícita. Mas Moisés mandó en Ex 32, 27: Cada uno mate a su hermano, a su amigo y a su prójimo por haber adorado al becerro de oro. Luego es lícito, aun a las personas particulares, matar al pecador.
  2. El hombre, a causa del pecado, es comparable a las bestias, como se ha dicho anteriormente (a.2 ad 3); pero matar la bestia salvaje que causa mucho daño es lícito a cualquier persona particular. Luego por igual razón le será lícito matar al hombre pecador.
  3. Es laudable que el hombre, aunque sea una persona privada, realice lo que es útil al bien común. Ahora bien: quitar la vida a los malhechores es útil al bien común, como se ha demostrado (a.2). Luego es laudable que incluso las personas privadas maten a los malhechores.

Contra esto: está Agustín, en I De civ. Dei, que dice: El que matare a malhechor sin tener administración pública, será juzgado como homicida, y tanto más cuanto que no temió usurpar una potestad que Dios no le había concedido.

Respondo: Como hemos dicho (a.2), es lícito matar al malhechor en cuanto se ordena a la salud de toda la comunidad, y, en consecuencia, el realizarlo le compete sólo a aquel a quien esté confiado el cuidado de conservar la comunidad, igual que al médico le compete amputar el miembro podrido cuando le fuera encomendada la curación de todo el cuerpo. Pero el cuidado del bien común está confiado a los príncipes, que tienen la autoridad pública. Por consiguiente, solamente a éstos es lícito matar a los malhechores; en cambio, no lo es a las personas particulares.

A las objeciones:

  1. Realmente realiza una acción aquel por cuya autoridad o mandato se hace, como expresa Dionisio en el c.3 De cael, hier.; y por esto escribe Agustín, en I De civ. Dei, que no mata aquella persona que cumple su ministerio de obedecer al que manda, de quien es instrumento, como una espada en manos del que se sirve de ella. Por consiguiente, los que mataron a los parientes y amigos por mandato del Señor no parece que ellos mismos lo hayan hecho, sino, antes bien, aquel a cuya autoridad obedecían, como un soldado mata al enemigo por orden del príncipe y el verdugo al ladrón por autoridad del juez.
  2. La bestia es por su naturaleza distinta del hombre, y, por consiguiente, sobre este punto no se requiere juicio alguno de si hay que matarla si es salvaje; pero, si es doméstica, se requiere un juicio, no por ella misma, sino por el perjuicio del dueño. Mas el hombre pecador no es por naturaleza distinto de los hombres justos; por consiguiente, habrá necesidad de un juicio público para decidir si se le debe matar en atención al bien común.
  3. Hacer algo en servicio del bien común, que a nadie perjudique, es lícito a cualquier persona particular; pero si es con perjuicio de otro, no debe hacerse sino según el juicio de aquel a quien pertenece decidir qué se debe quitar a las partes para la salvación del todo.

SUMA CONTRA GENTILES

Libro III

CAPITULO CXLVI

Es lícito a los jueces imponer penas. Pero como algunos, entregados a las cosas sensibles, sólo se cuidan de lo que se ve, menospreciando las penas infligidas por Dios, dispuso la divina providencia que en la tierra haya hombres que con penas sensibles y presentes obliguen a algunos a la observancia de la justicia. Y es evidente que no pecan cuando castigan a los malos, puesto que nadie peca cuando hace justicia. Y como es justo castigar a los malos, porque las culpas se corrigen por las penas, según se ve por lo dicho (c. 140), no pecan, pues, los jueces al castigar a los malos.

Los hombres que en la tierra están situados sobre los demás son como ejecutores de la divina providencia; porque Dios, según el orden de su providencia ejecuta las cosas inferiores mediante las superiores según consta por lo dicho (c. 77). Es así que nadie paca al ejecutar el orden de la divina providencia porque lo propio de dicho orden es premiar a los buenos y castigar a los malos, como consta por lo dicho (c. 140). Luego los hombres que están al frente de los demás no pecan al remunerar a los buenos y castigar a los malos.

Además, el bien no tiene necesidad del mal, sino lo contrario. Por tanto, lo que es necesario para la conservación del bien no puede ser esencialmente malo. Mas para conservar la concordia entre los hombres es necesario imponer penas a los malos. Por consiguiente, castigar a los malos no es esencialmente malo.

El bien común es mejor que el bien particular de uno. En consecuencia el bien particular de uno solo ha de sacrificarse para conservar el bien común. Pero la vida de algunos hombres perniciosos impiden el bien común, que es la concordia de la sociedad humana. Luego tales hombres han de ser apartados de la sociedad humana mediante la muerte.

Así como el médico intenta con su actuación procurar la salud, que consiste en la concordia ordenada de los humores, así el jefe de la ciudad intenta con su actuación la paz, que consiste en la concordia ordenada de los ciudadanos. Pero el médico corta justa y útilmente el miembro pútrido si éste amenaza corromper al cuerpo. Según esto, justamente y sin pecado mata el jefe de la ciudad a los hombres perniciosos para que la paz de la misma no se altere.

Por esto dice el Apóstol: ―¿No sabéis que un poco de levadura hace fermentar toda la masa?‖ Y poco después añade: ―Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos‖. Y de la potestad terrena se dice: ―No en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra el mal‖. Y en la primera de San Pedro: ―Por amor del Señor estad sujetos a toda autoridad humana, ya al emperador, como soberano; ya a los gobernadores, como delega dos suyos, para castigo de los malhechores y elogio de los buenos‖.

Y con esto se refuta el error de quienes decían que no es lícito imponer castigos corporales, alegando en favor de su error lo que se dice en el Éxodo y se vuelve a repetir en San Mateo: ―No matarás‖.

–Alegan también lo que se dice que respondió el Señor a los criados que querían recoger la cizaña de entre el trigo: ―Dejad que ambos crezcan hasta la siega‖. Y por cizaña se entiende, según se dice en el mismo lugar, ―los hijos del maligno‖, y por siega, ―la consumación del siglo‖. En consecuencia, no se debe matar a los malos por separarlos de los buenos.

Alegan, además, que mientras el hombre está en el mundo puede hacerse mejor. Por tanto, no se le ha de separar del mundo por la muerte, sino que se le ha de conservar para que haga penitencia.

Pero estas razones son inconsistentes.

Porque en la ley que dice: ―No matarás‖, se añade poco después: ―El reo de bestialidad será muerto‖. Con lo cual se da a entender que la muerte injusta está prohibida.

–Cosa que se deduce también de las palabras del Señor, porque al decir: ―Habéis oído que se dijo a los antiguos: ―No matarás‖, añadió: ―Pero yo os digo que quien se irrita contra su hermano‖, etc. Y esto demuestra que la muerte que procede de la ira está prohibida pero no la que obedece al celo por la justicia. Y lo que dice también el Señor: ―Dejad que ambos crezcan hasta la siega‖, se ve cómo ha de entenderse por las siguientes palabras: ―No sea que, al querer arrancar la cizaña, arranquen con ella el trigo‖. Por consiguiente se prohíbe la muerte de los malos allí donde no puede hacerse sin peligro de los buenos; cosa que acontece ordinariamente cuando todavía no se han distinguido los malos de los buenos por pecados manifiestos o cuando se teme el peligro de que los malos arrastran tras de sí a muchos buenos. Y el que los malos puedan enmendarse mientras viven no es obstáculo para que se les pueda dar muerte justamente, porque el peligro que amenaza con su vida es mayor y más cierto que el bien que se espera de su enmienda.

Además los malos tienen en el momento mismo de la muerte poder para convertirse a Dios por la penitencia. Y si están obstinados en tal grado que ni aun entonces se aparta su corazón de la maldad, puede juzgarse con bastante probabilidad que nunca se corregirían de ella.

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DECIMEJORGE, DESPUÉS DEL ÁNGELUS, 21 DE FEBRERO 2016

Queridos hermanos y hermanas:

Mañana tendrá lugar en Roma un Congreso Internacional que se titula «Por un mundo sin pena de muerte», promovido por la Comunidad San Egidio. Deseo que el Congreso pueda dar un renovado impulso al compromiso por la abolición de la pena capital. Una señal de esperanza está constituida por el desarrollo, en la opinión pública, de una contrariedad cada vez mayor hacia la pena de muerte, también sólo como instrumento de legítima defensa social. De hecho las sociedades modernas tienen la posibilidad de reprimir eficazmente el crimen sin quitar definitivamente a quien lo cometió la posibilidad de redimirse. El problema va encuadrado en la óptica de una justicia penal que sea cada vez más conforme a la dignidad del hombre y al designio de Dios para el hombre y la sociedad y también a una justicia penal abierta a la esperanza de la reinserción en la sociedad. El mandamiento «no matarás», tiene valor absoluto y se refiere tanto al inocente como al culpable.

El Jubileo extraordinario de la Misericordia es una ocasión propicia para promover en el mundo formas cada vez más maduras de respeto de la vida y de la dignidad de cada persona. También el criminal tiene el derecho inviolable a la vida, don de Dios. Hago un llamamiento a la conciencia de los gobernantes, para que se llegue a un consenso internacional para la abolición de la pena de muerte. Y propongo a quienes entre ellos son católicos que realicen un gesto valiente y ejemplar: que ninguna condena sea ejecutada en este Año santo de la Misericordia.

Todos los cristianos y hombres de buena voluntad están llamados hoy a trabajar no sólo por la abolición de la pena de muerte, sino también para mejorar las condiciones de las cárceles, en el respeto de la dignidad humana de las personas privadas de libertad.