RÉPLICAS Y MAS RÉPLICAS

Después de un terremoto, podemos percibir las réplicas que van ocurriendo a medida pasa el tiempo. Cuando el terremoto es altamente destructivo,  mucho mas devastadoras son estas réplicas.

¿ A qué viene esto? después de Amoris laetitia, podemos observar como poco a poco se van dando estos movimientos que son correlativos a la destrucción que venimos observando ya desde hace unos cincuenta años…Observemos atentamente como todo tiende a seguir cayéndose, ya no lentamente sino de forma vertiginosa.

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“Sí, y punto”, respuesta del cardenal a que los divorciados vueltos a casar pueden comulgar.

Kasper: “Amoris laetitia no cambia ni una coma de la doctrina, pero lo cambia todo”

“Detrás del tono pastoral del documento late una postura teológica bien pensada”

Cameron Doody, 27 de octubre de 2016 a las 08:30

La clave de la exhortación, según escribe el purpurado, reside en “su manera realista, abierta y relajada de abordar la sexualidad y el erotismo”, que no busca “ni de indoctrinar ni de moralizar”

kasper_560x280(Cameron Doody).- “Sí, y punto”. El cardenal Walter Kasper hizo suya la respuesta a la cuestión sobre la posibilidad de que los católicos divorciados y vueltos a casar pueden comulgar que dio el mismísimoPapa Francisco

El purpurado acaba de publicar un artículo científico en la revista alemana Stimmen der Zeit (“Revista para la Cultura Cristiana”) en el que reitera que la exhortación apostólicaAmoris laetitia abre la puerta a una plena participación en la vida de la Iglesia por parte de personas que se encuentran en situaciones “objetivamente irregulares”. Es más, Kasper sostiene -en contra de voces como las de los cardenales Burke y Müller- que “La Alegría del Amor” goza, tanto por su “carácter formal” como por su “contenido”, detodo el peso de un documento magisterial.

“Detrás del tono pastoral del documento late una postura teológica bien pensada”, sostiene el cardenal de Amoris laetitia, escrito en el cual el Papa “ha respetado el sentir de la mayoría de dos tercios del Sínodo sobre la Familia”. Si es que ha quedado “confusión” tras las interpretaciones “semi-oficiales” que siguen produciéndose, afirma Kasper, es que la han causado “terceros” que “se han alejado” del sensus fidei y de la vida del pueblo de Dios. Con Amoris laetitia, el Papa “tiene el sentido de la fe de la gran mayoría de los fieles a su lado”, sostiene el cardenal. “El escrito no cambia ni una coma de la doctrina”, dice, “mas lo cambia todo”.

La clave de la exhortación, según escribe el purpurado, reside en “su manera realista, abierta y relajada de abordar la sexualidad y el erotismo”, que no busca “ni de indoctrinar ni de moralizar”. “Tomándola con pinzas”, prosigue, “podría decirse queAmoris laetitia se aleja de la negativa perspectiva agustiniana sobre la sexualidad y gira hacia una perspectiva tomista afirmante respecto a la creación”.

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Y es que la influencia de San Tomás de Aquino que Kasper ve en la exhortación se hace sentir de dos formas. Por un lado, en su insistencia de que el ideal moral -en este caso, el matrimonio de por vida- es un optimum fuera del alcance de muchos. Por otro, el cardenal alude al desplazamiento de la “moralidad legal” a la “moralidad de la virtud”como otro ejemplo de la influencia del Doctor Angélico sobre la exhortación apostólica. “A menudo tenemos que escoger el mal menor”, sustenta Kasper. “En la vida no hay blancos y negros, sino diferentes matices y sombras”.

Como paradigma de esta moralidad de los grises de la vida real que propone, Kasper mira hacia la dificultad que tiene la gente de convencerse de la existencia, y verdad, de una “norma objetiva”, concepto que les parece “insuperablemente distanciado del mundo y de la realidad”. “La consciencia de mucha gente es a menudo ciega y sorda a lo que se les presenta como la Ley Divina”, reconoce el cardenal: algo que, aunque no perdone su “error”, sí lo hace comprensible y justifica una actitud de “comprensión y misericordia” con ellos.

En el campo ya de las disputas sobre si o no las personas divorciadas y vueltas a casar por lo civil pueden tomar la comunión, Kasper sostiene, antes que nada, que Amoris laetitia sienta las bases para que cambie la praxis en casos individuales razonados”. Exactamente cuándo se dan las circunstancias oportunas para que un católico en una nueva relación puede beneficiarse del Sacramento es algo que el escrito papal deja abierto a propósito, entre otras cosas porque nos anima a mirar más allá de la letra de la ley y hacia su espíritu.

amoris-laetitia“Uno no tiene que centrarse en las notas”, opina Kasper, en referencia a la famosa nota de pie 351 en el capítulo 8 de la exhortación. “Mucho más importante es que la integración gradual (de la persona), que es el tema clave, tiene como propósito y fin su acceso a la Eucaristía en una participación plena en la vida de la Iglesia”. Tanto es así que la famosa respuesta “pequeña” que el Papa Francisco dio sobre la cuestión de comunión para los vueltos a casar –“Sí, y punto”– aunque no se encuentre así en Amoris laetitia “sí responde a su tenor general”.

Sobre la posibilidad de que cause escándalo la presencia de divorciados comulgando, Kasper da una alentadora respuesta: también se dan circunstancias en las que denegar los sacramentos es igual de escandaloso que ofrecerlos, y se pregunta por qué debe hacer la Iglesia en tales situaciones de prohibición. “¿No nos queda otra que “ser misericordiosos como el Padre””?, afirma el cardenal.

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Solo agregaremos una partecita del discurso de Su Santidad Pío XII a los recién casados entre los años 1939 y 1943 sobre la perpetuidad e indisolubilidad del matrimonio, de esta manera ponemos en evidencia cual es la Verdadera Iglesia de Nuestro Señor, y cual, las ruinas después del terremoto de una falsa iglesia que arrastra a tantas almas al error y a la desgracia…

pppioxii180110A nuestra vista resplandece en vosotros la dignidad de los esposos, no solamente condecorados con el místico crisma, común a todos los fieles, para ser gente santa y sacerdocio real, según la palabra del Apóstol Pedro, sino elevados también en el acto santo de vuestras nupcias y con el libre y mutuo consentimiento vuestro a ministros del Sacramento del matrimonio; matrimonio que, al representar la unión perfectísima de Cristo con la Iglesia, no puede ser sino indisoluble y perpetuo.

Pero ¿qué dice la naturaleza acerca de esta perpetuidad? Mientras la gracia, con su acción, no muda la naturaleza, sino que siempre y en toda cosa la perfecciona, ¿encontrará acaso en ella una enemiga que se le oponga? No; el arte de Dios es suave y admirable; jamás deja de ir de acuerdo con la naturaleza, de la que Él es autor. Aquella perpetuidad e indisolubilidad que la voluntad de Cristo y la mística significación del matrimonio requieren, la quiere también la naturaleza, cuyas ansias cumple la gracia dándole fuerzas para ser aquello, de lo cual su mejor saber y querer la inspira el deseo.

Preguntad a vuestro corazón, amados recién casados. Es inescrutable para los demás, pero no para vosotros. Sí recordáis el momento en que a vuestro afecto sentisteis que correspondía otro amor, ¿no os parece acaso como si ya, desde aquel instante hasta el “sí” que había que pronunciar juntos ante el altar, hubiese sido para vosotros un avanzar de hora en hora con pasos de ansiosa esperanza y de trémula expectación?

Ahora aquella esperanza no tiene ya “la flor verde” sino que es una rosa florida; y la expectación espera otras alegrías. ¿Se ha desvanecido acaso vuestro sueño? No; se ha hecho realidad. ¿Y quién lo ha cambiado en realidad de unión ante el altar? El amor, que no ha desaparecido, sino que ha permanecido y se ha hecho más fuerte, más estable y en su firmeza os ha hecho exclamar: ¡Este amor debe permanecer inmutado, intacto, inviolado, para siempre! Si el afecto conyugal sabe de albas y auroras, no debe saber de atardeceres, y de estaciones, ni de días nublados y tristes, porque el amor quiere ser siempre joven, inquebrantable al soplo de los vientos.

Así vosotros, sin caer en la cuenta, íbamos a decir que atribuís a vuestro amor nupcial, con celo santo, aquella señal característica que el Apóstol Pablo atribuía a la caridad, cuando decía al exaltarla: “Caritas numquam excidit“. Nunca fenece la caridad.

El puro y verdadero amor conyugal es un limpio arroyuelo, que por la fuerza de la naturaleza brota en la roca inquebrantable de la fidelidad, que se desliza tranquilo entre las flores y las espinas de la vida, hasta que se pierde en el hueco de la tumba. La indisolubilidad del matrimonio es, pues, la satisfacción de un impulso del corazón puro y sano, del “anima naturaliter christiana“, y se disipa sólo con la muerte.

En la vida futura no habrá nupcias, porque los hombres vivirán en el Cielo como los Ángeles de, Dios: “in resurrectione neque nubent, neque nubentur, ser erunt sicut angeli Dei in coelo“. Pero si el amor conyugal, en cuanto a este carácter suyo particular, termina con el cesar del fin para que está ordenado sobre la tierra; sin embargo, en cuanto ha obrado en las almas de los cónyuges y las ha unido la una con la otra en el mayor vínculo de amor que une a los corazones con Dios y entre sí, tal amor permanece en la otra vida, como permanecen las almas mismas en las cuales había demorado acá abajo.

Pero la indisolubilidad del matrimonio es exigida por la naturaleza también por otra razón, porque tal dote es necesaria para proteger la dignidad de la persona humana. La convivencia conyugal es una institución divina, radicada en la naturaleza humana, como unión de dos seres formados a imagen y semejanza de Dios, que les llama para proseguir su obra en la conservación y propagación del género humano.

Hasta en sus más íntimas expresiones esta convivencia aparece como algo extremadamente delicado; hace felices, ennoblece y santifica las almas cuando se eleva sobre las cosas sensibles con el ala de la simultánea entrega espiritual y desinteresada de cada uno de los cónyuges para con el otro, con la conciencia, viva y arraigada en ambos a dos, de querer pertenecer totalmente el uno al otro fieles en todos los sucesos y acaecimientos de la vida, en los días buenos y en los tristes, en la salud y en la enfermedad, en los años jóvenes y en la vejez, sin limitaciones o condiciones, hasta que quiera Dios llamarles a la eternidad.

En esta conciencia, en este propósito de exaltar la dignidad humana, se exalta el matrimonio, se exalta la naturaleza, que se ve respetar a sí misma y a sus leyes; se alegra la Iglesia, que ve, en esta comunidad de vida conyugal, resplandecer la aurora de la primera ordenación de la familia establecida por el Creador y el mediodía de su divina restauración en Cristo. Cuando no suceda así, la vida común corre el peligro de resbalar en el fango del ansia egoísta, que no busca más que la propia satisfacción, ni piensa en la dignidad personal ni en el honor del consorte.

Echad una mirada a la sociedad moderna en los países en donde rige el divorcio, y preguntad: ¿Tiene el mundo la clara conciencia y la visión de cuántas veces en ellos, la dignidad de la mujer ultrajada y ofendida, conculcada y corrompida, viene a yacer casi enterrada en el envilecimiento y en el abandono?

¡Cuántas lágrimas secretas han bañado ciertos umbrales, ciertas habitaciones! ¡cuántos gemidos, cuántas súplicas, cuántos desesperados votos y acentos han resonado en ciertas entrevistas, por ciertas calles y callejas, en ciertos rincones y lugares desiertos!

No, la dignidad personal del marido, como la de la mujer, pero sobre todo la de la mujer, no tienen mejor defensa y tutela que la indisolubilidad del matrimonio. Están en un error funesto los que creen que se puede mantener, proteger y elevar la cultura de la mujer y su digno decoro femenino, sin ponerle como fundamento el matrimonio uno e indisoluble.

Si la Iglesia, cumpliendo la misión recibida de su divino Fundador, con gigantesco e impávido uso de una santa e indomable energía, ha afirmado siempre y difundido por el mundo el matrimonio inseparable, alabadla y glorificadla porque con ello ha contribuido en gran manera para defender el derecho del espíritu frente a los impulsos de los sentidos en la vida matrimonial, salvando, con la dignidad de las nupcias, la de la mujer, no menos que la de la persona humana.

Cuando en el fondo de la voluntad no está firme el propósito de la custodia perenne e inviolable del vínculo conyugal, llegan a vacilar también y a faltar al padre, a la madre y a los hijos aquella conciencia del porvenir tranquilo y seguro, aquel sentimiento que sostiene la incondicionada y recíproca confianza, aquel nudo de estrecho e inmutable enlace interior y exterior, suceda lo que suceda, en que se funda y se nutre una raíz, grande y esencial, de la felicidad doméstica.

¿Por qué, preguntaréis acaso, extendemos a los hijos tales consecuencias? Porque ellos reciben de sus padres tres cosas importantísimas: el ser, la nutrición y la educación, y para su sano desarrollo tienen necesidad de una atmósfera de alegría; ahora bien, una juventud serena, una armónica formación e instrucción no puede concebirse sin la indudable fe de los padres.

¿No alimentan acaso los hijos el vínculo del amor conyugal? La ruptura de este vínculo viene a ser para ellos una crueldad y un desconocimiento de su sangre, una humillación de su nombre y una vergüenza de su rostro, una división de sus corazones y una separación de los hermanos y del techo doméstico, la amargura de su felicidad juvenil y, lo que es más grave para su espíritu, un escándalo moral.

¡Cuántas heridas en las almas de millones de jóvenes! ¡Qué tristes y lamentables ruinas en muchos casos! ¡Cuántos implacables, remordimientos engendrados en las conciencias! Los hombres espiritualmente sanos y moralmente puros, los alegres y contentos, los íntegros de carácter y de costumbre, en los que la Iglesia y la sociedad civil depositan su esperanza, proceden, ordinariamente, no de hogares turbados por la discordia o por el vacilante afecto, sino de familias donde reina profundo el temor de Dios e inviolable la fidelidad conyugal.

Quien hoy sigue la pista de las causas a las que se pueda imputar la descomposición moral, el veneno que viene corrompiendo a una no pequeña parte de la familia humana, no tardará en hallar una de las fuentes más malhadadas y culpables en la legislación y en la práctica del divorcio.

Las creaciones y las leyes de Dios tienen siempre una acción benéfica y poderosa; pero cuando la inconsideración o la malicia humana se meten en medio y las perturban y desordenan, entonces al fruto benéfico, que desaparece, sucede y se hace incalculable el cúmulo de los daños, como si la misma naturaleza indignada se resolviese contra la obra de los hombres.

Y, ¿quién podrá negar o dudar que sea creación y ley de Dios la indisolubilidad del matrimonio, firmísimo sostén para la familia, para la grandeza de la nación, para la defensa de la Patria, que en los pechos de sus gallardos jóvenes encontrará siempre el escudo y el brazo de su prosperidad?

Fuentes:

http://www.periodistadigital.com/religion/mundo/2016/10/27/religion-iglesia-mundo-papa-francisco-cardenal-kasper-amoris-laetitia-no-cambia-ni-una-jota-de-la-doctrina-mas-lo-cambia-todo-comunion-divorciados.shtml

https://radiocristiandad.wordpress.com/2013/07/03/pio-xii-y-la-familia-cristiana-la-perpetuidad-e-indisolubilidad-del-matrimonio-2/