MEDITACIONES SOBRE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO

VISITAS

AL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Y A MARÍA SANTÍSIMA

San Alfonso María de Ligorio

 

DÍA DOCE

ORACIÓN

Señor mío Jesucristo, que por el amor que tenéis a los hombres estáis de noche y de día en ese Sacramento lleno de piedad y de amor, esperando, llamando y recibiendo a todos los que vienen a visitaros; yo creo que estáis presente en el Santísimo Sacramento del Altar; os adoro desde el abismo de mi nada, y os doy gracias por todas las mercedes que me habéis hecho, especialmente por haberme dado en este Sacramento vuestro Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, por haberme concedido por mi Abogada a vuestra Santísima Madre la Virgen María, y haberme ahora llamado a visitaros en este lugar santo. Adoro vuestro amantísimo Corazón, y deseo adorarle por tres fines: el primero en agradecimiento de esta tan rica dádiva; el segundo para desagraviaros de todas las injurias que habéis recibido de vuestros enemigos en ese Sacramento, y el tercero porque deseo en esta visita adoraros en todos los lugares de la tierra donde estáis sacramentado con menos culto y más olvido.

¡Jesús amoroso!, os amo con todo mi corazón; pésame de haber ofendido tantas veces a vuestra infinita bondad, y propongo enmendarme ayudado de vuestra gracia. Miserable como soy me consagro todo a Vos, y entrego y pongo en vuestras divinas manos mi voluntad, afectos, deseos y todo cuanto soy y puedo. De hoy en adelante haced, Señor, de mí todo lo que os agrade; lo que yo quiero y lo que os pido es vuestro santo amor, el entero cumplimiento de vuestra santísima voluntad, y la perseverancia final. Os encomiendo las ánimas del Purgatorio, especialmente las más devotas del Santísimo Sacramento y de María Santísima, y os ruego también por todos los pecadores. En fin, amado Salvador mío, uno todos mis afectos y deseos con los de vuestro amorosísimo Corazón, y así unidos los ofrezco a vuestro Eterno Padre, y por el amor que os tiene le pido en vuestro Nombre que los oiga y reciba benignamente. Amén.

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Quien ama a Jesús está con Jesús, y Jesús está con él. San Felipe Neri comulgando por Viático, luego que vio entrar el Santísimo Sacramento exclamó: Este es el amor mío, este es el amor mío. Diga pues cualquiera de nosotros en la presencia de Jesús sacramentado: este es el amor mío, este es el objeto de todos mis pensamientos y deseos. ¡Ah Señor y Dios mío! vos dijisteis que quien os ama será amado de vos, y que vendréis a habitar en él; pues yo os amo más que a todas las cosas; amadme vos, Señor, porque estimo más ser amado de vos que de todos los reyes de la tierra; venid, Señor, y estableced vuestra habitación en la pobre casa de mi alma, de tal suerte que nunca os separéis de mí, o por mejor decir, que yo nunca me separe de vos.

Vos, Señor, no os ausentáis de vuestra criatura, si ella no os echa de si pecando; y como yo tantas veces os he arrojado fuera de mi alma en el tiempo pasado, temo que me vuelva a suceder esta desgracia en lo venidero. ¡Ah! no permitáis que suceda en el mundo esta enorme maldad y horrenda ingratitud, que después de haber recibido tantos favores y misericordias de vuestra bondad, llegue a echaros otra vez fuera de mi alma.

¡Más ay que esto puede suceder! Por eso, Señor mío, deseo antes la muerte, si es de vuestro agrado, para que muriendo unido con vos, con vos unido viva eternamente. Sí, Jesús mío, así lo espero; os abrazo y me quiero unir a vuestro santísimo Corazón; haced que siempre os ame, y siempre sea amado de vos. ¡Amabilísimo Redentor mío! yo siempre os amaré, y vos siempre me amareis, espero que siempre nos amaremos ¡oh Dios de mi alma! por toda la eternidad.

 

A MARÍA SANTÍSIMA

¡Oh mi soberana Señora y Madre de mi Señor! me postro y humillo en vuestra presencia; os ruego me alcancéis el perdón de mis pecados, y que sea purificado de todas las culpas que he cometido en todo el discurso de mi vida; os pido la gracia de unirme con puro afecto a Dios y a vos; de servir a vuestro Hijo como a Dios, y a vos como a su querida Madre; a vuestro Hijo como a mi Redentor , y a vos como a medio de mi redención; porque si él pagó el precio de mi rescate, le pagó con la sangre preciosa que tomó en vuestras purísimas entrañas.

 

SÚPLICA

Inmaculada Virgen y Madre mía María Santísima, a Vos que sois la Madre de mi Salvador, la Reina del mundo, la abogada, esperanza y refugio de los pecadores, recurro en este día yo que soy el más miserable de todos. Os adoro, oh gran Reina, y humildemente os agradezco todas las gracias y mercedes que hasta ahora me habéis hecho, especialmente la de haberme librado del infierno, tantas veces merecido por mis pecados; os amo, Señora amabilísima, y por el amor que os tengo propongo siempre serviros y hacer todo lo posible para que de todos seáis servida. En Vos, oh Madre de misericordia, después de mi Señor Jesucristo, pongo todas mis esperanzas; admitidme por vuestro siervo, y defendedme con vuestra protección; y pues sois tan poderosa para con Dios, libradme de todas las tentaciones, y alcanzadme gracia para vencerlas hasta la muerte. Os pido un verdadero amor para con mi Señor Jesucristo, y por vos espero alcanzar una buena muerte. Oh Señora y Madre mía, por el abrasado amor que tenéis a Dios os ruego que siempre me ayudéis, pero mucho más en el último momento de mi vida; no me desamparéis hasta verme salvo en el Cielo, alabándoos y cantando vuestras misericordias por toda la eternidad. Amén.