Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

jovenLa debilidad del activismo

Hay jóvenes de naturaleza especial que trabajan durante todo el día y siempre están ocupados. No obstante, por falta de perseverancia, son víctimas dignas de compasión por la debilidad de su propia voluntad. Siempre están atareados, no cesan un momento, pero no dedican más de diez minutos a una misma cosa: derrochan actividad febril pero inútil.

El trabajo a retazos, falto de orden, además de cansar mucho más que el estudio serio, carece de todo valor. El motivo es que la inteligencia humana no es capaz de prestar atención y retener eficazmente cuando se cambia suce­sivamente de actividad.

El joven que mejor aprende y más rinde es aquel que mientras estudia se olvida por completo del mundo, no se da cuenta siquiera del ambiente que le rodea, del tiempo, de las dificultades y concentra su atención en un solo punto. Por tanto, no emprendas todo a la vez. Empieza un solo trabajo, prosíguelo con perseverancia, no toleres desalientos y no lo abandones hasta llevarlo a buen término. «Lo que haces, hazlo bien.»

Suele ser errónea la opinión corriente en nuestros días, según la cual son «activos» y de espíritu «creador» aquellos hombres que con nerviosa inestabilidad emprenden innumerables empresas.

¡Qué engaño! Los grandes descubrimientos que han significado un paso de la Humanidad en el campo de la cultura técnica y espiritual, han nacido del traba­jo constante en el ambiente fértil del tranquilo escritorio, del laboratorio silen­cioso y de las calladas bibliotecas. Lo que hace a los verdaderos lum­bre­ras de la ciencia, de la literatura, del arte y de la industria, es la diligencia cons­tante, reposada, con ánimos para mantener un trabajo reconcentrado durante largos años.

No se escalan las cimas de las altas montañas en un instante; a esto se comprometerían muchos jóvenes, sino mediante el trabajo continuado de milla­res de pasos pequeños, a costa de trepar por las peñas, de remover obstá­culos con perseverancia, de hacer pie… donde se pueda, y a base de resbalar muchas veces.

El héroe no es aquel que es capaz de llevar a cabo una o dos acciones atrevidas, sino el que sabe ejecutar con valentía las obras más insignificantes de la vida.

Cuando una  gran pereza quiere apoderarse de ti, y venciéndola te apren­des el Algebra, eso es valentía.

Cuando te sientes tan bien por la mañana acurrucado entre las sábanas, y a pesar de ello saltas animosamente de la cama cuando suena el desper­ta­dor, eso es valentía.

Cuando el sol de la primavera te convida a jugar a la pelota en vez de seguir estudiando para aprenderte la lección, y venciéndote a ti mismo te esfuerzas en seguir sobre el libro, eso es valentía heroica.

Cuando algo no te gusta y lo haces, a pesar de todo, con ánimo sereno y alegre, por que así lo exige la voluntad de Dios, eso sí que es valentía de héroe.

El caracol y la liebre

El caracol y la liebre se apostaron para ver quién ganaba una carrera. La meta sería el bosque cercano. El caracol emprendió su camino lento y tenaz. La liebre, con ilimitada confianza, se acostó en el suelo bajo los rayos esplen­do­rosos del sol, y pensaba: «¡Imbécil! ¿Para qué se fatiga tanto? ¿A qué tantos sudores? En dos saltos le dejaré atrás.» El caracol seguía su camino arras­trándose, sudando, y, cuando la liebre se dio cuenta, no le faltaba más que un paso para llegar al bosque. «¡Atiza! Hay que correr», exclamó la liebre. Da un salto, da otro salto, pero antes de dar el tercero, el caracol ya esta­ba en el bosque.

La perseverancia y la diligencia vencen al talento. Ha habido muchos jóvenes de gran talento, con muchas cualidades, que se quedaron atrás por su inconstancia. Hicieron sus estudios con buenas calificaciones, pero en la vida no dieron fruto, precisamente porque no estaban acostumbrados a un trabajo sistemático. No llegaron a nada. Por otra parte, muchos de los que han triunfado en la vida, durante los años de estudio no tenían más que un talento mediano, pero supieron compensarlo con diligencia férrea y con traba­jo constante y sistemático.

Por eso corre un gran riesgo el que fácilmente aprende: «¡Yo no tengo que estudiar; tengo talento!» Pero el talento no es una ciencia, sólo es un medio para alcanzarla. Y muchos jóvenes de buenas cualidades fracasan porque no hacen fructificar el talento que Dios les ha dado.

El trabajo tenaz y esforzado, la paciencia constante, son como el agua que fluye tranquila durante siglos y va cavando un cañón profundo. «La labor perseverante vence todas las dificultades» (Virgilio).

De poco sirve el genio sin dedicación apasionada e intensa. Las creaciones científicas o artísticas más gloriosas del espíritu humano las debemos, no a la llamarada momentánea del genio, sino a la perseverante diligencia de la hormiga. Lo importante es tener una meta clara en la vida y con voluntad firme y constante tender hacia ella. Sin diligencia constante nada se logra. Aunque no sea un genio, si puedo proponerme para mi vida un fin elevado y tratar de alcanzarlo con perseverancia tenaz.

¿Sabes cuánto tiempo empleó Dante para su obra de fama mundial, La Divina Comedia? Treinta años justos. Y Dickens, el gran escritor inglés, dice de sí que cada libro le costaba un trabajo inmenso.

Prescott, el célebre historiador americano, estaba casi ciego cuando para escribir su gran obra titulada Fernando e Isabel de España, le fue necesario aprender antes varios idiomas modernos, para los que dedicó diez años, ya en la madurez de su vida.

Newton, el gran astrónomo, escribió quince veces su Cronología, hasta que pudo darse por satisfecho. Cuando le preguntaron cómo pudo hacer sus descubrimientos, contestó con modestia: «Sencillamente, estaba soñando siempre con ellos.» Todo su descanso consistía en cambiar sus estudios y alter­nar los temas.

Cuando Tiziano, el pintor de fama universal, envió a Carlos V su cuadro célebre, La última cena, le escribió lo siguiente: «Mando a Vuestra Majestad un cuadro que me ha costado siete años de trabajo diario, muchas veces quitán­dole horas al sueño.»

Para escribir La Eneida Virgilio gastó veinte años, y estuvo a punto de destruirla antes de morir por no considerarla bastante buena.

Fenelón transcribió dieciocho veces su célebre obra educadora El Telémaco, y todavía en la última copia requirió muchas correcciones.

Edison era todavía niño cuando pasaba la mitad de las noches leyendo; no leía novelas, sino tratados técnicos de mecánica, de química y de electricidad.

Tolstoi ejercía una autocrítica muy severa de sus obras, y decía que el oro sale a la luz del sol después de pasarlo por el tamiz y lavarlo repetidas veces; no corregía tan sólo los borradores, sino también las copias, de suerte que algu­nas veces el texto definitivo era la tercera transcripción, pero había pasa­jes que corregía aún más veces.

Stephenson trabajó durante quince años en el perfeccionamiento de su locomotora. Esta constancia y tenacidad la había educado desde niño. Sus pa­dres, pobres como eran, no tenían medios para poder mandar a la escuela a su hijo. Estando trabajando doce horas diarias, robaba tiempo a la noche para poder aprender a leer y escribir. Tenía diecinueve años cuando llegó a escribir su propio nombre. Aprovechaba cualquier momento para estudiar, hasta el descanso de la comida.

Roberto Peel, uno de los oradores de más fama que ha tenido el Parlamento inglés, refutaba con inigualable memoria todos los argumentos, uno tras otro, de sus contrarios políticos. Y, sin embargo, su inteligencia no pasaba de la medianía. ¿De dónde le vino aquella memoria excelente? Se debió a que cuando niño, al volver de la iglesia, su padre le hacía subirse a una mesa y recitar el sermón. Al principio, como es natural, le costaba; pero este ejercicio llegó a darle tal agudeza a su entendimiento que repetía los sermones idénticos casi palabra por palabra.

Watt necesitó treinta años para diseñar la máquina condensadora de vapor. Herschel requirió fabricar para uno de sus telescopios un espejo cóncavo. Hizo más de doscientos espejos cóncavos antes de fabricar el que verdaderamente le convenía. Pero al fin lo consiguió.

En la vida, los éxitos no se alcanzan con momentáneos arranques, sino con diligente constancia durante años. Es la paciencia activa la que levantó, a costa de enorme trabajo, las pirámides de Egipto. Gracias a ella los monjes medievales copiaron las obras que nos legaron los clásicos griegos y latinos. La base de todo adelanto está en la diligencia inquebrantable, en el esfuerzo moderado pero continuo, y no en una llamarada fugaz.

Educación de la voluntad

Los sentimientos, la imaginación y el temperamento ejercen gran influen­cia sobre la voluntad. Como es casi imposible dominarlos por completo, la volun­tad del hombre no goza de plena libertad. Has podido verlo por propia experiencia: una mañana te despiertas con sentimientos tristes, abatido; otro día, en cambio, saltarías continuamente de alegría; pero en vano buscas la causa de estos cambios de humor, no sabes a qué se deben.

Lo mismo sucede con la fantasía. Un día, sin motivo especial, revives el recuerdo de acontecimientos lejanos en tu memoria, o bien te sobrevienen pen­sa­mientos pesimistas: la imaginación te pinta dificultades enormes, obstácu­los invencibles ante tu trabajo, sólo para quitarte el ánimo.

Aunque no seamos completamente dueños de nuestros sentimientos y de nuestra imaginación, hemos de extender también el dominio de la voluntad en lo posible a estos terrenos. Sé dueño de tus sentimientos y coge las riendas de tu imaginación. ¿Te has despertado de mal humor? Es igual. Esfuérzate por sonreír, cantar con alegría, y ya habrás vencido en parte tus sentimientos.

¿Has de resolver un problema de Algebra? Tu fantasía te exagera las difi­cul­tades: «¡qué difícil es este problema! ¡Cuánto tendré que trabajar para resol­­verlo!» Tú, en cambio, di para tus adentros: «No es verdad: la imagi­na­ción me engaña. No es tan terrible como parece. Ella me pinta exageradas las dificultades. Cuanto mayor sea la dificultad, tanto más quiero emprender el trabajo.»

Muchos crímenes, discordias, peleas, envidias, ofensas, riñas, no provienen de una mala voluntad sino de una voluntad débil, no ejercitada en dominar los sentimientos intensos. Podemos vencer, por ejemplo, un leve mal humor sin ningún esfuerzo especial; y, no obstante, cuántos hombres sufren por este mal humor, porque su pereza les impide hacer un pequeño esfuerzo.

La educación de la voluntad va a la par de la educación de los sentí­mien­tos. Los sentimientos influyen en el espíritu no sólo para movernos a querer, sino también para querer de buen grado y con perseverancia. La voluntad que fun­ciona sin sentimientos puede convertir al hombre a la larga en un ser sin cora­zón, egoísta, testarudo, en una caricatura de una personalidad armónica. Toda obra buena es mucho más fácil de realizar y de mantener con el calor del corazón que con la fría luz del entendimiento.

Cuerpo y alma están en íntima dependencia. Si estás abatido y una tristeza sin causa se apodera de tu alma, intenta sonreír, frota con alegría tus manos y verás que tu tristeza empieza a desaparecer. Si un dolor físico te molesta, ocúpate en pensamientos agradables y llegarás a olvidar en parte tu dolor.

De cualquier desgracia que te sucediere procura sacar algún provecho espiritual. ¿Te pisa alguien en el pie? No saltes enfadado, sino di para tus adentros: «A costa de este dolor seré capaz de dominarme más a mí mismo.» Ser dueño de los propios sentimientos, sin dejarse arrastrar por ellos, es el grado más alto de la perfección espiritual.

Continuará…