Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 23ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

VIGESIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

El Evangelio de este Domingo, tomado de San Mateo, nos presenta dos milagros de Nuestro Señor Jesucristo; ambos entrelazados.

Los relatan los tres sinópticos, San Mateo, San Marcos y San Lucas; pero la narración de San Marcos es más vivaz, con mayor precisión de detalles, y con una descripción tal de las acciones de Jesús, los discípulos, los dos suplicantes, la turbamulta, que nos los presentan casi perceptibles.

Paso a leerles una concordancia de los tres textos evangélicos, tomando como base el de San Marcos, en su capítulo quinto, armonizando con los de San Mateo, de su capítulo IX, y el de San Lucas, tomado de su capítulo VIII:

Y habiendo pasado otra vez Jesús en la barca a la otra orilla, se reunió en torno suyo una gran multitud, pues todos le esperaban; y estaba junto al mar. Y he aquí que vino uno de los príncipes de la sinagoga, llamado Jairo. Y luego que lo vio se arrojó a sus pies, y le adoraba, rogándole que entrase en su casa. Y le suplicaba mucho diciendo: ¡Señor!, mi hija está en los últimos; ven a imponer sobre ella tu mano, para que sane y viva. Porque tenía una hija única, como de doce años, y ésta se estaba muriendo. Y levantándose Jesús, se fue con él, también sus discípulos. Y aconteció que mientras iba le seguía una gran multitud, y le apretujaban. Y he aquí que una mujer, que padecía flujo de sangre doce años hacía, y que había sufrido mucho en manos de muchos médicos, y gastado todo cuanto tenía, y que por ninguno había podido ser curada, ni había adelantado nada, antes empeoraba más, cuando oyó hablar de Jesús se acercó por detrás, entre la muchedumbre, y tocó la orla de su vestido. Pues decía dentro de sí: Tan sólo con tocar su vestido seré sana. Y en aquel mismo instante se secó el flujo de su sangre, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. Y al momento Jesús, conociendo en sí mismo la virtud que de Él había salido, vuelto a la muchedumbre, decía: ¿Quién ha tocado mi vestidura? Y negándolo todos, le decían sus discípulos, Pedro y los que con él estaban: Maestro, ves la multitud que te aprieta y sofoca, y dices, ¿quién me ha tocado? Y dijo Jesús: Alguien me ha tocado, porque he conocido que ha salido virtud de Mí. Y miraba alrededor por ver a la que ésto había hecho. Entonces la mujer, al verse descubierta, medrosa y temblando, sabiendo lo que en ella se había realizado, llegó, se postró ante Él, y le dijo toda la verdad, y declaró delante de todo el pueblo la causa por qué le había tocado, y cómo al momento había quedado sana, Y Jesús le dijo: Ten confianza, hija, tu fe te ha sanado; vete en paz y sé curada de la enfermedad. Y quedó sana la mujer desde aquella hora. Cuando aún estaba Él hablando, llegaron de casa del príncipe de la Sinagoga, diciendo: Ha muerto tu hija, ¿para qué cansas más al Maestro? Mas Jesús, cuando oyó lo que decían, dijo al príncipe de la Sinagoga, padre de la niña: No temas, solamente cree, y será salva. Y no dejó ir consigo a ninguno, sino a Pedro y a Santiago y a Juan, hermano de Santiago. Y llegan a casa del príncipe de la Sinagoga, y ve a los tañedores de flauta, y el tumulto, y a los que lloraban y plañían, que todos lloraban y se lamentaban por ella. Y habiendo entrado, les dijo: ¿Por qué os conturbáis y lloráis? Retiraos, no lloréis; no está muerta la niña, sino que duerme. Y se mofaban de Él, sabiendo que estaba muerta. Pero Él, echándolos a todos fuera, toma consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que con Él estaban, Pedro, Santiago y Juan, y entra donde la niña yacía. Y tomando la mano de la niña, clamó y le dijo: Talitha cumi, que quiere decir: Niña, a ti te digo: levántate. Y volvió el espíritu a ella, y se levantó en seguida, y echó a andar, pues tenía doce años. Y sus padres quedaron atónitos de un grande espanto. Y Él les mandó vehementemente que a nadie lo dijeran, que nadie lo supiese. Y dijo que dieran de comer a ella. Y corrió esta fama por toda aquella tierra.

De regreso de la región de Gerasa, donde había abordado Jesús después de calmar la tormenta, llegó de nuevo a la playa occidental del lago, desembarcando seguramente en Cafarnaúm.

Tan grande era la fama del taumaturgo, que no sólo los pobres y simples vienen a demandar gracias a Jesús, sino también un personaje de tanta eminencia como un príncipe de la sinagoga, que presidía el culto y la asamblea en los actos religiosos, y ejercía también las funciones judiciales.

Al ver el ilustre judío a Jesús, cae de hinojos a sus pies, reconociendo en Él algo más que un simple hombre, rogándole que entrase en su casa. El príncipe judío implora con mucha instancia a Jesús, exponiéndole los motivos de su gran dolor.

El Evangelista pinta de un trazo la angustiosa situación de aquella familia: tenía una hija única, como de doce años, y ésta se estaba muriendo.

No tiene Jairo la fe del Centurión; pero cree, y Jesús va a premiar su fe, pues, levantándose, se fue con él.

También sus discípulos y la enorme multitud de la playa siguen a Jesús y Jairo; y le apretujaban en la angostura de las calles.

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Durante el trayecto a casa del archisinagogo, va a dar Jesús una prueba de su poder soberano y de su omnisciencia.

Los Evangelistas convergen en darnos un bosquejo trágico de otra pobre enferma: una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años atrás (la misma edad de la niña), y que había sufrido mucho en manos de muchos médicos; y gastado todo cuanto tenía; y que por ninguno había podido ser curada, ni había adelantado nada, antes empeoraba más…

Tenemos, pues cinco calamidades: enfermedad vieja y dolorosa, ocasionándole la miseria, a la que se suman aflicción del desahucio, la aflicción de una vida desgraciada y la perspectiva de una muerte próxima.

El flujo de la pobre mujer era uterino; enfermedad grave y vergonzosa, que llevaba la extenuación de la paciente hasta provocarle la muerte. Además, entre los judíos producía la impureza legal.

Por ello la enferma, cuando oyó hablar de Jesús, cuyo poder sólo de fama conocía, pero que le había inspirado gran confianza, va por detrás del taumaturgo, pues a nadie, ni al mismo divino Médico quería revelar su vergüenza.

Y tocó la orla de su vestido, no obstante no saber si Jesús había curado a alguien por el simple contacto de sus vestidos; tal era la fe en la santidad y poder milagroso de Jesús.

El término griego usado lo mismo puede significar el “ruedo” del manto o vestido, que las “borlas” o “flecos”, que se usaban en los cuatro ángulos de los vestidos para acordarse de los mandamientos de la Ley y ponerlos por obra.

Y en aquel mismo instante se secó el flujo de su sangre, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal, por la sensación que tuvo del vigor readquirido.

Y al momento Jesús conoció en sí mismo la virtud que de Él había salido. Sale de Él la virtud curativa en su efecto, permaneciendo entera en su esencia, como la doctrina que enseña.

No quiso Jesús que el milagro permaneciese oculto, y esto dio lugar a un nuevo episodio. Para llamar la atención sobre el hecho, Jesús preguntó: ¿Quién ha tocado mi vestidura?

Niegan todos le hayan tocado con una intención determinada.

La interpelación de Jesús provoca un alto en la comitiva; y el Maestro repite su pronunciamiento: Alguien me ha tocado, porque he conocido que ha salido virtud de Mí.

El evangelista relata de un modo sencillo, popular, el hecho de que Cristo “sintió en sí mismo” la virtud que salía de Él, queriéndolo y autorizándolo.

San Marcos ha querido oponer al conocimiento experimental sensible de la mujer el conocimiento intelectual de Jesús.

Si Cristo obra así, no es por ignorancia, sino para elevar y confirmar la fe de aquella mujer, haciéndole ver que no fue la curación por un contacto supersticioso, sino por efecto de la fe.

San Agustín lo expresó en una fórmula excelente: Los otros le oprimen, ésta le toca.

El que Cristo no prohíba aquí la publicidad del milagro se explica por la misma naturaleza oculta de la enfermedad.

Quiere, pues, Jesús a todo trance descubrir el milagro y a la mujer con él favorecida: Y miraba alrededor por ver a la que ésto había hecho. Miraba porque, conociendo a la mujer en su omnisciencia, quería que ésta declarase públicamente lo ocurrido.

Por el aspecto de Jesús y sus palabras, comprendió la mujer que no debía quedar oculto lo que en ella se había hecho. Temió y tembló, por si había obrado mal en tocar clandestinamente al taumaturgo, y venciendo la muralla de gente y los humanos respetos, llegó, se postró ante Él, buscando una segunda misericordia en quien tan grande se la había ya tenido, y le dijo toda la verdad, con confesión humilde y timorata. Y no sólo a Jesús lo dijo, sino que declaró delante de todo el pueblo la causa por qué le había tocado, y cómo al momento había quedado sana.

Jesús, obtenida la confesión de la mujer y hecho público el milagro, lleno de dignidad y misericordia, le quitó todo temor y la confirmó en su salud: Ten confianza, hija, tu fe te ha sanado… No el simple contacto de mi vestido, sino tu fe en mi poder y bondad. Vete en paz, vive vida feliz y próspera…

Es eficaz la palabra de Jesús; el milagro fue completo y duradero en sus efectos: Y quedó sana la mujer desde aquella hora.

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Sigamos a Jesús y a la compacta multitud que desde el mar le acompaña a casa del archisinagogo. El milagro de la hemorroísa no ha causado más que un breve alto en la ruta.

Entretanto, y en la ausencia del padre, la jovencita ha muerto; de la casa de Jairo vienen a darle al padre la infausta nueva, y le dicen: ¿Para qué cansas al Maestro?

Creen en el poder de sanar que tiene Jesús, no en el de resucitar los muertos…

La prueba le resultaba especialmente dura a Jairo, cuando acaba de presenciar la curación de la hemorroísa. Es un contraste acusado en dos actitudes de fe.

Antes que la pena rompa el corazón del padre, Jesús lo sostiene con la esperanza: No temas; solamente cree, y será salva; no le será al príncipe tan difícil creer, después del milagro que acaba de presenciar en la hemorroísa.

Crecería su confianza al ver que Jesús, a pesar del infausto anuncio, no desiste de ir a su casa, aunque no consiente más testigos que a tres discípulos: Pedro, por razón de su preeminencia; Santiago, que debía ser el primero en confirmar su fe con el martirio; y Juan, el que más altamente había de escribir de la divinidad de Jesús.

Estos tres aparecen más tarde como privilegiados testigos de la Transfiguración y Getsemaní.

Y llegan a casa del príncipe de la Sinagoga; no hay que dudar de la muerte de la niña, se había desarrollado una desgarradora escena de duelo: los tañedores de flauta tocaban aires lúgubres; grandes eran la confusión y el ruido, todos lloraban y se lamentaban por ella.

Y habiendo entrado, Jesús les dijo, ante la expectación de todos por la presencia del taumaturgo: ¿Por qué os conturbáis y lloráis? Retiraos; no es hora aún de estas manifestaciones ni de que acompañéis a un supuesto difunto; no está muerta la niña, sino que duerme.

Muerto está aquel que ha acabado el curso de la vida en la tierra; la joven no ha hecho más que interrumpirlo, como en una especie de sueño.

Las palabras de Jesús producen decepción en quienes las oyen; ellos están segurísimos de la muerte de la niña; no será tan gran profeta quien desconoce el hecho; y se mofaban de Él.

Su escasa fe no merece que estén en su presencia; entonces, echándolos a todos fuera, tomó consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que con Él estaban, Pedro, Santiago y Juan, y entró donde la niña yacía.

La escena que en la cámara de la difunta se desarrolló es tan sublime como sencilla su descripción en los Evangelios.

Están suspensos los ánimos de los testigos, por la solemnidad que da Jesús al acto.

Y tomando la mano de la niña, en actitud de incorporarla, clamó, como se suele llamar a los que están dormidos, y le dijo, acompañando la voz al gesto: Talitha cumi, que quiere decir: Niña, a ti te digo: levántate.

Las palabras arameas significan: “Niña, levántate”. San Marcos intercala en la fórmula “(Yo) a ti te digo”, para destacar la autoridad de Cristo.

Dijo, y fue hecho; el que vino a triunfar de la muerte, arráncale esta presa como primicia de su victoria.

No sólo se levantó, sino que demostró la plenitud de la vida recobrada, echando a andar, entrando en la normalidad de sus funciones. Y sus padres quedaron atónitos de un grande espanto.

Y Jesús mandó que diesen de comer a la niña. Tenía esto dos finalidades: una apologética, demostrar aún más la verdad de la resurrección, y otra demostrar la dualidad del milagro: no sólo la había resucitado, sino curado; la necesidad de comida haría ver la perfecta salud que ya gozaba.

Jesús les impuso un grave mandato: no dirán a nadie el prodigio, contra lo que había ocurrido con la hemorroísa, que Él mismo quiso se publicara.

Hecho el milagro recomienda, pues, insistentemente que no se divulgue.

Buscaba con este silencio el que no se excitasen extemporáneamente los ánimos mesiánicos.

Precisamente, en aquel ambiente de expectación mesiánica, flotaban confusamente diversos signos sobre la aparición del Mesías. Y entre éstos, uno de los que diversamente interpretado era la resurrección de los muertos y su relación con los días mesiánicos.

La resurrección de un muerto podía encender, mejor que otro hecho, la explosión mesiánica.

Esta parece ser la diferencia de conducta de Cristo ante la curación de la hemorroísa, cuya confesión Él mismo provoca, y esta resurrección, a cuyo milagro impone secreto.

Es verdad que no era fácil que se guardase el secreto en aquel caso. La muerta iba a aparecer viva. Pero siempre se vería que Él no buscaba la exhibición mesiánica, y que en aquel momento evitaba aclamaciones y turbulencias.

De hecho, no pudo ocultarse la resurrección; la niña, que había sido vista muerta, ahora lo era viva.

A pesar de tamaño prodigio, y que la ley mandaba que fuera reconocido como profeta aquel cuya palabra se verificase, aquel pueblo protervo no reconocerá la mesianidad de Jesús, con tales portentos confirmada.

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De estas curaciones milagrosas debemos sacar unas cuantas enseñanzas.

La primera es que no basta estar en la capilla, cerca del Sagrario, para llenarse o aprovecharse de la virtud que brota de Jesús Sacramentado.

La segunda enseñanza es que para sacar virtud del Santísimo Sacramento hace falta tocar… ¡y saber tocar al Corazón de Jesús que está en Él!

¡Saber tocar! ¿No es eso lo que quiere decir aquel quién me ha tocado, en medio de aquella muchedumbre que le tocaba hasta oprimirlo?

Los discípulos, quizá sin darse cuenta, han puesto un nombre adecuado a lo que hacen con Jesús muchos que andan con Él: Las muchedumbres te rodean y te oprimen

¡Oprimir a Jesucristo! ¡Dios mío! ¡Qué temor hemos de experimentar al escuchar esta expresión!

¡Qué temor y qué pena en pensar que no pocas veces los que concurren a las iglesias están imitando a las turbas del Evangelio; están oprimiendo a Jesús!

¡Qué pena es pensar que hasta muchas comuniones son opresiones; sí, opresiones y, si fuera posible, asfixiantes, por tanta falta de espíritu cristiano y tanta abundancia de espíritu mundano!

En cambio, ¡qué poquitos son los que saben tocarle y, por consiguiente, sacarle virtud!

Con la fe se toca a Cristo, ha dicho San Ambrosio… San Agustín lo expresó, como hemos dicho, con la excelente fórmula: Los otros le oprimen, ésta le toca.

Con la fe se toca a Cristo; pero no con una fe que se contenta con rezar el Credo, sino con aquella fe de la hemorroísa, que empieza en la humildad de no creerse digna ni siquiera de ponerse delante del Santo Maestro y que termina y se manifiesta en la confianza firme de ser curada sólo por el contacto con lo más insignificante de su persona, la orla posterior de su vestidura.

¡La fe viva! Esa es la que toca a Cristo, la que llega hasta su Corazón.

Si con fe viva nos llegáramos al Sagrario, ¡cómo nos sumergiríamos en aquel mar de luz, de amor, de vida, que brota de aquel Corazón! ¡Cómo se curarían todas nuestras dolencias! ¡Cómo gozaríamos de salud inalterable! ¡Cómo obtendríamos mucho más de lo que pedimos y esperamos!

Pero ¡nos hacen tanta falta aquella humildad, que lo teme todo de sí, y aquella confianza, que lo espera todo de Nuestro Señor!

Tercera enseñanza es que la virtud del Corazón de Jesús está no pocas veces desperdiciada, porque hay que tocarle y se empeñan simplemente en no ir o en ir para oprimirlo.

Y en cuanto a la resucitada, para su padre Jairo y los suyos, estaba muerta la niña. No lo estaba para Jesús, sino solamente dormida, porque Él, precisamente, venía a despertarla, igual que lo hizo con el joven de Naím y con Lázaro.

Descansaba el cuerpo de la muchacha, mientras su alma estaba a las órdenes de Dios, que la había creado y que iba a mandarle informar nuevamente el cuerpo que por unos momentos dejó.

De aquí, dice San Beda, viene la costumbre de que llamen los cristianos a sus muertos durmientes, o dormidos.

Se ha dormido en la paz de los justos, decimos. Es que todos hemos de resucitar, según nos lo enseña el Credo.

Desde este momento, la muerte no es más que un sueño. ¿Qué importa sea breve, como el de los resucitados del Evangelio, o largo, como el de quienes hemos de esperar la resurrección final?

Nuestro Redentor vive, y Él nos vivificará en su día; tengamos guardada en nuestro pecho esta esperanza.