SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO XIII.

Ne projicias me a facie tua, et spiritum sanctum tuum ne auferas a me

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No me arrojéis de vuestra presencia, y no me privéis de vuestro santo espíritu

No puedo yo imaginar, sin un sumo espanto, el estado en que queda el alma cuando por el exceso de sus culpas se acarrea la desdicha de ser arrojada de vuestra adorable presencia. ¡Oh Dios mío! este punto de reprobación es tan funesto y terrible que, por más endurecida que esté en el pecado, por muchos malos hábitos que haya contraído, me parece que, como se lleguen a hacer serias consideraciones sobre una cosa tan espantosa, no habrá cosa alguna de cuantas penden de nuestro arbitrio que no hagamos de buena gana por librarnos de esta desventura.

Si un alma fue capaz de recibir algunas de vuestras divinas impresiones, Dios mío, no pienso que pueda jamás olvidarlas tanto que se exponga a peligro de ser arrojada de vuestra presencia. ¡Oh desdicha la mayor de todas las desdichas! ¡Oh perfidia, ingratitud, vanidad, venganza, disoluciones, mentiras, traiciones, que nos acarreáis tal desventura! ¿No sois vosotras pasiones muy funestas, y muy crueles? ¡Oh alma mía! rompe valerosamente esos formidables enemigos, destiérralos para siempre, y no te dejes engañar más de ellos, todavía es tiempo de alejarlos de tú, y de hacer que el bien suceda al mal; tiempo es aún de recurrir a las misericordias de tu Dios; debes juzgar, que para ti aún no están cerrados sus tesoros, pues hace tanto por ti, que te inspira el deseo de tu conversión y el temor de tu reprobación; pero no abuses de un momento tan precioso , y que tan presto pasa.

Corre tras tu Salvador, arrójate a sus pies, abrázalos, riégalos con tus lágrimas, háganse tus ojos dos vivas fuentes; pídele perdón, y enmiéndate, porque bien sé yo, Señor mío, que no basta sólo pediros perdón; es necesario también corregirme. Sin esta circunstancia pareceré semejante a aquellos enfermos que toman una parte de los remedios que les ofrecen, y rehúsan la otra, aunque fuese la más esencial para su curación.

No me arrojéis, Dios mío, de vuestra presencia, y no retiréis de mí vuestro santo espíritu. Dadme los sentimientos de amor y de temor, que me son necesarios para que me hagan obrar el bien con voluntad perfecta.

Salgan, Señor, mis oraciones de lo íntimo de mi corazón, mi boca solamente sea su intérprete. ¡Ah! gran ceguedad sería la mía, si sólo pretendiese engañar al mundo; no advirtiendo, como debo, que el mundo es la misma nada, y que Vos Señor que lo sois todo, veis con entero y perfectísimo conocimiento todas mis intenciones y afectos; que según ellos me habéis de juzgar, y no según mis palabras; y que si una vez dejo llenar la medida de mis pecados, seré perdida para siempre.

¡Oh qué palabras estas tan espantosas! ¡Perdida para siempre! ¿Es posible que obraré siempre, como si nada hubiese que temer para mi salvación, que tendré siempre la mayor indulgencia para con mis culpas?

Ah!, si yo fuese mi juez, parece verosímil que me absolviera a mí misma; pero el Juez lo sois Vos Dios mío, y el que después de haberme esperado con tanta paciencia y bondad, quizás por fin os cansareis de sufrirme y perdonarme, si yo abusare más del tiempo que me concedéis.

No me arrojéis de vuestra presencia, y no me retiréis vuestro Santo Espíritu. Este me alumbre en el camino de la perfección, Él me ilumine en la elección del bien y del mayor bien. Si este Espíritu Santo está conmigo, me fortalecerá contra mis formidables enemigos, y derramará en mi alma la suavidad de su unción, el vaso de impureza se mudará en vaso de elección; mi pobreza se trocará en riquezas; el único objeto de mis deseos será mi único Salvador; despreciaré las cosas despreciables del mundo, el yugo de mi Criador me será suave y ligero; y este divino espíritu me pondrá en salvo debajo de sus alas en el día de mi muerte, para hacerme participante de la gloria.

¡No os retiréis, oh Espíritu Paracleto, lazo de amor del Padre y del Hijo! Abrasadme con vuestros celestiales ardores. Dios mío, tened piedad de mí; Dios mío, socorredme, no me arrojéis de vuestra presencia, y no me privéis de vuestro Santo Espíritu.