Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

joven¿Quién es el más rico?

«¿Quién es el más rico?», preguntaron al sabio griego Cleantes. «Quien se contenta con menos», contestó.

Cuánto menos sean tus pretensiones materiales, mayor será tu independencia. Y basta ver la maestría que tiene la civilización moderna, la propaganda, para despertar «necesidades innecesarias» en los hombres. La modestia en los deseos ya es una fuente de ganancia.

¿Por qué tantos engaños, estafas, robos, corrupción? Porque los hombres sólo quieren gozar, pero no quieren sacrificarse.

¿Por qué tantas vidas desgraciadas? Porque gastaron más de lo que tenían.

La austeridad en los gastos educa el carácter y aumenta el sentimiento de inde­pendencia, mientras que el derroche induce a la ligereza y la ruina.

No compres «porque todos lo tienen». Piensa en los millones de pobres del mundo que no tienen nada. Con ese dinero que ahorras, por no gastar en cosas superfluas, puedes ejercer la caridad, amar de forma generosa y desin­te­resada. Y esto es un sabroso manjar espiritual del que no te debes privar.

Pruébalo, por favor; verás que alegría te proporciona separar algo de lo tuyo, privarte con un pequeño sacrificio, ayudando con ello a los más pobres. La verdadera limosna no procede de lo que nos sobra, sino de lo que nos es nece­sario. La limosna nos tiene que doler.

Aunque no seas rico, si consumes poco, siempre tendrás para ejercer la caridad.

La alegría del trabajo

 La riqueza de un país proviene, no de sus fértiles llanuras, ni de sus riquezas forestales, ni de sus riquezas minerales…. sino del trabajo de sus hombres, de la inteligencia que sabe usarlas con precisión.

El trabajo es uno de los mejores educadores del carácter, enseña a saber vencerse a sí mismo, a ser perseverante y pone en tensión el espíritu. Valora el trabajo el que se ve obligado por largo tiempo —enfermedad o desempleo— a la inactividad. Es uno de los mayores sufrimientos de los presidiarios, cuando se les obliga a estar sin hacer nada meses y años; basta para volverse loco.

Al mismo tiempo, el hombre que todo lo tiene, cuyos deseos se cumplen apenas asoman, pasará una vida con más espinas que flores, pues sin trabajo, la vida es un soñar vacío y vano. Por más rico que seas has de trabajar. De la inactividad nace la ruina moral y espiritual. Por esto, llega a decir San Pablo: «Quien no trabaje, que no coma» (II Tes. 3, 10).

Trabajar, no aparentar

No basta con aparentar que se trabaja. El perezoso es cruel verdugo de sí mismo. En medio del trabajo vuela el tiempo, mientras que se hacen eternos los minutos cuando no se hace nada.

Uno de los primeros medios para el robustecimiento de la voluntad es precisamente el trabajo que obliga al esfuerzo continuo y minucioso. Quien trabaja no tiene tiempo de estar descontento, de rebelarse contra su suerte. Aún más: el trabajo nos absorbe y hasta nos hace olvidar las pequeñas molestias y preocupaciones de la vida.

No basta con sentarse a estudiar, hay que estudiar. El estudiante perezoso puede aparentar que estudia, está sentado ante el libro abierto, lo mismo que los demás; vuelve las páginas de la misma manera o más todavía. Mira con tal seriedad las letras que hasta puede hacer que su madre lo acaricie con compasión: «¡Pobre hijito, te matas con tanto estudiar». Y, sin embargo, no hace sino aparentar que estudia. Su entendimiento va errante por todas partes. En su cabeza se acumulan pensamientos que nada tienen que ver con el estudio.

El libro de los Proverbios del Antiguo Testamento pinta magistralmente en pocos trazos al hombre perezoso que «quiere y no quiere» (Prov. 13, 4), que «se consume por sus propios deseos» (Prov. 21, 25), ya que toda su vida y todo su trabajo no son otra cosa que deseos y suspiros infructuosos. Ni por casualidad sabe decidirse a tiempo en sus tareas, exagera las dificultades y huye con miedo del esfuerzo. «El Algebra es extremadamente difícil, es inútil, no es posible aprenderlo», repite. Y cierra el libro antes de empezarlo. Todo lo prueba, de todo tiene vagas noticias, pero nada sabe como corresponde.

Hasta puede pasar con habilidad los años valiosos de su juventud en los centros educativos sin sacar de ellos el menor provecho. Si va a la escuela, es porque se le obliga. Si presta atención es muy a pesar suyo, teniendo el entendimiento muy lejos de donde está. Aparenta estar atento, pero no adelanta.

Para vencer la pereza, tendríamos que imitar al comerciante que seguía estos principios:

«No olvides que el deber principal de la vida es el trabajo. El tiempo es oro, no lo malgastes. Lo que puedas hacer hoy no lo dejes para mañana. Da importancia a la cosa más insignificante. Haz que el orden gobierne tus acciones. Esfuérzate en hacer el mayor número de obras buenas durante toda tu vida. Trabaja con diligencia hasta el último momento de tu vida.»

Continuará…