Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

jovenEl peligro del éxito

No lo niego: el éxito estimula a perseverar en el trabajo, al ver cómo las fatigas han tenido su premio. También, es verdad, que pierde fácilmente el ánimo el que siempre fracasa. Pero el peligro está en que nos aficionemos al triunfo. El aplauso ficticio o conseguido demasiado pronto puede causar la caída de los talentos más encumbrados.

Hay jóvenes que por unos chillidos de violín, o por algunos brochazos, se ven aclamados por sus padres o por sus amigos como un nuevo Mozart o un nuevo Rafael. Naturalmente, no necesitaba más el muchacho. En seguida se cree ser un genio, un superhombre, y se comporta como tal: es un estrambótico, un genio indisciplinado, nada merece su respeto, todo lo critica y, sobre todo, no se esfuerza por aprender. «Viviré de mi talento», se dice inconscientemente. ¡Gran equivocación! Si de verdad el Señor te ha concedido algún talento o capacidad sobresaliente, fórmate en lo que fuere cuanto puedas y ten cuidado para no perder tu sencillez. Manténte humilde.

Newton, el famoso físico, aun después de sus investigaciones y de sus resultados, decía que su trabajo era semejante al de aquel que fuese recogiendo conchas a la orilla del inmenso mar de la verdad: «Lo que piensa el mundo —escribe— de mi labor, no lo sé; pero a mí me da la impresión de que es como un juego de niño a la orilla del mar; de vez en cuando quizá haya encontrado una piedrecita más vistosa o una concha más hermosa que mis compañeros de juego, mientras observo que el océano de la verdad sigue impenetrable.»

Cuanto más sabio, más humilde es el hombre; porque cuanto más aprende y sabe, con tanta mayor claridad ve lo increíblemente poco que sabe respecto a lo que le queda por saber.

Walter Scott, el gran sabio y escritor inglés, después de una larga labor de decenas de años, tenaz y perseverante, reconocía: «Durante mi carrera me sentía atormentado e impedido por mi propia ignorancia.»

No en vano dijo Sócrates: «La mayor sabiduría humana es saber que no sabemos.» Y también Sócrates: «Muchos habrían sido sabios si no hubieran creído que ya lo eran.» Un proverbio húngaro dice: «Si tuvieras talento, no lo sacarías a relucir.»

Suelen decir los alemanes de la gallina que cacarea estrepitosamente pero que da pocos huevos: «Mucho ruido y pocos huevos.» También lo decimos en castellano: «Mucho ruido y pocas nueces.» La estupidez y el orgullo brotan del mismo tronco.

En una ocasión Alcibíades se envaneció ante su maestro Sócrates de las numerosas tierras que poseía en las cercanías de Atenas. Ante tal actitud Sócrates sacó un gran mapa y le dijo: «Muéstrame dónde está Asia.» Alcibíades mostró el gran continente. «Bien. Y ahora, ¿dónde está Grecia?» También se la mostró, pero ¡qué trozo del mapa más pequeño ocupaba. «¿Y dónde está en Grecia el Peloponeso? Alcibíades casi no lo encontró en el mapa, tan pequeño era. «Y ¿dónde está Atica?» Imposible de distinguir. Mucho menos las tierras que poseía.

El demonio del dinero

Otra prueba decisiva del carácter de un joven es la manera de procurarse dinero, de ahorrarlo y de gastarlo. La locura, la caza del dinero, ha cautivado a muchos. No se puede vivir sin dinero, es verdad; pero no lo es menos que vivir tan sólo por dinero, no es vida humana. La caza de dinero no puede ser fin digno de la vida humana, ya que el dinero es sólo el medio para la conse­cu­ción de bienes más elevados.

Por desgracia, son muchos los que queman incienso al becerro de oro, como los judíos idólatras en el desierto. Son muchos también los que valoran al hombre por lo que tiene y no por lo que es: «Este tiene tal auto y tantas hectá­reas…» Pero lo principal será siempre esto: «¿Ves? Es un hombre hon­ra­do de pies a cabeza.»

Muchos se esclavizan durante años para hacerse una fortuna y se em­pe­ñan los restantes para guardarla como un policía. Tiene razón San Bernardo: «La fortuna la conseguimos con fatigas, la guardamos con preocupaciones y la perdemos con dolor.»

«¿Qué? ¿Entonces no está permitido crearse una fortuna con honrado esfuerzo?» Claro que sí. Pero quien adquirió una gran fortuna con que podría hacer tantas obras buenas en favor de sus prójimos y las omite, este tal no tiene perdón de Dios. Según la enseñanza de Jesucristo, sólo está permitido amon­tonar grandes bienes si con ellos practicamos la justicia y hacemos obras de misericordia.

No hay que ser comunista ni es menester negar el derecho de propiedad para afirmar que las enormes fortunas no han podido amontonarlas un solo individuo; muchos obreros y empleados las regaron con su sudor; por lo mismo, se debe invertir bastante de tales fortunas en el bien común, en favor de la humanidad. «Nobleza obliga», es un dicho que muchos conocen. Perola riqueza obliga también; obliga a prestar auxilio, a portarse con liberalidad con espíritu cristiano y social. «El corazón se endurece más aprisa en la ri­que­za que el huevo en el agua hirviendo» (Burne).

Recibiste de Dios una fortuna sólo a manera de préstamo, y un día tendrás que rendir estricta cuenta de su empleo. Si todos viviesen este principio, se podría resolver en un solo día la cuestión social.

Hay, por otro lado, jóvenes que no saben vivir sin gastar. Si pasan ante una pastelería, ante una tienda de deportes, ante un cine, ante un vendedor de helados… cada cual según sus gustos, si tienen dinero en su bolsillo no pueden dominarse. Estos muchachos nunca estarán satisfechos y nunca tendrán dinero, porque toda su fortuna se derretirá entre sus manos como la nieve al primer rayo del sol.

Preguntaron una vez a un rico que había sabido abrirse camino a costa de grandes luchas, cómo pudo acumular tanta fortuna. Así contestó: «Mi padre me inculcó profundamente que no debía jugar antes de acabar el trabajo; y que no debía gastar el dinero antes de poder ganarlo.»

¡No derrochar el dinero que no has ganado! Es lo que ocurre con muchos estudiantes con el dinero de sus padres. Mantén el firme propósito de no gastar ni un céntimo en cosas superfluas. Sólo así podrás estar contento con tu suerte el día de mañana. Por este razón muchos hombres están descontentos, no porque no gastan, sino porque no saben frenar sus pretensiones. Acostumbrados a un alto nivel de vida nunca les llega el dinero que ganan. Por otra parte, hombres de mediana fortuna pueden vivir honradamente y sin pesares si conocen el arte de la economía y no son esclavos del consumo.

¿Cómo se cazan los monos?

¿Sabes cómo los negros cazan al mono? Tienen un modo harto ingenioso. Atan bien fuerte al árbol una bolsa de piel con arroz, la comida favorita del mono. El agujero de la bolsa es de tal tamaño que por él puede pasar apretadamente la mano del mono, pero no si está se llena con un puño de arroz, no pueda sacarla de nuevo. ¡Pobre mono! Sube al árbol, mete la mano en la bolsa, y la llena de arroz. Sí, pero… no puede sacar el puño. En este momento sale del escondrijo el cazador; el pobre animal grita, salta, se retuerce… es inútil, el negro lo agarra. No hubiera tenido el mono más que abrir la mano, soltar el botín, y estaba salvo. Pero eligió el cautiverio antes que desprenderse de la presa.

¡Cuidado!, joven, no te aprisione también el amor ávido del dinero y no te arrastren a sus cárceles la avaricia.

No podemos vivir sin dinero, pero ¿cómo vivir para que el dinero me sirva y no me esclavice? Trátalo tan sólo como un medio, no lo conviertas en fin por la forma de adquirirlo. Por un plato de lentejas, por unas ventajas materiales, no vendas el derecho de primogenitura de los hijos de Dios, tu propia alma.

Cuando alguien muere suele preguntarse: «¿Cuánta fortuna dejó?» Habría más bien que preguntarse: «¿Cuántas obras buenas hizo?» Por muy rico que seas no has de vivir siempre.

Continuará…