SOBRE LA MATERNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

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Y nació de Santa María Virgen

En la doctrina de la Encarnación del Hijo de Dios dijimos que de este inefable misterio resultaban dos puntos de fe, que cedían en la mayor excelencia de María Santísima Nuestra Señora; y que por esto, y por ser dogmas de Religión exigían de nosotros un particular examen y cuidado.

El primero es la Maternidad de María Santísima respecto de todo un Dios humanado en sus purísimas entrañas. La exposición de este artículo reservamos para este lugar, como inmediato al nacimiento de su Santísimo Hijo; y su instrucción es de una utilidad inefable para el hombre.

En virtud de este dogma debemos creer que María Santísima es real y verdaderamente Madre de Dios. Este es el primero entre todos los atributos que le canta y celebra la Iglesia en sus letanías: Sancta Dei Genitrix, Ora pro nobis. Y el Espíritu Santo, como interesado en acreditar la hermosura y demás atavíos de su Esposa, nos hace ver en las divinas Escrituras esta inefable dignidad de la Señora en términos tan expresos, que podemos decir ser este uno de los dogmas más perceptibles de la Religión. En efecto, el Ángel que de parte de toda la Santísima Trinidad vino a anunciarle el grande misterio de la Encarnación, nos dejó un testimonio incontestable de esta verdad. Sabe María, le dice, que has de concebir en tus entrañas, y has de dar a luz un hijo, a quien llamarás Jesús. No es esta sentencia de hombres; el Espíritu Santo asegura, que se ha de llamar Jesús el hijo de la Virgen: y siendo Jesús real y verdaderamente Dios, es preciso reconocer y confesar que Dios es hijo de María; y por consiguiente dice Santo Tomás ha de ser tenido por hereje al que se atreva a negar que María es Madre de Dios: Unde hereticum est negare beatam Virginem esse Matrem Dei.

El Santo Profeta Isaías habló de este misterio con expresiones tan terminantes, como podría hacerlo si lo hubiera presenciado; o por explicarme con más propiedad, habló de este misterio como que se lo hizo presente con particular empeño el Espíritu Santo, para que previniese los corazones de los hombres, y los dispusiese a creer una verdad tan útil como gloriosa a la especie humana.

Advertid hijos de Adán; advertid, dice, que una Virgen ha de concebir y parir un hijo. Ahora bien, el ser concebido y nacido es propio de la Persona, dice Santo Tomás. En ningún sentido adaptable, ni con la menor propiedad pueden semejantes predicados aplicarse a la naturaleza: Hipostasis est, non naturæ: y siendo la Persona de Jesús divina, como que es la misma Persona del Verbo, hemos de concluir, que la Persona del Verbo, Dios como el Padre y como el Espíritu Santo, fue concebida y dada a luz por María Santísima, que es la Virgen de quien habla Isaías; que esta Señora es Madre de una Persona que es verdadero Dios; y que es hereje el que se atreve a negar esta verdad: Unde hereticum est negare beatam Virginem esse Matrem Dei.

El sagrado Evangelio usando de las expresiones más sencillas y perceptibles, es y será un argumento invencible de esta dignidad de la Virgen contra toda la obstinación de Nestorio y sus secuaces. Trata del Nacimiento de Jesucristo, y dice, habiéndose cumplido los días del parto, dio a luz a su Hijo primogénito. Expresamente llama el Evangelio Hijo de María a Jesucristo, que es el primogénito que nació de sus purísimas entrañas; y siendo Jesucristo el Señor, el Hijo de Dios, el Dios verdadero, como lo predica San Pablo: Christus Emmanuel, nobiscum Deus, super omnia Deus, es necesario decir que Dios es Hijo de María, y que es hereje el que niega que María es Madre de Dios: Unde hereticum est negare beatam Virginem esse Matrem Dei.

Estos incontestables testimonios del Antiguo y Nuevo Testamento dejan sin habla al hereje, al enemigo de la Virgen. Porque como delicadamente prueba el Angélico Doctor, no importa que las divinas Escrituras no digan expresamente que María es Madre de Dios; basta que en ellas se encuentre con la más clara expresión que Jesucristo es verdadero Dios y que Jesucristo es verdaderamente Hijo de María; que es lo mismo que afirmar que Dios es Hijo de esta Soberana Reina; que esta Soberana Reina es Madre de Dios, y que debe contarse en el número de los herejes el que niega esta verdad.

Los Padres de la Iglesia no podían mirar con indiferencia un dogma tan constante en las sagradas Escrituras; y más cediendo en el mayor honor de María Santísima, a quien todos veneraron por su abogada y protectora; y miraron siempre como a bellísima estrella de Jacob, norte prodigioso de sus operaciones y escritos.

El Padre Natal Alejandro previene en obsequio de esta verdad, que el título de Madre de Dios no tuvo su primer origen en los Padres del Concilio Efesino; antes se valieron éstos, para declarar el artículo, de la respetable autoridad de los antiguos, que unánime y constantemente lo enseñaron.

Con efecto, Orígenes llamó Madre de Dios a la Señora, hablando sobre la carta a los Romanos. San Dionisio Alejandrino escribiendo a Pablo Samosateno le insinúa esta verdad. San Atanasio, San Basilio, San Gregorio Nacianzeno, con otros célebres Doctores antiguos del catolicismo, honraban a María bajo el título de Madre de Dios, y lo sostenían como un punto indubitable. Juan Antioqueno que estuvo más cerca de Nestorio, y lo tuvo por amigo, apenas descubrió su error, no se embarazó en escribirle, que el nombre Teotocos, que quiere decir Madre de Dios, había sido recibido por todos los Doctores de la Iglesia Católica. Por último, Teodoreto, que mucho tiempo pensó como Nestorio, y aun le favoreció; concluye en su libro de las fábulas de los herejes, que los más antiguos y célebres defensores de la fe católica enseñaron que María Santísima se debía llamar y creer verdadera Madre de Dios.

El Padre San Agustín no se contenta con reconocer y confesar que María Santísima es Madre de Dios, sino que pasa a decir que, en cierto modo, mereció esta inefable dignidad. Absorto en esta suave consideración, la dice enternecido: Señora, alcanzadnos lo que pedimos; libradnos de lo que tememos; porque a la verdad no podemos encontrar criatura de más mérito, ni mediadora más poderosa para aplacar las iras del divino Juez, que Vos, que mereciste ser Madre del Redentor y del Juez.

San Jerónimo, dirigiendo a su amada hija espiritual Eustoquia, la dice, no pierdas de vista a María, cuya pureza fue tan maravillosa que mereció ser Madre de Dios.

San Ambrosio y San Gregorio el Grande hablaron de la Madre de Dios por el mismo estilo.

Sin embargo de que lo dicho hasta aquí es bastante para que el católico crea y se deleite en la fe de esta infalible verdad; le conviene saber para su consuelo, que sin tocar en tan sagrados oráculos, se descubre la debilidad del argumento de Nestorio. Con efecto, yo no me canso de dar gracias a Dios, porque los dogmas que nos propone la Religión, aunque sean sobre todo lo que puede entenderse con nuestra limitada luz natural, ninguno es contra la razón.

Es verdad que María Santísima no produce la divinidad de su Hijo, porque la divina esencia no tiene causa de sí, ni la puede tener, como que es infinita y eterna. Pero tampoco es precisa esta circunstancia imposible, para que María Santísima se diga y sea Madre de Dios; al modo que no es menester que una Madre produzca el alma, que es la parte principal de su Hijo, para que real y verdaderamente sea su Madre. Basta, pues, que María Santísima concurriese con la purísima sangre de sus virginales entrañas a la Encarnación del Verbo divino; de modo que la santísima humanidad no subsistió, ni existió un sólo instante separada de la Persona del Verbo; ni un sólo momento hubo hombre que no fuese Dios; con que es preciso decir, que María Santísima es verdadera Madre de todo un Dios.

Y a la verdad, así como aun en lo físico sería una grande impropiedad el decir que una madre no lo es de todo su hijo porque no ha tenido parte en la producción de su alma, y qué solo es madre de su cuerpo, porque administró la materia para su formación, así dice Santo Tomás con San Juan Damasceno, que sería una locución impropia y ajena de verdad decir que María Santísima sólo fue Madre de la humanidad, y no de la Persona de Cristo. Por lo que concluye el Santo Doctor: se debe decir, que la beatísima Virgen es Madre de Dios; no porque sea Madre de la divinidad, sino porque lo es de la Persona que reúne en sí la divinidad y humanidad.

Expresiones dignas de toda veneración y afecto. Por ellas y otras semejantes, que en repetidas cuestiones y artículos expone el Santo Doctor, acredita la tierna y anticipada devoción que tuvo a la Señora, y descubre las poderosas razones que todos tenemos para imitarle.

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Convencido ya el cristiano de que esta inefable dignidad de María Santísima, no sólo es revelada por Dios a su Iglesia y sostenida por los Padres, sino también conforme a la razón natural, le resta saber el tiempo, la ocasión, la solemnidad y demás circunstancias en que se declaró esta verdad por artículo de fe.

Todo contribuye al aumento de sus devotos; y todo se verificó en el célebre Concilio general tercero, que en el año cuatrocientos treinta y uno se congregó en la ciudad de Éfeso. Más de doscientos respetables Obispos compusieron aquella santa asamblea. Los trabajos que pasaron a diligencia de Nestorio y su partido, no caben en una relación tan limitada y precisa como permite una doctrina. Basta saber, que de todos los sacó el Señor con la felicidad y gloria que tiene ofrecida a los que padecen por su causa.

El gran Padre San Cirilo, Patriarca de Alejandría, que presidió al Concilio con Proyecto y Arcadio, Obispos, y Felipe, Presbítero, Delegados todos del Papa San Celestino, nos dejó en una carta la idea más tierna y devota de lo que sucedió en él, descubriéndonos al mismo tiempo la ternura con que los fieles de aquel siglo veneraban a María Santísima, y el grande interés que cada uno tomaba en su mayor gloria.

El día que nos congregamos, dice el Santo, casi trescientos Obispos que estábamos en esta ciudad de Éfeso para la determinación de la causa de Dios y de su Madre, en que gastamos todo el día, perseveró todo el pueblo de la ciudad desde la mañana hasta la tarde esperando la determinación de la Santa Sínodo. Y como oyeron, que aquel infeliz injuriador de la Madre de Dios, habla de Nestorio, había sido depuesto de su Silla Patriarcal, comenzaron todos a predicar alabanzas del Concilio, y a glorificar a Dios que había derribado al enemigo de la fe y de la gloria de su Madre. Y saliendo nosotros ya de noche de la Iglesia donde se celebró el Concilio nos llevaron con hachas encendidas hasta nuestra posada. Y toda la ciudad estaba llena de regocijo, y tanta abundancia de luminarias, que parecía ser de día. Y no sólo nos acompañaban los varones y haciendo muestras de alegría, mas también las mujeres con perfumes de cosas aromáticas, mostrando en todo su gloria el Salvador a los blasfemos.

Con tan gustosa relación declara bien el Padre San Cirilo las amorosas ansias con que el cristianismo de aquel siglo deseaba y esperaba el triunfo de María Santísima sobre el dragón rival de su gloria. Y llegó a lo sumo el regocijo cuando fulminó la terrible y bien merecida sentencia contra Nestorio, firmada por más de doscientos Obispos, como dice Fleuri sobre este glorioso suceso.

Apenas se formalizó la determinación del Concilio, se notificó al hereje, se fijó en las plazas públicas, se comunicó al Clero de Constantinopla, se dio parte a los Monjes solitarios, y todos renovaron en sus corazones la alegría y satisfacción con que miraban los intereses de la Señora.

Por último, se eternizó en la Iglesia la excelencia de María Santísima con el célebre Canon que sirve de argumento contra el hereje, y expone el Angélico Doctor a la atención de los devotos, bajo estas palabras: Si alguno se atreviere a no confesar que Cristo o Emmanuel es Dios según verdad, y de consiguiente que María Santísima es Madre de Dios, habiéndole dado el ser humano en sus entrañas, sea excomulgado.

La excelencia que resulta a María Santísima de esta dignidad es inefable, así como lo es la misma dignidad. Si los hombres la hubieran escogido para Ella, podría haber alguna duda de que el mérito no correspondiese a tan alto destino; pero siendo el mismo Dios quien la escogió, y comunicando el Señor a sus criaturas la gracia proporcionada a la dignidad para que las destina, se remonta a lo que no se puede decir la gracia y el mérito que acompañó a María Santísima, como verdadera Madre de todo un Dios.

Por esta razón me llena de gozo y ternura el elogio que el Espíritu Santo hace de esta Señora, reducido a estas brevísimas palabras: de qua natus est Jesus, de quien nació Jesucristo. Porque a la verdad, todo cuanto se puede decir con lengua de Serafines está compendiado con excelencia en tan sencillas expresiones, María es Madre de Dios; pues no temas persuadirte, que excedió incomparablemente a todos los Patriarcas en la fe, a los Profetas en la esperanza, a los Apóstoles en la caridad, a los Mártires en la constancia, a los Confesores, Vírgenes y demás escogidos en el amor a su Criador.

No temas persuadirte, que por el mérito que supone esta dignidad, se remonta María Santísima sobre todos los coros de los Ángeles, sobre las alas de los Querubines y Serafines, hasta sentarse a la diestra de su Hijo, como Reina vestida de la variedad hermosa de todas las virtudes.

No temas persuadirte, que por el título de Madre de Dios es recibida como Hija adoptiva del Eterno Padre, celebrada en toda la Corte celestial por Madre del divino Verbo, y declarada por Esposa del Espíritu Santo, a quien se atribuye la inefable obra de la Encarnación, por quien es tan grande y gloriosa la Señora María es Madre de Dios.

¡Qué asombro! Yo en mí consideración la supongo árbitra de una gran parte del reino de su Hijo, de su poder, de su misericordia, y de todos los atributos que pueden hacer más conocida y amable su grandeza. Yo no dudo que el Rey de los Reyes en Sion ofrece a su Madre Santísima y amabilísima, lo que Asuero prometía a la peregrina Hebrea; y que a resulta de su infinita dignación, queda María Santísima con el cetro de la mitad del divino Imperio, y con facultades para disponer de él. Yo quedo convencido que en el hecho de ser elegida para tanta dignidad, quedó sigilada para conducto feliz, y medio poderoso, por donde pasan al género humano las inmensas piedades de su Redentor Jesucristo.

¡Qué motivo tan bien fundado de nuestro consuelo! Pecador mío; desde aquí no es la lengua, el corazón, el alma es quien puede sentir y hablar dignamente de tanta dicha. Sí: María Santísima, la privilegiada hija de Adán, la compañera de nuestra naturaleza, la hija de Joaquín y Ana, la castísima Esposa de José, la abogada nuestra es verdadera Madre de Dios; y es lo mismo que decir, que ya se acabó nuestra esclavitud, que ya cayeron a tierra nuestros grillos y cadenas; que ya está sin fuerza, y aun atado nuestro enemigo; que no puede ofendernos si voluntariamente nosotros no lo buscamos, y nos tiramos a sus brazos.

Es lo mismo que decir, que ya se acabaron las lágrimas del destierro; que ya perdieron toda su amargura los trabajos; y que Dios renueva las paces con los hijos de los hombres por mediación de su Madre.

Es lo mismo que decir, que cobremos aliento los pecadores; que no desfallezcamos por golpeados que nos veamos a manos de nuestras pasiones y apetitos; que no desconfiemos aunque sean nuestras culpas sobre las arenas del mar; que para todo hay remedio, porque nuestra Señora es Madre del Dios que nos ha de juzgar.

No te engaño, hermano mío, el Padre San Bernardo penetrado de esta verdad, y con mil experiencias que tenía en la protección de María Santísima, te ofrece todo este bien. Sileat misericordiam tuam… ¡Oh María! Calle el mundo, no hable el hombre en tu favor; nadie alabe tus misericordias, si hay un solo pecador que te ha buscado como debe, y no te ha encontrado en su amparo como Madre.

¡Oh María!, continúa el Padre San Agustín, Vos, Madre de Dios, sois la única esperanza de los que gimen bajo la esclavitud del pecado.

¡Oh María!, concluye el Padre San Anselmo, es como preciso que se salve el que pone en Ti toda su confianza, después de Dios, de quien sois Madre.

Ea, pues, pecador de mi alma; no te detengas; arroja el miedo; tírate a las adorables plantas de María, asegurado de que puede todo lo que quiere para con Dios; y quiere todo lo que puede para ti: nec facultas deest, nec voluntas.

¿Te hallas flaco? ¿Pagas infame tributo a la pasión sensual? ¿Tienes sobre ti la losa de una perversa costumbre? Pues no desmayes, te dice una y mil veces San Bernardo: respice Stellam, voca Mariam. Alza los ojos a la bellísima estrella de Jacob; llama a María Santísima con la confianza de que es Madre de Dios y Madre tuya; y verás que te ilumina con su luz para que vuelvas sobre ti y corras sin tropiezo por el camino de la salvación.

Verás que con el fuego de su caridad consume todos los estorbos que ha podido producir en ti una furiosa pasión. Verás que con la vigilancia de Madre te acompaña y facilita la vuelta hacia la casa de tu Padre y Salvador, aunque hayas disipado hasta aquí los inefables tesoros de su gracia. Verás al fin, que por ser Madre de Dios es torre de fortaleza para ti, de donde penden mil escudos para defenderte de todos tus enemigos.

¡Virgen amabilísima y Madre mía!, Vos sois todo mi consuelo y amparo en esta miserable vida, y no habéis de permitir sea confundido en mi esperanza. Vos sois vida, dulzura y abogada nuestra, y no habéis de sufrir que malogremos vuestras piedades, ni empeoremos con nuestras culpas nuestra causa. Sois Madre de nuestro Dios y Salvador; sois coadjutora de la redención del hombre, y habéis de clamar en la presencia de vuestro Hijo, para que se logre sobre nosotros la preciosísima Sangre que derramó por nuestro remedio.

¡Dios de mi vida! ¡Jesús de mi corazón!, todo este bien os pide para nosotros vuestra amabilísima Madre, oíd sus ruegos, y remediadnos en tanto apuro. Vos que la escogisteis para Madre, la hicisteis abogada de los pecadores, pues por su intercesión clamamos a Ti, y esperamos de vuestra infinita misericordia el perdón de nuestras culpas, y los auxilios de vuestra poderosísima gracia, prenda de la gloria. Amen.