LETANÍAS LAURETANAS – QUINTA PARTE

REINA DE LOS ÁNGELES

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Esta última parte de las Letanías reúne y exalta las excelsas grandezas de María celebrando su soberana realeza en el Cielo y en la tierra.

Por doce veces le damos el glorioso título de Reina a la Hija, a la Madre, a la Esposa del Rey; debemos invocarla como a Reina porque el título de Rey no sólo corresponde a cada una de las Personas Divinas, sino también a Dios – Hombre, el Hijo de María Santísima. Él mismo aprobó para su Persona este nombre: “Sí, como dices, soy Rey” (Juan 18, 37).

A la diestra del Rey, el Salmista vio a una Reina, vestida con manto de oro, gozosa del poder que Dios le ha otorgado, de poder conceder a quien la invoca toda clase de gracias y bendiciones. Esta Reina es María que fue investida de esta dignidad cuando Dios Padre, desde toda la eternidad la eligió por su Hija, por Esposa del Divino Espíritu y por Madre de su Unigénito y fue constituida Reina, no solo de los hombres, sino también de los Ángeles, que son espíritus puros, muy poderosos, ágiles como el pensamiento y puros como la luz. Son inteligencias tan grandes que, si queremos honrar entre nosotros un entendimiento, lo llamamos angélico.

Los Ángeles son ministros del Omnipotente. ¡Qué honor tener dominio sobre estos espíritus tan nobles; ser Reina de súbditos tan numerosos y potentes! Y esta autoridad y poder corresponde a María Reina de los Ángeles, porque les aventaja en dignidad, es más excelsa que Ellos.

La raíz de su excelsa dignidad, de su autoridad y de sus privilegios se debe a que es Madre del Verbo Divino. Ella pudo decir con el Padre Eterno: “Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” (Salmo 2:7).

La causa de tanta exaltación de María fue SU SINGULAR HUMILDAD.

Humildad es el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y obrar de acuerdo con este conocimiento. Es un movimiento de “descenso” cuyo punto de partida es el falso lugar que nos señala el amor propio y cuyo término es la verdad. Por eso “la humildad es la verdad”. (Sta. Teresa).

Así, cuanto más llenos de amor propio, tanto más vacíos estamos de verdaderos méritos.

Veamos en la Anunciación el ejemplo tan grande de humildad de María. Ante la sublime revelación del Ángel que la proclama Madre de Dios, Ella protesta ser solamente la humilde esclava del Señor. La verdadera humildad se manifiesta en la obediencia.

¡Oh Madre amada. Reina de los Ángeles, alcánzanos la gracia de saber combatir nuestro amor propio para ser verdaderamente humildes!

 

REINA DE LOS PATRIARCAS

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Patriarca es una palabra griega que significa padre o jefe.

Con el nombre de Patriarcas se honra a algunos Santos del Antiguo Testamento, elegidos por Dios como guardianes y depositarios de la fe en el futuro Mesías. Esta fe, avivada por las frecuentes revelaciones de Dios, fue transmitida por los Patriarcas a sus descendientes como un faro de luz en medio de las tinieblas de la ignorancia y del pecado.

También en los siglos cristianos se da por analogía el nombre de Patriarca a los Santos Fundadores de las más famosas Órdenes Religiosas, puesto que también ellos engendraron espiritualmente a la vida de la perfección evangélica a muchas almas.

Los Patriarcas fueron, bajo diversos aspectos, figuras de Jesucristo; lo representaron en varios misterios de su vida, de su muerte y de su obra redentora. Y en la debida proporción representaron también a María, pues quien representa al original, representa por lo mismo a la copia fiel.

Simbolizada en Noé, único Padre salvado del diluvio y destinado a repoblar el mundo; Ella, única preservada del naufragio universal de la culpa, toda santa, renovó moralmente al género humano y contribuyó a reparar los daños causados por el primer pecado.

Abraham, admirable ejemplo de fe y de obediencia, Padre de los creyentes, dispuesto a sacrificar a su unigénito sobre el Monte Moría, fue una pálida figura de María Santísima, dotada de la más viva Fe y de la más perfecta obediencia. Madre amorosa de todos los redimidos, sacrificó a su unigénito Hijo para la redención del género humano sobre el Monte Calvario en el Altar de la Cruz.

Moisés, el amigo y confidente de Dios, que hablaba con Él como un amigo con su amigo, es comparado a María Santísima, no sólo amiga, sino también Madre de Dios, que vivió con Él treinta y tres años con aquella confidente autoridad que nacía de su ser de Madre.

La mujer fuerte de la Sagrada Escritura (Proverbios) es una imagen de María Santísima, tabernáculo viviente de Dios.

También la Iglesia Católica tiene, en un sentido espiritual, sus Patriarcas. Ellos no prefiguran a Cristo que ha de venir sino que siguen sus huellas y lo copian con aquella perfección que es posible a la humana naturaleza vigorizada por la gracia.

Estos Patriarcas son los Fundadores de los Institutos Monásticos y de las Órdenes religiosas, verdaderos Padres, que dieron a la Iglesia una inmensa cantidad de almas santas.

Si María es llamada Reina de los antiguos Patriarcas, por las mismas razones debe ser llamada Reina de los nuevos, puesto que ellos procuraron imitar sus virtudes, fueron los maestros de la devoción a Ella y promovieron su culto.

En este punto de la explicación de las Letanías es oportuno tratar brevemente del glorioso Patriarca San José, Esposo purísimo de la Virgen Inmaculada, puesto que la devoción a la esposa, redunda naturalmente en la persona de su digno esposo.

Aunque San José no cooperó a la generación del Verbo encarnado, sí contribuyó principalmente a cuidar y alimentar al Dios – Hombre y fue testigo continuo de las acciones de Jesús y de María; atento escucha de sus palabras, compartió con Ellos durante muchos años los gozos y las penas, las esperanzas y el amor a Dios y a los hombres.

San José es la sombra y el reflejo del Eterno Padre, él ocupa en la tierra su lugar y Cristo reconoce los derechos paternos del Patriarca José.

Nunca podremos expresar con palabras la santidad, la virtud y la gran dignidad de este sumo Patriarca entre los Patriarcas.

El Papa Pío IX, para poner su persona y la de todos los fieles bajo la protección de San José, por Decreto del 8 de Diciembre de 1870, lo nombró solemnemente Patrono de la Iglesia Universal.

¡Madre Santísima, Reina de los Patriarcas, ruega por nosotros!

 

REINA DE LOS PROFETAS

3

El principal sentido que la Sagrada Escritura da al nombre de Profeta, es el de persona enviada por Dios; la cual, por ilustración divina, conoce con la máxima certeza y por divina inspiración predice cosas o sucesos futuros, que no se pueden conocer por ningún medio humano. Sólo Dios es el autor de las profecías.

María es llamada Reina de los Profetas por dos razones:

  • Porque Ella fue mostrada por Dios a los Profetas de la antigua Ley, y ellos la preanunciaron con palabras, figuras y símbolos.
  • Porque Ella misma, dotada del espíritu de profecía, conoció y predijo muchas cosas futuras.

El objeto central y primario de las antiguas profecías es el Redentor prometido: Jesucristo.

Todo está predicho por los Profetas: el linaje, la familia de la cual surgirá la estrella de Jacob; la raíz de Jesé, de la cual brotará la flor; el tiempo, el lugar y las circunstancias del nacimiento prodigioso; la muerte con las humillaciones, dolores y crueldades; la resurrección, la ascensión, el reino de la Iglesia.

Pero no se podía anunciar al Sol, el Hijo del Altísimo, sin señalar a la gran Señora que le había de engendrar en su Seno Purísimo.

Todas las profecías que hablan expresamente de Jesucristo hablan, implícitamente de la Virgen y Madre; pero son muchas las que tratan expresamente de Ella. Recordemos algunas de las principales:

  • El primer Profeta de María fue Dios mismo. Cuando se cometió el primer pecado, el pecado original, Dios promete un divino Reparador que ha de nacer de una mujer.
  • Los Padres, unánimemente, y a ellos hacen eco todos los expositores, ven expresada en la Mujer a María y en su Fruto, a su Único Hijo: Jesús.
  • En el Salmo 44, el Rey Profeta canta a la Virgen María que es Ella el objeto de las complacencias del Rey, la Virgen admirable. En este Salmo mesiánico está delineada la excelsa Madre del Redentor.
  • Isaías, el Profeta Evangelista, vio el singular privilegio de María de juntar a un tiempo la divina maternidad con la más pura virginidad: “la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y su nombre será Emmanuel, esto es, Dios con nosotros”.

La Encarnación del Verbo es el fundamento de la fe cristiana. De la misma manera que quiso Dios, después de la Encarnación de su Hijo, multiplicar las pruebas de este misterio, así, antes del nacimiento prometido y esperado con creciente deseo, quiso multiplicar las predicciones para disponer a la humanidad al asentimiento de la fe.

La Iglesia invoca a María como Reina de los Profetas no sólo porque Ella fue objeto de sus profecías, sino porque poseyó este don, en la forma más excelsa.

A Ella le fueron mostradas todas las profecías y su cumplimiento; le fue revelada la economía de la Encarnación, de la Redención, de la obra divina de Cristo; aquello que los Profetas conocieron en fragmentos, María lo conoció enteramente.

Si una sola hora de la presencia de Cristo encerrado en el seno materno bastó para ungir al Bautista, ¿no habrá bastado el curso de nueve meses y una vida de treinta y tres años, para hacer de María una singular Profetisa y la Reina de los Profetas?

Después del glorioso mensaje del Arcángel Gabriel, después del saludo de Isabel, que la llama bendita entre todas las mujeres, porque el fruto bendito de su vientre la había ensalzado tan extraordinariamente, María Santísima responde entonando el cántico del Magnificar, en el cual, teniendo presente su indignidad (respecto de Dios), proclama su altísima dignidad y su futura gloria y todo lo atribuye a la bondad y al poder de Dios. En este himno inmortal la Santísima Virgen se eleva a la cumbre de lo creado y con inspiración profética canta la gloria de Dios y su propia grandeza.

¡Oh Virgen Madre de Dios! REINA DE LOS PROFETAS, alcánzanos la gracia de vivir la verdadera humildad, que es la base de todas las virtudes!

 

REINA DE LOS APÓSTOLES

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Apóstol significa enviado, mensajero. Se da este nombre:

  1. Por excelencia, a aquellos hombres escogidos por Nuestro Señor Jesucristo, que vivieron con Él, que fueron educados en su escuela y por Él enviados, después de haber recibido el Espíritu Santo, a predicar el Evangelio por todo el mundo.
  2. Por participación, a todos aquellos que, a semejanza de los Apóstoles, predican el Evangelio, especialmente a aquellos que van a otros países para anunciar la Buena Nueva, esto es a los Misioneros.
  3. Por analogía, a aquellos fieles cristianos que desarrollan algún trabajo apostólico en general o acción misionera en particular, con lo cual cooperan con la Jerarquía a extender el Reino de Jesucristo.

De todos ellos, María es Madre y Reina.

La superioridad de la Virgen sobre los Apóstoles se funda en tres razones:

1ª) Ella tuvo relaciones más íntimas con el Divino Redentor. Los Apóstoles fueron los amigos de Jesús. ¡Es el mismo Hijo de Dios quien se profesa amigo de unos pobres y rústicos pescadores! María en cambio fue la Madre de Jesús. No hay comparación entre las relaciones de la amistad y las relaciones de la maternidad.

Los Apóstoles fueron llamados a seguir a Jesús y vivieron con Él tres años, pero María, desde el instante de la Encarnación del Verbo hasta la Ascensión de Cristo, vivió en íntima unión con su Divino Hijo.

Los Apóstoles fueron elegidos para predicar al mundo la divina palabra; María fue escogida para traer a la tierra la Palabra substancial, personal, el Verbo de Dios.

2ª) Ella tuvo mayor poder que los Apóstoles. A éstos les dijo el Divino Maestro: “Vosotros que me habéis seguido, estaréis sentados sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mt. 19: 28). De María canta la Iglesia: “María penetró en las alturas de los cielos, alegraos, porque Ella reina con Cristo eternamente. Jesús comparte con los Apóstoles su poder judicial, con su Madre comparte el Reino.”

Ella fue enriquecida con mayor abundancia de los carismas del apostolado en el día de Pentecostés.

3ª) María, mientras vivió, fue la Maestra y Consejera de los Apóstoles.

No hay otra razón que explique la permanencia de María en la tierra, aún después de la Ascensión de Jesús a los Cielos, sino la gran necesidad que de María tenía la Iglesia naciente. Esta Iglesia no era más que la continuación, la prolongación, de la personalidad de Cristo y de su Cuerpo Místico. La Providencia, obraba de manera conveniente a sus designios confiando a los cuidados de María la Iglesia recientemente constituida, de la misma manera que le había confiado anteriormente el cuidado del pequeño Jesús.

El Divino Maestro, en el momento de volver al Padre, de donde había salido, le dejó a Ella su escuela y su cátedra, no para que rigiese las ovejas de la grey, como Pedro, sino para que alimentase a los Apóstoles con aquella celestial Sabiduría de la cual estaba enriquecida.

Hija predilecta del Padre, Esposa muy amada del Espíritu Santo, Madre de Jesucristo, autor de toda gracia, Reina de los Apóstoles, ¡Ruega por nosotros!

 

REINA DE LOS MÁRTIRES

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Cuando la adversidad se abate sobre una familia, hay un corazón que tiene el privilegio de sufrir más que los demás y de recibir en sí el dolor de todos: es el corazón de la madre.

Así en la inmensa familia humana, María tuvo este privilegio de sentir en su Corazón los dolores de todos sus hijos, los padecimientos de todos los Mártires y los tormentos del Rey de los Mártires. Por este privilegio, Ella ha obtenido el amor de los hombres. Por eso la Iglesia la invoca con el título de Reina de los Mártires.

El Profeta Jeremías había predicho que los Dolores de esta Virgen serían los más atroces después de los de Jesucristo, los más crueles soportados por una sencilla criatura con el auxilio de la gracia Divina. Sus Dolores han sido comparados con el mar: “inmenso como el mar es tu dolor”, no que el mar sea la justa medida de este dolor, sino porque, así como las aguas del mar superan sin comparación todas las que están esparcidas sobre la tierra, así los Dolores de María son incomparablemente mayores que los de las demás criaturas.

Fijaremos la atención, al considerar los Dolores de María, en su extensión y duración y en su gravedad, intensidad y amargura.

No se crea que los Dolores de María duraron solamente aquellas tres horas que al pie de la Cruz estuvo presente en la agonía y muerte de su Hijo, o el día que duró su santa Pasión; sus Dolores fueron continuos durante treinta años. Desde el momento en que fue Madre, destinada a padecer con su Hijo su Pasión y su Muerte vino a ser al mismo tiempo Madre de Dolor. Dotada, como estaba, de espíritu profético y con el conocimiento que tenía de las Sagradas Escrituras, conoció la amargura de la cruel pasión y muerte de Jesús, por eso empezó a experimentar aquella serie de angustias y dolores indecibles que no tendrían fin hasta la Resurrección de Cristo.

Con la profecía de Simeón: “una espada traspasará tu alma”, María sintió desde ese día la herida que se clavó profundamente en su Corazón, hasta rasgar la última de sus fibras.

El Niño crecía bajo la mirada de la Madre y Ella pensaba en las humillaciones y en las heridas de aquel rostro Divino que soportaría el beso de Judas, la bofetada del criado y los salivazos de los judíos; cuando su mano delicada acariciaba la cabeza, las manos o los pies del Niño, la visión de la corona de espinas y de los clavos le producía una gran angustia.

Aquella carne inmaculada, que María vestía con tanto cariño y respeto, sería desgarrada por los azotes y cubierta con la púrpura de la sangre.

La Sabiduría Divina de Jesús, que en la intimidad de Nazaret descubría a la Madre los secretos celestiales, habría de ser un día objeto de pública burla. ¡Oh dolores, oh martirio de la Madre!

Ella sintió especialmente los Siete Dolores que la Iglesia recuerda el 15 de Septiembre:

  1. La predicción del anciano Simeón, cuando María y José presentaron en el Templo a Jesús.
  2. La huida y el destierro a Egipto, después de la persecución de Herodes.
  3. La pérdida de Jesús, enseñando en el Templo de Jerusalén.
  4. El encuentro de Jesús y María en el camino del Calvario.
  5. La crucifixión, agonía y muerte de Jesús.
  6. El descendimiento de la Cruz del Cuerpo del Hijo.
  7. La sepultura de Jesús.

Nos detendremos solamente a contemplar a María Dolorosa en su martirio al pie de la Cruz, viviendo la agonía y muerte de su Divino Hijo.

Estos dolores fueron de 4 clases:

  1. a) dolores del pecado
  2. b) dolores de la naturaleza
  3. c) dolores de la gracia
  4. d) dolores divinos.

a) Los dolores del pecado.

Ninguna criatura puede tener tal conocimiento y dolor del pecado que alcance a igualar su gravedad; para concebir un dolor adecuado, sería preciso conocer perfectamente el Bien infinito del cual nos priva, comprender la esencia de Dios, los atributos divinos, el daño infinito que es perderlo eternamente. Sólo Dios, que se iguala y comprende a sí mismo, conoce todo ésto.

Sólo Jesucristo, porque es Dios, conoce a su Padre celestial, su esencia, sus perfecciones, su amor Infinito y Eterno y el mal que ocasiona separarse de Él; sólo Jesús tuvo un adecuado e infinito dolor de la culpa mortal, como sólo Él pudo expiarla adecuadamente.

Después de Jesucristo, fue María la que experimentó el más perfecto y más intenso dolor por el pecado, porque Ella mucho más que cualquier mente humana y angélica, estuvo dotada del más elevado y sublime conocimiento de Dios, de su infinito amor y de la gravedad del pecado que separa de Dios.

Ella, en el Calvario, asistió como espectadora, testigo y participante a la muerte del Redentor. La Virgen, espejo perfecto que captaba los rayos enfocados de amor y de dolor que partían del Corazón de Jesús agonizante sentía el vivo reflejo, que la sumergía en el mar de un dolor casi infinito.

Esta es la primera fuente de los Dolores de María Santísima: LOS DOLORES POR EL PECADO.

 b) Dolores de la naturaleza.

Para conocerlos de algún modo, consideremos que María es mujer y es madre, Madre de un Amantísimo Hijo, a quien no puede socorrer.

Ella no fue una mujer sino la MUJER por excelencia, perfecta, preservada de las heridas y de las sombras del pecado; en Ella todo era sublime, aun el amor maternal que el Espíritu Santo infundió en su Corazón, en el instante de la Encarnación del Verbo. El amor de María superó al amor maternal de naturaleza.

No teniendo Jesús un padre terrenal que compartiese el dolor maternal, en el Corazón de María se unieron y fundieron los dolores de la madre y del padre. Todo el tributo del dolor que dimana de la naturaleza era ofrecido por Ella al Mártir Divino, porque María lo amaba con el tierno amor de madre y a la vez con el fuerte amor de padre.

No se piense que el martirio de María no era tan intenso por su fortaleza sobrehumana: no olvidemos que la fortaleza del alma, hace que se soporten los dolores, pero no quita que se sientan.

Ella contempla el cuerpo lacerado y las manos y los pies atravesados por los clavos y la cabeza en la que se hunden las espinas y no le está permitido aliviar ni su cuerpo ni su cabeza; oye las blasfemias del ladrón y los insultos de los que le crucifican, los gritos de los enemigos y no puede repararlos con una palabra de respeto, de consuelo, de amor; resuena en el Corazón de la Madre el grito de Jesús “tengo sed” y no puede aliviarle con un sorbo de agua y ve como le dan a beber hiel y vinagre. Exhala el Hijo el último suspiro y no le está permitido a la Madre endulzar la amarga agonía y recoger el último aliento. Se lamenta Jesús de ser abandonado por su Padre, y la Madre debe también dejarlo como abandonado y sin auxilio.

Desolada y privada de todo consuelo debía ser la muerte de Jesús, y desolada y privada de todo consuelo debía ser también la pasión de María Santísima.

c) Dolores de la gracia.

Los dolores de la gracia y los dolores divinos, que nuestro pobre entendimiento no puede penetrar, fueron para Ella los más duros y crueles.

El dolor deriva del amor, un amor humano, un amor de naturaleza, produce un dolor humano, un dolor natural; un amor de gracia, un amor divino, causa un dolor del mismo linaje, un dolor de gracia y divino; cuanto más fuerte es el amor, tanto más fuerte será el dolor.

La naturaleza nos hace hombres, la gracia y el amor divino nos hacen santos. Si la Virgen María, modelo perfecto de mujer y de madre experimentó los más fuertes y agudos dolores de la naturaleza, Ella, a su vez, modelo de perfección sobrenatural y de santidad, debió experimentar los más agudos y fuertes dolores de la gracia y los sufrimientos divinos.

Para penetrar esta verdad pensemos: ¿cuál es el efecto de la gracia sobre nosotros? Una elevación del alma sobre la naturaleza; una unión, una amistad con Dios, una cierta comunicación que Dios nos otorga, por la cual somos hechos partícipes de la naturaleza divina. Esta es precisamente la esencia de la santidad.

Esta relación sobrenatural fue perfectísima entre Jesucristo y su Santísima Madre, no sólo por vía natural, sino más aún por razón de gracia. Ella fue más feliz por haber llevado a Dios en su Corazón que en su seno, como respondió Jesús a la mujer que ensalzaba la maternidad natural de la Virgen: “más bien son bienaventurados aquellos que oyen la palabra de Dios y la guardan”.

Cristo fue Rey de los Mártires y María fue Reina de los Mártires porque experimentó todas las penas del amado Jesús.

d) Dolores divinos.

  • Es artículo de nuestra fe que el Padre Eterno es el Padre de Jesús; que Jesús Dios y Hombre es el Hijo de Dios Padre; que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y que es el Amor Increado, el amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre.
  • También es artículo de fe que la Virgen María es verdadera Madre de Dios, porque es Madre de Aquel en el que la naturaleza Divina y la naturaleza humana se hallan unidas hipostáticamente, esto es en unidad de Persona.
  • Que en la Cruz murió este Dios Hombre, este Hijo del Padre Eterno y de María Virgen, para redimirnos. Esto constituye un tercer artículo de fe.

En la muerte de un hijo debe sentir, y siente extremo dolor, no solo la madre, sino también el padre, es esto ley inexorable de nuestra naturaleza humana.

Pero Dios Padre no puede sufrir, porque la naturaleza Divina es inmutable y Dios no puede ni por un momento perder su felicidad, es decir no puede sufrir.

La Madre de Cristo debía experimentar, en la muerte del Hijo, todo el dolor, aun aquel que en los casos ordinarios habría experimentado el Padre; la totalidad de esta divina aflicción, íntegra e indivisa, recayó sobre el Corazón afligido de María. Tan inmenso dolor soportó la Madre que la omnipotencia de Dios la tuvo que sostener para que no muriera con Jesús en el Calvario.

¡Oh Reina de los mártires, que con constancia tan heroica y divina soportaste aquellos prolongados y atroces dolores que en la muerte de tu Hijo, la naturaleza y la gracia, los pecadores y Dios acumularon sobre tu amoroso corazón de Madre, alcánzanos fortaleza para aceptar la voluntad divina y bendecir al Señor que con misericordia nos visita en el dolor, y que con él nos purifica y quiere hacernos dignos del gozo eterno!

 

REINA DE LOS CONFESORES

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En el lenguaje litúrgico de la Iglesia, se llaman Confesores a todos los Santos que no fueron mártires.

Confesores: cristianos que profesan públicamente la Fe en Jesucristo y por ella están prontos a dar la vida. Confiesan la Fe por su testimonio de vida cristiana.

Mártires: personas que padecen muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la fe y de la religión.

Es necesaria una gracia especial de Dios para soportar el martirio, sin embargo, no se requiere menos gracia de Dios para sobrellevar una heroica santidad sin el martirio.

El mérito que se alcanza con el martirio es de ordinario en muy breve tiempo y para obtener el mérito sin el martirio requiere un tiempo bastante largo. El martirio, perfecto acto de amor y de fortaleza, suple las demás virtudes que podrían faltar o podrían ser imperfectas. En cambio, fuera del martirio se necesita mayor perfección de las Virtudes Teologales y Morales; esto se consigue a través de una vida entera de lucha contra el pecado, contra el mal y de sacrificio continuo. De tal manera que la vida de un Santo puede llamarse un continuo martirio.

Los santos CONFESORES, tuvieron que superar toda clase de dificultades y practicar las virtudes en grado heroico.

María es la primera, la más perfecta y la más santa de todos esos héroes de virtud y santidad, por eso la Iglesia la proclama REINA DE LOS CONFESORES.

 

REINA DE LAS VÍRGENES

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La Iglesia, no satisfecha con haber invocado a María con el título de Santa Virgen de las Vírgenes, la invoca como Reina de todos aquellos y aquellas que profesan la virginidad, para hacernos conocer y apreciar las grandes ventajas que aporta a la Iglesia ese estado, que inició Aquella que es llamada por antonomasia la Santísima Virgen.

  • Ella fue la primera en profesar solemnemente la virginidad, que antes era considerada como ignominiosa entre las mujeres hebreas.
  • Elevó esta virtud a la más alta cumbre de perfección posible a la criatura.
  • Fue la suya una virginidad singular y única, asociada por prodigio Divino a la maternidad.
  • Pero hay otra razón y es ésta: María es honrada con el título de Reina de las Vírgenes, porque el ejemplo y protección de Ella inspiran y proporcionan amor a la virginidad, guardan y conservan esta noble virtud. El ejemplo y la protección de esta Reina son admirablemente fecundos en la Iglesia.

El mundo, que no entiende la divina sublimidad del amor, acusa al celibato y a la virginidad de egoísmo y de esterilidad. Ante esta calumnia, que los millones de niños y niñas que pueblan las escuelas, los orfanatos y los colegios informen al mundo lo que han recibido de los Religiosos y las Religiosas, y que en algunos casos no reciben de sus mismos padres; lo mismo los jóvenes y las jóvenes que en centros de formación juvenil han recibido una instrucción religiosa que les ayuda a regir su vida en una forma sobrenatural y noble. Los ancianos impotentes, los enfermos de toda edad, los que llenan los asilos, entre lágrimas de gratitud, muestren al mundo a las mujeres consagradas a Dios que bajo el velo de la cofia sienten arder la llama del amor de Dios y tienen para ellos la inagotable caridad de la palabra evangélica y de las obras de misericordia.

Con esto, la sabiduría inspirada de la Iglesia muestra al mundo cuán fecunda es la santa virginidad.

¡Oh Virgen Santísima, Reina de los Vírgenes! Te pedimos para todos los fieles nos alcances la gracia de la castidad, conveniente a cada estado de vida y la PUREZA del alma. Ayúdanos a cuidar nuestros sentidos, nuestro corazón y nuestra mente de todo cuanto pueda mancharnos.

 

REINA DE TODOS LOS SANTOS

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No se piense que es superfluo este título, otorgado ya a María al recordar las varias clases de Santos, ni se crea que la Iglesia haga aquí una recapitulación de los títulos precedentes. Esta invocación nos parece fundada sobre dos justas razones:

1ª. Que María es canal de toda santidad.

2ª. Que entre todas las criaturas, Ella fue el modelo más perfecto de santidad.

La primera de estas razones ha sido extensamente explicada en el decurso de estas meditaciones.

María es el canal por el cual Dios, autor y fuente de toda gracia, hace llegar hasta nosotros la virtud y la santidad. En el Cuerpo Místico de Jesucristo, Ella hace, por decirlo así, el oficio de cuello: transmite a la Cabeza las súplicas de los miembros y desde la Cabeza hace llegar a todo el cuerpo (místico) aquellas gracias por las cuales crece toda virtud, toda perfección y santidad.

Ilustraremos aquí la segunda razón: María, modelo de santidad para todos, especialmente para la mujer.

Dios es la santidad primera, la santidad por esencia, a esta divina santidad y perfección debemos conformar necesariamente la nuestra. La santidad divina aparece infinitamente lejana, en una luz inaccesible; pero Dios nos la hizo accesible en su Unigénito Hijo, Jesucristo, dice San Pablo: “Dios nos eligió en Cristo, antes de la constitución del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante Él y nos predestinó en caridad a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad para alabanza y gloria de su gracia”. (Ef. 1: 4-6).

El hombre, elevado por la misericordia Divina al estado sobrenatural y constituido hijo de Dios, tiene en Jesucristo el espejo de la perfección divina, pero los rayos que emanan de Jesucristo son todavía demasiado brillantes para la dignidad humana; la suya es una santidad increada, infinita.

Es cierto que Él practicó las virtudes sencillas permitidas al hombre, como la humildad, la paciencia, la obediencia, etc., pero el modo y la perfección como las vivió son infinitamente superiores a las fuerzas humanas, aunque estén apoyadas por la gracia.

Para allanarnos el camino de la santidad, Dios nos propuso en Nuestra Señora un modelo de santidad creada, una luz más suave a nuestros débiles ojos, un modelo, el más cercano a la santidad infinita, que nos animara a imitarla.

Ella poseyó sin duda una perfección y una santidad sobrehumanas, pero una santidad creada, unida a aquella perfección a la que no llegará jamás ninguna criatura; se acerca y toca los confines del infinito. La santidad de María es sólo inferior a la santidad de Dios. María espejo, ejemplo y modelo perfecto de santidad, es lo que nos propone la Iglesia cuando la invoca como Reina de los santos.

  • María Santísima modelo de la mujer cristiana.

Quien conozca la importancia moral de la mujer en el mundo no podrá menos de admirar la Providencia de Dios por haber preparado en la Virgen Madre, el modelo singular de la perfección femenina.

La mujer constituye la mitad del género humano, y es ella la que forma y educa a la otra mitad. La mujer que usa rectamente de los preciosos atractivos de naturaleza y de gracia con los cuales Dios la ha enriquecido, tiene un ascendente bienhechor sobre su esposo y un influjo poderoso y decisivo sobre el carácter y la conciencia de los hijos.

Más profunda y más grande es la influencia social de la mujer-madre. Los principios de la educación maternal permanecen imborrables; aún cuando en medio del torbellino de las pasiones y de la vida el sello de la mano materna permanezca obscurecido y sepultado bajo las ruinas de los vicios, tarde o temprano sale de nuevo y conduce a los extraviados al buen sendero, como bajo las ruinas sembradas por los vándalos o bajo la capa del olvido, reaparece la belleza artística de los antiguos monumentos. Se puede decir que la sociedad es como quiere la mujer.

En la antigüedad, la mujer no contaba para nada en la sociedad, era esclava de las pasiones del hombre y la mitad del linaje humano era para la otra mitad fomento y causa de corrupción.

El hombre y la mujer tenían extrema necesidad de un remedio poderoso que los sanara, que los hiciera en verdad virtuosos y santos. Este poderoso remedio fue ofrecido por Jesucristo, por su religión, por su moral y por su gracia.

El decreto de Cristo devolvió al matrimonio su unidad natural y su indisolubilidad y lo elevó a la dignidad de Sacramento. El ejemplo de Cristo y de la Inmaculada Virgen María: he allí la medicina que restauró al hombre y ennobleció a la mujer.

  • María Santísima es el modelo perfecto de la mujer, esposa y madre.

ESPOSA. María Santísima fue perfecta, santa y amorosa esposa de San José, en Ella las virtudes humanas eran sobrenaturales (esposa del Espíritu Santo); pero, tomando en cuenta el ser de esposas y esposos terrenales, aplicaremos de la Carta a los Corintios (cfr. Cap. 7).

La esposa debe tener un verdadero amor de caridad al esposo que supone, entre otras cosas:

  • Paciencia. Perseverando con constancia en aquel o aquellos buenos ideales que resulta difícil alcanzar por diferencia en: educación, criterio, opiniones y hasta de valores; y por medio de oración, de amor manifestado y evitando discusiones, tratar de convencer al esposo del bien que se persigue.
  • Ser servicial. Atenderlo con alegría, prontitud y lo mejor posible, no dejándose llevar por los errores actuales, que, promoviendo la liberación de la mujer pretenden, entre otras cosas, que la mujer no debe atender al esposo.
  • No ser jactanciosa. No alabarse a sí misma, ni cansar al esposo con comentarios inútiles.
  • No ser engreída. No le presuma de su valer (imaginario o real) haciéndolo sentir inferior.
  • Ser decorosa. Respetuosa de los gustos y aficiones del esposo, así como de sus familiares y amigos.
  • No olvide la esposa que LA CARIDAD ES COMPRENSIVA Y MISERICORDIOSA, QUE ESPERA SIN LÍMITES Y PERDONA SIEMPRE.

MADRE – Oficio y dignidad principal de la mujer es la maternidad, que le impone sagrados deberes (no olvidarlo nunca ya que actualmente se combate mucho esta gran dignidad de la maternidad).

El primero de estos deberes es el de aceptar de Dios y con gratitud aquellos hijos que quiera confiarle. Hoy la mujer mundana desea ser esposa pero rehúye el honor de la maternidad. El ritmo regulado de la vida de familia no le agrada; fatigarse para construir, piedra sobre piedra el edificio de la educación de sus hijos, es una empresa que no quiere asumir. Hoy la maternidad se limita lo más posible y aun cuando se acepte, no se le considera con alegría, sino más bien como un paréntesis doloroso en el movimiento acelerado de la vida moderna que ofrece a la mujer otros atractivos.

La maternidad que se sacrifica y que en el plan de la Providencia debería colocar a la mujer en lugar muy alto, es hoy abiertamente rechazada como algo que no corresponde a esta época, corno la supervivencia de una mentalidad superada. Y es que fuera del clima verdaderamente espiritual del cristianismo, hoy la maternidad es una función mecánica, determinada por el egoísmo.

Toda esposa cristiana, ante el dulce sacrificio de la maternidad, aun en medio de las angustias y de las dificultades de nuestros tiempos, debe repetir la palabra de nuestra Señora: “FIAT”, HÁGASE.

El Papa Pío XI, al recibir en una ocasión a unas madres italianas les dijo: “La primera gloria de la Virgen Santísima es que es Madre de Dios y Madre nuestra. Ustedes tienen en su activo el ser madres tantas veces cuantos son los hijos que la Providencia les ha dado y confiado… hasta entregarles tantas vidas y tantas almas… ustedes deben confiar en El como El ha confiado en ustedes”.

Otro deber de la madre es la educación cristiana de sus hijos. No debe olvidar que tienen necesidad de una educación paciente y constante, hecha de instrucción, corrección, vigilancia y de buen ejemplo.

¡Virgen Santa, excelsa Reina de todos los Santos, tú que en el estado de Esposa y de Madre diste tan altos ejemplos de perfección, santifica a la mujer y con ella a la familia y a la sociedad!

 

REINA CONCEBIDA SIN MANCHA DE PECADO ORIGINAL

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El título que vamos a comentar es muy glorioso para la Virgen María.

Fue el gesto sabio y providente del gran Pontífice Pío IX, quien el 8 de Diciembre de 1854, la insertó infaliblemente en el sagrado tesoro de la fe católica por el Dogma de la Inmaculada Concepción.

Este singular privilegio de haber sido preservada de la culpa original, coloca a la Virgen junto al eterno Hijo de Dios, con un linaje de gloria que es el mayor que puede concebirse.

Para comprender este artículo de nuestra fe, hemos de remontarnos a la cuna del género humano cuando el pecado despojó a los primeros seres humanos de la gracia de Dios, de los dones sobrenaturales que Dios les había otorgado y de la justicia original.

La justicia original consistía en un conocimiento más perfecto de Dios y de sí mismos, en la sujeción de la razón y de la voluntad a la ley Divina, en la inmortalidad del cuerpo y en la exención del dolor y de la fatiga. Todo esto se perdió por el pecado original.

Por este pecado tenemos necesidad de la redención de Jesucristo y de la gracia de Dios, gracia que nos sitúa en un estado, bajo muchos aspectos, mejor que aquel del cual caímos, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. (Rom. 5. 20).

 

  • Argumentos que prueban la Inmaculada Concepción de María.

Para fortalecer nuestra fe es suficiente la voz infalible de la Iglesia, pero para mayor gloria de Dios y de María Santísima, examinaremos los principales argumentos en los que se funda el Dogma de la Inmaculada Concepción.

  • La Sagrada Escritura:

De un privilegio tan excelso de María, nos dio el mismo Dios claro testimonio cuando prometió al futuro Redentor y afirmaba, dirigiéndose al demonio: “pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo, ella aplastará tu cabeza”.

María Santísima y su Divino Hijo tendrán los dos las mismas enemistades con el demonio, con el pecado, por consiguiente María será concebida como concebirá Ella a Jesús, en la enemistad del mal, o sea sin pecado.

  • La Tradición:

En las obras de los santos Padres y de los escritores eclesiásticos, se encuentran varias frases que expresan la pureza Inmaculada de María Santísima.

  • La razón:

Dios es santidad Infinita, esencial, absoluta. Dios no puede habitar donde no brilla la santidad más perfecta y más pura. Esta es la razón por la cual María fue preservada del pecado original, porque Dios pudo consentir que Ella fuera pobre, ignorada, y aun despreciada a los ojos del mundo, pero no pudo permitir que fuera ni un solo instante esclava del pecado. El Altísimo santificó su tabernáculo.

Porque María estaba destinada a ser Madre de Dios, fue preservada del pecado original, así lo exigía la santidad de Cristo, el honor de Dios, el atributo necesario de su santidad.

Otra prueba de la Inmaculada Concepción de María puede deducirse de su oficio de Corredentora de la humanidad. No queremos significar con esto que la Obra Redentora de Jesucristo y la de su Madre deban situarse en un mismo plano de igualdad; Ella cooperó al gran rescate como y cuanto pudo hacerlo una criatura, según la ordenación divina. El Hijo de Dios, queriendo redimir a la humanidad, se hizo hombre en el seno purísimo de María, que fue el instrumento, el medio por el cual El asumió nuestra naturaleza. María Santísima concurrió de hecho, especialmente en el Calvario a la Oblación de Jesús. En este sentido la llamamos Corredentora.

He aquí como la Sagrada Escritura, los Santos Padres, la Revelación y también la razón iluminada por la fe demuestran la verdad de la Inmaculada Concepción de María y cuán justamente la Iglesia Católica honra y saluda a la Virgen como Reina concebida sin mancha del pecado original.

¡Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, purifica nuestros corazones y prepáralos para recibir a Jesucristo, el Cordero Inmaculado, en el Sacramento del Amor!

NOTA.- Con la verdad católica sobre el pecado original, queda abatido el primer fundamento de todas las herejías antiguas y modernas, las cuales niegan esta verdad.

Es evidente que si no existió el pecado original, es inútil la Redención de Cristo, inútil la Iglesia fundada por Él, inútil la Jerarquía, etc. La solemne definición del Dogma de la Inmaculada Concepción de María aplasta todos los errores contra la fe y contribuye poderosamente a la exaltación de la FE CATÓLICA.

 

REINA LLEVADA AL CIELO

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El Papa Pío XII, Pastor universal y Maestro infalible de la Santa Iglesia, el día 1° de Noviembre de 1950, definió: “Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la verdad, para Gloria de Dios Omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia, para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para acrecentar la Gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, PRONUNCIAMOS, DECLARAMOS Y DEFINIMOS SER DOGMA DE REVELACIÓN DIVINA QUE LA INMACULADA MADRE DE DIOS, SIEMPRE VIRGEN MARÍA, CUMPLIDO EL CURSO DE SU VIDA TERRENA, FUE ASUNTA EN CUERPO Y ALMA A LA GLORIA CELESTE”.

Esta solemne definición, esperada por los fieles de todo el orbe, añade una perla más a la corona de Nuestra Madre y Reina María, y constituye desde aquel día una nueva invocación de las Letanías y por consiguiente un motivo más para estos devotos comentarios.

Un Dogma es una verdad revelada por Dios y definida como tal por la Santa Iglesia, debe ser creída con fe divina y católica, según el lenguaje de los teólogos. Por tanto, la definición dogmática de la Asunción, acto solemne del Magisterio supremo e infalible del Romano Pontífice, nos obliga a creer con acto de fe divina y católica que la Asunción forma parte del tesoro de la Revelación confiado por Dios a su Iglesia.

Pero el Papa, cuando define, no hace más que declarar lo que se contiene en la Revelación, terminada con el último de los Apóstoles. Por eso la Bula de la Asunción, antes de las palabras de la definición, expone los fundamentos teológicos del nuevo Dogma:

  • Consentimiento de la Iglesia.

El primer argumento es el sentir unánime de la Iglesia, cuyo valor teológico perfila claramente el Papa con estas palabras: “Este singular consentimiento del Episcopado católico y de los fieles, al creer definible como Dogma de Fe la Asunción corporal de la Madre de Dios al cielo, manifestó por sí mismo de modo cierto e infalible que tal privilegio es verdad revelada por Dios y contenida en aquel Divino depósito que Cristo confió a la Iglesia para que lo custodiase fielmente e infaliblemente lo declarase. Así pues, del consentimiento universal del Magisterio ordinario de la Iglesia se deduce un argumento cierto y seguro para afirmar que la Asunción corporal de la Bienaventurada Virgen María al cielo es verdad revelada por Dios y por eso todos los fieles de la Iglesia deben creerla con firmeza.”

Clausura el Santo Padre Pio XII la serie de argumentos en pro de la creencia de la Asunción, con el fundamento en la Sagrada Escritura, la cual pone a la Augusta Madre de Dios unida estrechamente a su Divino Hijo y siempre partícipe de su suerte. De donde parece casi imposible imaginarla separada de Cristo a Aquella que lo concibió, le dio a luz, lo nutrió con su leche, lo llevó en sus brazos. Nuestro Redentor es Hijo de María y como observador perfecto de la ley, no podía menos que honrar, además de al Padre Eterno, también a su Santa Madre, pudiendo concederle el gran honor de preservarla inmune de la corrupción del sepulcro.

Continua el Papa Pío XII “Por lo cual, como la gloriosa Resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final de esta victoria, así también para María Santísima la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, porque como dice el apóstol San Pablo: “cuando este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito: la muerte fue absorbida en la victoria” (Ia. Cor. 15. 54).

¡Oh Virgen Inmaculada Madre de Dios y Madre Nuestra, creemos con todo el fervor de nuestra fe en tu Asunción triunfal en alma y cuerpo al Cielo, donde eres aclamada Reina por todos los coros de los Ángeles y por toda la legión de los Santos, nos unimos a Ellos para alabar al Señor, que te ha exaltado sobre todas las demás criaturas, y para ofrecerte nuestro devoción y nuestro amor!

 

REINA DEL SANTÍSIMO ROSARIO

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Al terminar el Siglo XII y a principios del XIII, se manifestaron algunos herejes, llamados albigenses, que invadieron el sur de Francia, parte de España y de Italia; sus errores atacaban los Dogmas fundamentales de la fe, de la moral cristiana y minaban las bases de la sociedad civil y constituían una amenaza y un peligro para la Iglesia.

Santo Domingo, el ilustre Santo fundador de la Orden de los Predicadores, recibió el encargo de predicar la Divina palabra a aquellos herejes, y convertirlos.

Muy devoto de María, conoció que para abatir, destruir esos errores y devolver a la Iglesia esos herejes, debía buscar la intercesión de la Virgen Santísima.

Los infundados errores de los albigenses atacaban de modo especial los privilegios y la dignidad de esta excelsa Reina. “Predica mi rosario”, le dijo la Señora, él destruirá las herejías, promoverá la virtud y atraerá sobre todos las Divinas misericordias.

Y esta celestial inspiración, por la intercesión de María y por Ella secundada, y fecundada por la Divina gracia, triunfó de la obstinación. Santo Domingo predicó e introdujo entre los pueblos la práctica del Rosario y los que estaban en el error lo abandonaron y se convirtieron y desde aquel tiempo esta devoción se practica hasta nuestros días. Tal es la historia del Rosario de María.

  • La oración es la fuerza del débil: el Evangelio nos revela esta casi divina debilidad que no resiste a la oración del hombre. Dice el escrito de un autor “La oración es la fuerza del hombre y la debilidad de Dios”.
  • La oración es el consuelo del alma.
  • La oración es la grandeza del hombre, porque eleva la mente y el corazón a metas infinitas, hasta los profundos abismos de la vida Divina.

Cuán grande es el valor y la excelencia de la oración tanto vocal como mental. Pero este valor y excelencia se acrecientan en el Santo Rosario, porque éste asocia y une la oración vocal y la mental. Como oración vocal, el Rosario pone en los labios lo mas grande, noble y eficaz que nos enseñaron Jesús y la Iglesia; como oración mental ofrece a la mente y al corazón lo que nuestra religión contiene de más sublime y conmovedor.

La Oración Dominical (el Padre Nuestro) y la Salutación Angélica (el Ave María) forman la oración vocal del Santo Rosario: los Misterios de la vida – pasión – muerte y de la gloria de Cristo, constituyen la oración mental.

– El Padre Nuestro, enseñado por el mismo Jesucristo, es la oración más perfecta, sublime y sencilla a la vez; todo lo que el cristiano puede y debe pedir a Dios está expresado en él.

En la primera parte pedimos la gloria de Dios, último fin de todas las cosas en su conocimiento, en la exaltación de su santo nombre y en el advenimiento de su Reino; pedimos el reino de la gracia en las almas, el reino de la Iglesia en el mundo y el reino de la gloria en el Cielo.

En la segunda parte imploramos gracias para nosotros que Dios nos conceda los bienes necesarios y en su misericordia, nos libre de los males especialmente del mas grande de todos los males EL PECADO.

– En el Ave María, le recordamos a Ella la plenitud de la gracia que Dios le otorgó; la sobrehumana dignidad a la cual fue exaltada; las virtudes que le merecieron tan excelsos honores; el inefable elogio que Dios hizo de Ella por medio del Arcángel Gabriel y las felicitaciones de su prima.

Pasamos luego a rogarle a Ella que interponga ante Dios sus omnipotentes (omnipotencia suplicante, la llama San Bernardo) oraciones para nuestro bien en todos los momentos de nuestra vida y sobre todo en el decisivo instante de la muerte.

Veamos ahora la excelencia del Santo Rosario considerado como oración mental.

  • El Rosario es un catecismo que nos recuerda los Misterios principales de nuestra Religión; ofrece a nuestra consideración la vida de Jesús y la de su Santa Madre.
  • Cuando recemos el Santo Rosario, pongámonos en la presencia de Dios y mientras la boca va repitiendo las oraciones vocales trasladémonos con el pensamiento, por ejemplo a Nazaret y consideremos la humildad de la Virgen que al anunciarle el Ángel la divina maternidad responde: “he aquí la esclava del Señor”, y así considerar cada uno de los Misterios.

Los Misterios Gozosos enseñan el valor de las humillaciones ofrecidas a Dios, de las renuncias, de la sujeción a la voluntad de Dios.

Los Dolorosos nos recuerdan que la vida cristiana está llena de sufrimiento y de dolor, de tentaciones y de pruebas.

Los Gloriosos alimentan nuestro valor en la lucha y en la esperanza de seguir a Jesús en el triunfo y en la Gloria.

El Santo Rosario es fuente de gracias espirituales para las personas y para los hogares. Bienaventuradas aquellas familias que tienen la piadosa costumbre de rezarlo en común.

– El Gloria (al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, etc.) que se reza entre cada una de las decenas del Rosario es una oración de alabanza y glorificación a la Santísima Trinidad que también se debe meditar.

Los que no saben meditar basta que recen con exactitud y devoción los Padre Nuestro, las Ave María y los Gloria. Los que son capaces de meditar, procuren acompañar con la mente y el corazón los Misterios, esto es, los hechos, las acciones y las palabras de Jesucristo y de María para alcanzar luces de Fe y buenos propósitos de virtud.

¡Virgen bendita! Poderoso auxilio de los cristianos, te suplicamos enciendas en nuestra mente y en nuestro corazón el amor hacia la prodigiosa oración del Santo Rosario, que podamos rezarlo en la forma más grata a Dios, la más honrosa para Ti y la de más fruto para nuestras almas.

REINA DE LA PAZ

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Ardía la guerra mundial, el odio y los estragos se extendían a todas las Naciones; los campos de concentración llenos de fugitivos, de prisioneros, de confinados; las familias deshechas; los hogares abandonados; la loca carrera de la muerte sembraba innumerables víctimas en los campos de batalla y en los hospitales y despedazaba los corazones de millones de esposas, de madres, de hijos, de novias y de amigos; el espectro del hambre; el espectáculo de las inmensas ruinas sembradas por la guerra; las terribles incógnitas del mañana, mantenían en angustia a todos los corazones, que cada día exploraban el futuro obstinadamente obscuro y amenazador.

En esas circunstancias, el Papa Benedicto XV, el 30 de Noviembre de 1915, concedió facultad a los obispos para añadir a las Letanías Lauretanas, la Invocación “Reina de la Paz, ruega por nosotros”.

Veamos el sentido de esta invocación:

La paz, la más noble aspiración del corazón humano, es, según San Agustín, la tranquilidad del orden. La paz es la constante serenidad del ambiente moral que hace que la vida sea tranquila y fecunda. En este ambiente todo prospera y crece.

El Divino Redentor quiso que toda su vida discurriera entre dos mensajes de PAZ: la cantaron los Ángeles en Belén y la anunció Él mismo a los Apóstoles el día de su Resurrección: “La Paz sea con vosotros”.

De dos clases de paz puede gozar el hombre: la externa y la interna.

a) La paz externa consiste en la tranquilidad del orden externo, en las amistosas relaciones de los hombres entre sí, cuando son excluidas las disensiones, las contiendas, las disputas y las guerras.

Esta paz funde en armonía de intentos y de vida la pequeña y la gran sociedad.

Todos los hombres creados a imagen y semejanza de Dios estamos en la tierra para amarnos, no para oprimirnos y matarnos. Todos nos dirigimos a la Patria común: el Cielo. Jesucristo nos unió con el vínculo de la paz y fraternidad que no tiene fronteras cuando dijo: “sois todos hermanos”. Pero se ha roto este vínculo sagrado, su historia es una serie de guerras fratricidas. Y la guerra constituye siempre una amenaza que pesa tanto más terriblemente cuanto más poderosos son los medios de destrucción. Esta paz pedimos a Dios por medio de la Virgen María.

b) La paz interior, que es el germen y la condición de la paz exterior, consiste en la posesión de la Gracia santificante, de la vida sobrenatural. Este tesoro inestimable que Jesucristo nos mereció al precio de su Sangre nos hace hijos de Dios (en el Hijo), herederos del Cielo, de la felicidad eterna.

El espíritu de Jesucristo y del Evangelio debe vivificar, no sólo a cada una de las almas, sino a toda la sociedad de los hijos de Dios y también todas las funciones del cuerpo social.

El Evangelio tiene una respuesta Divina para todos los problemas, no sólo para aquellos que reflejan las relaciones del hombre con Dios y la consecución del último fin, sino aún para los que se refieren a la vida temporal de la sociedad humana.

Esta paz externa e interna, es la que imploramos a María con la invocación Reina de la Paz. Y, nótese que no la llamamos amiga o madre de la paz, sino que la llamamos Reina, porque Ella ha Poseído la paz en grado sumo, en una medida verdaderamente regia.

La paz interna, porque desde el primer instante de su existencia Ella estuvo llena de gracia y fue elegida para engendrar en su seno al Príncipe de Paz. María es el gozo y el modelo de toda familia humana.

La paz externa. Porque Ella al pie de la Cruz abrazó con caridad maternal a todos los hombres, mostrando especial predilección y misericordia para los pecadores.

La llamamos Reina de la Paz para significar su poder ante Dios. Ella poseía en grado sumo la tranquilidad en el orden.

Sólo cuando se ha quitado la causa de todo mal, que es el pecado, podernos vivir la paz estable, perfecta y duradera; paz en la familia que es la primera célula dé la sociedad; paz en la Patria, entre las Naciones, en el mundo entero; paz en la sociedad civil y paz en la Iglesia para que los dos poderes, el civil y el religioso, conduzcan a los hombres a la prosperidad temporal y a la felicidad eterna.

Como todas las cosas hermosas y buenas, la paz es fruto del sacrificio. Por consiguiente la paz nace de la mortificación que frena el orgullo y el egoísmo y la paz tiene su origen en la Caridad proclamada por Jesús Crucificado y que se debe tener con todos los demás, aun con los enemigos. Caridad que hace orar aun por los verdugos.

María Santísima es siempre la benigna ESTRELLA que dirige las almas descarriadas en la inmensidad del mar hacia el puerto de salvación; la estrella que aun en la noche más profunda del odio, señala el camino a los navegantes; la estrella mensajera del día que nos trae la luz, preludio del eterno día en que las almas descansaran en paz

Hoy en el mundo no hay paz, y es porque la busca donde no la hay, porque ha olvidado las palabras de Jesucristo: “Os dejo la paz” “Os doy mi paz, no como la da el mundo”. (Juan 14. 27).

¡Virgen Santísima Reina de la paz, acoge benignamente nuestra oración. Inspira pensamientos de paz a los que gobiernan, y haz que la justicia y la caridad florezcan en las almas, en las familias y en la sociedad!

 

CORDERO DE DIOS QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO

PERDÓNANOS, SEÑOR

CORDERO DE DIOS QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO

ESCÚCHANOS, SEÑOR

CORDERO DE DIOS QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO

TEN PIEDAD Y MISERICORDIA DE NOSOTROS.

La Iglesia cierra las Letanías de la Virgen, como las ha comenzado, esto es, invocando a Dios que es la fuente de toda gracia, principio y último fin de todas las cosas.

La Iglesia nos enseña a invocar a Dios hecho Hombre, Jesucristo, bajo la figura y el nombre de Cordero, símbolo con el cual el Redentor se presentó al mundo. Ya el Profeta Isaías veía en Cristo al Cordero manso que se dejaría inmolar por los pecados de los hombres, sin un gemido, sin un lamento.

“Como cordero será conducido al matadero”

El cordero es despreciado por su corto entendimiento, ¿cómo puede en este punto representar a nuestro Señor Jesucristo, Sabiduría del Padre? Él escogió este símbolo para enseñarnos la humildad y manifestarnos el amor que siente por nosotros. El amor que Jesús nos tuvo fue tal que ocultó su Sabiduría y ciencia Divinas; por esto quiso ser representado por el cordero.

San Juan Bautista queriendo dar a conocer el oficio principal y la característica del Mesías, lo señala con las palabras: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1: 29)

San Pedro nos dice de qué modo y a qué precio, borró Jesús el pecado del mundo: “Habéis sido rescatados con la Sangre preciosa de Jesucristo” (Iª Pedro 1: 18-20)

Esta Sangre de valor Infinito añade San Pablo, Cristo la derramó y nosotros fuimos redimidos y (1. S.J. 2:2) “… se hizo propiciación por nuestros pecados… y por todos los del mundo…” El aplica sus méritos por medio de la Iglesia, de los Sacramentos, el Sacrificio de la Misa, y las indulgencias.

PERDÓNANOS, SEÑOR.-

Perdónanos nuestros pecados. ¿Cómo podríamos esperar el perdón si el Cordero Divino no nos lo hubiese alcanzado, merecido y conquistado?

El pecado mortal es un desprecio a la autoridad y a la Majestad de Dios, es un exceso de ingratitud a los beneficios divinos y es ingratitud también a los beneficios de la gracia, al perdón de las culpas pasadas, al amor Infinito y Misericordioso de Dios y al amor maternal de María Santísima.

Para llenar el abismo del pecado se requería el mérito y las satisfacciones del Cordero de Dios. No puede ser sino obra de Dios. Sólo Él puede perdonar los pecados.

Esta invocación encierra una lección práctica muy importante para nosotros, pues parece decirnos: ¿Quieres tú la gracia del perdón? Nada mejor puedes hacer que volverte suplicante al Cordero de Dios, pero recuerda al mismo tiempo que tú debes ser cordero también, manso y clemente, que por el ejemplo de Cristo y por su amor debes perdonar y olvidar las ofensas recibidas, sólo así podrás obtener el perdón.

El Cordero de Dios perdona nada más a los corderos.

ESCÚCHANOS, SEÑOR.

Con la súplica a Jesucristo para que nos escuche, pedimos a Dios que nos otorgue todas aquellas gracias que necesitamos, todos los bienes que Él nos enseñó a pedir en el Padre Nuestro, la perseverancia final, gracia decisiva sin la cual todas las demás son inútiles.

Se añade SEÑOR, para hacernos comprender la grandeza de Aquel que nos concede el perdón y se complace en oír nuestras oraciones y peticiones y para agradecerle tantos beneficios recibidos.

TEN PIEDAD DE NOSOTROS.

La última palabra que en esta Letanía nos pone la Iglesia es la misma con la que quiso que comenzáramos.