LETANÍAS LAURETANAS – CUARTA PARTE

SALUD DE LOS ENFERMOS

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El pecado original introdujo en el mundo la enfermedad y la muerte.

En medio de esta condición, cuánto necesitamos del médico; pero aún los más sabios y mejores, en muchos casos, no pueden curar algunas enfermedades.

La Santa Iglesia nos propone una Doctora poderosa, sabia y amorosa: La Santísima Virgen María, salud de los enfermos, que nos ayuda y conforta.

En primer lugar consideremos que Ella intercede por nosotros para adquirir la salud del alma y nos ayuda a apartarnos del mal que la destruye.

San Bernardo dejó en sus escritos, hermosos pensamientos acerca de nuestra amada Madre, que podemos aplicar para alcanzar la salud del alma:

  • Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, invoca a María, llama a María.
  • Si se agita la soberbia, la ambición o la incomprensión, mira a María, llama a María.
  • Si la ira, el egoísmo o el deleite en el mal violentan la navecilla de tu alma, mira a María, invoca a María.
  • En el peligro, en la angustia, en la ansiedad, piensa en María, invoca a María.
  • Si te turba la memoria de la enormidad de tus faltas, de la fealdad de tu conciencia y comienzas a sumergirte en la tristeza, en la desesperación, piensa en María, invoca a María.
  • No la apartes a Ella de tu corazón. No te saldrás del camino, si la sigues; no desesperarás, si le ruegas; no te perderás, si en Ella piensas. Si tú no te sueltas de su mano, no caerás; nada tendrás que temer y llegarás felizmente al puerto, que es EL CORAZÓN DE JESÚS.

Dice también San Bernardo que Jesús es miel en la boca, melodía en el oído y gozo en el corazón, pero, añade San Bernardo: también es MEDICINA.

Esta Medicina concede la salud del alma, si nos esforzamos por conseguirla (el enfermo debe tomar la medicina que le receta el médico para alcanzar la salud). María SALUD DE LOS ENFERMOS nos dio a Jesús, nos dio al MÉDICO DIVINO, nos dio la medicina.

En segundo lugar consideremos que el cuerpo humano está sujeto a contraer enfermedades que ponen a dura prueba la ciencia médica, enfermedades manifiestas o latentes, lentas o fulminantes, algunas contagiosas, que hacen sufrir a la humanidad.

Si en todo momento de la vida necesitamos la ayuda de Dios y del socorro y protección de María, esta necesidad se hace más sensible y urgente en la enfermedad.

Pidamos a nuestra Amada Madre su auxilio para nosotros y para nuestros familiares y Ella benignamente nos escuchará y nos ayudará.

Una madre vela a su hijo enfermo de día y de noche sin mostrar cansancio; estudia todas las formas de procurarle alivio, ruega y se sacrifica para curar a su hijo. ¿Qué la mueve? la mueve su amor, el amor que Dios puso en el corazón de las madres, y que es un pálido reflejo del amor maternal de María, amor vigilante y solícito cuando sus hijos están afligidos por la enfermedad.

El Evangelio nos dice que muchos enfermos fueron curados prodigiosamente por Jesucristo. Él le ha cedido en el Cielo a su Santísima Madre esta virtud, este dominio sobre la naturaleza doliente.

Son innumerables los testimonios de curaciones milagrosas que se encuentran en algunos Santuarios Marianos, por ejemplo: en Fátima y en Lourdes. Son testimonios de gratitud a Ella por favores recibidos, especialmente por la curación de algún ser querido enfermo.

Aún en el caso de que la curación llegue con lento proceso natural, sin formas prodigiosas ¿quién puede medir los cuidados de esta Madre incomparable? Ella ilumina a los médicos. infunde fortaleza y confianza al enfermo, aumenta la paciencia y el afecto en aquel que lo asiste, alcanza eficacias a las medicinas, Ella hace sentir al enfermo la función providencial y benéfica del dolor que lo hace más semejante a su Divino Hijo crucificado.

Si el enfermo está en pecado, Ella intercede recordando a su Amado Hijo aquellas palabras: “No quiero la muerte del pecador sino que se convierta y viva”. ¡Cuántos cristianos le deben a Ella su curación y el consiguiente arrepentimiento!, es decir, el tiempo de vida que Dios le concedió para su salvación.

Y si en los designios de Él está señalada la muerte del enfermo, entonces el amor de nuestra tierna Madre disipa amorosamente las ilusiones que ocultan a menudo la gravedad del mal y le inspira al enfermo y a sus familiares el deseo de la presencia del sacerdote.

Es Ella la que alcanza en el corazón de quien está próximo a morir el perfecto dolor de los pecados, el valor de confesarlos sinceramente, el fervor y el anhelo de recibir el Santísimo Sacramento y también la resignación a la voluntad Divina para poder identificarse con el Hombre – Dios en el sufrimiento de Getsemaní, para con El decir al Padre “si es posible pase de Mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la Tuya” y tranquilo hará el ofrecimiento de su dolor.

No olvidemos que la Iglesia nos ha dado también como poderoso Intercesor para la hora de la muerte al Santo Patriarca San José, Castísimo Esposo de la Inmaculada Virgen María.

Los ejemplos de las conversiones obtenidas en el lecho de muerte, inclinan el corazón a la esperanza en la clemencia Divina y manifiestan la bondad inagotable y la poderosa Intercesión de María, pero esto no debe ser motivo para atreverse a vivir en pecado con la perspectiva de la penitencia final. Esto sería una grave imprudencia y una total impiedad.

Pidamos a María Santísima SALUD DE LOS ENFERMOS nos asista en todas las enfermedades que padecemos y padeceremos, pero especialmente en la postrera, para tener paciencia y para que nuestro corazón, en aquella hora, sea todo de Dios. Que el nombre de Su Divino Hijo, el de Ella y el de su Castísimo Esposo San José estén en nuestra mente y puedan pronunciarlo nuestros labios en el momento supremo.

 

REFUGIO DE LOS PECADORES

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Este piadoso oficio de María Santísima no se debe entender como contrario a la justicia Divina sino que más bien Ella cumple de esta manera la amorosa voluntad de Dios, que constituye a Nuestra Señora como un refugio para que por su medio brille su Infinita Misericordia que quiere la conversión de los pecadores.

Jesucristo es nuestro Mediador ante el Padre. Nos dice San Juan: “Os escribo esto para que no pequéis y si alguien peca tenemos a UNO que ABOGUE ante el Padre: a Jesucristo” (Ia. Jn. 2: 1), pero además de Él, tenemos a María, Madre de Dios y Madre Nuestra, constituida por Dios Medianera entre Él y nosotros pecadores.

Dos gracias principales son necesarias a un pecador para alcanzar la futura felicidad: la conversión o el perdón de los pecados y la perseverancia en el bien. Ambas gracias nos alcanza María REFUGIO DE LOS PECADORES, si se lo pedimos continuamente y si “hacemos lo que Él nos dice”, como Ella nos lo pide.

CONSUELO DE LOS AFLIGIDOS

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El ser humano se ve sacudido no sólo por la enfermedad del alma: el pecado, y la enfermedad del cuerpo: el dolor físico, sino que la vida está llena de espinas y abrojos que nos afligen, nos oprimen y no nos dejan vivir en paz porque lastiman el corazón y llenan de lágrimas los ojos.

Resumimos todo esto bajo el nombre genérico de TRIBULACIONES y AFLICCIONES, que serán motivos para apreciar más la bondad de María Santísima que nos consuela, si recurrimos a Ella con mayor frecuencia y confianza.

Nadie negó y nadie puede negar jamás la existencia del dolor en el mundo. Se nace con llanto; se crece luchando contra tantos obstáculos que hacen sufrir; se vive bajo el peso diario de responsabilidades y preocupaciones.

La filosofía de todos los tiempos ha intentado en vano eliminar el dolor de la vida; no ha logrado más que arrancar aquello que explica el misterio del dolor y lo hace llevadero, arrancando a Dios del corazón de muchos hombres … y EL DOLOR MAS TERRIBLE ES SUFRIR SIN DIOS.

Cuando el dolor se nos presenta en alguna de sus formas, se pregunta uno angustiosamente ¿por qué el dolor? Y si la FE no ilumina, si la FE no responde a este doloroso ¿por qué?, se pierde la interrogación en el vacío sin una respuesta que satisfaga.

Solamente la FE nos da una respuesta tranquilizadora, digna de la Sabiduría de Dios y de la dignidad del hombre. Cuando con el primer pecado se precipitaron los hombres en el abismo de la condenación eterna, Dios misericordioso, en el mismo instante en que prometía enviar al Redentor, confió la humanidad al Ángel del dolor para que la purificara y la hiciera semejante al Restaurador prometido, que nos redimiría precisamente a través de las humillaciones y de los más grandes dolores.

El pecado introdujo en el mundo el dolor y la muerte: del pecado provienen las adversidades.

El dolor recibió de Dios una misión providencial; es el artífice de toda grandeza moral. Para que el dolor cumpla en nosotros su misión debe ser acogido con FE CONSCIENTE y con cristiana resignación.

Sin embargo, el dolor es siempre dolor y exprime del corazón las lágrimas que son la sangre del alma. ¿Quién podrá ofrecernos el alivio necesario? ¿Quién podrá consolarnos? María Santísima, nuestra amorosa Madre la Consoladora de los afligidos, Ella puede y quiere endulzar nuestras amarguras y aliviar nuestros dolores, si se lo permitimos.

María hace suyas nuestras aflicciones y se apropia nuestro dolor, si se lo entregamos; y una sola mirada de piedad y de amor de esta Dulce Madre basta para tranquilizar el corazón más dolorido y suavizar las más fuertes adversidades.

¡Oh Madre piadosa, CONSUELO DE LOS AFLIGIDOS, calma nuestras angustias!

 

AUXILIO DE LOS CRISTIANOS

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El Corazón de la Virgen María es tan grande que abarca y contiene a toda la humanidad. Dios la creó para que fuera su Madre y Madre de todos, la dotó de esta universalidad de afectos para que los afligidos, los enfermos, los pecadores, que recurren a Ella, experimenten esta singular bondad suya.

En la Iglesia se centra la Obra santificadora de Cristo y aunque ella es la amada Esposa de Jesús “sin arruga o defecto” (San Pablo) no la sustrajo a las vicisitudes humanas y quiso que tuviera la apariencia de debilidad. En realidad, posee la misma fuerza de Dios, que le prometió la asistencia perenne del Espíritu Santo y así se apoya segura y confiada en las palabras infalibles de su Fundador: “He aquí que estaré con vosotros hasta el fin de los siglos”.

San Juan en el Apocalipsis la describe como la ciudad santa, la nueva Jerusalén; y así la nueva Jerusalén (la Iglesia) tiene en María Santísima a su poderosa defensora contra los enemigos de todos los tiempos. Estos enemigos son de dos clases: internos y externos.

Los internos son aquellos que atentan a la verdad que la Iglesia nos enseña, los que pretenden introducir en ella, el error, o sea, los mismos cristianos que se oponen con obstinación, con terquedad a lo que propone la Iglesia Católica.

Los enemigos externos son los que no perteneciendo a la Iglesia Católica, la atacan y pretenden destruir la FE de sus miembros que son el Cuerpo Místico de Cristo.

De estas consideraciones sobre el glorioso título de Auxilio de los Cristianos debemos sacar dos importantes enseñanzas para normar nuestra vida cristiana:

  • Ante todo un filial amor a la Santa Iglesia y a su Cabeza visible: el Romano Pontífice. En el amor de todos los católicos, que se centra en el Papa, en la asistencia perenne de Jesucristo y en la poderosa protección de María tenemos una fuerza superior que nos consuela y alienta.
  • Otra enseñanza, más necesaria hoy que nunca, surge de la maternidad universal y auxiliadora de María y es el deber que tenemos de extender la CARIDAD CRISTIANA con la que nos debemos amar unos a otros, como Dios nos ama, sin distinción alguna. Sin olvidar que es contrario a la caridad, levantar barreras de división, de odio, de incomprensión, etc.

¡Oh Madre Santísima que en tus entrañas maternales acoges a toda la humanidad y que a todos socorres en sus necesidades, alcánzanos de tu Divino Hijo esta universal caridad así como la fidelidad a la iglesia católica, fundada con la Sangre de Jesucristo, que es también tu sangre!

¡Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!