Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 21ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

DOMINGO VIGESIMOPRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré”. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: “Paga lo que debes”. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?” Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.

El Evangelista San Mateo, inmediatamente antes de esta parábola nos hace saber que Nuestro Señor acababa de hablar sobre la corrección fraterna y el perdón de las ofensas: Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Por su parte, San Lucas explicita con estas palabras: Cuidaos de vosotros mismos. Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, le perdonarás.

Otros años he comentado esta parábola y sus diversas implicancias.

2010: enlace

2014: enlace

2015: enlace

Hoy quiero referirme a otros temas relacionados con su doctrina: la corrección fraterna, la venganza, la clemencia, la mansedumbre y la crueldad.

Consideramos, pues, lo que enseña Santo Tomás sobre estas interesantes cuestiones.

+++

La corrección fraterna es acto de caridad

La corrección del que yerra es, en cierta forma, remedio que debe emplearse contra el pecado del prójimo.

Ahora bien, el pecado de una persona puede considerarse de dos maneras.

La primera, como algo nocivo para quien lo comete.

Segunda, como perjuicio que redunda en detrimento de los demás, que se sienten lesionados o escandalizados, y también como perjuicio al bien común, cuya justicia queda alterada por el pecado.

Hay, por lo mismo, doble corrección del delincuente.

La primera, aportar remedio al pecado como mal de quien peca.

Esta es propiamente la corrección fraterna, cuyo objetivo es corregir al culpable.

Ahora bien, remover el mal de uno es de la misma naturaleza que procurar su bien. Pero esto último, es acto de caridad que nos impulsa a querer y trabajar por el bien de la persona a la que amamos.

Por lo mismo, la corrección fraterna es también acto de caridad, ya que con ella rechazamos el mal del hermano, es decir, el pecado.

La remoción del pecado incumbe a la caridad más que la de un daño exterior, e incluso más que la del mismo mal corporal, por cuanto su contrario, el bien de la virtud, es más afín a la caridad que el bien corporal o el de las cosas exteriores.

De ahí que la corrección fraterna es acto más esencial de la caridad que el cuidado de la enfermedad del cuerpo o la atención que remedia la necesidad externa.

La otra corrección remedia el pecado del delincuente en cuanto revierte en perjuicio de los demás y, sobre todo, en perjuicio del bien común. Este tipo de corrección es acto de justicia, cuyo cometido es conservar la equidad de unos con otros.

La corrección fraterna puede omitirse en tres casos

El primero, meritorio, cuando se omite por caridad. Dice al respecto San Agustín: Si uno deja de reprender y corregir a los que obran mal porque esperan ocasión más oportuna, o porque temen que con ello puedan empeorar, o por el miedo de que entorpezcan la instrucción de las personas débiles en la virtud y en la piedad, y de que sintiéndose presionadas se alejen de la fe, esto es inspiración de caridad.

Otro caso de omisión de la corrección fraterna conlleva pecado mortal. Tal ocurre cuando se teme la crítica del vulgo y el tormento o destrucción de la carne, y estas cosas llegan al punto de embargar el ánimo hasta anteponerse a la caridad fraterna. Semejante caso parece que puede darse cuando, habiendo esperanza fundada de apartar al delincuente del pecado, se desiste de ello por motivos de temor o de codicia.

El tercer modo de omisión de la corrección fraterna es pecado venial. Esto ocurre cuando el temor o la codicia hacen retardar la acción de quien pudiera corregir los delitos del hermano, pero sin llegar al extremo de que, si le constara que podría apartarle del pecado, desistiera de ello, dando preferencia en su ánimo a la caridad fraterna. De esta manera, descuidan a veces los santos varones corregir a los culpables.

La corrección fraterna no incumbe sólo a los prelados

Tanto los sacerdotes como todos los demás fieles deben tener sumo cuidado de quienes perecen, en orden a que, con la debida reprensión, o se les corrija de sus pecados, o, si permanecen incorregibles, sean separados de la Iglesia.

Dijimos que hay dos tipos de corrección.

Una que es acto de caridad, cuyo objetivo principal es la corrección del delincuente con sencilla amonestación.

Esta corrección incumbe a cualquiera, súbdito o superior, que tenga caridad.

Hay, en cambio, otra corrección que es acto de justicia, y cuyo objetivo es el bien común.

Este no se promociona solamente amonestando al culpable, sino también, muchas veces, castigándole, para que los demás, atemorizados, desistan del pecado.

Esta corrección incumbe solamente a los prelados, los cuales, además de amonestar, deben también corregir castigando.

También los superiores deben ser corregidos

La corrección que es acto de justicia por coacción penal, no incumbe al súbdito respecto de su prelado.

Pero la corrección que es acto de caridad atañe a cada cual en relación con las personas a las que debe amar si ve en ellas algo reprensible.

Ahora bien, el acto virtuoso debe estar regulado por las debidas circunstancias; por eso, en la corrección del súbdito hacia su superior debe guardarse la debida moderación, o sea, no debe hacerlo ni con protervia ni con dureza, sino con mansedumbre y respeto.

Se debe desistir de la corrección por temor de que alguien se vuelva peor

Leemos en Proverbios IX, 8: No reprendas al burlador, no sea que te odie, interpretado por la Glosa en estos términos: No hay que temer que el burlón te injurie cuando es reprendido; debes, más bien, cuidar de que, excitado por el odio, no se haga peor. Por consiguiente, hay que cesar de la corrección fraterna cuando se teme que el reprendido se haga peor.

Hay dos clases de corrección del delincuente.

La primera compete, en realidad, a los superiores, ya que se ordena al bien común y tiene fuerza coactiva.

Esta corrección no debe pasar en silencio por temor a la turbación que pudiera ocasionar al que es objeto de ella, ya que, si no quiere enmendarse por propia voluntad, se le debe obligar, castigándole, a contenerse de su pecado, o también porque, si resulta incorregible, se mira por el bien común guardando el orden de la justicia e inspirando con ello un ejemplo de escarmiento para los demás.

Por eso mismo el juez no desiste de dar sentencia de condena contra el culpable por temor de la turbación que pudiera causarle a él o incluso a sus amigos.

Pero hay una segunda corrección fraterna, cuyo fin es la enmienda del culpable; no usa de la coacción, sino que procede por simple admonición.

Por eso, cuando se presiente con probabilidad que el culpable no va a tener en cuenta la admonición, sino que, por el contrario, se va a deslizar hacia cosas peores, es preferible desistir de ella, puesto que los medios deben medirse por la exigencia del fin que se pretende conseguir.

+++

La venganza es lícita

La venganza se lleva a cabo mediante algún mal penal impuesto al pecador.

Por consiguiente, en la venganza se debe tener en cuenta la intención del vengador.

Pues si lo que principalmente intenta es el mal de aquel de quien se venga y en él se complace, eso es totalmente ilícito; porque gozarse del mal de otro es odio, opuesto a la caridad con que debemos amar a todos los hombres.

Ni vale el que alguien se excuse diciendo que intenta causar un daño a quien injustamente se lo causó a él, como tampoco queda uno excusado por odiar a quien lo odia. Pues no hay razón que justifique el que peque yo contra otro porque este primero pecó contra mí, lo que sería dejarse vencer por el mal, cosa que prohíbe el Apóstol cuando dice (Rom 12, 21): No debes dejarte vencer por el mal, sino que debes vencer el mal con el bien.

En cambio, si lo que principalmente intenta el vengador es un bien, al que se llega mediante el castigo del pecador, por ejemplo, su enmienda, o por lo menos el que se sienta cohibido, la tranquilidad de los demás, la conservación de la justicia y del honor debido a Dios, entonces puede ser lícita la venganza, siempre que queden a salvo las otras circunstancias debidas.

***

Quien ejerce la venganza sobre los malos según su jurisdicción, no usurpa lo que es de Dios, sino que usa del poder que Dios le ha dado. Mas si alguien ejerce la venganza fuera del orden establecido por Dios, usurpa lo que es de Dios, y por consiguiente peca.

Los malos son tolerados por los buenos en lo de soportar pacientemente las injurias propias; pero no así las injurias contra Dios o contra el prójimo. Ser paciente en las injurias propias es digno de alabanza; pero disimular las injurias contra Dios es demasiado impío.

La injuria contra una persona redunda a veces en ofensa de Dios y de la Iglesia, y entonces debe uno exigir reparación de la misma.

Mas, por lo que se refiere a la injuria contra alguien que afecta únicamente a su propia persona, debe ser tolerada con paciencia si así conviene que se haga.

La venganza del pecado de la colectividad toda entera debe recaer, o sobre la totalidad, como en el caso de los egipcios, sumergidos en el mar Rojo por perseguir a los israelitas, y el de los sodomitas, que murieron todos; o sobre una gran parte de la misma, como en el castigo de los que adoraron al becerro.

Pero a veces, si se espera la corrección de muchos, la severidad de la venganza debe ejercerse sobre unos pocos principales, con cuyo castigo escarmienten los demás, como mandó el Señor ahorcar a los príncipes del pueblo por el pecado que el pueblo había cometido.

Mas, si no todos pecaron, sino tan sólo una parte, y es posible separar los buenos de los malos, se debe ejercer la venganza sobre éstos, si es que cabe hacerlo sin escándalo de los demás. De no ser así, se debe perdonar a todos y renunciar a la severidad.

Lo mismo debe decirse del príncipe a quien obedece la multitud. Se debe tolerar su pecado si no se le puede castigar sin escándalo del pueblo, a no ser que su pecado sea tal que cause más daño espiritual o temporal a sus súbditos que el escándalo que se podría temer.

Debe llevarse a cabo la venganza aplicando los castigos de uso corriente entre los hombres

A algunos, que no sienten afecto a la virtud, los mantiene a raya el temor a perder aquello que prefieren a lo que van a conseguir pecando.

Por consiguiente, se debe tomar venganza del pecado privando al hombre de lo que tiene en mayor estima.

Y éstas son las cuatro cosas que prefiere a cualquier otra el hombre: la vida, la integridad corporal, la libertad y los bienes exteriores, tales como las riquezas, la patria y la buena fama.

Por eso, como refiere San Agustín en XXI De Civ. Dei, en los escritos de Tulio se habla de ocho géneros de penas con que castiga la ley, a saber: la muerte, por la que se quita a uno la vida; los azotes y el talión (el perder ojo por ojo), por los que se pierde la incolumidad del cuerpo; la esclavitud y la cárcel, por las que se le priva de la libertad; el destierro, que le arranca de la patria; la confiscación de bienes, que le despoja de sus riquezas; la ignominia, que le priva de su buena fama.

+++

La clemencia y la mansedumbre no son la misma virtud

Las virtudes que moderan las pasiones colaboran, en cierto modo, en cuanto a su efecto, con las virtudes que moderan las acciones, aunque sean específicamente diferentes.

La pasión de la ira incita al hombre a imponer un castigo más grave que el debido.

Por su parte, es propio de la clemencia el disminuir el castigo, objeto que podría ser impedido por el exceso de ira.

Por ello, la mansedumbre, por el hecho de refrenar el ímpetu de la ira, concurre con la clemencia para producir un mismo efecto.

Sin embargo, son virtudes distintas: la clemencia modera el castigo externo, mientras que es propio de la mansedumbre apaciguar la pasión de la ira.

La mansedumbre no se opone directamente a la severidad, ya que la mansedumbre se ocupa de la ira, mientras que el objeto de la severidad es la imposición externa de un castigo.

Según esto, parecería que la severidad se opone más bien a la clemencia, que también se ocupa del castigo externo.

Pero no se opone a ella, porque ambas se relacionan con la recta razón.

En efecto, la severidad se muestra inflexible en la imposición de castigos cuando lo exige la recta razón, mientras que la clemencia tiende a aminorar los castigos, también según la recta razón, es decir, cuando y como conviene. Por eso no se oponen, porque no tienen el mismo objeto.

+++

La crueldad se opone a la clemencia

El nombre de crueldad parece que se ha tomado de crudeza. En efecto, de igual modo que los manjares cocidos y sazonados suelen tener un sabor dulce y agradable, así también los crudos tienen un sabor áspero y desabrido.

Ahora bien, la clemencia incluye cierta suavidad y dulzura de ánimo, que hacen que el hombre rebaje las penas.

De ahí que la crueldad se oponga directamente a la clemencia.

La crueldad se distingue de la sevicia o fiereza

El nombre de sevicia y fiereza se toma de la semejanza con las fieras, que también se dicen salvajes, ya que estos animales hacen daño a otros para alimentarse de sus cuerpos, no por razón de justicia, cuya consideración pertenece exclusivamente a la razón.

Por eso, hablando con propiedad, la fiereza o sevicia hacen alusión a que alguno, al imponer penas, no tiene en cuenta la culpa de aquel al que castiga, sino sólo el deleitarse en el sufrimiento de los hombres.

Y así es evidente que queda incluido dentro de la bestialidad, porque tal deleite no es humano, sino propio de los animales y originado o por una mala costumbre o por la corrupción de la naturaleza, como los demás sentimientos bestiales.

En cuanto a la crueldad, se fija en la culpa del castigado, pero se excede en el modo de castigar.

Por eso la crueldad se distingue de la sevicia o fiereza, como la malicia humana se distingue de la bestialidad.

***

La clemencia es una virtud humana. Por eso se le opone directamente la crueldad, que es malicia humana.

Pero la sevicia o fiereza queda incluida bajo la bestialidad, por lo cual no se opone directamente a la clemencia, sino a una virtud más excelente, que Aristóteles califica de heroica o divina y que para nosotros pertenece a los dones del Espíritu Santo.

Por eso puede decirse que la sevicia se opone directamente al don de piedad.

La remisión de las penas no es vicio sino en cuanto que se traspasa el orden de la justicia, según el cual debe ser castigado uno por la culpa, a lo cual sobrepasa la crueldad.

Por su parte, la sevicia no tiene en cuenta para nada este orden.

Por ello, la remisión de la pena se opone directamente a la crueldad y no a la sevicia.

+++

Llegamos de este modo al fin de lo que deseaba transmitirles hoy.

Resumiendo, a la luz de la parábola y lo que le antecede, hemos considerado la corrección fraterna, la venganza, la clemencia, la mansedumbre y la crueldad. Y podemos ilustrar cada una de ellas con los diversos personajes de la metáfora evangélica. Cosa que dejo a cada uno de vosotros.

Concluyo recordando que:

La corrección fraterna es acto de caridad.

La corrección fraterna puede omitirse en tres casos.

La corrección fraterna no incumbe sólo a los prelados.

También los superiores deben ser corregidos.

Se debe desistir de la corrección por temor de que alguien se vuelva peor.

La venganza es lícita.

Debe llevarse a cabo la venganza aplicando los castigos de uso corriente entre los hombres.

La clemencia y la mansedumbre no son la misma virtud.

Es propio de la clemencia el disminuir el castigo.

La crueldad se opone a la clemencia.

La crueldad se distingue de la sevicia o fiereza.