MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR PARA HABLAR BIEN CON DIOS

Prosigue el mismo Entretenimiento.

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El Siervo. De nuevo vengo a Vos, oh E Dios mío. Una vez que hayáis sido conocido, no es posible dejaros: como Magdalena luego que os conoció, (Luc.) no tenía gusto, ni placer en otra cosa más que en hablar con Vos. Yo mismo he experimentado ahora este dulce efecto de vuestra gracia, por más indigno que me hice con mis deslealtades pasadas. Vos sabéis con qué pena dejé el coloquio que tenía con Vos, y como no lo interrumpí, sino por obedeceros; haced que esto no sea para mi perjuicio; dadme aquellos sentimientos que habéis destinado comunicarme; comunicádmelos todavía mayores a vista del sacrificio que os he hecho.

El Señor. Hijo mío, el dejarme por cumplir mis órdenes es dejarme para hallarme, y para hallarme con ventajas; para conmigo la buena voluntad tiene lugar de efecto, y se consigue el placer y el mérito de mi conversación, cuando hay verdadero deseo de gozarla.

El Siervo. ¡Cuán bueno es serviros, Dios mío! Pues para con Vos la buena voluntad basta. ¡Cuán diversos son los señores de acá bajo! Como ellos no ven el corazón, y por otra parte tienen necesidad del bien que les resulta de los servicios que se les hacen, no se contentan con puros deseos.  

El Señor. Aprovéchate pues, hijo mío, del bien que tienes en la mano; cuando no pudieres conversar conmigo por tan largo tiempo, y tan libremente como quisieras, ofrece tu deseo, y muéstramelo conservándote en mi presencia; porque la memoria de mi presencia suple la falta de mi conversación; hay al mismo tiempo una tan gran relación entre estos dos ejercicios, que se siguen naturalmente el uno del otro.

El Siervo. Yo estoy persuadido a esto, Señor, y así os ruego, que, acabéis de instruirme acerca de la práctica de vuestra divina presencia.

El Señor. Para hacértela más fácil, sírvete, hijo mío, de alguna imagen sensible; imagínate, por ejemplo, que estas en mí como un pez en el agua, o como un pajarillo en el aire, cercado y penetrado de mi inmensidad; aún más que estos vivientes lo están del elemento que les es propio.

También podrás mirarme bajo aquellas diversas ideas, que te subministran mis Profetas en varios lugares de la Escritura: ya como elevado en el más alto de los Cielos, y desde allí mirando a los hijos de los hombres, examinando sus procederes, y penetrando hasta lo secreto de sus corazones; ya como sentado sobre un trono, cercado de gloria y majestad, teniendo en mis manos las señales de mi poder y de mi imperio, habiendo a mis lados una muchedumbre infinita de espíritus bienaventurados, que cantan de concierto mis alabanzas; ya como habitando sobre la tierra, conversando familiarmente con los hombres, pasando una vida común por instruirlos, y sufriendo por salvarlos tormentos inauditos; ya como oculto en el sacramento de mi amor, sirviendo en él de compañía, de alimento y de victima; ya en fin como descansando en lo secreto de tu corazón, escuchándote, consolándote, animándote, y haciéndote sentir de mil modos los suaves y poderosos efectos de mi presencia. Aquí es sobre todo en donde tú me debes considerar; aquí es en donde ordinariamente me debes buscar, porque aquí es en donde con más facilidad me hallaras. Pero de cualquier manera, y en cualquier estado que me consideres, es menester que no te contentes con una mera representación, sino que añadas al pensamiento los sentimientos, y que te ejercites en afectos y elevaciones del corazón, que son el principal ejercicio de mi presencia, y un grande mérito para adquirir el recogimiento del espíritu, la paz del corazón, y el fervor de la devoción.

Todo puede servirte de medio y de escalón para subir a mí. Las criaturas que ves, y los diversos servicios que te hacen, una nueva triste o alegre que te dan; los bienes y males que recibes; las personas con quien tratas; un negocio que emprendes o que acabas; todos los pasos que das; las palabras que pronuncias; todos los pensamientos, y todos los deseos que concibes; todo esto te convida, o a que me adores, o a que me des gracias, o a que me ames, o a que admires mis perfecciones, ensalces mi poder, recurras a mi bondad, te sujetes a mi providencia, y te ofrezcas a mi soberana majestad. Ríndete, hijo mío, a estos convites, escucha todas estas voces, que de todas partes te llaman a mí.

El Siervo. ¡Si yo pudiera, Señor, estar atento a ellas, qué impresión no harían en mi espíritu, y en mi corazón! Pero el exceso de mi disipación no me deja entenderlas, ni aun oírlas.

El Señor. Ármate pues, hijo mío, contra este impedimento; recógete para esto con frecuencia entre día, señálate algunas horas para este fin, y nota algunas ocasiones que te sirvan como señal y memoria local. Cuando veas, que tu espíritu se extravía, vuélvelo a encaminar suavemente, como se hace con un niño que se huye, vuelve entonces a entrar en ti mismo, y levántate hacia mí.

El Siervo. Yo he tomado, Señor, muchas veces la resolución, y algunas he puesto manos a la obra, pero sin mucho fruto.

El Señor. Tu inconstancia es la causa. Tú te recoges un día, y a la mañana siguiente estas distraído. ¿Es medio este de aprovechar? ¿No es al contrario esto, querer que se pierda lo que se había ganado? Una costumbre no se adquiere sino con un ejercicio constante, y la corona no se destina sino al que persevera. ¿Un viajero avanzaría mucho, si a cada paso que diera se parara? ¿Y un aprendiz se haría muy hábil, si interrumpiera su obra después de algunos instantes de trabajo?

El Siervo. Ya, Señor, lo reconozco; mi ceguedad ha sido, igual a mi inconstancia. ¿Pero cómo, oh gran Dios, cómo me habéis podido sufrir en un estado tan desagradable a Vos? ¡Y cual es al presente vuestra bondad, que queréis apartarme de él! Yo estoy movido más de lo que os pudiera manifestar; y para señal de mi reconocimiento no tendré de aquí en adelante pensamientos, deseos, movimientos, y ni aun vida sino para Vos, mi soberano bienhechor, mi amor, y todo mi bien. A ejemplo de vuestro Profeta expondré, mi alma incesantemente en vuestra presencia. Ayudadme, os ruego, con vuestra gracia; reprimid esta inconstancia, que me es tan natural; haced, que como Vos estáis siempre ocupado en mí, y en mi bien, lo esté yo, del mismo modo en Vos, y en vuestro servicio. Yo no puedo nada por mí mismo, pero lo puedo todo con Vos, mi Dios y mi fortaleza.