LETANÍAS LAURETANAS – TERCERA PARTE

ESPEJO DE JUSTICIA

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Hemos de considerar, en primer lugar, lo que debemos entender por Justicia, porque esta palabra, tal como se emplea en el lenguaje de la Iglesia, no tiene el sentido que el lenguaje ordinario le atribuye.

Por justicia no debemos entender aquí la virtud de la lealtad, de la equidad (dar a cada uno lo que merece), de la rectitud en la conducta sino más bien la justicia o perfección moral, en cuanto abarca, a la vez, todas las virtudes y significa un estado del alma virtuoso y perfecto, de tal manera que el sentido de la palabra Justicia es casi equivalente al sentido de la palabra santidad.

Por esto, al ser llamada María espejo de justicia, lo hemos de entender en el sentido de que es espejo de santidad, de perfección y de bondad sobrenatural.

¿Qué se entiende al compararla con un espejo? Un espejo es una superficie que refleja algo, como el agua inmóvil, el acero pulido, la luna, etc.

Ella reflejaba a Nuestro Señor, que es la Santidad Infinita, Divina Santidad, por lo cual es llamada Espejo de la Santidad, o como se dice en las Letanías Espejo de Justicia.

María llegó a reflejar la santidad de Jesús viviendo con Él. ¡Cuán semejantes llegan a ser los que se aman y viven juntos! Cuando reina el amor entre esposos, entre padres e hijos, entre hermanos, amigos, con el tiempo se produce un maravilloso parecido que llega a manifestarse en la expresión de los rasgos de la voz, en el lenguaje y algunas veces hasta en carácter, opiniones, gustos. Esto también sucede, sin duda, en el estado invisible de las almas, en las cuales, para bien o para mal, se realiza esta transformación y semejanza.

Hemos de considerar ahora que María amaba a su Divino Hijo con un amor indecible, ya que lo tuvo consigo durante treinta años. Si estuvo llena de gracia antes de haberlo concebido en su Seno, debió alcanzar una santidad incomprensiblemente mayor después de haber vivido tan íntimamente con Él durante aquellos treinta años. Santidad que reflejaba los Atributos de Dios, con una plenitud de perfección, de la cual ningún santo puede damos una idea. Ella es el ESPEJO DE LA DIVINA PERFECCIÓN.

 

TRONO DE LA SABIDURÍA

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La palabra Sabiduría tiene en la Sagrada Escritura varios significados: en primer lugar la Sabiduría personal o subsistente, esto es, el Verbo Divino, y Jesucristo como Hombre, ya que en Él la Humanidad creada estaba unida a la Divinidad en unidad de persona; en segundo lugar, la Sabiduría impersonal, hábito o cualidad de los seres inteligentes, y por último, la Sabiduría, Don del Espíritu Santo.

Bajo estos tres significados la Virgen María es llamada y es verdaderamente Trono o Sede de la Sabiduría.

María Santísima, Trono de la Sabiduría, de la Sabiduría personal. El Verbo es el perfecto y subsistente conocimiento de todo el ser Perfectísimo e Infinito que es el Padre.

El Verbo Divino se encamó en el seno purísimo de María, que así vino al ser Madre de Dios, Madre del Verbo, Madre de Cristo Hombre, Madre de la Sabiduría.

Por eso, principalmente se le invoca como Trono de la Sabiduría porque puso el Verbo su sede en las Purísimas entrañas de Ella.

Él se hizo para sí, en el seno Virginal, una morada muy digna y escogida, habitó en Ella, y después de nacer fue llevado en sus brazos durante sus primeros años y estuvo sentado sobre sus rodillas. Siendo realmente también, por decirlo así, el Trono humano de Aquel que reina en el Cielo.

  • María Santísima, Sede de la virtud de la Sabiduría. El hábito de la Sabiduría reside en el entendimiento del ser humano y tiene por objeto propio el conocimiento de las cosas naturales y sobrenaturales y sus causas, se eleva al conocimiento y contemplación de la Causa primera e increada, necesaria, absoluta, es decir, Dios; ve y contempla a Dios en todas las cosas de la naturaleza, todo lo refiere a Dios, se remonta hasta Dios y en Él descansa; de todo lo creado toma base para admirar, bendecir y amar a Dios, último término al cual están dirigidas todas las cosas. Y es así como esta Sabiduría, de especulativa se hace práctica, de estéril se convierte en operativa, del entendimiento pasa al corazón y lo ensancha y lo consuela y le infunde un gozo, un sabor y una unción, por lo cual precisamente se llama Sabiduría.

Por encima de todos los Santos, María poseyó en grado perfecto la virtud de la Sabiduría, más aún, Ella es la Sede de la Sabiduría. Fue dotada por Dios de un entendimiento naturalmente perfecto, ejercitado y enriquecido por la continua y altísima contemplación y por el conocimiento de la Escritura.

María, después de Jesucristo, tuvo el corazón mejor dispuesto para la gratitud, para la admiración, para el amor: disposición acrecentada hasta el máximo por la fiel correspondencia a la obra de la gracia que la llevó al más perfecto conocimiento de Dios posible a una mente creada.

  • María, Sede del Don de Sabiduría. Hay una Sabiduría que no se adquiere con los recursos humanos, sino que es un Don sobrenatural infundido por el Espíritu Santo.

Este Don, como enseña Santo Tomás de Aquino, es distinto en su naturaleza del hábito de la Sabiduría.

Este Don consiste en un profundo conocimiento de Dios y de sus altísimos misterios, conocimiento encaminado no tanto a satisfacer la inteligencia que contempla, cuanto a alimentar y atraer la voluntad con la fuerza del amor. El alma en la que se ha desarrollado este Don se sumerge y se abisma enteramente en Dios, en sus perfecciones infinitas y en sus Misterios, y allí se goza de tal manera que todo lo que no es de Dios o no conduce a Dios se le hace pesado y enojoso, le resulta insípido.

En los treinta años que vivió en íntima unión con la Sabiduría Encarnada, cuántas veces recibiría María en el secreto de la Casa de Nazaret los vívidos rayos de la Sabiduría Eterna en los que Ella recogía hechos y misterios; palabras y recuerdos en el santuario de su Corazón y los conservaba. Era el tesoro de las diversas riquezas que, pasando por su alma de Madre, se convertían en leche de vida, de sabiduría y de gracia para sus hijos. Ella más que ninguna criatura angélica o humana, penetró en los profundos Misterios de la Divinidad, rozando, por decirlo así, los confines de lo Infinito.

María llevó en su seno a la Sabiduría Increada, pero su mente y su corazón fueron más anchos y capaces que su mismo seno, dice San Buenaventura. Con toda razón, la Iglesia la invoca Trono de la Sabiduría.

 

CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA

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Jesucristo fue y es causa fundamental y primera de nuestra alegría. María es causa secundaria e instrumental.

Nosotros amamos la alegría porque es un bien y amamos la felicidad de la cual la alegría es un fruto. También Dios quiere que estemos alegres pues Él “Ama al que da con alegría” (cfr. 2ª. Cor. 9.7).

Existen dos clases de alegría:

Una, la de aquellos que encuentran alegría donde tendrían motivo para entristecerse, esto es, en el pecado.

También la de quienes, aunque no ponen su alegría en el pecado, pero sí se deleitan en los honores, en las riquezas, en las comodidades de la vida y en todo aquel cúmulo de frivolidades que un refinamiento insaciable va acumulando sobre los grandes caminos del progreso.

Esta alegría, aún la menos culpable, es frívola, falsa, momentánea.

Es frívola porque satisface más a los sentidos que al alma.

Es falsa, parece alegría, pero no lo es, llena el corazón por breves momentos, pero pronto lo deja vacío y descontento.

Es momentánea, fugaz. La vida del ser humano es muy breve y con frecuencia regada de lágrimas.

Los bienes materiales no pueden damos la felicidad.

La otra clase de alegría es la Cristiana, y es muy distinta porque más allá de las sombras del misterio y tras el velo de las lágrimas, alcanza y saborea una alegría verdaderamente tranquila, veraz y duradera, como los bienes en los que se funda: la tranquilidad de conciencia, la AMISTAD CON DIOS, la justa apreciación de los bienes de esta vida, la paciencia en las adversidades, la esperanza de los bienes eternos, son fuentes inagotables de indecible y sólida alegría. No haz fuerza humana o de acontecimientos que pueda arrebata esta perfecta alegría que anida en las íntimas profundidades del alma y que se identifica con el amor de Jesucristo.

María es CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA porque nos dio a Jesús, el Verbo Encarnado.

 

VASO ESPIRITUAL

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El primer sentido, inmediato y literal, de la palabra VASO indica un recipiente de cualquier materia y forma, apto para recibir y retenes cualquier cosa, especialmente líquida.

En sentido más extenso y metafórico, la Sagrada Escritura llama vaso a toda cosa, aún a la persona humana, porque toda criatura en las manos de Dios es como un vaso en la mano del alfarero. En las Letanías, María es honrada tres veces con este nombre de VASO. Vaso espiritual significa pues, Persona o Mujer espiritual.

Enseña Santo Tomás de Aquino que en la Sagrada Escritura los hombres son comparados a los vasos, o se llaman vasos bajo cuatro aspectos: por la constitución, por el contenido, por el uso para el cual sirven y por el fruto que traen.

  • Por la constitución, esto es por la materia y por la forma que el artífice le imprime; tanto más noble y precioso cuanto más preciosa es su materia.

María VASO de ORO purísimo, bella y hermosa de alma, la más preciada perla, la gema inapreciable del universo.

Dios trabajó esta materia con exquisito cuidado, arte y habilidad y le dio la más hermosa y preciada forma. Dios manifestó en esta singular criatura toda su Sabiduría y Poder Infinito.

  • Por su contenido. El vaso es tanto más estimable en cuanto que está más lleno.

Ninguna criatura, ni angelical ni humana es más apreciable que María. Dotada por la generosidad divina de gracias, dones y privilegios, desde el primer instante de su vida; llena la mente y el corazón de Dios, no menos que su purísimo Seno Virginal.

Ella fue, después de la humanidad creada de Jesucristo, el Vaso más grande y más capaz. Y tanto más estuvo llena de Dios, cuanto más perfectamente estuvo vacía de sí misma.

Nosotros, no estaremos llenos de Dios mientras estemos llenas de nosotros mismos.

  • Por el uso. La nobleza del vaso se revela además por el uso al cual se destina.

El uso más digno y más glorioso es al que fue predestinada la Virgen María. La Divina Maternidad es la cumbre de la nobleza y de la gloria. A este fin Dios ordenó todos los dones singularísimos del cuerpo y del alma, aquellos especiales privilegios y dones de los cuales la dotó, para que fuera digna de concebir en su seno al Verbo de Dios.

  • Por el fruto. Esto es por las ventajas y los bienes que nos aportó este Vaso de Elección. Fruto suyo fue Jesucristo, la Redención del género humano y la santificación de las almas.

Para realizar todos estos bienes fue requerido el consentimiento de Ella.

Fruto de este Vaso son las gracias que Dios nos concede: la conversión, el arrepentimiento de los pecadores, la perfección y la perseverancia de los justos: fruto suyo son también los triunfos de la Iglesia, en resumen, todo cuanto tenemos de bueno en este mundo y tendremos en el otro. Así como es en primer lugar, gracia de Dios merecida para nosotros por Jesucristo, es en segundo lugar, fruto del virginal instrumento y preciosísimo Vaso, es decir es fruto de María.

 

VASO HONORABLE

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Vaso digno de honor. El honor es la expresión o testimonio exterior que se da a una persona por sus virtudes o por su dignidad. Expresión o testimonio que se rinde con palabras o con hechos. Llamar a María, Vaso Honorable equivale a testimoniar su dignidad y sus virtudes.

Acerca de las virtudes, dignidad y excelencia de Ella, se ha dicho suficientemente en las Invocaciones anteriores. Aquí para honrar y glorificar a la excelsa Madre de Dios, consideraremos cuánto quiso honrarla el mismo Dios.

Retrocediendo en el camino de los siglos y aún más allá de los días solemnes de la creación, detengámonos mentalmente en la eternidad. Dios infinitamente feliz en sí mismo, ve presentes en el fulgor de su omnisciencia (=conocimiento de todas las cosas reales y posibles. Atributo exclusivo de Dios), a todos los seres que tendrán vida por su poder Creador. En su Presencia está todo lo que experimentarán las criaturas que Él vivificará con su soplo inmortal los seres humanos que vivirán en un contraste de luces y sombras: las sombras de la culpa con las que se irán manchando y las luces de la gracia con las cuales su Misericordia Divina los irá revistiendo.

Y en esta luz de liberación que el mismo Dios va a extender sobre la humanidad caída, resplandece ante sus divinos ojos el esplendor de todos los esplendores, la epopeya de la Redención, y recibiendo luz y a su vez reflejándola como estrella de primera magnitud una mujer, María. Que será la MADRE DE DIOS, para darlo a la humanidad y redimirla del pecado. En estos esplendores de gracia y de belleza, Ella es adoptada desde toda la eternidad, por el Padre como Hija escogida por el Espíritu Santo como Esposa, elegida por el eterno y Divino Hijo como Madre; Hija, Esposa y Madre respectivamente de las Augustas Personas de la Santísima Trinidad, que la harán digna por la inagotable generosidad de Ellas; y así María de una realeza sin nombre, de una pureza sin medida, de una santidad sin igual, después de la de Dios, avanza triunfadora del mal, hacia el Trono del Altísimo y es saludada por el Padre: ¡llena de gracia!, por el Hijo: ¡el Señor es contigo!, por el Espíritu Santo: ¡Bendita eres entre todas las mujeres!

Así es saludada y bendecida por Dios Padre, por Dios Hijo, por Dios Espíritu Santo, por los Ángeles, por los pecadores y también por todas las criaturas.

Esta admirable elección y exaltación de María le abrió los tesoros inagotables de las gracias, de los dones y de los privilegios, con los que Dios quiso ensalzarla y honrarla: la Inmaculada Concepción, la Purísima Virginidad unida a la Divina Maternidad, la Asunción en cuerpo y alma al Cielo, la gloria triunfal que la coronó Reina del Cielo y de la tierra.

Hay más todavía: quiso Dios mismo el consentimiento de la Virgen María para cumplir el decreto o Misterio establecido desde toda la eternidad y esperar que Ella consintiera libremente y así depender de alguna manera de María; y habiéndose hecho Hombre, quiso durante treinta años obedecerla y estarle sometido.

No faltan quienes, mostrando un falso celo de la Gloria de Dios y de Jesucristo, censuran el honor que nosotros los católicos rendimos a la Madre Amorosa. Pero por más que la honremos, no podemos honrarla tanto como la Santísima Trinidad y Jesucristo, así que no erramos puesto que seguimos el ejemplo del mismo Dios y las enseñanzas y decretos de la Santa Iglesia.

El honor que se tributa a la Madre redunda ciertamente en el Hijo, en el honor de Quien la hizo tan hermosa.

 

VASO INSIGNE DE DEVOCIÓN

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O sea, Persona de insigne devoción.

La devoción, según Santo Tomás es la pronta voluntad de entregarse más, para hacer todo aquello que corresponde al servicio de Dios: es un dedicarse y consagrarse al servicio de Dios con ánimo alegre y con perfecta voluntad, de todo corazón.

La historia de todos los Santos está llena de ejemplos y aún puede afirmarse que esta prontitud en seguir al Señor o esta devoción es la condición necesaria para la santidad. También en esto María Santísima es maestra soberana; no sólo fue devota, sino modelo perfecto de insigne devoción.

  • Dios para la realización de sus fines, quiso que se uniera en matrimonio al glorioso y castísimo San José, y Ella se amolda a este querer de Dios, aunque había elegido otro estado María no se opone; consiente, dejando a Dios el cuidado de guardar su pureza virginal.
  • La ley mosaica manda a las madres hebreas que han concebido según el modo ordinario, que se purifiquen. Ella concibió por obra y gracia del Espíritu Santo, sin embargo, la cumple con la mayor exactitud, aún a costa de aparecer una mujer como todas las demás.
  • Dios ordena que la Madre del Hombre de los dolores sea Reina de los dolores, que después del Hijo participe más que nadie de los afanes, de los sufrimientos y de la Cruz. Ella, como Jesús, obedece, “como un cordero sin voz delante de quien lo esquila”. (Is. 53, 7).
  • Después de la Ascensión del Hijo, la Madre permanece en este mundo, desea el Cielo y unirse a su Amado: pero Dios quiere que permanezca todavía en la tierra por algunos años como Directora de los Apóstoles y como Fundadora secundaria de la Iglesia. María se somete a los designios de Dios.

Estos son algunos rasgos de la sin par devoción de María. Ella es verdaderamente VASO INSIGNE DE DEVOCIÓN.

 

ROSA MÍSTICA

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La rosa es símbolo y figura de la Virgen María.

La rosa es, más que todo, por su delicado perfume, la reina de las flores, el ornato de nuestros jardines, el principal decoro de la primavera.

María es la Reina de los Santos y, después de Jesucristo, el ornato principal del jardín místico de Dios que es la Iglesia, más aún, después de Dios, Ella es el esplendor y el ornato del Cielo.

María es también la ROSA Mística porque es la rosa de Jericó; las rosas de Jericó tenían la primacía sobre las demás por su magnificencia, por su rara forma y por su olor exquisito; y los rosales crecían a manera de árboles.

La rosa que se abre en la primavera es precursora del verano. María Santísima floreció en la primavera del mundo; Ella nos anunció, nos prometió y, aún más, nos dio a Jesucristo, luz eterna e indefectible que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; llama vivísima de caridad y de verdadero amor sobrenatural hacia los hombres, luz que disipó la ignorancia y los errores de nuestro entendimiento, que nos hizo conocer la voluntad de Dios, etc.

De todos estos bienes es presagio María, Mística ROSA y no sólo presagio sino también prometedora e iniciadora, pues de sus purísimas entrañas nació Jesucristo, restaurador del mundo.

La rosa nace, crece, abre sus hermosas hojas, esparce su suave fragancia entre las espinas; éstas la rodean y la envuelven por todas partes.

María nació, creció, llegó a su singular perfección entre muy punzantes espinas. Las adversidades, los más grandes dolores, la pobreza, los peligros, las persecuciones, la elevaron a una sublime santidad.

Escogida por Dios para ser copia fiel del Hijo venido a la tierra para sufrir y morir por nosotros y predestinada a ser con el Hijo, Corredentora.

En Nazaret y en Belén, en Judea, en Egipto, en Jerusalén y en la cima del Calvario, María Santísima sufrió los más atroces tormentos.

Rosa MÍSTICA. Mística, Misticismo, los dos términos derivan del griego Mysticós, que se refiere al misterio o secreto. En la práctica se usan ambos como sinónimos designando tanto el estado contemplativo en que se sumerge el alma en su tender a Dios, como la doctrina que trata de esas manifestaciones espirituales.

Aquí haremos referencia al estado contemplativo, estado espiritual del alma que, colmada de la gracia santificante y purificada del pecado, se eleva a Dios por un acto de amor, en el que le es dado tener la experiencia de lo Divino.

En sus distintos grados, que van del recogimiento interior hasta la unión perfecta del alma con Dios, la vida MÍSTICA se resume en un intenso y fervoroso acto de amor.

Grandes místicos y místicas figuran en la tradición católica de todos los siglos, ej. San Bernardo, San Buenaventura, Santa Catalina de Siena, San Francisco de Sales, Santa Margarita María Alacoque, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Santa Teresita del Niño Jesús, etc.

María Santísima vivió y experimentó en su propio ser el grandioso, el insondable Misterio de la ENCARNACIÓN DEL DIVINO VERBO en su Purísimo Seno; ¡en qué estado de MÍSTICA contemplación viviría Ella esos nueve meses! Y después, el resto de su vida.

¡A qué estado espiritual llegaría su alma Inmaculada, que estaba colmada, plena de gracia! Preservada del pecado; no purificada del pecado como todos los demás Santos. Ella vivió un continuo e inagotable acto de Amor de Dios.

¡Qué unión con Dios tan perfecta, indisoluble, singular! ¡ÚNICA INCOMPARABLE y MISTERIOSA es la de la Excelsa ROSA MÍSTICA!

TORRE DE DAVID

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La Torre de David era una construcción fuerte y muy hermosa que se elevaba sobre la cumbre de un monte entre dos profundas vertientes. Esta Torre estaba formada por gruesos bloques cuadrados, unidos entre sí con hierro y plomo, construida por el Rey David para defensa de la ciudad de Jerusalén. Hermosa imagen de María Santísima que se eleva sublime sobre la cumbre de toda belleza y perfección, para defensa de la Santa Iglesia de Dios, la mística Jerusalén.

En el antiguo concepto de las obras de defensa, la torre debía tener tres cualidades principales: Belleza, porque servía de ornamento y era expresión de genio artístico. Fortaleza, que la hiciera resistente a todo asalto enemigo, Y Elevación para que se ensanchara y se extendiera el campo de observación.

Dejando la belleza para la explicación del título siguiente, hablaremos de las otras dos cualidades: fortaleza y elevación.

Es la elevación y sublimidad de la Virgen María tan excelsa que no hay ninguna igual.

Cuanto más alta es la torre, tanto más se extiende el radio de observación y más difícil es para los enemigos la escalada y más fácil de descubrir al adversario.

De la misma manera, si nos acercamos a María, si nos esforzamos en penetrar en lo más íntimo de su Corazón, ¡cuánto se extienden los horizontes del alma! Las verdades de la Fe reciben mayor luz; se aprecia el valor de las cosas del Reino de los Cielos; se tiene más clara conciencia de los propios deberes y de la hermosura de la vida que es el germen de la eternidad; se descubren con más claridad los propios defectos, las malas tendencias.

¡Qué tranquilidad y seguridad en esta Mística Torre, refugio y defensa de la Iglesia militante; en el Corazón de esta Madre que conoce los peligros y las debilidades de sus hijos!

La segunda cualidad de una torre es la fortaleza, porque debe servir de defensa y de seguridad. Tal es la Mística Torre, María Santísima. El libro de los Cantares (IV. 4) compara el cuello de esta Mujer sublime a la Torre de David, torre fortísima. De esta alegoría, sacó la Santa Iglesia esta Invocación a María, Torre de David, escudo y defensa de toda alma que recurre a Ella.

Es oportuno para imitarla, comentar brevemente, la virtud de la Fortaleza.

Es la virtud cardinal que nos hace vencer, por amor a Dios las más arduas dificultades que se oponen a la práctica del bien.

Superar las dificultades ordinarias y menores que están unidas más o menos a todo acto bueno, es un grado de perfección común a todas las virtudes, pero no constituye la virtud de la Fortaleza, que vemos brillar en los Mártires y en los héroes del apostolado.

La fortaleza cristiana en primer lugar nos da vigor para afrontar las dificultades, para rechazar el mal con un valor regulado por la recta razón. Si el valor obra sin la razón, ya no es fortaleza sino temeridad y desesperación.

En segundo lugar la fortaleza da valor para soportar los grandes males y para tolerarlos con paciencia.

No debemos olvidar las palabras de San Pablo: “todo lo puedo en Aquel que me conforta”, es decir en Cristo Jesús, que es mi fuerza, fuerza de Dios Omnipotente.

El Divino Maestro declara que el Reino de los Cielos lo alcanzan los esforzados.

Prescindiendo de la oración —medio ordinario para obtener todas las virtudes— reducimos a cinco los medios eficaces para alcanzar la fortaleza cristiana.

  1. Por la humildad, esto es por la consideración de la propia debilidad.

2.- Por ejercitarse en soportar y aceptar los pequeños males, combatiendo y superando las dificultades menores para poder vencer las mayores, porque la fortaleza es un hábito, es decir un modo especial de proceder que se adquiere con el ejercicio de actos repetidos.

  1. Prever las dificultades y prepararse para combatirlas. El temor, que de improviso nos asalta, exagerado y agrandado por el futuro mal, disminuye con la previsión y con la reflexión, porque se impone la razón y se obtiene la verdadera y justa apreciación del mal, que resulta muchas veces menor de lo que al principio se temía.

4.- Meditando frecuentemente la fortaleza de Jesucristo y de los Santos. La fortaleza con la cual se enfrentó Jesús a sus enemigos, a los más crueles tormentos y a la muerte más dolorosa. Se podrá objetar que Cristo era Dios, pero no olvidemos que se había revestido de nuestra humanidad, con sus sentimientos y afectos, con el temor y la repugnancia al dolor y a la muerte. Y, ¿qué decir de los Santos y Santas y los Mártires que Sufrieron con indecible fortaleza todas sus penas y dolores?

5.- Meditar la grandeza de los bienes eternos que Dios tiene preparados para los que superan con perseverancia cristiana los males de esta vida. No hay proporción, escribe el Apóstol San Pablo, entre el sufrir en esta vida y la gloria futura que se nos concederá en la otra. Aquí el sufrir es leve y está aligerado por la gracia Divina y por los ejemplos de Cristo. Dios jamás permite que seamos tentados o atribulados por encima de nuestras fuerzas.

El primer instante en el que lleguemos a la presencia del Padre, a la Patria eterna, nos compensará sin medida y nos hará olvidar completamente todo sufrimiento pasado. Dios secará toda lágrima.

Estas son las reflexiones que debemos hacer para obtener la fortaleza cristiana.

Madre Santísima que con el auxilio de tu fuerza, podamos vencer siempre el mal, soportemos las penas y dolores propios de esta vida y alcancemos los bienes futuros.

¡Oh Virgen INVENCIBLE! Torre de David.

 

TORRE DE MARFIL

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El marfil se obtiene de los elefantes, del hipopótamo y del narval (cetáceo de cabeza grande y boca pequeña, con dos incisivos, uno grande, del que se saca el marfil); trabajado por artífices, se elaboran objetos muy apreciados.

La blancura del marfil no lastima la vista como la blancura de la nieve, pero es agradable y tranquila como la blancura de la lana, del armiño o de una flor; es símbolo del alma limpia de culpa, discreta, amable, indulgente, que sabe compadecer y tolerar porque es humilde y ama a los pecadores. La verdadera alma limpia es la que en el instante en que ve las miserias ajenas, sin mancharse con ellas, se compadece para sanarlas.

Hay una aparente alma limpia, la de ciertos cristianos que no saben compadecerse de las miserias ajenas o de los defectos de los tiempos, son censores muy rígidos, que todo y a todos desprecian y critican; tienen para nuestra época únicamente recriminaciones y condenas; no le tienen comprensión a nadie. Esos cristianos implícitamente se exaltan a sí mismos, olvidan a menudo su propia maldad y se parecen al fariseo de la parábola “no soy como los demás… “

Dice muy bien en el libro La Imitación de Cristo: “nos gusta la perfección en los demás y, sin embargo, no enmendamos nuestros propios defectos…”.

Los Santos, como San Francisco de Sales, San Felipe Neri, etc., rígidos para con ellos mismos, eran indulgentes y piadosos, no al pecado pero sí para los pecadores. Jesús, indulgente, comprensivo y misericordioso, perdonaba y convivía con los pecadores, y comía con ellos, por eso fue calumniado.

María Santísima con su amor maternal para nosotros pecadores, con su indulgente bondad, con la hermosura de su limpia e inmaculada alma, con la blancura más que del Marfil es invocada como TORRE DE MARFIL.

 

CASA DE ORO

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Entre los gloriosos títulos de las Letanías de nuestra Madre Santísima algunos son símbolos o figuras bajo los cuales Ella está representada. El que ahora vamos a comentar es uno de los más brillantes, que pone en claro su grandeza.

El oro es el más hermoso de todos los metales, el que tiene más valor. La plata, el cobre y el acero, pueden ser bellos y brillantes pero el oro les aventaja en riqueza y esplendor. Por esta causa en la Sagrada Escritura, la Ciudad Santa, es llamada de oro, en lenguaje figurado. La Ciudad Santa, dice San Juan, era de oro puro. Quiere, sin duda, darnos una idea de la admirable hermosura del Cielo comparándola con el oro.

Por esto, también María es llamada Casa de Oro, porque sus virtudes y su pureza, que tienen un brillo trascendental y una perfección deslumbradora, son como una admirable obra hecha de oro purísimo.

Imaginemos que contemplamos una gran Iglesia, hecha únicamente de Oro, desde los cimientos hasta el techo. Eso es María Santísima.

Ante todo se llama Casa. El Verbo de Dios, se lee en los Proverbios (9. 1), erigió para sí mismo como morada, una noble Casa, un Palacio, un Templo magnífico; lo levantó sobre siete columnas de precioso mármol; obra admirable de la eterna Sabiduría en el que habitó con su misma Divina Persona, fue su Huésped y más que su huésped. Un huésped llega a una casa y después se marcha de ella. Nuestro Señor en esta santa casa tomó su Carne y su Sangre, de la carne y de las venas de Ella. Era necesario que esta Casa fuese hecha de ORO, porque había de dar parte de este oro para formar el Cuerpo del Hijo de Dios.

Esta Casa tiene por sólido fundamento, la humildad más profunda, por paredes las más singulares virtudes; por adorno la riqueza de todos los dones de la naturaleza y de la gracia; por techo la Caridad más perfecta hacia Dios y hacia los hombres.

Está cimentada sobre siete columnas que indican las Virtudes Teologales y Cardinales y los dones del Espíritu Santo. Por eso esta Casa es digna de Dios.

María Santísima fue de ORO en su Concepción Inmaculada y de ORO en su nacimiento; pasó por el sufrimiento como el oro por el crisol y cuando subió al Cielo fue “colocada junto al Rey y ataviada con vestiduras de ORO”.

  • El oro ha sido siempre la base y la medida de la riqueza material. Llamar a María CASA DE ORO equivale a proclamarla la más rica de todas las criaturas y Soberana Señora de todas las riquezas. Madre del Verbo, verdadero Dios y verdadero Hombre.
  • El oro es uno de los metales más pesados. Sobre la justa balanza de Dios tienen mucho mayor peso las oraciones y méritos de María Santísima que los de todos los Santos.
  • El oro no se oxida, como otros metales, conserva siempre su brillo natural, su esplendor. También en este sentido, las virtudes de Ella fueron ORO PURÍSIMO, no tuvieron jamás ni la más pequeña mancha o defecto.
  • El oro es resistente, soporta el martillo sin romperse. Aquello que no es oro fino, no resiste, y bajo el martillo se deshace. María bajo los golpes del dolor, se ilumina de la más augusta belleza moral.

En esta vida, quien acoge el dolor con paciencia, con amor a Dios y con la mirada puesta en el Calvario, es un buen cristiano; por el contrario, quien se queja y no acepta la voluntad de Dios da muestra de no conocer el programa evangélico de Jesús: “renúnciese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”.

Pidamos la intercesión de Nuestra Madre Santísima. Templo, CASA DE ORO, para que nos obtenga el perdón de los pecados y la perseverancia final para nuestra salvación y la de los nuestros. Dios nada le negará.

 

ARCA DE LA ALIANZA

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Todos los personajes más ilustres, los más notables sucesos y las cosas más nobles del Antiguo Testamento eran figuras de los acontecimientos y de los personajes del Nuevo, enseña el Apóstol San Pablo (I Cor. X, 11), por esto representaban a Cristo principalmente, a su Iglesia y a María su Madre. Así eran figuras de Ella: el Arca de Noé, el Arca de la Alianza, etc.

El Arca de la Alianza, construida por Moisés bajo el diseño dado por Dios mismo, era una caja que medía 1.25 m. de largo: 0.75 m. de alto y otro tanto de ancho, hecha de madera incorruptible, forrada por dentro y por fuera con láminas de oro, con una cubierta llamada Propiciatorio, hecha de oro macizo y con dos querubines que cubrían el Arca con sus alas extendidas: en ella se conservaban las Tablas de la Ley. Mediante dos barras cubiertas de oro que pasaban a través de cuatro anillos, también de oro, puestos en los ángulos, era llevada por los levitas. (cfr. Éxodo 25: 10-22).

Consideremos para nuestra edificación y gozo las principales semejanzas entre el Arca de la Alianza y María Santísima.

  • El Arca simbolizaba la firmeza y la constancia de María en la práctica de las más singulares y excelsas virtudes que poseía desde el primero hasta el último instante de su vida. Firmeza y constancia que brillaron de modo particular en los días del martirio. ¡Qué lecciones para nosotros!
  • El Arca estaba forrada por dentro y por fuera de oro purísimo, y simbolizaba a María, llena de todas las virtudes, especialmente del amor a Dios y a la humanidad, que es la más preciosa de todas las virtudes, como el oro es el más precioso de los metales.
  • El Arca era la mayor gloria de Israel, Dios residía en ella, desde ella daba sus respuestas y daba a conocer al pueblo su voluntad. La Virgen Santísima, es después de Dios, la gloria y la alegría de la celestial Jerusalén y de la Jerusalén terrestre: la Santa Iglesia.
  • El Arca tenía dos querubines. María en el Cielo está cortejada por los Coros Angélicos, como Reina de los Ángeles.
  • El Arca de la Alianza tenía el Propiciatorio que cubría el Arca y era de oro purísimo, y sobre el Propiciatorio, entre las alas de los Querubines, habitaba Dios.

EN EL SENO VIRGINAL DE MARÍA PUSO DIOS SU SEDE POR LA DIVINA OBRA DE LA ENCARNACIÓN y por este motivo Ella es nuestro Propiciatorio, nuestra Medianera de gracia ante su Divino Hijo.

  • El Arca guardaba las Tablas de la Ley, un vaso con el prodigioso Maná y la vara de Aarón que floreció milagrosamente en señal de que Dios lo elegía para sumo Sacerdote.

Las Tablas de la Ley, monumento de la Sabiduría de Dios, figuran la Sabiduría de María Santísima, profunda conocedora y perfecta ejecutora de la Ley Divina. La vara de Aarón, símbolo de autoridad, indica el soberano poder que Dios confirió a María de conceder gracias y de regir, sujeta a su Divino Hijo, la Santa Iglesia. El Maná milagroso, alimento celestial dotado de todo sabor, nos recuerda la dulzura y la incomparable bondad de la Madre de Dios tanto para los justos como para los pecadores.

En resumen, en el Arca nos place ver especialmente el símbolo de María Inmaculada, que concibió al Verbo de Dios y lo dio a luz de modo inefable

Esta Arca mística fue también construida bajo el diseño Divino. San Bernardo la llama “escogida y conocida desde toda la eternidad por el Altísimo para que fuese un día su Madre”.

  • Esta Mística Arca fue preparada para ser la Sede de la Sabiduría Increada, el Tabernáculo de Aquel que, por su Encarnación, es la Alianza sublime entre Dios y el ser humano, de la Alianza especialísima entre el Amor Infinito y Eterno de Dios y la humanidad pecadora redimida por el Verbo Divino, Encarnación Redentora.

El Seno Purísimo de María como ARCA DE LA ALIANZA, por su trascendental palabra: “Hágase en mí” nos dio a Jesucristo que es el CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA.

 

PUERTA DEL CIELO

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María Santísima es invocada como PUERTA DEL CIELO porque fue por Ella que Nuestro Señor Jesucristo pasó del Cielo a la tierra.

Fue voluntad de Dios, que aceptara voluntariamente y con pleno conocimiento el ser Madre de Jesús y no que fuera un simple instrumento pasivo, cuya maternidad no hubiera tenido mérito ni recompensa. Dios esperó la respuesta de Ella que, con pleno consentimiento de un corazón lleno de amor de Dios y con gran humildad, pronunció las sublimes palabras: “hágase en mí, según tú palabra”.

Fue por este consentimiento que se convirtió en la PUERTA DEL CIELO, porque el Verbo Divino entró en el mundo al Encarnarse en el Seno Purísimo de María y habitó entre nosotros.

Jesús dijo de sí mismo “Yo soy la Puerta” (Jn. 10. 9) la Puerta de la Iglesia y por tanto la Puerta del Cielo.

Dice San Gregorio Magno: “entra por LA PUERTA que es Cristo, aquel que por la gracia Divina profesa las verdades de la fe, las guarda con la CARIDAD y las manifiesta prácticamente con las obras”. Por consiguiente la fe verdadera y el amor operativo, frutos de la gracia Divina, son las condiciones indispensables para entrar en el Cielo.

El amor y la devoción a María (después de Cristo) son el medio más eficaz y seguro para conseguir la gracia Divina y los dones de la fe.

La fe en la Humanidad de Jesucristo es tan necesaria para nuestra salvación como la fe en su Divinidad.

La fe en la Santísima Humanidad de Jesucristo se aclara y se afirma; nos da luz, al reflexionar y meditar en la prodigiosa Maternidad Virginal de María. Por medio de Ella, conocemos también a Dios.

Ilustremos este pensamiento con la guía de los Teólogos. Dios creó todas las cosas para gloria suya.

Si El —causa primera, absoluta y eficiente de la creación— debía ser el fin último y supremo de todas las criaturas, debía serlo especialmente de las más nobles, dotadas de inteligencia y de libertad, esto es, de los Ángeles y de los hombres.

Estos debían inmediata y directamente servir a Dios, conocerle y amarle, esto es, darle gloria, para abismarse después en Él y en su perfecto conocimiento y amor, y en la gloria que habían de tributarle, hallar su suprema felicidad; pero el homenaje y la gloria que podían dar a Dios estas criaturas, tan sublimes como se quiera, es siempre escaso y defectuoso, infinitamente distante del mérito que tiene Dios para ser obsequiado y glorificado, puesto que siempre será finito, y Dios merece gloria infinita.

¿Quién puede tributar a Dios esta gloria infinita? Nadie más que un Ser infinito, nadie más que Dios. Pero este Dios debía ser también a la vez criatura, porque debía ser el representante de las criaturas y tributar a Dios gloria en nombre y representación de las criaturas. Y he aquí que ya se perfila, en el admirable plan de la Sabiduría de Dios, el misterio de la Encarnación del Verbo, por el cual el Hijo de Dios se hizo criatura, asumió nuestra naturaleza y la unió hipostáticamente a la eterna naturaleza Divina en unidad de Persona.

Así fue resuelto el arduo problema: Jesucristo es verdadero Hombre y verdadero Dios; como hombre dio y continúa dando gloria a Dios, como Dios da a esta gloria un precio, un valor, un mérito infinitos; esta gloria es dada por la criatura y es digna de Dios: el Hombre paga su deuda a Dios, y así, se hace digno de entrar en el Cielo y gozar de Dios.

María Santísima ES MADRE DEL VERDADERO DIOS Y VERDADERO HOMBRE.

Por estas consideraciones podemos entender la decisiva importancia que tiene la verdadera devoción a la Excelsa Madre de Dios, devoción sólida y perseverante de amor efectivo, de obras buenas y de constante alejamiento del pecado.

 

ESTRELLA DE LA MAÑANA

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La Iglesia que va recogiendo en las Letanías las más preciadas flores del pensamiento, de la naturaleza y del simbolismo para coronar a la Santísima Virgen, su Madre y Reina, le muestra su amor, combinando figuras y símbolos que expresan dignidad, elevación, fuerza, esplendor y hermosura singular, todo apropiado a la dulce Reina del Cielo.

Toda aspiración del alma, todo sentimiento, todo afecto del corazón, encuentra su eco en las Letanías.

En esta Invocación, la Iglesia toma por símbolo la Estrella, María no es una estrella común, es la Estrella de la mañana, el astro más brillante del cielo, después del sol. Es llamada así por varios Astrónomos; también en esto es figura expresiva y noble de María que por su excelsa dignidad de Madre de Dios, es el astro más brillante del Cielo, después del Divino Sol de Justicia: Jesucristo.

La estrella de la mañana anuncia el fin de la noche y la luz de la aurora, el principio del día: de la misma manera, la Virgen María anunció, al nacer, el fin de la noche y de las tinieblas en la que los hombres de tantos siglos yacían sepultados.

Ella es la bellísima aurora que anuncia un día todavía más hermoso en que el Sol divino: JESUCRISTO, ha de iluminar al mundo, disipando la ignorancia y el error y con aquel calor sobrenatural del fuego que trajo sobre la tierra ha de encender el corazón de los hombres y hacer germinar y crecer virtudes fecundas en frutos y en la más eminente santidad.

María precedió al Sol Divino y le preparó en sí misma la morada y Ella fue, como astro menor, fiel seguidora de su Divino Hijo que es el sol y centro de gravitación del mundo de las almas.

Lo siguió personalmente en Egipto, en Jerusalén, en Judea, en el Calvario; lo siguió en la Pasión y en los dolores de la Cruz, lo siguió y lo sigue en el triunfo y en la gloria, en el amor a Dios y en la Oblación que de Él hizo por nosotros al Padre Eterno.

Nosotros debemos seguir al Señor, imitándole en cuanto nos es posible. María Santísima nos ofrece en sí misma el más perfecto modelo.

La imitación de Jesucristo no es un sencillo consejo sugerido a las almas más generosas. Imitar al Divino Salvador es un deber, un precepto para todos. Si nos gloriamos del nombre de cristianos, debemos, por consiguiente, ser seguidores e imitadores de Jesucristo.

El Espíritu Santo con su Luz ilumina nuestra inteligencia para comprender la necesidad del máximo esfuerzo que debemos hacer para conseguir la perfección cristiana, que principalmente consiste en el Amor de Caridad con el que debemos amar a Dios y amar al prójimo como Él nos ama.

El largo y paciente trabajo de modelar nuestra vida sobre el ejemplo luminoso de María Santísima requiere el ejercicio de la mente y de la voluntad que deben ser confortados continuamente por la Divina gracia de los Sacramentos (confesión y comunión).

La estrella de los hijos, que debe brillar, por así decirlo, en el cielo de la familia, es el ejemplo de los padres, sin el cual para nada ayudarían ni la más cuidada educación ni las más prudentes correcciones.

No olvidemos que la educación es una IMITACIÓN, o sea que debemos educar con el ejemplo.

Escribe un autor que, antiguamente, en el mar, los navegantes se orientaban por la estrella de la mañana para llegar al puerto al que se dirigían, a su destino.

Para nosotros, los mortales, que navegamos en el mar de la vida, María debe ser siempre la guía que nos conduzca al Puerto Seguro ¡el Corazón de su Divino Hijo!, para alcanzar la felicidad eterna. Y a nosotros nos corresponde ser para los hijos: la estrella que con el ejemplo, les ayude a buscar siempre la protección maternal y la guía en su propia vida de LA ESTRELLA DE LA MAÑANA, la Inmaculada y Amorosa Madre María Santísima.