Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

joven

«Yo soy así»

El combate contra los instintos no acaba nunca. El joven que se preocupa por su carácter nunca excusará sus faltas diciendo: «Yo soy así, ya nací con este temperamento»; sino que trabajará sin tregua en el perfeccionamiento de su alma. Repite, por tanto, muchas veces: «Aunque las fieras moren en mí, llegaré a domarlas. No me resigno a que mis malas inclinaciones me venzan.» Estamos en este mundo no para pararnos en lo que somos, sino para plasmar lo que hemos de ser.

Hay una leyenda muy pintoresca de San Columbano, el evangelizador de los bávaros. Toda su fortuna consistía en un manso borriquito que le servía para transportar su modesto equipaje en sus viajes apostólicos. Hasta que un día, al pasar por un bosque, salió de repente un oso y le mató el borriquito. ¿Y qué hizo el santo? Se fue derecho al oso y le cargó el equipaje: «¡Ah, hermano, tú has matado el borrico! Pues bien, ahora tendrás que llevar tú mi equipaje.» El oso, todavía bañado en sangre de la víctima, inclino la cabeza y en adelante sirvió a su señor como un manso corderito.

No te quejes de que eres muy apasionado, fogoso, precipitado, ambicioso, vivaracho, etc. Amansa el oso y átalo a tu carruaje. La pasión en sí misma no es mala: lo es tan sólo la pasión desenfrenada. Sin grandes pasiones no se pueden hacer obras grandes y, por tanto, no puede haber héroes ni santos.

La pasión es el viento del mar. Si no sopla, los barcos se paran, inactivos, con el velamen caído. Pero no basta que sople el viento. Todo depende de si sabemos aprovecharlo con habilidad para hinchar las velas de nuestra embarcación; porque, de lo contrario, no hará sino volcar la nave.

La formación del carácter no exige que extirpes tus pasiones, sino que las conviertas en aliadas. Por tanto, no sigas sus consejos, porque la pasión puede ser mala consejera; pero aprovecha sus fuerzas, pues son resortes poderosos si bien las empleas.

Sólo quien persigue «apasionadamente» un fin noble podrá vencer todos los obstáculos. Las pasiones son corceles fogosos en el carro de tu vida; si las dejas en libertad, te arrastran al precipicio; si las sujetas con mano firme llevando tú las riendas, te harán volar hacia tu fin.

Toda pasión es como el fuego: puede ser bendición y puede ser maldición, tal como escribe Schller en La campana: «Es el fuego potencia bienhechora, mientras la guía el hombre y bien la emplea.»

Por más brioso que sea tu temperamento, por muchas que sean tus malas inclinaciones heredadas —no es culpa tuya tenerlas—, no te desanimes. Haz cuanto esté a tu alcance para ennoblecer tu alma, y después acuérdate de la gran verdad consoladora: «Dios no niega la gracia a quien hace todo cuanto puede.»

Quien se levanta de mal talante

Todos sufrimos cambios de humor. Hoy estamos de buen humor y mañana, basta un leve contratiempo, para ponernos de mal humor. «Se ha levantado de mal talante», dicen los hombres al encontrarle. «Estoy de mal humor», repites tú mismo.

No hay duda, el humor no depende de nosotros; por tanto, no somos totalmente responsables de él. Pero de nosotros depende hacer todo lo posible para sobreponernos a ese mal humor.

Aun estando de mal humor, no debes hacerlo sentir a los que te rodean ni mostrarlo con enfados, con cara larga o con descontento. ¡Cuántas veces tuvieron que dolerse los hombres de palabras ofensivas y acciones precipitadas que cometieron sin premeditación, bajo la influencia de su mal humor! Cuántas veces se nos escapan frases no pensadas, de las que sólo más tarde nos damos cuenta lo ofensivas que fueron para los otros! «¡Dios mío! Yo no quería hacerlo. No me daba cuenta de las consecuencias que iban a traer consigo.» Sí, sí, pero ya es tarde.

No abandonarse al desaliento es la virtud del roble, de la roca, del alma grande.

En las oscuras profundidades del gran océano, donde nunca baja un rayo de sol, donde la naturaleza pierde el color, donde la temperatura está casi a cero grados, donde el aire contenido en el agua es de poca densidad, donde el peso de la mole inmensa del agua viene a ser abrumador; en este ambiente desolador, ¡es curioso el caso!, viven unos peces luminosos. La sabiduría de Dios hizo que en este lugar oscuro unos peces con su propio cuerpo hiciesen de linterna. Hasta en el abismo más oscuro del océano vibra la vida inundada de luz y de destellos.

Si tienes orden en tu alma, nunca has de estar de mal humor, ni sombrío, ni desalentado. No te levantes nunca «de mal talante». Procura tener un humor jovial, expansivo, capaz de trabar conversación con los pajarillos. Trata de ser, sobre todo, fuente de vida, de alegría, de luz, de sol, cuando la tristeza, las dificultades económicas y las múltiples preocupaciones te envuelvan. Piensa que «después de las tinieblas llegará la luz» (Job 17, 12).

No tengo suerte

Muchos jóvenes, si les han puesto un cero en el colegio, desanimados suspiran: «No tengo suerte.» Y si alguno de sus compañeros sobresale, en seguida tienen preparado el fallo: «¡Claro! siempre tiene suerte este tipo.»

Y, sin embargo, el éxito no es tan sólo cuestión de suerte; y quien de la suerte espera el éxito, en vano esperará con la boca abierta el pollo asado, trinchado y servido. El que quiera lograr algo en la vida, no haga reproches a la suerte, sino coja la ocasión por los pelos y no la suelte.

¿No tienes toda una cuadrilla de obreros que trabajan para ti? Ahí están tus dos brazos vigorosos, tus hábiles diez dedos de la mano, tus pies incansables, tus ojos agudos, tus oídos despiertos…, todos ellos están dispuestos a trabajar para ti. Y tienes además tu cerebro penetrante, esa admirable central de telecomunicaciones. ¿Para qué esperar, pues, ayuda extraña?

Los mahometanos tienen un proverbio interesante: «El mundo entero pertenece a Dios, pero Dios se lo alquila a los valientes». En otras palabras, el joven no ha de esperar inactivo, sino que ha de fraguar sobre el yunque, con duro trabajo, la carrera de su vida. Hay que estar convencido de que el éxito pertenece a los tenaces, aunque tengan que pasar por muchos intentos fallidos. Los malos resultados transitorios nadie puede evitarlos, pero el que emprende el trabajo una y otra vez, con vigor creciente, vencerá de veras. Por tanto, lo principal no es la suerte, ni siquiera el talento brillante, sino el ánimo tenaz en el trabajo.

«Lo he intentado… pero en vano»

Muchos jóvenes se quejan de las veces han querido enmendarse, de las veces han querido mejorar… y de que al final todo ha sido en vano, no lo han logrado. Y se desalientan porque no saben distinguir entre el serio querer y el mero desear.

Y en realidad no lo quisieron, no lo intentaron; sólo imaginaron que sería así o asá. «Quisiera enmendarme»… pero nada hicieron para ello. Y es que hay una diferencia enorme entre el «quisiera» y el «quiero».

«Lo he intentado, ¡pero en vano!» No te enfades si te digo claramente que no es verdad, que no lo has intentado. Te lo imaginas tan sólo… «quizá no estaría mal probarlo.»

¿Habría Colón descubierto América si hubiese dado entrada al menor desaliento por el fracaso de sus primeras tentativas? ¡Cómo fue pordioseando por las cortes de Europa, durante dieciocho años, en busca de ayuda económica para su viaje! Se reían de él por todas partes, teníanlo por aventurero, por visionario; pero él se aferró resueltamente a sus propósitos. Tenía bastantes motivos para creer que más allá del continente conocido no podía haber únicamente mar, sino que debía de haber más tierra, otro continente. Y merced a su entusiasmo, a su voluntad tenaz, pudo vencer todos los estorbos y emprender su gran viaje, aunque sus contemporáneos pensaran que no lo habían de verlo más. ¿Sabes cuántos años tenía entonces? Cincuenta y ocho. Otros a esa edad ya se jubilan. Él, entonces, puso mano al gran sueño de toda su vida.

Continuará…