Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 19ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

DECIMONOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

El 9 de septiembre hice referencia a la errónea fuente de inspiración del Obispo de Kent.

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Allí anuncié que dejaba para el comentario del Evangelio de este domingo 25 de septiembre, Decimonoveno después de Pentecostés, la explicación que dan los exégetas y comentaristas sobre la parábola del Homo quidam fecit cœnam magnam (de San Lucas XIV y Segundo Después de Pentecostés) y la del Homini regi, qui fecit nuptias filio suo (de San Mateo XXII, correspondiente al día de hoy).

¿A qué me refería? Pues a un texto de los Cuadernos de Maria Valtorta, del 28 de junio de 1943, que dice así:

Ahora te explico dos puntos del Evangelio. Uno es de Mateo y otro de Lucas. En realidad son una única parábola, pero expresada con alguna diferencia. Que en mis evangelistas se encuentren estas diferencias no debe causar asombro. Cuando escribían aquellas páginas eran todavía hombres. Ya elegidos, pero no todavía glorificados. Por esto podían cometer distracciones y errores, de forma, no de sustancia. Sólo en la gloria de Dios no se yerra más. Pero para alcanzarla ellos debían luchar y sufrir mucho todavía.

Sólo uno de los evangelistas es de una exactitud fonográfica en el relatar cuanto Yo dije. Pero aquél era el puro y el amante. Reflexiona sobre esto. La pureza y la caridad son tan potentes que permiten entender, recordar, transmitir, sin error ni siquiera de una coma y de una reflexión, mi palabra.

Original en italiano: Adesso ti spiego due punti del Vangelo. Uno è di Matteo e uno di Luca. In realtà sono un’unica parabola, ma espressa con qualche differenza. Che nei miei evangelisti si trovino queste differenze non deve fare stupore. Quando scrivevano quelle pagine erano ancora uomini. Già eletti, ma non ancora glorificati. Perciò potevano commettere sviste ed errori, di forma, non di sostanza. Solo nella gloria di Dio non si erra più. Ma per raggiungerla essi dovevano ancora molto lottare e soffrire.
Soltanto uno degli evangelisti è di una esattezza fonografica nel riportare quanto Io dissi. Ma quello era il puro e l’amoroso. Rifletti su ciò.La purezza e la carità sono tanto potenti che permettono di capire, ricordare, trasmettere, senza l’errore neppure d’una virgola e di una riflessione, la parola mia.

Resulta entonces que, según la Valtorta, Jesucristo habría dicho que los Evangelistas, en este caso al menos San Mateo y San Lucas, podían cometer errores al redactar sus Evangelios.

Ya quedó demostrado en mi artículo que eso es imposible, dada la inerrancia de la Sagrada Escritura, definida por el Magisterio infalible de la Iglesia.

Dejemos al kentiano y su visionaria…, y realicemos una exégesis correcta con la ayuda del Cardenal Gomá y del Padre Castellani. Evidentemente que esto exigirá alargarse más de lo habitual, pero me parece que vale la pena, pues son dos comentarios del Cardenal y seis del Padre que resumo aquí.

Leamos primero ambos relatos evangélicos:

San Lucas, XIV, 15-24

Domingo Infraoctava de Corpus, Segundo después de Pentecostés:

Cuando uno de los que comían a la mesa oyó esto, le dijo: “Bienaventurado el que comerá pan en el reino de Dios”. Y Él le dijo: “Un hombre hizo una grande cena y convidó a muchos. Y cuando fue la hora de la cena, envió uno de los siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba aparejado: Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado una granja y necesito ir a verla; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He comprado cinco yuntas de bueyes, y quiero ir a probarlas; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He tomado mujer, y por eso no puedo ir allá. Y volviendo el siervo, dio cuenta a su señor de todo esto. Entonces airado el padre de familias dijo a su siervo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares. Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste y aún hay lugar. Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa. Mas os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena”.

San Mateo, XXII, 1-14

Domingo Decimonoveno después de Pentecostés:

Y respondiendo Jesús, les volvió a hablar otra vez en parábolas, diciendo: “semejante es el reino de los cielos a cierto hombre rey que hizo bodas a su hijo. Y envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas, mas no quisieron ir. Envió de nuevo otros siervos diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi banquete, mis toros y los animales cebados están ya muertos, todo está pronto: venid a las bodas. Mas ellos lo despreciaron y se fueron, el uno a su granja y el otro a su tráfico: y los otros echaron mano de los siervos, y después de haberlos ultrajado, los mataron. Y el rey cuando lo oyó, se irritó; y enviando sus ejércitos, acabó con aquellos homicidas, y puso fuego a la ciudad. Entonces dijo a sus siervos: Las bodas ciertamente están aparejadas; mas los que habían sido convidados no fueron dignos. Pues id a las salidas de los caminos, y a cuantos hallareis llamadlos a las bodas. Y habiendo salido sus siervos a los caminos, congregaron cuantos hallaron, malos y buenos; y se llenaron las bodas de convidados. Y entró el rey para ver a los que estaban a la mesa, y vio allí un hombre que no estaba vestido con vestidura de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí no teniendo vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a sus ministros: Atado de pies y de manos, arrojadle en las tinieblas exteriores: allí será el llorar y crujir de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

Queda claro, pues, que la parábola que consigna San Lucas tiene no pocas semejanzas con la que se lee en San Mateo; pero abundan también las divergencias.

Por eso algunos han creído que se trataba de la misma parábola, disintiendo muchos más de esta opinión.

¿Por qué?

Porque, aunque ofrecen algunas semejanzas, con todo, difieren por su misma redacción, como son de ver a la simple lectura, por el tiempo y lugar en que fueron pronunciadas, y hasta por el argumento que, siendo en la apariencia análogo, es en el fondo absolutamente distinto.

Es importante recordar que San Mateo fue el primero en escribir el Evangelio, entre los años 40 y 50 de la era cristiana. San Lucas, por su parte, escribió su Evangelio en Roma, a fines de la primera cautividad de San Pablo, o sea entre los años 62 y 63.

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En cuanto al tiempo y el lugar, la parábola que trae San Lucas fue pronunciada por Jesucristo en casa de un fariseo, probablemente en Perea, con seguridad fuera de Jerusalén; mientras que la de San Mateo lo fue en la ciudad, en el Templo, ante los pontífices y ancianos del pueblo.

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En cuanto al argumento, en San Mateo Jesús enseña claramente que los judíos, antes nación favorecida de Dios, no secundarían las repetidas invitaciones que se le hicieren para que entrasen en el reino mesiánico; que maquinarían la muerte de los Apóstoles, por lo que perecerían ellos, y su ciudad sería destruida por el fuego, siendo en su lugar llamados los gentiles; pero éstos, después de entrar en el reino mesiánico, deberán ser hallados por Dios sin pecado.

Es una profecía que se ha realizado ya en casi todas sus partes.

Habían los sanedritas formado el propósito de perder a Jesús tan luego hubo expuesto la parábola de los viñadores. Entrando en su intención maligna, les propone el Señor esta otra parábola, cuya doctrina es una explicación o desarrollo de la anterior.

En la de los viñadores homicidas les había anunciado su reprobación; ahora les anuncia su suerte desgraciada.

En el Evangelio según San Lucas encontramos que Jesús había hablado del premio de los caritativos en la resurrección de los muertos, en el Reino de Dios, cuando uno de los que estaban con Él a la mesa oyó ésto, le dijo: Bienaventurado el que comerá pan en el Reino de Dios.

Era cosa corriente entre los judíos simbolizar el Reino de Dios en la figura de un festín.

Aprovecha el Señor el religioso suspiro del comensal para concretar, por medio de una parábola, quiénes serán admitidos en el Reino de Dios.

Y Él le dijo, al que le había interrumpido: Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos

Esto quiere decir que Jesucristo trató dos veces diferentemente el tema de la Salvación o Perdición eterna: una ante un auditorio de griegos, romanos y judíos cultos, y por cierto en un banquete; es la que trae San Lucas; otra en el templo, a los fariseos y Príncipes, delante de judíos de todas clases; que es la de San Mateo, puesta cerca del fin de la Vida Pública, antes del Sermón Parusíaco, y junto con otras dos que tienen absolutamente la misma idea y la misma amenaza; a saber: “el Reino va a ser retirado de vosotros porque habéis rechazado la invitación del Rey”, mas en esta parte está además la mención del asesinato de los Profetas y el preanuncio del incendio de Jerusalén.

Esta situación posterior de la Parábola junto a la diferencia del auditorio, es lo que explica la diferencia en la forma de la Parábola en San Mateo y en San Lucas. El fondo es un rechazo de Dios.

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El objeto de los dos Evangelios de San Mateo y de San Lucas es diferente: San Mateo  escribió para los judíos,  San Lucas para los paganos.

¿Modificó San Lucas la parábola de Cristo al gusto romano? Algunos críticos lo sostienen, pero no se puede admitir.

Es absolutamente imposible que San Lucas haya tomado la Parábola que está en San Mateo y la haya modificado al gusto griego o romano.

Cristo mismo la modificó. Debe de haber tratado sus temas de diferentes maneras según los auditorios, conforme es uso de los recitadores de estilo oral: la trasmisión de la materia se efectúa por la prodigiosa memoria de los recitadores y por su arte deliberado y metódico de retener y repetir.

Los Evangelistas no se tomaron libertades con los relatos retenidos y repetidos que trasladaron al papel; no son libros compuestos al uso actual; son “transcripciones”.

Tanto San Pablo, como San Lucas, su recitador, eran incapaces, no digo de modificar una Parábola de Cristo, pero aun de cambiarle una sola palabra. Esto es una cosa hoy día científicamente cierta; es decir, una cosa demostrada. Tal era la condición de los recitadores de estilo oral.

San Lucas se dio por misión transcribir fielmente al papel, a pedido de los fieles de la gentilidad. No es de creer que San Pablo se haya permitido transformar literalmente las palabras del Maestro, que creía inspiradas: cosa prohibidísima entre los recitadores de estilo oral.

Hay quienes han dicho (¡Dios nos libre de exégetas noveleros!) que Cristo hizo una sola parábola, y después los dos Evangelistas la variaron haciendo dos Parábolas. Eso es imposible, su oficio era transcribir fielmente los recitados del Maestro y a los recitadores judíos les estaba prohibidísimo cambiar nada.

Es imposible que los dos Discípulos hayan tomado un recitado de Cristo como borrador para una ejercitación literaria.

En consecuencia son distintas; aunque comienzan y acaban con lo mismo.

Comienzan con la invitación a un Gran Banquete (“Cena Magna”); terminan con la condena de los que no aceptaron la cena.

Se trata de la relación fundamental entre Dios y el hombre. Dios hizo al hombre para el Gran Convite; el hombre puede rechazarlo.

Es la Parábola del Llamamiento de Dios. Llamamiento ¿a quién? Primero, al Pueblo de Israel, y después a cada alma en particular: el primer llamamiento se vuelve figura y símbolo del segundo.

En la Parábola de San Lucas, el segundo está puesto por delante, y el primero, solamente indicado. En la de San Mateo, al contrario: ella se refiere primordial y claramente al desastre de la Casa de Israel por haber rechazado al Mesías; profetizando claramente la destrucción de Jerusalén; y después San Mateo añade un apéndice, otra pequeña Parábola, que no está en San Lucas; la del invitado que no tenía la túnica nupcial, y es arrojado fuera.

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En San Mateo, el rey es Dios Padre; el Mesías, Hijo de Dios, es el esposo; la esposa es la Iglesia; los convidados son todos los hombres llamados por Dios a los beneficios inmensos de estas bodas divinas.

Y, conforme era costumbre entre los judíos, envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas.

Estos siervos son el Bautista y los Apóstoles y discípulos del Señor, que por aquellos tiempos habían llamado al reino mesiánico a los que ya de antiguo habían sido invitados a él por los profetas, esto es, el pueblo judío, que en su mayor parte fue refractario al llamamiento.

El rey, Dios, apela a nuevos recursos de su bondad para que vengan los incorrectos convidados a las bodas: Envió de nuevo otros siervos, que fueron los mismos Apóstoles después de la Ascensión del Señor, anunciando que estaba ya dispuesto todo lo relativo al gran banquete de las bodas del Hijo de Dios humanado con la Iglesia; inmolado el Cordero inmaculado para la redención y santificación del mundo, instituidos los Sacramentos, abiertas las fuentes copiosas de la gracia, confirmándolo todo con milagros con que urgían los siervos de Dios la entrada de aquel pueblo en la Iglesia.

Fue indigna la conducta de los invitados con tanta amabilidad a un convite tan regiamente preparado. Mas ellos no hicieron caso; altiva y groseramente despreciaron la invitación; y marcharon, el uno a su granja, y el otro a su tráfico; prefirieron vivir despreocupados del reino mesiánico, entregados unos a sus placeres, y otros absorbidos por sus negocios terrenos.

Hubo otros que fueron aún más malvados; se rebelaron contra los enviados del rey, que hicieron víctimas de su furor insano: son los judíos de la primera generación cristiana, que hicieron víctimas de su odio a Esteban, a Santiago el Mayor y a Santiago el Menor, y movieron contra todos terribles persecuciones, como es de ver en los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de San Pablo.

Contra el crimen de los invitados fulminó Dios sanción terrible, efecto de su justa ira: Y el rey, cuando lo oyó, se irritó; y enviando sus tropas, acabó con aquellos homicidas y abrasó la ciudad de ellos.

Es la predicción de la ruina de aquel pueblo y del incendio de Jerusalén por el ejército de Tito y Vespasiano, llamado ejército de Dios, porque fue el instrumento de su justicia.

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La forma fina de San Lucas está dicha en una comida, después que Cristo curó al hidrópico, a gentes de buena voluntad, que no eran responsables de la ruina de Israel, después que uno de ellos exclamó ingenuamente: “¡Dichoso aquél que coma en el Reino de Dios.”

Y Cristo respondió: Sí, pero hay que estar atentos a la invitación de Dios; porque muchos, enredados en sus negocios terrenos, la desoyen; y ninguno de estos entrará al Convite del Reino de los Cielos.

Según San Lucas, el hombre que dispuso el festín también es Dios Padre; la gran cena o festín son los bienes del reino mesiánico: el perdón de los pecados, la participación del Espíritu Santo, el Cielo.

Es una gran cena, porque aquellos bienes definitivamente nos llevan a la misma fruición de Dios.

Los invitados, ya de tiempo, eran los judíos; a la hora inminente, cuando iba a fundarse el reino mesiánico, es enviado el siervo Jesús y los que en su nombre llaman a Israel al Reino de Dios.

Pero los que primero fueron llamados, los príncipes de la sinagoga, rehúsan asistir.

Los motivos de la excusa son razonables; ninguno de ellos es pecaminoso; pero tenían tiempo de preverlos y evitarlos, habiendo sido llamados y aceptada la invitación. Todos ellos se reducen al afán de riquezas y placeres, vicios que habían ya sido delatados en las clases altas del pueblo judío.

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Según San Mateo, no quiere el rey que por la descortesía y maldad de los primeros invitados, los judíos, se frustren sus planes. Entonces dijo a sus siervos, los predicadores posteriores y los mismos que sufren repulsa: Las bodas ciertamente están preparadas, mas los que habían sido convidados, no fueron dignos.

Es la definitiva exclusión de los judíos. Lo que posteriormente hará el Apóstol San Pablo, lo preludia ya Jesús, es decir, dejará a los judíos y llamará a los gentiles: Id, pues, a las salidas de los caminos, a las encrucijadas, a los lugares de las ciudades adonde confluyen las rutas de todo horizonte, y donde se juntan las multitudes, y a cuantos encontrareis, convidadlos a las bodas, a todos, sin distinción alguna.

Y habiendo salido sus siervos a los caminos, predicando los Apóstoles en todas las encrucijadas del mundo, reunieron cuantos hallaron, a todos, sin preocuparse de sus cualidades morales, malos y buenos, a saber, aquellos que vivían en el gentilismo vida honrada, siguiendo los dictados de la ley natural, y los que vivían abandonados a sus pasiones.

El resultado fue magnífico; y la sala de las bodas se llenó de comensales, aun no pudiendo contarse con los judíos; es la eficacia de la palabra de Dios.

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Siguiendo con la comparación, en San Lucas vemos que se irritó el padre de familias; era un enorme agravio para un anfitrión rehusar a última hora el banquete, después de haberlo antes aceptado.

Entonces airado el padre de familias, dijo a su siervo: Sal luego a las plazas, y a las calles de la ciudad; está dispuesto al convite y hay que buscar comensales. Y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares.

Es el segundo llamamiento, hecho a la plebe judía; los nobles de la ciudad no quieren que vengan las clases humildes; de hecho, antes y después de la muerte de Jesús fueron muchos los que le siguieron del pueblo, aunque la mayor parte repudiaron la invitación.

Y vino el tercer llamamiento: Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados; y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa.

Es la evocación de los gentiles, que estaban fuera de Israel, por las encrucijadas del mundo; los fuerza a entrar el padre de familias por las ansias que tiene de que esté llena su casa, la Santa Iglesia, y para denotar la fuerza invencible de la predicación cristiana, que ha podido llenar la Iglesia, no por la violencia, sino por la persuasión y por el prestigio moral, junto con la gracia de Dios.

Termina la parábola con una amenaza tremenda: Pero os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron convidados en primer lugar, gustará mi cena.

Es Jesús quien habla aquí, no el Evangelista; la cena ya no es sólo la que preparó el Padre, sino la suya, la gracia, los Sacramentos, su palabra, el Evangelio, la gloria.

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La parábola en San Lucas simboliza más bien el llamamiento general de todos los hombres al Reino de Dios y la vida eterna, comparada a un Convite regio: aunque con una alusión a los judíos y a la actual predicación de Cristo, en el hecho de que los principales de la ciudad declinan la invitación y ella diverge en consecuencia hacia los inferiores, incluso lo más inferior, como los mendigos y los inútiles.

En San Mateo, la parábola alude claramente primero a la vocación nacional de Israel a la fe; y después a la vocación personal de todos los que ya han recibido la fe (y “han entrado” a la sala regia) a la caridad y la gracia santificante, que esa es la “vestidura nupcial”.

La matanza de los siervos (de los profetas) un hecho histórico pasado y presente; y el incendio de la ciudad, la destrucción de Jerusalén (un hecho por venir), están unidos en el relato por un vínculo profético, y aluden claramente a la vocación primera de Israel, sustituida por la llamada a los Gentiles.

Esta Parábola contiene en síntesis el drama de Cristo y la tragedia de los judíos; de Cristo, que está haciendo lo indecible para evitar la tragedia; y los judíos, que la están precipitando.

Los judíos ya están decididos a dar muerte a Cristo; Cristo hace lo indecible por meterles en la cabeza que van a traer sobre sus cabezas lo mismísimo que tratan de rehuir matándolo a Él: es decir, la ruina del Estado de Israel.

Como está en San Lucas nos cuadra a nosotros: San Pablo la predicó a los gentiles y la puso por escrito San Lucas, Evangelista de la Gentilidad.

Cuadra a los paganos de nuestra época y a todos nosotros; porque los que son aquí condenados (no nos hagamos ilusiones, la Parábola es suave y mansa —a la griega y no a la judaica— pero su final es el mismo que en San Mateo: las tinieblas exteriores), los que son aquí condenados no son malos y asesinos, como en San Mateo, sino gente común, sin duda ricos, que dan razones valederas para excusarse del Convite; que no valen empero para el Convidador, el cual se enoja fieramente y vocifera un castigo que tampoco parece muy valedero; pero no hay que engañarnos: tanto el rechazo como el castigo son tremendos, porque el título de la Parábola, el cual está al principio, antes de ella, es: “El Reino de Dios”. “‘Dichoso el que coma en el Reino de Dios, dijo uno”; y Cristo le respondió con esta Parábola.

Son los bienes terrenos los que hacen perder el Convite o el Reino de los Cielos a estas tres clases de hombres; ellos no son malos, pero ningún bien terreno, sea el que sea, debe anteponerse a la búsqueda del Reino (o sea la salvación del alma) e impedir nuestra respuesta afirmativa a Dios.

La Parábola tan suavecita tiene mucha fuerza, más que la de San Mateo; tiene mucha fuerza para los griegos y romanos convertidos y más fuerza para nosotros; porque es justamente ésa la enfermedad de nuestra época: el entontamiento y el embalamiento en pos de los bienes terrenos: la solicitud terrena.

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Pero no basta entrar en la Iglesia. Si Dios llama a todos los hombres a las bodas de su Hijo, ello es a condición de que los invitados trabajen en lograr su santidad personal.

Por eso, la Parábola en San Mateo tiene dos partes, una sobre el rechazo nacional del pueblo judío, otra sobre el rechazo singular de un individuo.

Los motivos son diferentes: en el rechazo del pueblo judío, la negativa es motivada porque ellos no oyeron a los Profetas; más aún, los mataron; en el rechazo de un individuo, es que no tiene la vestidura nupcial y está en la sala del Convite; o sea, hablando hoy, está dentro de la Iglesia pero no tiene la gracia santificante, “no está en gracia”, como decimos.

Es decir, que de los que se pierden, algunos rechazan la fe, no creen; y otros no rechazan la fe pero no viven conforme a la fe. O sea, como decían antes, ateísmo teórico y ateísmo práctico.

Por eso San Mateo nos enseña que entró el rey para ver a los comensales, y vio allí a un hombre que no estaba vestido con vestidura de boda.

Dios, a quien, entre tanta multitud, no se le escapa un solo hombre que no ha hecho a sus bodas el honor debido, presentándose a ellas con el vestido ordinario. Y le dijo, sin aspereza, antes dejando al juicio del réprobo su propia condenación: Amigo, buen hombre, ¿cómo has entrado aquí no teniendo vestido de boda? El vestido de boda es la santidad cristiana, la vida ajustada a la ley de Jesús; nadie puede entrar en la Iglesia que no deje las malas obras de su pasada vida.

El hombre, que bien sabía a qué le obligaba la asistencia al convite, calla, en lo que se reconoce culpable: Mas él enmudeció.

Entonces, convicto el reo, el rey dijo a sus ministros, a los ejecutores de su justicia: Atadlo de pies y manos, arrojadlo a las tinieblas exteriores. De pies y manos es atado forzosamente, sin que pueda huir de la justicia divina, el que voluntariamente se ligó al pecado.

Las tinieblas exteriores se llaman así por oposición a la sala del festín, espléndidamente iluminada; las tinieblas representan la pena de daño, la exclusión del reino de la luz eterna; y la de sentido, las palabras siguientes: Allá será el llorar y el crujir de dientes: sin alivio, sin esperanza, en medio de tormentos y dolor eterno.

Termina Jesús su parábola con estas palabras: Porque muchos son los llamados, y pocos los escogidos.

Formulada esta parábola principalmente para indicar la reprobación del pueblo de Dios, debe entenderse la frase en el sentido de que, siendo llamados todos los judíos, sólo algunos respondieron a la invitación.

Puede asimismo aplicarse a los gentiles, de los que sólo el menor número han entrado en la Santa Iglesia.

Y aun puede aplicarse el texto a los pocos que de la misma Iglesia se salvan, habida cuenta del inmenso número de creyentes.

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La primera parte, el destino del pueblo judío, es profetizado aquí con terrible precisión por Cristo; aunque parece una cosa pasada y, por ende, sin interés actual, es una cosa actual.

Este destino del pueblo judío es la tragedia más grande de la historia; Cristo mismo lo dijo, comparándolo con el Diluvio y también con la situación de los últimos tiempos, o sea con la Gran Apostasía. El Cardenal Newman y antes que él el Padre Lacunza la han retratado con elocuencia.

La tragedia del pueblo hebreo es en suma la siguiente: he aquí un pueblo que durante 2.000 años giró en torno de la esperanza del Mesías; y cuando viene el Mesías, lo desconoce, rechaza y mata.

Toda la razón de ser de ese pueblo “elegido” está en la esperanza del Gran Rey Salvador, Rey de parte de Dios. Y con toda esa esperanza, que inspiraba toda la vida del pueblo hebreo, tenían que caer en el error horrible de matar al Mesías, una especie de suicidio.

La causa de ese error horrible es una corrupción horrible, una corrupción de la religión, el fariseísmo.

— Bueno, dirá alguno, los judíos cayeron, que se embromen.

— ¡No! Lo grave y lo actual del asunto es que, así como los judíos erraron respecto a la Primera Venida, los cristianos pueden errar respecto a la Segunda Venida; y está predicho que van a errar…

Y por eso el peligro actual, no es tanto la vida inmoral, sino el peligro de flaquear en la fe.

— Pero, dirá otro, si está predicho que todos van a flaquear en la fe, entonces ¿qué podemos hacer?

— Está predicho que muchos van a flaquear en la fe; pero no está predicho que yo o usted tengamos que flaquear en la fe…

El no flaquear depende de cada uno de nosotros, ayudados de la gracia de Dios, que nunca nos faltará…