ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – SEPTIEMBRE 2016 – 1° PARTE

LA ENCÍCLICA HUMANÆ VITÆ

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Septiembre de 2016.

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PUNTO DE REFERENCIA DE LOS OBISPOS DE MENZINGEN Y KENT

I.- ¿POR QUÉ TRATAR LA ENCÍCLICA HUMANÆ VITÆ?

A.- El hecho de partida = el Comentario Eleison nº 476:

B.- Concordancia con Monseñor Fellay:

a) Comunicado de la F$$PX con ocasión de le beatificación de Pablo VI

b) Reflexiones de la Unión Sacerdotal Marcel Lefebvre

c) Siguen las concordancias episcopales

II.- LA HUMANÆ VITÆ

A.- Contextos

a) Diversos contextos:

Contexto Cultural

Contexto Político

Contexto social

Contexto Científico

Contexto eclesial

b) En particular en la iglesia conciliar

B.- La Encíclica en sí misma

C.- La Gaudium et spes: El bien de los esposos -> Personalismo

D.- Consecuencias en temas relacionados

a) Fines del matrimonio

b) Control de la natalidad:

1º) Píldora

2º) Días agenésicos

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I.- ¿POR QUÉ TRATAR LA ENCÍCLICA HUMANÆ VITÆ?

A.- El hecho de partida = el Comentario Eleison nº 476:

Recuerde; más del 90% de los Católicos casados usan control de la natalidad, y enseñan a sus hijos a hacer lo mismo. El Novus Ordo ha devenido una organización global de aplacamiento de conciencias, y fuente de novedades a gran escala.

El control de la natalidad fue en tiempos modernos un punto de inflexión de la voluntad de Dios a la voluntad del hombre. No usar control de la natalidad para aquellos que viven en una gran ciudad puede parecer casi imposible, pero, ¿quién se equivocó? ¿Dios, o la ciudad moderna? Dios dio a Su Iglesia en 1968 una gran oportunidad para permanecer en curso cuando Él inspiró al reacio Pablo VI a permanecer fiel a la doctrina inmutable de la Iglesia, pero una masa de hombres de Iglesia fueron prontamente infieles al Papa. Y el resultado fue esa “organización de aplacamiento de conciencias” denunciada arriba. Y, ¿quién puede negar que el reemplazo del verdadero sacrificio de la Misa contribuyó desde 1969 enormemente al que los Católicos renunciaron a sus vidas sacrificatorias que conducen al Cielo para disfrutar de la vida fácil e ir al Infierno? ¡Qué responsabilidad la de los sacerdotes!

B.- Concordancia con Monseñor Fellay:

a) Comunicado de la F$$PX con ocasión de le beatificación de Pablo VI

Dici

17-10-2014

Tras la clausura del Sínodo extraordinario sobre la familia, el Papa Francisco llevará a cabo el domingo el 19 de octubre de 2014 la beatificación del Papa Pablo VI. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X quiere expresar sus más serias reservas sobre las beatificaciones y canonizaciones de los últimos Papas, cuyos abreviados procesos infringen la sabiduría de las reglas seculares de la Iglesia.

Pablo VI es, por cierto, el Papa de la Encíclica Humanae Vitae, que aportó luz y reconfortó a las familias católicas cuando los principios fundamentales del matrimonio eran fuertemente atacados, igual que lo han sido —de manera escandalosa— por algunos miembros del Sínodo que está por acabar.

b) Reflexiones de la Unión Sacerdotal Marcel Lefebvre

Los « principios fundamentales del matrimonio » han sido “fuertemente atacados” por el concilio Vaticano II, más precisamente por la constitución Gaudium et spes,promulgada por… Paulo VI el 7 de diciembre de 1965. Esta constitución cambió la definición de matrimonio y abrió el camino a la inversión de los fines del matrimonio en el nuevo “código”. Tres años después de Gaudium et spes, la encíclica Humanae vitae no restableció los “principios fundamentales del matrimonio”, de allí la debilidad y las contradicciones internas de este documento que condenó la contracepción. Hay que leer el estudio sobre Humanae vitae publicado por Le Sel de la Terre 75, para comprender que esta encíclica no aportó a las familias católicas toda la “luz” ni las “reconfortó” cuando tanta necesidad tenían de ello.

c) Siguen las concordancias episcopales

https://radiocristiandad.wordpress.com/2016/09/11/padre-ceriani-siguen-las-concordancias-episcopales/

El 9 de noviembre de 2012 en París, durante una conferencia a los sacerdotes del Distrito de Francia de la FSSPX, Monseñor Fellay deslizó esta enigmática expresión:

Os voy a hacer reír, pero realmente pienso que nosotros, los cuatro obispos, somos de un mismo parecer.

Hacía menos de un mes que el futuro Obispo de Kent había sido expulsado de la FSSPX…

Aquello que en su momento pareció una broma, responde a una triste realidad, tanto en el pasado como en el presente, y presagia un futuro siniestro.

Hace dos años, en septiembre de 2014, publiqué diez artículos señalando las concordancias entre ambos Obispos.

Posteriormente, no faltó oportunidad para destacar otras circunstancias en las que los dos Prelados coincidieron en sus dichos o actos.

El Comentario Eleison 476, del 27 de agosto de 2016, nos ofrece una nueva concordancia entre Monseñor Fellay y el Obispo que nunca se retracta.

El confuso paralelo entre la misa bastarda y los medios de control de la natalidad merece un artículo aparte, porque, si la Humanæ vitæ es de Pablo VI (tanto como la nueva misa…), tal vez el Obispo de Kent no desea “siempre criticar, criticar, criticar…“, a pesar de que esa encíclica merece serios reparos.

Tal vez el señor Obispo quiera “ver el bien; y, si Roma hace algo bien, quiera saludar el bien y no buscar siempre criticar, criticar, criticar a Roma”… Tal vez haya de lado suyo “un cierto sentimiento de querer aprobar algo de Roma, una benevolencia hacia Roma”.

Que Pablo VI sea el arquitecto del Concilio, y que las reformas del Concilio hicieran que las ovejas renunciaran a sus vidas sacrificatorias que conducen al Cielo para disfrutar de la vida fácil e ir al Infierno, esto se oculta; son los obispos infieles al Papa y los sacerdotes que celebran la misa nueva los responsables del daño causado a los fieles…

Esto es suficiente para comprobar que continúan las concordancias entre el Obispo de Menzingen y el Obispo de Kent, y ellas siguen presagiando un siniestro futuro…

En efecto, como la encíclica Humanae vitae no restableció los “principios fundamentales del matrimonio”, ni aportó a las familias católicas toda la “luz” ni las “reconfortó” cuando tanta necesidad tenían de ello, precisamente por éso no se puede sostener que Dios dio a Su Iglesia en 1968 una gran oportunidad para permanecer en curso cuando Él inspiró al reacio Pablo VI a permanecer fiel a la doctrina inmutable de la Iglesia

Pablo VI, lejos de recibir una inspiración divina y de permanecer fiel a la doctrina inmutable de la Iglesia, es responsable de aquello que cambió la definición de matrimonio y abrió el camino a la inversión de los fines del matrimonio en el nuevo “código”

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Llegó, pues el momento de analizar un poco esta Encíclica.

II.- LA HUMANÆ VITÆ

A.- Contextos

a) Diversos contextos:

Contexto Cultural: la década de los 60 fue la época de revoluciones, las liberaciones y las emancipaciones. En esta década comienza a cristalizarse una nueva “mentalidad” que incluía el rechazo a la vida.

Una de las décadas que mejor representan la ambivalencia humana son los años sesenta.

Lo que a principios de la década de los años 20 comienza como una especie de anarquía moral, por la caída de los absolutos y la pérdida de certezas (se comienza a pensar que todo es relativo, y por ende la bondad o maldad, la verdad o falsedad, la moralidad o inmoralidad de un acto dependerá exclusivamente de la conciencia del sujeto), encuentra su decantación, en la década de los 60, considerada por algunos como la década de las “revoluciones”.

Tres claras manifestaciones de este contexto son:

La liberación y emancipación femenina, que se manifiestan en:

– La promoción de una nueva conciencia e identidad sexual femenina.

– La abolición de los llamados tabúes sexuales.

– Una mayor presencia pública de las mujeres.

– El reconocimiento del aborto como un derecho.

– La liberación de los tenidos por rígidos códigos morales.

La liberación y emancipación sexual tiene un punto de inflexión con la “aparición oficial” de la minifalda el 10 de Julio 1964, presentada por la modista inglesa Mary Quant, y popularizada por la modelo también inglesa Twiggy. Esta prenda de des-vestir, más que una moda, fue un símbolo de la liberación sexual y emancipación de la mujer, que rompía con los viejos mitos y tabúes sexuales.

El feminismo radical proponía una “lucha contra la propia fertilidad”, afirmando que la mujer debía huir de “la trampa de la maternidad” si quiere conquistar el terreno profesional del varón.

De la mano de la liberación femenina aparece la liberación homosexual (gays y lesbianas). A fines de los sesenta los movimientos homosexuales comienzan a plantear públicamente sus reivindicaciones.

Kate Millet una feminista lesbiana norteamericana resume muy bien el espíritu de este movimiento: “el amor ha sido el opio de la mujer, así como la religión el opio del pueblo” (1984).

La revolución sexual o el derecho a gozar del sexo libre y placenteramente

El hippismo en la década de los 60 promueve el sexo libre, sin amor. La “revolución de las flores” o “powerflowers”, representada por el hipismo, deja también su impronta y marca a toda una generación, no sólo en Estados Unidos.

Este movimiento significó una forma totalmente diferente de ver el mundo, léase una forma más “libre” de vivir. Más en concreto, un modo distinto de vivir el amor, de concebir el matrimonio y la familia, de entender la sociedad, incluso una forma diferente de des-vestirse.

Un impulso decisivo a la revolución sexual llegó del biólogo Alfred Kinsey (1896-1956), con quien la vida sexual se separa por completo de la vida emotiva y de la moral, para considerarse sólo desde el punto de vista biológico.

El arte, especialmente la música y la pintura.

El ámbito musical se caracteriza por esta idea de cambio y critica radical al sistema. Grupos como The Rolling Stone y The Doors y en alguna medida los Beatles son fieles representantes de esta época. Canciones emblemáticas como I can’t get no satisfaction (1965) y Light my fire (1967) son muy ilustrativas.

Se imaginan qué influencia podría haber tenido la moral católica en estos miles de jóvenes que seguían a estos grupos y que veían en ellos modelos de vida a seguir.

Es una época de excesos en lo sexual, el uso de drogas y alcohol. Se trata de llegar al límite. “Sexo, Drogas y Rock and Roll” era la consiga de esos años. Fueron precisamente los Rolling Stones los que popularizaron la expresión. El festival de Woodstock realizado entre el 15 y 17 de agosto de 1969 fue el gran evento de la época.

En el mundo artístico (pintura) también se revoluciona con el advenimiento del Arte Pop. Estos artistas reaccionan contra lo rígido y teorizante del expresionismo abstracto.

Contexto Político:

Rechazo a lo establecido

Ejemplo de este rechazo fue, por ejemplo, la “revolución” o “revuelta de mayo del 68” de los estudiantes franceses que marcó un hito importante en el mundo académico, cultural e intelectual. Durante varias semanas, los estudiantes parisinos, apoyados por obreros e intelectuales paralizaron Paris. Más de 30 mil estudiantes agrupados en la llamada “Nueva Izquierda” armaron barricadas en las calles y se enfrentaron con la policía. Como herencia de este movimiento quedaron frases como “prohibido prohibir”, “la imaginación al poder” y “como ser intelectual y no ser de izquierda”.

La Iglesia católica representa por supuesto lo “establecido”.

Contexto social:

El tema demográfico. Temor por la superpoblación

La denominada explosión demográfica era un fantasma que recorría toda Europa. Surgen entonces «previsiones catastrofistas» sobre desequilibrios entre crecimiento demográfico y recursos del planeta. En las siguientes décadas, especialmente en la década del 60 las organizaciones internacionales estiman que los países ricos estarían en peligro por el asedio de una creciente multitud de pobres que se multiplican, con el riesgo de consumir demasiados recursos.

Por su parte, “planificación familiar” es el nombre que, en los ’60, asume en realidad el control de la natalidad, que fomenta la idea de que los niños deseados y queridos serán seres humanos mejores, más sanos e inteligentes, y también más equilibrados y más felices que los nacidos por azar o no deseados.

Contexto Científico:

La píldora anticonceptiva

En el ámbito farmacéutico el año 1960 el endocrinólogo estadounidense Gregory Goodwin Pincus y el ginecólogo, también estadounidense, John Rock patentaron, bajo el nombre de “Enovid”, la píldora anticonceptiva, que “liberó” a la mujer de las ataduras de la maternidad, o, en palabras de Katherine McCormick, patrocinadora de la investigación, la píldora que  otorgó a la mujer “dominio sobre un viejo demonio, el sistema reproductivo femenino”.

Este invento científico, tuvo un impacto cultural, demográfico y moral inconmensurable.

Con la píldora anticonceptiva se impone rápidamente como bien masivo el control de la natalidad, sobre todo como instrumento de liberación para las mujeres en cuanto que les permite comportarse sexualmente como los hombres, es decir, están en condiciones de decidir la concepción de un hijo y, pueden separar definitivamente la vida sexual del amor y de la familia.

De este modo, la revolución sexual no sólo separó definitivamente la sexualidad de la procreación, sino también del matrimonio y del amor, para legitimarla como simple búsqueda de placer individual.

Contexto eclesial:

Período postconciliar. Las aguas no se habían calmado. Fuertes aires de “renovación” dentro de la Iglesia. Se extiende la idea acerca de la necesidad que la Iglesia se acerque al mundo, se aggiorne.

Confusión en los fieles respecto de qué camino tomar. Se vive cierta inquietud dentro de la Iglesia.

Frente al dilema: el mundo reflejo de la Iglesia o la Iglesia reflejo del mundo, algunos se inclinan por esta segunda alternativa. Este aspecto marca más claramente la división entre “conservadores” y “progresistas”.

 

b) En particular en la iglesia conciliar:

Juan XXIII en sus últimos meses de vida había creado una comisión especial para estudiar y profundizar la respuesta de la Iglesia a las cuestiones que planteaba la comercialización de la nueva píldora Pincus. Asimismo era de competencia de dicha comisión examinar el problema del aumento de la población mundial. Eran tiempos en que una muy bien organizada campaña de prensa manipulaba en todo el mundo el espectro de la llamada “explosión demográfica”.

Pablo VI confirmó enseguida la comisión que había nacido por iniciativa de su predecesor y amplió gradualmente sus horizontes.

En abril de 1964 llamó a formar parte de ella a cinco de los más renombrados teólogos moralistas de la época: Joseph Fuchs , alemán y Marcelino Zalba , español (ambos jesuitas y catedráticos en la Pontificia Universidad Gregoriana), Jan Visser , holandés, y Bernard Häring , alemán (los dos redentoristas y catedráticos, respectivamente, en la Pontificia Universidad Urbaniana y en la Academia Alfonsiana), y Pierre de Locht , belga, consejero teológico del cardenal Leo Suenens.

La discusión sobre el carácter lícito o no de los nuevos métodos de anticoncepción se hizo cada vez más encendida.

Por una parte, por el aumento continuo de los expertos —y de las opiniones— invitados a incorporarse en las varias comisiones, cuyos miembros llegaron a ser setenta y cinco en junio de 1966 entre obispos, teólogos, médicos, demógrafos y matrimonios cristianos.

Por la otra, por la creciente presión externa impuesta por los medios de comunicación social.

En concreto, algunos comenzaron a objetar que la píldora planteaba un tipo de problema del todo nuevo respecto a los anticonceptivos tradicionales que Pío XI había condenado con la Casti Connubi en 1930.

A diferencia de los anticonceptivos, decían, la píldora no interfiere visiblemente en la mecánica del acto conyugal, que en consecuencia conserva su carácter natural. Se limita a intervenir, y sólo temporáneamente, en la ovulación de la mujer. ¿Qué diferencia hay desde el punto de vista moral con el recurso a los métodos naturales que había aprobado Pío XII?

La diferencia existe y reside —respondían los defensores de la doctrina tradicional— en que el método de la temperatura no altera artificialmente los ritmos biológicos de la fecundidad femenina sino que permite a los esposos aprovechar el conocimiento de las leyes de la naturaleza.

El punto teológico en el cual se centraba la discusión era el llamado principio de totalidad.

Se pretendía, pues, con esta argucia eludir el obstáculo constituido por la doctrina tradicional para la cual cada uno de los actos conyugales debe estar abierto a la procreación. La novedad sostenía asimismo que la vida matrimonial, considerada en su globalidad, era garantía suficiente de semejante apertura.

Según un número considerable de testimonios el hecho que desequilibró los platillos de la balanza a favor de los promotores del principio de totalidad fue la conversión del profesor Fuchs . Este, tras un período en el que había obrado con suma prudencia, confesó que ya no podía continuar enseñando la doctrina tradicional desde su cátedra en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. El episodio causó naturalmente una fuerte impresión: Fuchs era una de las personalidades de mayor renombre que formaban parte de la comisión pontificia.

Durante el Concilio, mientras tanto, los Obispos discutían la misma temática del amor conyugal en el esquema nº 13, que después llevaría por título Gaudium et Spes .

El 23 de noviembre de 1965, Pablo VI intervino personalmente para corregir algunas formulaciones en materia de anticoncepción que se prestaban a interpretaciones ambiguas.

Los Padres conciliares precisaban en la redacción final del documento conciliar —en la famosa nota nº 14— que el Pontífice se reserva el derecho de tomar cualquier decisión ulterior sobre los asuntos tratados, confiando a una comisión especial la tarea de proporcionarle documentos y elementos de juicio para una reflexión no sólo de carácter moral sino también científico.

La responsabilidad de los expertos, que él mismo había designado, se acrecentaba en el preciso momento en que los teólogos que defendían la doctrina tradicional se habían convertido en minoría.

En 1966 un grupo de dieciséis obispos fueron llamados a tomar parte en la comisión pontificia.

Entre ellos se contaban siete cardenales: Ottaviani (prefecto del Santo Oficio), Suenens (de Malinas, Bélgica), Doepfner (de Munich, Alemania), Heenan (de Westminster, Inglaterra), Gracias (de Bombay, India), Lefebvre (de Bourges, Francia) y Shehan (de Baltimore, Estados Unidos).

Todos ellos participaron en la última y decisiva reunión de la comisión que tuvo lugar el 20 de junio en el Pontificio Colegio Español de Roma. El único ausente fue el arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla , que había sido convocado por el Papa. El Gobierno polaco no le había concedido la autorización para viajar a Roma.

Después de seis días de ásperos debates se optaba por someter a votación las diversas posiciones. La pregunta se planteaba en estos términos: ¿debe ser considerada la anticoncepción “intrínsecamente mala”?

En la comisión pontificia responden negativamente Doepfner, Suenens, Shehan, Lefebvre, Dearden, Dupuy, Méndez, Reuss y Zoa.

Se abstienen Heenan, Gracias y Binz.

Votan afirmativamente sólo Ottaviani, Morris y Colombo, obispo y teólogo de confianza de Pablo VI.

Entre los teólogos la diferencia es aún más notoria: once votos negativos contra cuatro afirmativos.

Un veredicto que no dejaba lugar a objeción alguna.

Ya a fines de 1966 hubo quienes cayeron en la cuenta de que el Papa no iba a aceptar las conclusiones a las que había llegado la comisión pontificia.

Se verificó entonces un episodio verdaderamente penoso. Algunos miembros de la mayoría se pusieron a manipular la publicación, a través de los medios de prensa, de los documentos conclusivos de la comisión que eran de carácter reservado.

Todo el mundo supo que la comisión nombrada por Pablo VI había llegado a conclusiones que modificaban la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la anticoncepción. ¿Cómo podía contrariar el Papa el parecer de los expertos que él mismo había escogido y a quienes se había confiado para tener un conocimiento mayor en materia tan delicada?

Los dos años que separan la votación en el Colegio Español de la publicación de la encíclica se cuentan entre los más dramáticos del entero pontificado de Pablo VI.

Vemos, pues, cómo Juan XXIII y Paulo VI, dando oídos al canto de sirena entonado por falsos teólogos, crearon este estado en la conciencia de muchos hombres.

El primero, al nombrar, en 1963, una “Comisión para el estudio de los problemas de la población, la familia y la natalidad”.

Y el segundo, con sus actitudes y expresiones que dieron lugar a un probabilismo moral: “se trata de momento de estudio y reflexión sobre un tema extensísimo, delicadísimo, actualísimo” (29 de octubre de 1966, a los participantes en el 52º Congreso nacional de la Sociedad Italiana de Obstetricia y Ginecología).

Blas Piñar, en su libro “El derecho a vivir”, hace con razón la siguiente reflexión: “valgan como ejemplo de la situación de duda, el hecho mismo de la reflexión, para la que se recurría a la ayuda de expertos; la autointerrogación que el Papa se hacía sobre la respuesta que el mundo le pedía; la frase de su mensaje de Navidad de 1964, declarando válida la doctrina de Pío XII «al menos mientras no nos sintamos obligados en conciencia a modificarla»; y el anuncio de una «nueva palabra, no pronunciada todavía, para dar al problema de la regulación de la natalidad su verdadera y acertada solución» (29 de octubre de 1966, A los participantes en el 52º Congreso nacional de la Sociedad Italiana de Obstetricia y Ginecología)”.

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B.- La Encíclica en sí misma

La Encíclica tiene tres capítulos: el primero, dedicado a describir lo que Pablo VI denomina “un nuevo estado de cosas”; el segundo, desarrolla los principios doctrinales; y el tercero, presenta directivas pastorales.

Nuevo estado de cosas:

En el primer capítulo, entre los temas que configuran la nueva situación se encuentran el problema demográfico, las condiciones de trabajo, vivienda y la vida económica y su influencia en la educación y crianza de los hijos, la valoración de la mujer y las adquisiciones científicas que controlan las leyes mismas de transmisión de la vida (HV 2).

Significados unitivo y procreativo del acto conyugal:

El segundo capítulo, sobre los principios doctrinales, analiza la esencia y características del amor conyugal (humano, total, fiel y exclusivo y fecundo) y se detiene en la cuestión de la paternidad responsable.

Luego, ante la problemática ética que plantean los nuevos métodos de regulación de la fertilidad, señala la importancia de respetar la naturaleza y la finalidad del acto matrimonial y reafirma “la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador” (HV 12).

Vías ilícitas para la regulación de nacimientos:

Desarrolla luego las consecuencias que se derivan de los principios antes desarrollados y presenta las vías ilícitas para la regulación de los nacimientos, entre las que menciona “el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas” y “la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer”.

Aclara que no se pueden justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos con el argumento del “mal menor” y, además, que es “un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda” (HV 14).

Licitud del recurso a los periodos infecundos:

Entra luego a considerar la diferencia entre el recurso a los períodos infecundos y los métodos de regulación artificial de la natalidad. Al respecto, sienta la doctrina que acepta la licitud del recurso a los períodos infecundos (HV 16).

Directivas pastorales: El tercer capítulo de la encíclica está dedicado a dar precisas directivas pastorales con la finalidad de que la Iglesia pueda confortar a los hombres en el camino de una “honesta regulación de la natalidad, aun en medio de las difíciles condiciones que hoy afligen a las familias y a los pueblos”.

El Llamamiento final: la encíclica finaliza con un llamamiento a una gran obra de educación, de progreso y de amor sabiendo “que el hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la que aspira con todo su ser, más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza y que debe observar con inteligencia y amor”.

Es claro, pues, que Pablo VI quiso poner la norma moral dentro de la reflexión global sobre el matrimonio que el Concilio Vaticano II, apenas concluido, había elaborado en la Gaudium et Spes , especialmente en la cuestión de la paternidad y maternidad responsables.

Esta intención suya la expresó muchas veces de modo explícito. Aceptando fielmente la doctrina conciliar.

En este sentido conciliar, lo que estaba en juego era la visión del amor conyugal y el modo de comprender la paternidad/maternidad dentro de dicho amor, «dado el significado que las relaciones conyugales tienen para la armonía entre los esposos y para su mutua fidelidad» (HV 3).

Sin tomar una vía dualista, que separase el amor de la paternidad, suprime la doctrina de los fines del matrimonio (fin primario—fin secundario) y utiliza la terminología más personalista de «significado unitivo» y «significado procreativo» (HV 12).

Hay que señalar que esta concepción del amor conyugal está plenamente de acuerdo con la visión personalista del matrimonio recogida por el Concilio en la Gaudium et spes.

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C.- La Gaudium et spes: El bien de los esposos  ->  Personalismo

La Humanæ vitæ tiene 41 Notas. La Gaudium et spes es citada en nueve de ella (20,19 %).

4.(…); Conc. Vaticano II, Const. Past. Gaudium et Spes, nn. 47-52.

8.Conc. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 50.

10. Cfr. Gaudium et Spes, nn. 50 y 51.

11. Ibid., n. 49, 2º.

14.(…); Gaudium et Spes, n. 51.

28. Gaudium et Spes, n. 52.

30. Gaudium et Spes, n. 51.

32. Cfr. Gaudium et Spes, n. 48; Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, n.   35.

38. Cfr. Lumen Gentium, nn. 35 y 41; Gaudium et Spes, nn. 48 y 49; Conc. Vat. II, Decret. Apostolicam Actuositatem, n. 11.

 

SEGUNDA PARTE

ALGUNOS PROBLEMAS MÁS URGENTES

Introducción

Después de haber expuesto la gran dignidad de la persona humana y la misión, tanto individual como social, a la que ha sido llamada en el mundo entero, el Concilio, a la luz del Evangelio y de la experiencia humana, llama ahora la atención de todos sobre algunos problemas actuales más urgentes que afectan profundamente al género humano.

Entre las numerosas cuestiones que preocupan a todos, haya que mencionar principalmente las que siguen: el matrimonio y la familia, la cultura humana, la vida económico-social y política, la solidaridad de la familia de los pueblos y la paz. Sobre cada una de ellas debe resplandecer la luz de los principios que brota de Cristo, para guiar a los cristianos e iluminar a todos los hombres en la búsqueda de solución a tantos y tan complejos problemas.

CAPÍTULO I

DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA

El matrimonio y la familia en el mundo actual

El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por eso los cristianos, junto con todos lo que tienen en gran estima a esta comunidad, se alegran sinceramente de los varios medios que permiten hoy a los hombres avanzar en el fomento de esta comunidad de amor y en el respeto a la vida y que ayudan a los esposos y padres en el cumplimiento de su excelsa misión; de ellos esperan, además, los mejores resultados y se afanan por promoverlos.

Sin embargo, la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación. Por otra parte, la actual situación económico, social-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la familia. En determinadas regiones del universo, finalmente, se observan con preocupación los problemas nacidos del incremento demográfico. Todo lo cual suscita angustia en las conciencias. Y, sin embargo, un hecho muestra bien el vigor y la solidez de la institución matrimonial y familiar: las profundas transformaciones de la sociedad contemporánea, a pesar de las dificultades a que han dado origen, con muchísima frecuencia manifiestan, de varios modos, la verdadera naturaleza de tal institución.

Por tanto el Concilio, con la exposición más clara de algunos puntos capitales de la doctrina de la Iglesia, pretende iluminar y fortalecer a los cristianos y a todos los hombres que se esfuerzan por garantizar y promover la intrínseca dignidad del estado matrimonial y su valor eximio.

El carácter sagrado del matrimonio y de la familia

Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad.

Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido de la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión con la Iglesia. Porque así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios.

Gracias precisamente a los padres, que precederán con el ejemplo y la oración en familia, los hijos y aun los demás que viven en el círculo familiar encontrarán más fácilmente el camino del sentido humano, de la salvación y de la santidad. En cuanto a los esposos, ennoblecidos por la dignidad y la función de padre y de madre, realizarán concienzudamente el deber de la educación, principalmente religiosa, que a ellos, sobre todo, compete.

Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la santificación de los padres. Pues con el agradecimiento, la piedad filial y la confianza corresponderán a los beneficios recibidos de sus padres y, como hijos, los asistirán en las dificultades de la existencia y en la soledad, aceptada con fortaleza de ánimo, será honrada por todos. La familia hará partícipes a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es como la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros.

Del amor conyugal

Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor único. Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico entre marido y mujer, manifestado de varias maneras según las costumbres honestas de los pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.

Este amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio. El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Señor. Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocación cristiana se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración.

Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de sus hijos y si participan en la necesaria renovación cultural, psicológica y social en favor del matrimonio y de la familia. Hay que formar a los jóvenes, a tiempo y convenientemente, sobre la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal, y esto preferentemente en el seno de la misma familia. Así, educados en el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo al matrimonio.

Fecundidad del matrimonio

El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres. El mismo Dios, que dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gen2,18), y que “desde el principio … hizo al hombre varón y mujer” (Mt19,4), queriendo comunicarle una participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: “Creced y multiplicaos” (Gen 1,28). De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia.

En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente. En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, lo cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esta ley a la luz del Evangelio. Dicha ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e impulsa a la perfección genuinamente humana del mismo. Así, los esposos cristianos, confiados en la divina Providencia cultivando el espíritu de sacrificio, glorifican al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando con generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. Entre los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente.

Pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino que la propia naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de la prole requieren que también el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste, progrese y vaya madurando ordenadamente. Por eso, aunque la descendencia, tan deseada muchas veces, falte, sigue en pie el matrimonio como intimidad y comunión total de la vida y conserva su valor e indisolubilidad.

El amor conyugal debe compaginarse con el respeto a la vida humana

El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al manos por ciento tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse. Cuando la intimidad conyugal se interrumpe, puede no raras veces correr riesgos la fidelidad y quedar comprometido el bien de la prole, porque entonces la educación de los hijos y la fortaleza necesaria para aceptar los que vengan quedan en peligro.

Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún, ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.

Pues Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables. La índole sexual del hombre y la facultad generativa humana superan admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia. Cuando se trata, pues, de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina, reprueba sobre la regulación de la natalidad.

Tengan todos entendido que la vida de los hombres y la misión de transmitirla no se limita a este mundo, ni puede ser conmensurada y entendida a este solo nivel, sino que siempre mira el destino eterno de los hombres.

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D.- Consecuencias en temas relacionados

a) Fines del matrimonio

Sobre este tema me he explayado en tres oportunidades en 2011 en los Estudios Doctrinales. A esos tres estudios remito. Aquí sólo hago un resumen.

https://radiocristiandad.wordpress.com/2011/06/13/estudios-doctrinales-el-matrimonio-fines-del-matrimonio/

https://radiocristiandad.wordpress.com/2011/06/20/estudios-doctrinales-el-matrimonio-defensa-del-recto-orden-de-los-valores/

https://radiocristiandad.wordpress.com/2011/06/27/estudios-doctrinales-el-matrimonio-modernos-errores-contra-los-fines-del-matrimonio/

 

En el matrimonio se distingue un doble fin: primario y secundario.

Así lo ha enseñado siempre la Iglesia Católica, y ha quedado consignado en el canon 1013, § 1. Del Código de derecho Canónico:

La procreación y la educación de la prole es el fin primario del matrimonio; la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia es su fin secundario.

El fin secundario también es fin objetivo de la institución misma, procede de la entraña del matrimonio y es, por consiguiente, fin intramatrimonial; pero no entra en la esencia del matrimonio, como elemento esencial constitutivo del mismo, sino que es elemento integrante, el cual facilita el cumplimiento y consecución del fin primario.

Este fin secundario es doble: la mutua ayuda y el remedio de la concupiscencia.

Por lo dicho se comprende que ambos fines, el primario y el secundario, no están en el mismo plano. El fin primario está por encima y a él está subordinado el otro. Así lo declaró la Sagrada Congregación del Santo Oficio, el 1º de abril de 1944, (AAS 36 [1944] 103), saliendo al paso de ciertas teorías modernas, que o sostienen que la procreación y educación no es fin primario esencial del matrimonio, o no admiten la subordinación de fines.

El Nuevo Código de Derecho Canónico, en su canon 1055 §1, dice:

“La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados”.

Sobre esta materia existe un documento de Pío XII, su Discurso al Congreso de la Unión Católica Italiana de Obstétricas, lunes 29 de octubre de 1951.

Allí leemos:

La verdad es que el matrimonio, como institución natural, en virtud de la voluntad del Creador, no tiene como fin primario e íntimo el perfeccionamiento personal de los esposos, sino la procreación y la educación de la nueva vida.

Los otros fines, aunque también los haga la Naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados.

Precisamente para cortar todas las incertidumbres y desviaciones que amenazan con difundir errores en torno a la escala de los fines del matrimonio y a sus recíprocas realizaciones, redactamos Nos mismo hace algunos años (10 de marzo de 1944) una declaración sobre el orden de aquellos fines, indicando lo que la misma estructura interna de la disposición natural revela, lo que es patrimonio de la tradición cristiana, lo que los Sumos Pontífices han enseñado repetidamente, lo que después en la debida forma ha sido fijado por el Código de Derecho Canónico (can. 1013 §1).

Es más, poco después para corregir la opinión opuesta, la Santa Sede, por medio de un decreto público declaró que no puede admitirse la sentencia de ciertos autores recientes que niegan que el fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de la prole, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son equivalentes e independientes de él (S.C.S. Officii, 1 abril 1944: AAS, vol. 36, a. 1944. pág. 103).

Decid, pues, a la novia o la recién casada que viniere a hablaros de los valores personales, que tanto en la esfera del cuerpo o de los sentidos, como en la espiritual, son realmente genuinos, pero que el Creador los ha puesto en la escala de los valores, no en el primero, sino en el segundo grado.

Exaltar más de la medida, como hoy se hace no raras veces la función generativa, aun en la forma justa y moral de la vida conyugal, es, por eso, no sólo un error y una aberración; lleva consigo el peligro de una desviación intelectual y afectiva, apta para impedir y sofocar buenos y elevados sentimientos, especialmente en la juventud todavía desprovista de experiencia y desconocedora de los desengaños de la vida.

¿Qué hay que pensar de ciertas teorías modernas que pretenden un cambio de valores en los fines del matrimonio?

Ya sabemos cuál es la enseñanza de la Iglesia. Los modernistas, desde la década de 1920, procuran poner como fin primario del matrimonio el amor recíproco de los cónyuges, que alcanzaría su máximo exponente en su unión carnal.

Para estos ideólogos, la procreación, más que el fin primario, no es sino una consecuencia del amor entre los cónyuges, que es para ellos el verdadero fin primario y esencial.

La Iglesia ha rechazado explícitamente semejantes novedades, que llevan lógicamente a las mayores aberraciones.

La Iglesia ha enseñado la distinción de los dos fines, su jerarquización y la subordinación del secundario al primario. Esto consta por las enseñanzas de Pío XII en diferentes ocasiones y por la formal y terminante declaración del Santo Oficio en 1944.

He aquí, ahora, el texto íntegro del Decreto del Santo Oficio a que alude el Pío XII:

“Sobre los fines del matrimonio y su relación y orden, han aparecido en estos últimos años algunos escritos que afirman o que el fin primario del matrimonio no es la procreación de los hijos o que los fines secundarios no están subordinados al primario, sino que son independientes del mismo.

En estas elucubraciones, unos asignan un fin primario al matrimonio; otros, otro; por ejemplo: el complemento y perfección personal de los cónyuges por medio de la omnímoda comunión de vida y acción; el fomento y perfección del mutuo amor y unión de los cónyuges por medio de la entrega psíquica y somática de la propia persona, y otros muchos por el estilo.

En estos escritos, se atribuye a veces a palabras que ocurren en documentos de la Iglesia (como son, por ejemplo, fin primario y secundario), un sentido que no conviene a estas voces según el uso común de los teólogos.

Este nuevo modo de pensar y de hablar es propio para fomentar errores e incertidumbres; mirando de apartarlas, los Emmos. y Rvmos. Padres de esta Suprema Sagrada Congregación encargados de la tutela de las cosas de fe y costumbres, en sesión plenaria habida el miércoles, día 29 de marzo de 1944, habiéndose propuesto la duda:

“Si puede admitirse la sentencia de algunos modernos que niegan que el fin primario del matrimonio sea la procreación y educación de los hijos, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes.”

, decretaron debía responderse:

Negativamente.

El día 30 de dicho mes y año, Su Santidad aprobó y mandó publicar ese Decreto”.

(Acta Apostolicæ Sedis 36 (1944) 103; cf. Denzinger 2295. El decreto lleva fecha del 1º de abril de 1944.)

Podría pensarse que la concepción personalista del matrimonio, que invierte los fines y antepone el bien de los esposos al bien de la prole, solamente tiene influencia en el plano meramente especulativo, lo cual ya es muy grave. Pero, leyendo el Nuevo Código de Derecho Canónico y la jurisprudencia postconciliar, se descubre que es sobre esta concepción que se basan la mayor parte de las causas de nulidad en el derecho eclesiástico conciliar.

Por lo tanto, es fácil comprender aquellos Caveatis !, Caveatis ! (¡Cuidado!, ¡Cuidado!) pronunciados por el Cardenal Browne.

En efecto, fue grande la emoción en medio del aula conciliar cuando todas las miradas convergieron en el General de la Orden de Predicadores, que prosiguió:

“Si aceptamos esta definición, nos oponemos a toda la Tradición de la Iglesia y vamos-a pervertir el sentido del matrimonio. No podemos modificar las definiciones tradicionales de la Iglesia”.

Era el 29 de octubre de 1964, fecha en que los Padres del Concilio empezaron a discutir el artículo 21 de la Constitución Gaudium et spes (la Iglesia en el mundo moderno), consagrado al matrimonio y a la familia.

En dicho artículo se omitió voluntariamente el uso de las expresiones “fin primario” y “fin secundario”, y el cardenal Leger, arzobispo de Montreal, intervino ese mismo día para felicitar a los autores del esquema por haber omitido esta distinción de los fines.

Ante éstas y otras intervenciones, el Prefecto del Santo Oficio, el Cardenal Ottaviani, manifestó al día siguiente su estupefacción:

“Ayer se dijo en este Concilio que la posición adoptada hasta hoy en cuanto a los principios que rigen el Matrimonio era dudosa. ¿Significa esto que debe ponerse en duda la inerrancia de la Iglesia? ¿Acaso el Espíritu Santo no ha estado con su Iglesia durante siglos pasados para iluminar las inteligencias en este punto de doctrina?”

La lucha sólo estaba empezando; pero se puede decir que el combate se desarrolló en medio de la indiferencia de la mayor parte de los Obispos, que parecían no darse cuenta del peligro.

Al final del debate, se llevó a cabo una nueva revisión del texto, que se distribuyó el 12 de noviembre, el cual podía ahora interpretarse de manera que dejaba la libertad a los esposos de usar los medios anticonceptivos artificiales para limitar el número de hijos, siempre y, cuando tuviesen en vista mantener el amor conyugal.

El conjunto del capítulo sobre el matrimonio fue aprobado de este modo.

En ese momento, el mismo Pablo VI se decidió a intervenir: recordó la condenación de los anticonceptivos artificiales, suprimió la palabra “también” en una frase que dejaba suponer que la procreación era solamente un fin secundario del matrimonio, mencionó como “los principales documentos sobre el tema de la regulación de los nacimientos” la Encíclica de Pío XI Casti connubii y el Discurso de Pío XII a las comadronas y recomendó a los esposos la práctica de la castidad conyugal.

El cardenal Leger protestó contra estas rectificaciones, pero Pablo VI le expresó que eran obligatorias.

Al ver que no podían eliminarlas, intentaron suavizarlas: donde se condenaban los “anticonceptivos artificiales”, se habló de “prácticas ilícitas contrarias a la generación humana”, sobrentendiendo que pueda haberlas que sean lícitas; y se suprimieron las referencias al documento de Pío XII.

El esquema final ofrece gran disparidad de interpretaciones.

Así, en un pasaje del artículo 48 ya no existe la tradicional distinción entre fin primario y fin secundario:

“Por su índole natural, la institución del matrimonio y del amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia”.

Este texto está retomado casi exactamente en el número 50:

“El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole”.

La cuestión se agrava en el artículo 49, que considera el amor conyugal fuera de su primera finalidad, que es la transmisión de la vida:

“Este amor, por ser específicamente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal (…) Este amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud”.

Como complemento, el artículo 50 tiene un pasaje muy ambiguo:

“Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres (…) De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado  [non posthabitis, en el original]  los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia. En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes”.

Cabe preguntarse: la prole, “los hijos”, ¿constituye solamente “el don más excelente del matrimonio” o es el fin primario establecido por el Creador para la institución matrimonial?

Al no existir más la distinción entre fin primario y fin secundario, y, por consiguiente, al haber nivelado y desjerarquizado los fines, ¿qué sentido tiene decir non posthabitis , sin dejar de lado los demás fines del matrimonio”? ¿Cuál es el fin que no debe posponer los demás?

Recordemos que Pío XII había enseñado que “Los otros fines, aunque también queridos por la naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados”.

Como consecuencia de la ambigüedad antecedente, se explica de un modo muy confuso este deber que tienen los esposos de transmitir la vida:

“Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión, y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia”.

¿Cuál es la misión que deben cumplir los esposos y sobre qué deben formarse un juicio recto, si en primer lugar se pone el propio bien personal y no el bien de los hijos?

“Todo enriquecimiento personal (…) ha sido puesto (…) al servicio de la descendencia”, enseñó Pío XII. Y agregó: “solamente por motivos graves los esposos pueden substraerse al deber, que la naturaleza y el Creador les impone”.

Las consecuencias de esta doctrina conciliar fueron graves. La nivelación y desjerarquización de los fines del matrimonio permitió a muchos obispos cambiar la enseñanza de la Iglesia. En efecto, si el perfeccionamiento de los esposos y la transmisión de la vida son dos fines igualmente importantes, puede aparecer el llamado “conflicto de deberes” y se puede recurrir de manera indiscriminada a la anticoncepción.

Pero si, como siempre ha enseñado la Iglesia, la transmisión de la vida es el fin primario del matrimonio, al que se subordina el perfeccionamiento de los esposos, la anticoncepción indiscriminada queda totalmente excluida.

Cuando hablamos aquí de anticoncepción, se entiende, evidentemente, la realizada por métodos naturales, porque la anticoncepción artificial está absolutamente prohibida, porque no sólo atenta contra el fin primario del matrimonio, sino que también desnaturaliza el acto procreador.

Ya veremos en otra entrega, Dios mediante, qué hay que pensar sobre la anticoncepción indiscriminada y la utilización de los períodos infecundos de la mujer como método anticonceptivo.

Durante el Concilio se perfilaba, pues, un nuevo concepto del matrimonio, todavía no muy claro, pues no se da una definición, sino de una imprecisión voluntaria.

Poco tiempo después llegó el nuevo Código de Derecho Canónico, publicado por Juan Pablo II el 25 de enero de 1983, Esta nueva legislación pretende ser, según las palabras mismas de Juan Pablo II un gran esfuerzo por traducir a lenguaje canónico la doctrina eclesiológica conciliar.

¿Podía pasar desapercibido en esta legislación el nuevo concepto de matrimonio? Evidentemente que no. Por eso, el nuevo Código de Derecho Canónico constituye una auténtica revolución, en el sentido estricto de la palabra, un cambio radical.

El canon 1055, que define el matrimonio, se caracteriza por la falta de distinción entre los fines del matrimonio, por su desjerarquización y por la ausencia de subordinación del segundo al primero, con el agravante de que aquél que era tenido por secundario aparece nombrado en primer término:

“La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, está ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole”

Resulta interesante leer los comentarios sobre este punto de la Biblioteca de Autores Cristianos (B.A.C.):

“La finalidad de la alianza matrimonial viene indicada en el mismo párrafo: ordenada al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole. Supone un cambio, casi radical, en relación con la doctrina mantenida hasta el Concilio Vaticano II. El canon anterior establecía una clasificación jerárquica de los fines del matrimonio, distinguiendo entre fin primario y fines secundarios. Esta clasificación fue reformada en el documento conciliar (…) cuando se negó afirmar y establecer una categoría jerárquica de dichos fines…”

Para concluir, releamos este texto de Monseñor Marcel Lefebvre, tomado de su libro Carta Abierta a los Catolicos Perplejos:

En el caso del matrimonio, el problema se ha planteado igual. El matrimonio siempre se ha definido por su fin primario: la procreación; y por su fin secundario: el amor conyugal.

Pues bien, en el Concilio, quisieron cambiar esta definición y decir que ya no había un fin primario, sino que los dos fines que acabo de mencionar valen igual.

El que propuso este cambio fue el cardenal Suenens y aún me acuerdo cómo el cardenal Brown, superior general de los dominicos, se levantó para decir: «Caveatis, caveatis!: [¡Cuidado, cuidado!] Si aceptamos esta definición, vamos a ir contra toda la Tradición de la Iglesia y a pervertir el sentido del matrimonio. No podemos modificar las definiciones tradicionales de la Iglesia».

Entonces citó varios textos para apoyar su advertencia y se suscitó una gran emoción en la basílica de San Pedro. El Santo Padre le pidió al cardenal Suenens que moderara los términos que había empleado e incluso que los cambiara.

Pero de todos modos, la Constitución pastoral Gaudium et Spes no deja de tener un párrafo ambiguo, en el que se pone el acento en la procreación «sin subestimar por eso los otros fines del matrimonio».

El verbo latino posthabere se puede traducir: «sin colocar en segundo lugar los otros fines del matrimonio», que significa ponerlos a todos al mismo nivel.

Así es como quieren entender hoy el matrimonio, y todo lo que se dice de él tiene que ver con la falsa noción que expresaba el cardenal Suenens.

Según ella, el amor conyugal —que no ha tardado en llamarse simplemente y de manera mucho más cruda “sexualidad”— es el primero de los fines del matrimonio.

Consecuencia: en nombre de la sexualidad todo está permitido: anticoncepción, control de natalidad y, finalmente, el aborto.

Una mala definición basta para provocar un desorden total.

La Iglesia, en su liturgia tradicional, le hace rezar al sacerdote: «Señor, asistid con vuestra bondad a las instituciones que habéis establecido para la propagación del género humano…»

La Iglesia había escogido el trozo de la Epístola de San Pablo a los Efesios que precisa las obligaciones de los esposos y explica que sus mutuas relaciones son una imagen de las relaciones que unen a Cristo con su Iglesia.

Pero ahora, con mucha frecuencia, se invita a futuros esposos a que compongan su Misa, sin obligarlos a elegir una epístola de la Sagrada Escritura. Así que, en lugar de ese texto, pueden poner cualquier otro, o un pasaje del Evangelio que no tenga ninguna relación con el sacramento que van a recibir.

El sacerdote, en su sermón, procura no hablar de las obligaciones de los esposos, para no presentar una imagen poco atrayente de la Iglesia y, a veces, por no chocar a los divorciados que están en la ceremonia.

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b) Control de la natalidad:

1º) Píldora

Consideramos aquí las famosas píldoras anticonceptivas, o las llamadas pastillas anti-bebé, las píldoras del día siguiente, la conocida bajo el nombre de RU 486, la minipíldora, etc.

A ellas podemos equiparar, en sus efectos y juicio moral, las vacunas, los implantes subcutáneos que liberan en pequeñas dosis fármacos anticonceptivos, los anticonceptivos inyectables, y drogas que toman los hombres con el fin de disminuir la producción de espermatozoides o hacerlos desaparecer.

Antes de formular un juicio moral sobre las píldoras es preciso que conozcamos un poco su accionar:

Según el orden de la Naturaleza, en la mujer a partir de la pubertad, se inicia el proceso de ovulación, es decir de producción periódica de óvulos. El óvulo es la célula femenina que, fecundada por una célula masculina, el espermatozoide, da lugar al huevo o embrión, a un nuevo ser de la especie humana.

Una vez al mes, uno de ellos es liberado desde el ovario, y sigue todo un camino en el curso del cual podrá ser interceptado y fecundado por el espermatozoide.

El proceso de maduración del óvulo es comandado por la hipófisis que produce diversas hormonas, una de ellas llamada hormona folículo estimulante (FSH= Follicle Stimulating Hormone)que es la encargada de sacar de su letargo las células del ovario a fin de que crezca en él un folículo que es, de alguna manera, un capullo viviente en el cual está encerrado el óvulo hasta su desprendimiento, es decir, hasta que abandona el ovario y se dirige hacia una de las trompas de Falopio, donde ha de encontrarse con los espermatozoides para la fecundación.

Desde allí, ya fecundado —como huevo o cigoto— descenderá al útero donde se anidará en su pared interna (endometrio).

El folículo a su vez segrega otras hormonas que entre otras funciones tiene la de inhibir la hipófisis. Cuando la ovulación ha tenido lugar, se forma en la superficie del ovario una especie de pequeña glándula temporal denominada cuerpo amarillo, que produce la progesterona.

La progesterona es llamada también la “hormona de la maternidad” pues prepara el organismo de la madre para nutrir el óvulo fecundado.

Si el óvulo no es fecundado, el cuerpo amarillo detiene su secreción. Pero si hay fecundación, continúa su trabajo, que luego seguirán otras partes del organismo permitiendo así a éste retener y nutrir al nuevo niño, además de detener el proceso de la hipófisis de manera que esta no mande señales al ovario para una nueva maduración de óvulos durante los nueve meses que dura el embarazo y aún durante la lactancia del bebé…

Dios en su sapientísima providencia es quien ha previsto por medio de la naturaleza este maravilloso y complejo mecanismo para que de esa manera no se dé una nueva ovulación y el niño sea único en el seno materno y único también en el nacimiento.

De esta forma la progesterona protege la nueva vida en gestación y de allí el nombre que se le ha dado.

Pues bien, la anticoncepción hormonal, consiste en suministrar, por vía oral generalmente, cada día, o periódicamente, una dosis de productos químicos, variables según los tipos de píldoras, que reproducen esta propiedad de las hormonas naturales.

Los anticonceptivos orales producen en otras palabras, una simulación de embarazo, y, por consiguiente, casi siempre impiden la ovulación en la mujer, evitando así la posibilidad de un verdadero embarazo.

Al principio esos productos químicos se utilizaban para resolver problemas de infertilidad, pero luego se descubrió que bloqueando la ovulación actuaban como anticonceptivos y por eso recibieron el nombre de anovulatorios.

Señalemos desde ya algo importante que no es una hipótesis, sino una certeza científica: todas las píldoras actualmente en venta en el mercado, especialmente las más recientes, tienen además un efecto abortivo. ¡Todas!

No se trata de que produzcan esta acción de manera sistemática: el efecto central es impedir la ovulación, y en consecuencia la fecundación, pero en el caso de que, por cualquier circunstancia no lo logren y hubiera tenido lugar la fecundación, producen efectos más graves.

Las píldoras, en síntesis, atacan una u otra etapa del maravilloso procedimiento que la naturaleza, Dios mismo, ha previsto para la procreación en el género humano.

Las hay que producen su efecto a los 6 meses del embarazo…

Tienen sin embargo particular eficacia en las etapas iniciales de este proceso:

1º) ante todo la píldora impide la ovulación. Es su acción primera y podríamos decir que las modificaciones hormonales que producen son equivalentes a un comienzo de embarazo indefinidamente prolongado.

2º) Pero si se produjo la ovulación, la tarea de la píldora será la de interceptar el encuentro del espermatozoide y el óvulo, ya sea matando el espermatozoide o volviendo inhospitalario el medio que lo recibe.

3º) E incluso, si la fecundación se ha realizado, la píldora actuará demorando la llegada del óvulo fecundado, es decir, del embrión, al lugar donde debería implantarse, por afectar el lubricante natural del útero, lo que dificulta el pasaje de aquél y también lo debilita, produciendo su envejecimiento y haciendo imposible por ello su implantación.

4º) Supuesto que llegue el embrión al útero, la misma píldora ha producido también cambios sobre la pared del mismo modificándola —muchas veces por atrofia—, y volviéndola inepta para recibir el nuevo pequeño ser de algunos días. La fijación o “anidación” del embrión se hace imposible, y se produce lo que en lenguaje común se llama un verdadero aborto…

Es la cuarta “seguridad” que brinda, que permite la píldora…

Hoy por hoy, las píldoras anticonceptivas más que anovulatorios (evitar la ovulación) son entonces antianidatorias; dicho sin eufemismos, son “abortivas”.

Cabe preguntarse, ¿cuál es la frecuencia de los abortos producidos por las pastillas anticonceptivas?

Los expertos señalan que el índice de fracaso de las píldoras varía entre un 0,2 al 6 %, según las mujeres, las regiones, etc. De igual manera se ha comprobado que entre el 7 y el 10 % de los casos la píldora falla y es posible una fecundación (porque el efecto inhibidor no tuvo éxito). Todo esto hace que entre las usuarias habituales se de uno o dos abortos por año.

Dejando de lado este “suplemento de seguridad abortivo”, ¿qué juicio moral ha hecho la Iglesia sobre el uso de píldoras anticonceptivas?

La doctrina católica fue siempre clara y contundente. Nunca permitió ni podrá permitir el control de la natalidad por métodos artificiales.

Pío XI, en la Encíclica Casti Connubii, afirmó que esta doctrina “existe desde el principio y nunca fue abandonada”. Y el Santo Oficio condenó como “errónea y escandalosa” la tesis que consideraba probable la opinión que los tenía por lícitos.

Jamás la Santa Sede había ignorado los argumentos en favor de la contracepción artificial y cada vez que se le pedía un pronunciamiento era más precisa.

Durante veinte siglos, todas las iglesias cristianas los habían condenado. Es recién en el siglo veinte que se los consideró como algo permitido.

Los anglicanos en 1930, en su Conferencia del Palacio de Lambeth, fueron los primeros en afirmar la licitud de la Contracepción. La postura inicial, que sólo lo permitía en casos excepcionales, fue cambiando hasta no poner hoy en día ninguna objeción.

Hoy sólo la Iglesia católica los condena.

Una de las razones que invocaban era señalar que jamás el tema lo había definido ningún Concilio. Sin embargo, el Catecismo del Concilio de Trento le daba un mentís al declarar como “gravísimo pecado el de los que “unidos en matrimonio, impiden la concepción por medio de fármacos (medicamentis)” (“Catecismo de Trento”, p.2, c.VIII, nº13).

Es ante esta “brecha”, que se comienza a abrir en la doctrina multisecular, que Pío XI en la Encíclica “Casti Connubii”, promulga nuevamente la solemne y categórica sentencia, dando a entender que la doctrina no es novedad, sino que pertenece al depósito de la verdad católica en materia moral.

Los teólogos conocedores del pensamiento pontificio dirán que se trata de “una proclamación infalible”.

Dice el documento: “la Iglesia católica, en señal de su divina legación, eleva solemnemente su voz una vez más y promulga que cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen, se hacen culpables de un grave delito”

Poco antes señalaba que “ningún motivo, aunque sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza sea honesto y conforme con la misma naturaleza. Y puesto que el acto conyugal está destinado, por su misma naturaleza, a la generación de la prole, los que en el uso del mismo lo destituyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta…··Todo lo cual, verdaderamente está conforme con las severas palabras del Obispo de Hipona cuando reprende a los cónyuges depravados que procuran evitar la prole y, al no conseguirlo, no temen destruirla: «Alguna vez —dice— llega a tal punto la crueldad, que procura venenos de esterilidad, y si aún no logra su intento, mata y destruye en las entrañas el feto concebido, queriendo que perezca la prole antes que viva; o, si en el vientre ya vivía, matarla antes que nazca…»”.

En síntesis, el usar píldoras anticonceptivas con el fin inmediato y directamente querido de evitar los hijos es un acto intrínsecamente perverso, gravemente pecaminoso porque va contra la ley de Dios y contra la ley de la misma naturaleza.

2º) Días agenésicos

Retomamos el ya citado famoso Discurso de Pío XII al Congreso de la Unión Católica Italiana de Obstétricas, del lunes 29 de octubre de 1951.

Esta alocución de Pío XII se ha convertido en un texto de referencia respecto de los problemas sobre el uso de matrimonio en un momento donde la familia numerosa es difícil.

Recordando la santidad de la vida humana, el Papa compromete a las parteras a alentar el respeto de la moral cristiana en el matrimonio.

Pío XII recuerda, primero, que el fin principal del matrimonio es la procreación, y que los otros fines (apoyo mutuo para los cónyuges, sedación de la concupiscencia) deben subordinarse a él.

Indica, luego, que el acto conyugal siempre debe permanecer abierto a su fin; que la anticoncepción y la esterilización no son permitidas, ni por la ley natural, ni por la moral cristiana.

Pío XII explica, finalmente, por qué y cuándo el uso del matrimonio en los llamados períodos agenésicos es legítimo, enumerando cuatro condiciones convertidas hoy en “clásicas”.

Para concluir, el Papa invita al “heroísmo de la continencia absoluta”, en lugar de violar la ley de Dios.

Este texto es una enseñanza clara y concisa de la enseñanza de la Iglesia en materia conyugal.

La clara y terminante doctrina de Pío XII puede ser resumida, con sus propias palabras, en cinco principios y siete conclusiones:

Principios:

1º) El matrimonio obliga a un estado de vida que, del mismo modo que confiere ciertos derechos, impone también el cumplimiento de una obra positiva que mira al estado mismo.

El contrato matrimonial, que confiere a los esposos el derecho de satisfacer la inclinación de la naturaleza, les constituye en un estado de vida, el estado matrimonial; ahora bien, a los cónyuges que hacen uso de él con el acto específico de su estado, la Naturaleza y el Creador les imponen la función de proveer a la conservación del género humano. Esta es la prestación característica que constituye el valor propio de su estado, el bonum prolis.

2º) Todo atentado de los cónyuges en el cumplimiento del acto conyugal o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, atentado que tenga por fin privarlo de la fuerza a él inherente e impedir la procreación de una nueva vida, es inmoral; y ninguna “indicación” o necesidad puede cambiar una acción intrínsecamente inmoral en un acto moral y lícito.

3º) El sólo hecho de que los cónyuges no violan la naturaleza del acto e incluso están dispuestos a aceptar y a educar al niño que, a pesar de sus precauciones, llegaría al mundo, no es suficiente por sí mismo para garantizar la rectitud de las intenciones y la moralidad indiscutible de estas mismas razones.

4º) Una prestación positiva puede ser omitida si graves motivos, independientes de la buena voluntad de aquellos que están obligados a ella, muestran que tal prestación es inoportuna o prueban que no se puede pretender equitativamente por el acreedor a tal prestación (en este caso el género humano).

5º) De esta prestación positiva obligatoria pueden eximir, incluso por largo tiempo y hasta por la duración entera del matrimonio, serios motivos, como los que no raras veces existen en la llamada “indicación” médica, eugenésica, económica y social.

Conclusiones:

I) Abrazar el estado matrimonial, usar continuamente de la facultad que le es propia y sólo en él es lícita, y, por otra parte, substraerse siempre y deliberadamente sin un grave motivo a su deber primario, sería pecar contra el sentido mismo de la vida conyugal.

II) Si el recurso a los períodos de esterilidad natural (períodos agenésicos de la mujer) no quiere significar otra cosa sino que los cónyuges pueden hacer uso de su derecho matrimonial también en los días de esterilidad natural, no hay nada que oponer. Con esto, en efecto, aquellos no impiden ni perjudican en modo alguno la consumación del acto natural y sus ulteriores consecuencias.

III) Si, en cambio, se va más allá, es decir, se permite el acto conyugal exclusivamente en aquellos días, entonces la conducta de los esposos debe ser examinada más atentamente:

A) Si ya en la celebración del matrimonio, al menos uno de los cónyuges hubiese tenido la intención de restringir a los tiempos de esterilidad el mismo derecho matrimonial y no sólo su uso, de modo que en los otros días el otro cónyuge no tendría ni siquiera el derecho a exigir el acto, esto implicaría un defecto esencial del consentimiento matrimonial que llevaría consigo la invalidez del matrimonio mismo, porque el derecho que deriva del contrato matrimonial es un derecho permanente, ininterrumpido, y no intermitente, de cada uno de los cónyuges con respecto al otro.

B) Si en cambio, aquella limitación del acto a los días de esterilidad natural se refiere, no al derecho mismo, sino sólo al uso del derecho, la validez del matrimonio queda fuera de discusión.

IV) Sin embargo, la licitud moral de tal conducta de los cónyuges habría que afirmarla o negarla según la intención de observar constantemente aquellos tiempos:

A) Si estuviera basada sobre motivos morales suficientes y seguros, es lícito.

B) Si no estuviera basada sobre motivos morales suficientes y seguros, es ilícito.

V) De aquí se sigue que la observancia de los tiempos infecundos puede ser “lícita” bajo el aspecto moral; y en las condiciones mencionadas es realmente tal.

VI) Pero si no hay, según un juicio razonable y equitativo, tales graves razones personales o derivantes de las circunstancias exteriores, la voluntad de evitar habitualmente la fecundidad de la unión, aunque se continúe satisfaciendo plenamente la sensualidad, no puede menos de derivar de una falsa apreciación de la vida y de motivos extraños a las rectas normas éticas.

VII) Si los esposos no tienen motivos válidos para limitar o espaciar los nacimientos y usan del matrimonio limitándolo a los días infecundos, ellos están en regla con la ley del acto conyugal, pero no lo están respecto de la ley del estado matrimonial.

No es suficiente, por lo tanto, que el método utilizado sea conforme a la naturaleza.

Su práctica es contraria a las rectas normas éticas, y constituye un pecado.