Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

Capítulo II

Obstáculos en la formación del carácter

joven

Podríamos resumir los obstáculos en la formación del carácter en los siguientes, la mayoría ya señalados:

— El miedo al «qué dirán».

— La pasión o defecto dominante. En cada joven hay una o dos pasiones grandes o defectos capitales. Descubrir estas pasiones y tenerlas a raya, he aquí el camino seguro en la formación del carácter. No pierdas el tiempo en la extirpación de faltas pequeñas. Sujeta la pasión dominante; después vencerás con facilidad las restantes. En un joven, por ejemplo, el defecto capital es la comodidad, y por eso siempre anda huyendo del trabajo; en otro, es la gula; en un tercero, la charla continua; en otro, la ira precipitada, o el amor propio exagerado, la testarudez. Todos estos defectos son otros tantos focos de rebeldía en tu alma. Si no los sujetas a tiempo, muy mal te saldrá la partida.

— Paciencia en la propia autoeducación. Se requieren largos años. — Falta de conocimiento de sí mismo. La vida agitada hace que el joven no disponga nunca de ratos de silencio, de reflexión, o de desarrollo de su espíritu, no se conoce y no puede ir creciendo en el espíritu.

¿Conoces la ley de la cristalización? Sabrás entonces que si en un líquido saturado, en que hay diferentes materias diluidas, y las moléculas están entremezcladas, ponemos un pequeño cristal, de éste emana una misteriosa fuerza de atracción, y lentamente va atrayendo todas las moléculas que tengan la misma naturaleza que el cristal. El cristal se hace cada vez mayor, y si nada estorba durante algunos meses ese lento proceso de cristalización, se convertirá en magnífico cristal el pequeño trozo allí colocado. Pero, nótalo bien: si en la cristalización no hubo estorbo. De lo contrario, si no existe la tranquilidad adecuada, se formarán unos cristales contrahechos.

Un proceso análogo ocurre en la cristalización del espíritu. Si los pensamientos de tu alma son siempre nobles, elevados, generosos, entonces éstos, como por una especie de afinidad química, irán levantando en el fondo de tu alma otros pensamientos semejantes; y si en los años de juventud prosigue en ti este estado, los buenos anhelos formarán una personalidad armónica y equilibrada.

Pero si el joven pone estorbos a la cristalización tranquila del espíritu, con frecuentes caídas en el pecado, la personalidad será desequilibrada.

La mala hierba

Contempla un campo de trigo en el mes de mayo. Entre el sembrado, fresco y tierno, levanta su cabeza un tallo seco, la cizaña, alguna mala hierba. Todavía no son peligrosas, hasta parecen brotes inocentes y sin importancia; pero, a medida que crezcan, se volverán más espinosos y más duros.

Joven: tú también estás en la primavera de tu vida, y también has podido notar en el sembrado de tu alma el tallo de la mala hierba. Tus malas costumbres, tu terquedad… tu defecto dominante no eran tan manifiestos durante la niñez, pero a medida que van desarrollándose, si no luchas contra ellos, se volverán cada vez más espinosos y más difíciles de quitar.

¿Qué será de ti si no entablas esta lucha? Tu cuerpo sigue creciendo y desarrollándose pero el alma se te queda raquítica. La mala hierba se desarrolla en ti con gran empuje; bien sabes que no necesita ningún cuidado, pero el sembrado de trigo, las buenas cualidades, se mueren, se ahogan bajo la mala hierba que crece en abundancia.

Este joven, si le mandan algo en su casa, contestará de malas maneras. Si hay algo que le disgusta, cerrará la puerta con un ruido que parece un cañonazo. Si se le rompe el cordón del zapato, soltará una palabrota. Si tropieza con otro, despotricará contra él. En una palabra, será un hombre «inaguantable».

Malas hierbas hay en todas las almas, pero el joven de carácter no les deja tiempo para que cobren fuerzas, sino que rápidamente las extermina con vigilancia y lucha continua. Esta lucha continua es lo que llamamos el combate de la propia educación.

El combate del alma

En el alma, pues, hay una lucha continua entre el bien y el mal. Apenas contabas cinco o seis años y ya sentiste los primeros movimientos del enemigo. Sentiste algo en ti que te empujaba hacia el mal. Un peso de plomo que trata de hundirte en el abismo, en el abismo sin fondo de la ruina moral. Una terrible herencia, la inclinación al mal, consecuencia del pecado original.

Por esto el hombre se inclina más al mal que al bien. Esto lo conoces de sobra por propia experiencia.

Conocemos los ideales sublimes que Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó, nos entusiasmamos con ellos, quisiéramos vivirlos… Pero, ¡cuántos obstáculos se levantan…!

Observo dentro de mí un choque trágico. El bien agrada, pero el pecado tiene sus alicientes. La vida según el ideal atrae hacia las alturas; pero el pecado tira hacia abajo. Esta lucha nos hace preguntarnos: ¿cómo es tan difícil ser bueno y tan fácil ser malo?

«En todo hombre hay un santo y un criminal», dijo Lacordaire. El criminal va adquiriendo fuerzas en tu interior por sí mismo y crece aunque no lo cuides; pero para ser santo es necesario una labor perseverante y ardua en la educación de sí mismo.

Y ¿sin sacrificio? 

No se puede ser hombre de carácter, aspirar a un alto y generoso ideal, sin sacrificio. «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mt 16,24), te dice Jesús. Quien quiera estar con Él en el cielo no ha de abandonarlo en el camino pedregoso de la cruz.

Para tener voluntad hace falta cierta ascesis. De quien nunca se priva de una cosa lícita no se puede esperar que rehuse todas las prohibidas. La palabra «ascesis» significa originalmente «elaboración final»; tal como la entendían los griegos: aquella vida de preparación, de pulimento y de sacrificio con que se disponían los atletas a las olimpiadas. El hombre de carácter también es resultado de una lucha, de un combate. Sin sacrificio ni abnegación no se puede lograr nada grande en esta tierra.

En la vida todo el mundo hace sacrificios; la diferencia estriba tan sólo en el motivo por el que lo hacen. Piensa, por ejemplo, en el avaro, como vive miserablemente, como se sacrifica por ahorrar, para este fin ahoga todos sus deseos, vive sin alegrías y sin amigos. Y todo esto para amontonar dinero.

Nada se nos da gratis en este mundo. Quien desea labrar una estatua ha de quitar mucho del tosco bloque de mármol; y quien quiera moldearse a sí mismo y hacer una obra maestra de su persona, ha de pulirse sin descanso.

Le preguntaron a Zeuxis por qué trabajaba con tanta diligencia en sus cuadros: «Porque trabajo para la eternidad», contestó.

Joven: cuando trabajas por tu alma, trabajas para la eternidad. ¿Encontrarás excesivo trabajar por tu alma?

Continuará…