Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 18ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

DECIMOCTAVO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Subió Jesús en una barquilla, atravesó el lago y llegó a la ciudad. Presentáronle aquí a un hombre paralítico postrado en una camilla. Y Jesús, viendo la fe de ellos, le dijo: Confía, hijo, tus pecados te son perdonados. Entonces algunos de los fariseos dijeron en su interior: Este hombre blasfema. Y como viese Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué cosa es más fácil decir, te son perdonados tus pecados, o levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, dijo entonces al paralítico: levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Y se levantó y se fue a su casa. Las turbas al ver este prodigio, se llenaron de temor y dieron gracias a Dios, que dio tal poder a los hombres.

Después de sus correrías evangélicas por la Galilea, vuelve Jesús a Cafarnaúm.

El milagro, objeto del Evangelio de hoy, es de los más clamorosos obrados por Jesús, diríamos que asiste a él toda una ciudad y las clases dirigentes de la misma.

En él se revela Jesús tal como es: Dios omnipotente, perdonador de pecados, escrutador de corazones, dueño de la vida y de sus fuerzas.

El espectáculo de la bondad, del poder y de la sabiduría de Jesús es siempre provechoso a nuestro espíritu. Todas estas amables cualidades del divino Maestro se muestran espléndidamente en la curación del paralítico de Cafarnaúm.

Por eso todas nuestras reflexiones deben orientarse a seguir, paso a paso, la narración que de este prodigio hacen los tres Evangelistas sinópticos.

Al fin del primer año de su vida pública, recorrió Jesús la Galilea predicando el Reino de Dios y obrando milagros. Terminada esta especie de misión, volvió otra vez a su ciudad, Cafarnaúm, que era como el centro de sus excursiones evangélicas. Allí se recogería, como en otras ocasiones, en casa de San Pedro.

La fama de los numerosos y grandes prodigios obrados por Jesús durante su misión por la Galilea había llegado a Cafarnaúm, ya conmovida por los anteriores episodios; el pueblo acude en masa a ver y oír al Maestro y a ser testigo de nuevas maravillas, de modo que no cabían ni aun delante de la puerta; repleta de la casa y zaguán, la multitud rebosa por la calle y sitios adyacentes.

Contrasta el afán de la turbamulta con la tranquila actitud de Jesús, en el interior de la casa, sentado, como corresponde a un doctor, anunciando la palabra, predicando su Evangelio.

Entre los oyentes estaban sentados también muchos escribas y fariseos, venidos de todas las aldeas de Galilea, de Judea e incluso de Jerusalén; escudriñando como siempre sus palabras y acciones, pues no habían podido substraerse de la conmoción popular, y comprendían que no se trataba de un magisterio meramente humano como el suyo…

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Estaba hablando Jesús cuando ocurrió un hecho que dio lugar al prodigio del Salvador que hoy nos recuerda la Iglesia por medio de la Sagrada Liturgia: llegaron a la casa cuatro hombres, llevando sobre una camilla a un paralítico, para que Jesús le sanase.

Por mucho que se empeñaron en introducir al enfermo por la puerta de la casa, todo fue inútil, a causa de la inmensa muchedumbre allí aglomerada.

Para lograr su intento, se les ocurrió una idea peregrina, que pusieron inmediatamente en ejecución.

Las casas en Palestina se reducían a una pieza espaciosa encerrada entre cuatro paredes, un piso de tierra, y un techo formando con ramas de árboles cubiertas de tejas o, a lo menos, de tierra. El techo o azotea no tenía comunicación con el interior de la casa; para subir a él estaba dispuesta una escalera exterior.

Por esta escalerilla, subieron al techo los cuatro hombres que llevaban al paralítico. Dejando al enfermo a un lado, se dirigieron al centro, quitaron de allí la tierra o las tejas, apartaron las ramas y, abierto el boquete, descolgando por él al paralitico, lo pusieron en medio de la pieza, delante de Jesús.

Es fácil imaginarse la sorpresa y aun la indignación de los asistentes al ver la osadía de aquellos hombres.

Los sentimientos del Corazón de Jesús fueron muy diferentes: ni se extrañó, ni se indignó. Al contrario, al ver la fe y la confianza de aquellos hombres, así del paralítico como de los camilleros, se conmovió; y dirigiéndose al enfermo con inefable ternura, que abriría su corazón a la esperanza, le dijo: Confía, hijo.

En efecto, son dos palabras que abren a la esperanza el pecho del desgraciado, el cual volvería los ojos al Salvador para expresarle su gratitud y suplicarle humildemente le restituyese la salud.

Hasta aquí, nada que no tuviese sus antecedentes en los milagros obrados hasta entonces por Jesús.

Pero habrá algo mayor… Confía, hijo; ánimo, que vas a conseguir todavía más de lo que pides; pides la salud del cuerpo, y te vas a encontrar también con la del alma.

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He aquí que Jesús, elevándose a un orden superior y remontándose a inmensa altura sobre las esperanzas del paralítico y sobre los pensamientos de los Escribas y Fariseos, dijo al enfermo: Te son perdonados tus pecados.

Al oírse estas palabras, jamás oídas en Israel, la escena, hasta entonces apacible, súbitamente se tornó tempestuosa.

Los escribas y fariseos, frunciendo el ceño y retorciendo la mirada, comenzaron a pensar en su corazón y luego a murmurar entre sí: ¿Qué es lo que dice? ¿Y quién es éste que así blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?

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Los escribas y fariseos dicen que Cristo blasfema porque se arroga lo que es propio de Dios: perdonar pecados.

Conocían bien lo que dice Isaías: Yo soy el que borro sus iniquidades. Pero no se acordaban de lo que San Juan Bautista había anunciado: He esquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo.

Y discurrían de este modo: este renuncia a curar el cuerpo, lo cual sería manifiesto, y dice curar el espíritu, lo que sucede en lo imperceptible. Es claro que, si pudiese, habría curado el cuerpo y no se hubiese refugiado en lo escondido.

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Con su natural perspicacia, y más con su divina penetración, Jesús se hizo cargo perfectamente de la situación. Comprendió que las palabras de sus adversarios equivalían a un argumento con que querían convencerle de impiedad y blasfemia: “Los pecados sólo Dios puede perdonarlos. Éste se arroga la potestad de perdonarlos. Luego, prácticamente se hace Dios; con lo cual queda declarado impío y blasfemo”.

El argumento con que Jesús respondió al de sus adversarios, merece toda nuestra atención.

La objeción de los Fariseos podía solventarse de dos maneras:

 O negando el principio o postulado de que sólo Dios pueda perdonar los pecados;

 O negando el hecho de que Jesús propiamente los perdonase.

Otro que no fuera Jesús, otro que no fuera Dios, no podía responder de otra manera.

 O debía responder: “También los hombres pueden, en nombre de Dios, perdonar los pecados”.

 O bien: “Yo propiamente no perdono los pecados, sino sólo declaro, como delegado de Dios, que los pecados son perdonados”.

Jesús no responde así. Al contrario, concediendo tácitamente el principio de que sólo Dios puede, en efecto, perdonar los pecados, se atribuye a sí mismo, con toda propiedad y con exclusión de todo otro hombre sobre la tierra, lo potestad divina de perdonarlos.

Recoge, pues, la acusación de sus adversarios y, lejos de atenuarla, más bien la refuerza y la pone de relieve.

Oigamos y admiremos su defensa:

La potestad de perdonar los pecados no puede comprobarse directamente en sí misma o por sus efectos visibles, palpables, que no existen.

Pero existen otras potestades, igualmente divinas, que pueden comprobarse, como es el poder de obrar milagros. Potestad que, si bien alguna vez comunica Dios al hombre, sólo en Dios reside en su plenitud soberana e independiente; y así lo va a manifestar Jesús.

Esta potestad presenta Nuestro Señor a sus adversarios como título o comprobación de la primera.

Con actitud de seguridad, se dirige a los Escribas y Fariseos: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?

Como si dijese: ¿Qué malos pensamientos y malos razonamientos son esos que revolvéis en vuestro corazón? Suponéis, y suponéis muy mal, que yo no soy Dios, y que, por tanto, no tengo potestad para perdonar pecados.

Pues entended que sí la tengo, como Dios que soy. ¿Os parece esto blasfemia? ¿O será acaso blasfemia que Dios se presente como Dios? ¿Deseáis pruebas de lo que digo?

Cosa fácil es, sin duda, decir, a un paralítico: Te son perdonados tus pecados. Pero decirle: Levántate, toma fu camilla y anda, ¿os parecerá igualmente fácil?

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Es una pregunta ceñida, gravísima por su contenido teológico, llamando por este procedimiento la atención de los escribas, maestros de la doctrina divina: ¿Qué es más fácil, decir…?

Aquí el verbo decir está puesto no para significar palabras, sino, para significar solamente acciones.

Si sólo significara palabras, tan fácil es decir te son perdonados los pecados como levántate y anda.

Pero, si significa acciones: ¿Qué es más fácil hacer, perdonar sus pecados al paralítico…, o sanarlo de su parálisis?

Mucho más difícil es perdonar pecados que curar a un paralítico. Como afirma San Agustín, es más difícil justificar al hombre que crear el cielo y la tierra.

Pero, como en el milagro de hoy se trata de palabras seguidas de su efecto visible, en este sentido es más difícil decir levántate y anda que decir se te perdonan los pecados, porque los presentes no pueden ver si efectivamente se han perdonado los pecados, y, en cambio, no pueden dejar de observar que el paralítico se levanta y anda, o, por el contrario, queda postrado en su camilla.

En efecto, cuando se trata de perdonar, la autoridad del que lo dijese no puede sufrir menoscabo, pues no se puede comprobar. En cambio, tratándose de curar milagrosamente, sí que se pone a riesgo dicha autoridad.

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Lo que Jesucristo pretendió demostrar fue que era digno de crédito. Y lo consigue con el milagro, que es más difícil de probar visiblemente, con su resultado o efecto.

Es como si dijeran: Si no engaño cuando digo levántate y anda, donde es más difícil probar la verdad, ¿por qué no habéis de creerme cuando aseguro que le son perdonados los pecados?

De este modo, por una cosa que puede comprobarse externamente se granjea el crédito para otra cosa que no puede probarse por el efecto sensible.

La respuesta a la cuestión planteada por Nuestro Señor era, pues, obvia: para curar instantáneamente a un paralítico, con un solo acto de imperio, se requiere el poder de Dios, igual que para perdonar los pecados.

Es claro que es más fácil fortalecer el cuerpo del paralítico; pues cuanto más noble es el alma que el cuerpo, tanto más excelente es la absolución de los pecados. Pero como aquello no lo creéis, porque está oculto, añadiré lo que es de menos importancia, pero más ostensible, a fin de que por ello se demuestre lo que está oculto.

Como si dijera: vosotros decís para vuestros adentros que soy blasfemo, porque digo que perdono los pecados; verdad que es efecto espiritual e invisible, que podría no ser cierto, porque escapa a los humanos ojos; pero, en confirmación de él, yo voy a hacer un milagro muy visible, para el que se necesita también todo el poder de Dios.

En ese momento, con toda la majestad de un Dios que habla, seguro de la eficacia irresistible de su palabra, dirigiéndose primero a los escribas y luego al paralítico, primero con severidad y luego con inefable dulzura, dijo: Pues, para que sepáis vosotros que yo tengo en la tierra potestad de perdonar los pecados, tú, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

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Aunque el poder de sanar el cuerpo y el poder de perdonar los pecados sea realmente uno mismo, sin embargo, entre el decir y el hacer hay gran diferencia.

El milagro, que se verifica en el cuerpo, no es más que un símbolo del que se opera en el espíritu.

El efecto de la palabra de Jesús es total; le dice que se levante, y él se levantó; y rápido, instantáneamente, al punto… Y el milagro es sobreabundante, porque no sólo le da el movimiento de que estaba privado, sino fuerzas para cargar con el lecho que le llevaba a él…

Y, tomando la camilla en que yacía, a la vista de todos, para que nadie pudiera llamarse a engaño, atravesando las compactas multitudes que llenaban la casa y sus aledaños, se fue a su casa, dando gloria a Dios, que tan pródigo había sido con él y que en su alma y cuerpo había manifestado tan clamorosamente su poder.

Todos los circunstantes vieron atónitos cómo el paralítico se levantó y tomó su camilla sobre sus hombros.

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San Jerónimo dice que sólo el que puede perdonar los pecados, puede saber si efectivamente el paralítico quedó perdonado; mientras que el que anda, así como los que le veían andar, pueden tan sólo dar testimonio de las palabras: Levántate y anda.

El Señor certifica la cura del espíritu por la del cuerpo; demostrando por lo visible lo invisible, lo más difícil por lo más fácil, aunque no lo crean ellos así. Porque los fariseos suponían más difícil sanar el cuerpo, como cosa manifiesta que es, y más fácil la cura del espíritu, como invisible que es la medicina.

Jesús les demostró su gran poder, diciéndoles que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados y, por consiguiente, que era igual al Padre. Puesto que el Hijo del hombre no necesitaba del poder de otro para perdonar los pecados, los perdonaba con el suyo propio.

Los escribas y fariseos pensaban que sólo Dios puede perdonar pecados, y que Cristo ciertamente no era Dios.

Nuestro Señor les prueba que es Dios y que también, como hombre, perdona pecados. No como un hombre cualquiera, sino como Hombre Dios.

Esta fuerza tienen aquellas palabras: Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados

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Jesús, lejos de disipar las sospechas de los fariseos, que pensaban que sus palabras las había dicho realmente como Dios, las confirma.

Si no fuera igual al Padre, hubiera dicho estoy muy lejos de tener poder para perdonar los pecados.

Pero no fue así, sino que afirmó todo lo contrario, con sus palabras y con sus milagros.

El Salvador demostró que puede hacer ambas cosas; y les dijo, obrando el milagro: curando el cuerpo, que aunque os parezca más difícil es en realidad más fácil, yo os mostraré la curación del espíritu, que es la que verdaderamente ofrece dificultad; puesto que desconfiáis de las palabras, consumaré la obra que ha de confirmar lo invisible.

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Decían los testigos del prodigio: Jamás hemos visto maravilla semejante. Y era verdad; pues jamás tampoco habían visto otro hombre semejante, tan bondadoso de Corazón y tan poderoso en obras y en palabras, tan hombre y, a la vez, tan Dios.

Quedaron atónitos todos los testigos del hecho estupendo, conocida como sería de todos la imposibilidad física del feliz curado. El estupor les obligaba a dar gloria a Dios, que así revelaba su poder y misericordia. Sólo escribas y fariseos, por lo que de su conducta posterior se colige, quedaron pensativos y confusos.

Sin embargo, los hombres que presenciaron este hecho no le dieron la verdadera interpretación; porque tendrían que haber comprendido que era el Hijo de Dios; pero no quisieron creer que Jesús fuese superior a todos los hombres y que era el verdadero Hijo de Dios.

Para quienes no son de buena voluntad, como les sucedió a los escribas y fariseos, no sirve todo ello más que para exacerbar el odio y rencor contra el Hijo de Dios y su obra.

La historia de la Iglesia está llena de escribas y fariseos que, en nombre de la verdad falseada, de la ciencia vana, del progreso material, de los derechos del hombre, la han impugnado con todas las armas, las de la política, las de la guerra, las de la insidia, las del libro, las de la cátedra, etc., y, desde hace más de un siglo, las del modernismo religioso, hoy conciliar…

Y por esa razón, porque no creen en Jesucristo y en su Iglesia, permanecen en su pecado y están paralizados…