SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO XI

Cor mundum crea in me Deus, et spiritum rectum innova in visceribus meis

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Cread, Dios mío, un corazón puro en mí, y renovad el espíritu de rectitud en mis entrañas

¿Qué puedo yo sin Vos, Señor mío? Todos mis esfuerzos son vanos e inútiles; y aunque yo tuviese el poder de todos los grandes de la tierra, faltándome vuestra gracia, seré la más pobre de todas las criaturas. Pero Dios mío, si os dignáis de crear en mí un corazón puro, y de renovar el espíritu de justicia, y de virtud en lo íntimo de mi alma, poseeré un tesoro mayor, y más estimable que todos los bienes del mundo. ¡Oh qué felicidad, sentir la propia conciencia quieta y desembarazada de todos los remordimientos que acompañan y siguen al pecado! ¡Qué felicidad, sentir el corazón libre de las pasiones que sin cesar le agitan, y le ponen en una inquietud que no puede aquietar! ¡Qué felicidad estarse escondida debajo de las alas de la providencia, y gozar allí el descanso de los Bienaventurados como un tierno infante que duerme entre los brazos de su madre! ¡Qué felicidad recibir los bienes y los males que tejen la tela de esta vida, con un rostro siempre igual! Está firme sin vana filosofía, constante sin soberbia, agradable sin lisonja, humilde sin bajeza, caritativa, sin ostentación, devota sin hipocresía, virtuosa sin vanidad, compasiva sin flaqueza, y buena sin otro fin que el de hacer el bien.

¡Qué felicidad estar siempre dispuesta para consolar, aconsejar y ayudar al próximo! ¡Sufrir con paciencia las mortificaciones que se nos dan, sin examinar si lo merecemos o no, sin oponernos a los que nos las causan, sin buscar escusas, ni pretender que nos valga la razón, recibiéndolo toda con tranquilidad y continuando en gozar dentro de nosotros mismos las consolaciones interiores de la buena conciencia! Estos son los efectos que produce la pureza de corazón y el espíritu de justicia y de virtud. Estos son los frutos de una alma purificada, que posee a su Dios, que no está sino en Dios, que ya no vive en sí misma, sino en Dios.

¡Oh efectos saludables, efectos que obráis la salud eterna! daos a sentir tan vivamente en lo profundo de mi corazón, que pueda yo juzgar que es agradable a los ojos de mi Señor, efectos que podéis trocar mi mal natural, y hacerme tan buena, como fui mala hasta ahora; obrad en mí el bien, no me neguéis vuestro celestial socorro. Dios mío, cread en mi un corazón puro, y renovad en lo íntimo de mi alma el espíritu de justicia y de virtud, para que produzca buenos frutos, y que mi penitencia sea verdadera, ni la dilate más; entre animosamente en la palestra, y que las espinas de que me parece que está sembrada, no me puedan obligar a retroceder, no volver atrás. ¡Ah! que si yo logro adelantarme no obstante estas dificultades aparentes, gustaré inexplicables dulzuras. El espíritu halla dificultad en resolverse a un viaje, donde imagina que no hay sino penalidades; el cuerpo se resiste, porque allí no ve sino mortificaciones. ¿Pero qué? ¿He de ser siempre esclava de mí espíritu, y de mi cuerpo? Estos son unos ciegos, que me arrastrarán al precipicio, si quiero seguirlos. ¿Y no deberé yo tomar una guía sabia e ilustrada, cuando sólo se trata de seguir dos caminos, que el uno lleva al Cielo, y el otro al infierno? Ello no hay medio, no hay que buscar mitigaciones: o Cielo, o Infierno; o felicidad eterna, o el eterno cúmulo de penas y de tormentos. ¿Por ventura sería posible, que por tan poco tiempo que me queda de vida, quisiese yo excusar una penitencia, que nunca es temprano para comenzarla? ¿Y qué cosa tan ardua es esta penitencia, que para animarme a ella necesite tantas razones? Ella es en este mundo un gusto anticipado del Paraíso.

¡Ay alma mía! Tú estás en un error grande, juzgando que la penitencia no tiene sus dulzuras. La tienes más verdaderas mil veces que todos los deleites vanos del mundo. Ella está inflamada con un amor celestial, que nos hace ligeras las cruces más pesadas, de tal manera que el alma desea que no se las escaseen, pide el padecer de la gloria de su Dios, y para probar su resignación en sus santas voluntades. ¡Ah mi dulce Jesús! (exclama) no me las escaseéis, hacedme participante de vuestra penas, yo no deseo sino espinas, y Vos no me ofrecéis sino rosas.

¡Ah Señor mío! Cuando me hayáis concedido la gracia, que tan ardientemente deseo de criar en mí un corazón puro y renovar en lo íntimo de mi alma es espíritu de justicia y de virtud, se me quitará la timidez, y cumpliré vuestra voluntad sin repugnancia. No me neguéis esta gracia inefable; Vos veis toda mi malicia, y sabéis que temo alguna vez, no sea tan fuerte vuestro llamamiento, que me arranque de los embelesos y vanidades que me detienen. No atendáis, Creador mío, a mi dureza, aunque yo no quiera Dios mío, aunque yo no quiera, hacedme el bien que no merezco. Dignaos de hacerme objeto de vuestras misericordias, sacadme de en medio de la grande Babilonia, como el Ángel, que por vuestro mandamiento llevó al Profeta, y le transportó a aquel campo lleno de huesos, y de esqueletos.

Hacedme entrar en la consideración terrible de mi última hora, y de lo que se sigue a este último momento. En fin, Dios mío, cread en mí un corazón puro y renovad en lo íntimo de mi alma el espíritu de justicia y de virtud, para que yo siga vuestros caminos, y antes muera que me aparte de ellos.