Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 17ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

DOMINGO DECIMOSÉPTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo se llegaron a Jesús los fariseos, y uno de ellos, doctor de la Ley, le preguntó para tentarlo: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Jesús le respondió: Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Éste es el principal y primer mandamiento. El segundo es semejante a éste, y es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos está cifrada toda la Ley y los Profetas. Estando aquí juntos los fariseos, Jesús les hizo esta pregunta: ¿Qué os parece a vosotros del Cristo?, ¿de quién es hijo? Le dicen: De David. Les replicó: Pues ¿cómo David, en espíritu profético, lo llama su Señor, cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra, mientras tanto que yo pongo tus enemigos por peana de tus pies? Pues si David lo llama su Señor, ¿cómo es su hijo? A lo cual nadie pudo responderle una palabra; ni hubo ya quien desde aquel día osase hacerle más preguntas.

Pues ¿cómo David, en espíritu profético, lo llama su Señor, cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi diestra, mientras tanto que yo pongo tus enemigos por peana de tus pies? Pues si David lo llama su Señor, ¿cómo es su hijo?

Los fariseos se habían aproximado a Jesús con propósitos hostiles queriendo embarazarle con preguntas o buscar alguna acusación para desacreditarlo ante el pueblo.

Jesucristo interroga a los fariseos, primero para hacerles comprender que estaban distantes de conocerlo como ellos se imaginaban y que había muchas cosas que ignoraban, algunas importantes y capitales.

La idea exagerada que tenían de su ciencia era uno de los principales obstáculos que les impedía reconocer en Jesús al Mesías anunciado, porque se habían hecho de él una falsa idea y no querían reconocer su error, creyendo que gentes tan sabias como ellos no podían engañarse.

También los interroga a fin de instruirles para darles luces y que pudiesen resolver la cuestión propuesta.

Tal era el objeto del Salvador al preguntar a los fariseos: ¿Qué pensáis del Mesías? ¿De quién es hijo?

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Por la situación en que ponen este pasaje los sinópticos, aunque algo diversa en San Mateo y San Marcos de San Lucas, todo hace suponer que pertenece a la última estadía de Cristo en Jerusalén.

La escena sucede en el templo; Jesús debe de estar en uno de los grandes pórticos; los fariseos están reunidos en torno a Él, cuando Jesús, dirigiéndose a ellos, les hace la pregunta sobre el Mesías, de profundo sentido doctrinario: ¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David por descendencia de origen?

No solamente decían esto los escribas, que eran fariseos, sino también la misma Escritura, y era la creencia popular.

Que el Mesías sería descendiente de David está enseñado en la Sagrada Escritura en numerosos pasajes; y en el ambiente popular el título de “Hijo de David” era el nombre más usual para designar al Mesías.

Y frente a esta enseñanza y a esta creencia, Jesucristo presenta, como una objeción, basándose para ello en un salmo, y por tanto inspirado en el Espíritu Santo: ¿Cómo David llama al Mesías “Señor”, si éste es su hijo y descendiente?

San Jerónimo dice que es llamado Señor por David, no por haber nacido de él, sino porque, nacido del Padre, subsistió siempre, anticipándose a su padre según la carne. Y le llama su Señor, no por error de duda, ni por su propia voluntad, sino porque así se lo dicta el Espíritu Santo.

De donde se deduce que, si Jesucristo pregunta de esta manera sobre la filiación del Mesías, es que su pregunta tiene un intento especial.

Con este interrogatorio, Jesucristo pretende hacer ver que la simple enseñanza de los escribas y fariseos, que sólo hacían al Mesías descendiente de David por la carne y la sangre, no bastaba para valorar su naturaleza. Apela a la Escritura y les orienta, con su certera pregunta, hacia la trascendencia y divinidad del Mesías.

La misma argumentación hace verlo. David llama al Mesías su Señor. Esto podía hacerlo porque, aunque era su descendiente, la dignidad mesiánica era superior a la simple realeza davídica.

Tan evidente es ésto, que Nuestro Señor enseña que esa dignidad mesiánica, ante la que David se inclina, es por otra razón, es decir, la trascendencia del Mesías…, su divinidad.

Los judíos sabían que el Mesías debía ser hijo de David, es decir, uno de sus descendientes. Pero también podían saber que debía ser Dios al mismo tiempo que hombre.

Las Escrituras se lo hacían entender en muchos lugares, ya reconociendo en el Mesías perfecciones y prerrogativas que no pertenecen más que a Dios, ya atribuyéndole obras que sólo Dios puede realizar.

Pero ellos comprendían imperfectamente las Escrituras, como dijo Jesús de los saduceos.

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Analicemos un poco la cuestión.

Es necesario acudir al Salmo CIX, versículo 1º.

El carácter mesiánico del Salmo fue plenamente admitido por la antigüedad. En tiempo de Jesucristo se lo tenía aún por mesiánico. Los Apóstoles lo citarán frecuentemente en este sentido.

Pero, después de la muerte de Cristo, al ser utilizado por los cristianos para probar el carácter mesiánico de Cristo, los judíos, para evitar esta argumentación, le negaron este carácter, atribuyendo algunos rabinos el contenido del salmo a Abraham, aunque otros se mantenían en la línea tradicional mesiánica, y algunas agrupaciones judías se lo aplicaban al rey Ezequías. Pero más tarde se cierra esta interrupción y se vuelve al sentido tradicional. En efecto, en el siglo III el Talmud lo cita nuevamente con este significado.

Es, pues, en esta situación ambiental del Salmo que se presenta la argumentación de Jesucristo.

Si el Mesías es hijo de David, entonces, ¿cómo David lo llama y reconoce en el Salmo, y además inspirado por el Espíritu Santo, como su Señor?

Ya Santa Isabel, la madre del Bautista, dijo en la visitación de la Virgen Santísima: ¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor  venga a visitarme?

Era tan evidente que David, aun siendo rey y antecesor del Mesías, por ser éste superior a aquél, podía llamarle Señor, que el intento de Cristo ha de ser otro.

No es que no sea, por origen, descendiente de David, lo cual era evidente. Pero Nuestro Señor hace hincapié en que no bastaría ésto.

¿Cuál es, entonces, el verdadero y profundo motivo por el que el Mesías es llamado Señor?

Los fariseos sólo se habían limitado a considerar el origen del Mesías como exclusivamente descendiente de David. Y Jesucristo quiere elevar y proponer que el Mesías tiene también un origen más alto, es decir, divino.

Se trata, pues, de la doble naturaleza de Jesucristo, quien como hombre es hijo de David, pero en cuanto Dios es su Señor.

Jesús proclama así claramente la divinidad de su Persona como Hijo eterno y consubstancial del Padre.

Breve por el número de las palabras, grande por el peso de las sentencias, como dice San Agustín, este Salmo, paralelo del Salmo II, goza del privilegio de haber sido interpretado por Jesús mismo en el pasaje que comentamos.

Después de señalar allí como autor a David, de modo que, como definió la Comisión Bíblica el 19 de mayo de 1910, nadie pudiese negarlo, salvo los modernistas, el Señor prueba con él a los judíos la divinidad de su Persona.

Prueba también que el Padre le reservaba el asiento a su diestra glorificándolo como Hombre, y destaca sus derechos como Mesías Rey, que Israel desconoció cuando Él vino y los suyos no lo recibieron.

Estos derechos los ejercerá cuando el Padre le ponga a todos sus enemigos bajo sus pies para reunirlo todo en Cristo, las cosas del cielo y las de la tierra, y someterlo todo a Él, en el día de su glorificación final, porque “al presente no vemos todavía sujetas a Él todas las cosas”, como enseña San Pablo en su Carta a los Hebreos (ver II, 8 y X, 12-13).

No hay pasaje, en todo el Antiguo Testamento, que no sea tan citado en el Nuevo como este Salmo; y San Pablo no se cansa de citarlo como mesiánico, porque el Mesías es aquí proclamado Hijo de Dios, Rey futuro y Sacerdote para siempre.

Para cada una de estas proclamaciones habla solemnemente Dios en Persona, es decir, el Padre, tres veces sucesivas. En lo restante es David quien confirma la profecía explicando su sentido.

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Es el tema del Profeta Daniel, que, en el capítulo VII, 13-14, dice: Seguía yo mirando en la visión nocturna, y he aquí que vino sobre las nubes del cielo uno parecido a un hijo de hombre, el cual llegó al Anciano de días, y le presentaron delante de Él. Y le fue dado el señorío, la gloria y el reino, y todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieron. Su señorío es un señorío eterno que jamás acabará, y su reino nunca será destruido.

En el Hijo del hombre ya los judíos veían al Mesías.

La palabra parecido prueba que el Hijo del hombre no es simplemente igual a uno de nosotros, sino un Ser superior.

Sobre el significado mesiánico de este título no cabe duda, ya que Jesucristo se lo aplica 80 veces a Sí mismo, 30 veces en San Mateo, 14 en San Marcos, 25 en San Lucas y 11 en San Juan, caracterizando con él toda su misión terrenal como predicador de la Buena Nueva, así como también su pasión, su muerte, su futura gloria y su segunda venida como Juez.

Es, pues, una expresión en la que Cristo Nuestro Señor compendió toda su misión de instaurar el reinado sobrenatural de Dios en el mundo y el modo de llevar a cabo tal restauración según las profecías del Antiguo Testamento.

El señorío, la gloria y el reino: un reino universal, en el cual serán recogidos todos los pueblos de la tierra y a cuyo rey obedecerán todas las naciones.

Éste es el reino que el Señor Jesús enseñó a pedir a sus discípulos en la oración dominical: “Venga tu reino”.

Dice Fillion: En cuanto Hijo de Dios, el Mesías poseía la potestad infinita, pero en cuanto Hombre, necesitaba ser entronizado solemnemente por su Padre.

En este cuadro, la primera venida del Salvador, para establecer el reino mesiánico, se junta con su segunda venida, para darle perfección.

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Después que los fariseos habían respondido que el Mesías era hijo de David, Jesús les replica: ¿Cómo, pues, David que estaba inspirado, le llama su Señor? Si David le llama su Señor ¿cómo es su hijo?

En estas palabras de David hay dos pruebas que muestran que el Mesías debía ser, no solamente hombre, sino Dios.

La primera se deduce de estas palabras: El Señor dice a mi Señor.

El rey David no reconocía sobre él a nadie más que a Dios. Al expresarse de esta manera no hablaba, evidentemente, de ningún príncipe de la tierra.

No podía tampoco hablar de aquel hijo que Dios debía darle y que sería el Mesías, si este hijo hubiera sido solamente hombre. Porque, como lo hace resaltar Nuestro Señor, ¿cuál es el padre que llama a su hijo su señor? Son los padres los dueños y señores de sus hijos, no los hijos dueños y señores de sus padres.

No obstante, la palabra de David no puede ser más verdadera, puesto que ha sido dictada por Dios.

¿Cómo, pues, es preciso entenderla? No hay más que una sola manera y es la de creer que el Hijo de David no tiene solamente la naturaleza humana, sino que tiene una más elevada, es decir, la naturaleza divina, por la cual es su Señor, al propio tiempo que es su hijo por la naturaleza humana.

La segunda prueba de que debía tener, además de la naturaleza humana la naturaleza divina, se saca de las palabras: Siéntate a mi derecha.

Estas palabras tienen un sentido simbólico. Significan que existe entre la persona que invita y la persona invitada, una perfecta igualdad de poder y de imperio; y por esto Dios jamás ha dicho a ningún Ángel esta palabra: Siéntate a mi derecha.

Pero, ¿cómo esta igualdad hubiera podido existir entre Dios y un Mesías que no hubiera sido más que hijo de David?

Aquí es preciso admitir que el Mesías debía ser no solamente más que un hombre, más que un Ángel, sino verdadero Dios.

Y Jesús, dándose por Mesías, por el hijo de Dios, no había dicho nada que no estuviese de acuerdo con las Escrituras.

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A mi Señor: A Cristo, al cual David llama proféticamente mi Señor como a Hijo de Dios.

Siéntate a mi diestra: Que esto no se refiere al Verbo eterno antes de su Encarnación, sino a Cristo después de su Ascensión, consta en muchos textos. Sentarlo a su diestra como Hombre, equivale tanto como tener un honor igual a aquél y otorgar a su Humanidad santísima la misma gloria que como Verbo tuvo eternamente y que Él había pedido antes de entrar a su Pasión.

San Agustín enseña que no debe entenderse la palabra sentado por nuestra posición en virtud de los miembros humanos, como si el Padre estuviese a la izquierda y el Hijo a la derecha; sino que la derecha expresa la igualdad del poder, que recibió aquella humanidad asumida por Dios para que venga a juzgar después de haber venido para ser juzgado.

San Cirilo, por su parte, dice que al estar sentado a la diestra del Padre demuestra su gloria suprema; y el estar sentado significa su reino y todo su poder. Está sentado, pues, a la derecha de Dios Padre, porque el Verbo, consustancial al Padre, no perdió al hacerse hombre la dignidad divina.

Hasta que Yo ponga, etc.: Esto es, hasta que llegue la hora en que el Padre se disponga a decretar el triunfo definitivo del divino Hijo, que en su primera venida fue humillado. Equivale al artículo del Credo, según el cual desde la diestra del Padre “vendrá otra vez con gloria a juzgar a vivos y a muertos y su reinado no tendrá fin”.

Que los enemigos sean sometidos por el Padre al Hijo, no manifiesta que haya debilidad en el Hijo, sino unidad de esencia.

Así lo enseña San Ambrosio: Por lo tanto debemos creer que Jesucristo es Dios y hombre, cuyos enemigos son sometidos por el Padre, no porque el Hijo no tenga poder bastante, sino por la unidad de su naturaleza, porque uno obra en el otro; puesto que también el Hijo somete los enemigos al Padre, porque el Padre le glorifica en la tierra.

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En la tradición judía, un sector había vislumbrado algo de esta trascendencia del Mesías, cuando vino a asimilarlo al Hijo del hombre, que descendía del cielo, de la profecía de Daniel. Esto mismo se sugería en Isaías IX, 6, en el Salmo CIX, como hemos dicho.

Este fue el intento de Jesucristo, orientar a la auténtica valoración de la dignidad y naturaleza del Mesías, como era la creencia de un sector de la tradición judía, interpretando así la profecía de Daniel: su naturaleza trascendente, divina.

Cristo ha querido con esta pregunta, hábilmente calculada, orientar los espíritus judíos a que viesen en el Mesías —Él mismo— no sólo una dignidad que le venía por ser descendiente de David según la carne, sino también otra dignidad, que le venía por ser el Hijo de Dios, tal como ya varias veces se había proclamado.

Pregunta, pues, Jesús; y haciéndoles dudar los deja deducir lo que debe entenderse. Por esto añade: “Luego David le llama Señor, ¿pues cómo es su hijo?”.

Y San Beda hace una aplicación muy importante: Esta pregunta de Jesús nos sirve todavía hoy para rebatir a los judíos. A los que de entre ellos confiesan que ha de venir el Cristo, pero consideran a Jesús sólo como un simple varón de la raza de David, aunque santo, instruidos por el Señor preguntémosles: ¿cómo es que, si no es más que un simple hombre y solamente Hijo de David, le llama éste su Señor en el Espíritu Santo? Lo que se les reprocha, pues, no es que le llamen Hijo de David, sino que no le crean Hijo de Dios.

Y San Cirilo concluye. Por tanto, nosotros presentamos esta dificultad a los nuevos fariseos, que no quieren confesar al que ha nacido de la Santísima Virgen, ni como verdadero Hijo de Dios, ni como Dios, sino que le dividen en dos personas; pues a éstos preguntamos: ¿Cómo el hijo de David es su Señor, y no por dominio humano, sino divino?

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San Juan Crisóstomo dice que todo esto dio por terminadas aquellas cuestiones, cerrando así sus bocas; por esto sigue: “Y nadie le podía responder palabra, ni alguno desde aquel día fue osado más a preguntarle“. Callaron por entonces aunque contra su voluntad, porque no tenían ya qué decir.

Los fariseos y escribas se encontraron confundidos por la pregunta de Jesucristo. El Salvador había respondido de la manera más satisfactoria y se encontraban imposibilitados para resolver la dificultad.

Se retiran y guardan silencio. Y esto fue porque no podían responder sin decir lo que ellos no querían convenir.

Por la sola pregunta que les había dirigido el Salvador y la manera como se las había planteado, les demuestra que el Mesías que ellos esperaban debía ser al propio tiempo Dios y hombre, contrariamente a lo que habían afirmado los fariseos, o sea, que el Mesías debía ser un hombre, un rey que daría libertad a su nación, pero no Dios.

No pudieron responder nada a causa del odio que tenían a Jesús, el cual les impedía confesar que Él era el Mesías esperado, verdadero hombre y verdadero Dios.

Los enemigos de Jesús, ofuscados, no podían contestar porque no reconocían su divinidad. Ellos esperaban que Dios hubiera de enviar al Mesías como un gran Profeta y Rey, mas no imaginaban que la magnanimidad de Dios llegase hasta mandar a su propio Hijo, Dios como Él.

Mientras los fariseos callaban, el numeroso auditorio le oía con gusto, porque veían que contestaba y preguntaba sabiamente.

Seamos parte de los que escuchan con gusto a Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios, Hijo unigénito del Padre Eterno.