PADRE CERIANI: EL OBISPO DE KENT Y SU ERRÓNEA FUENTE DE INSPIRACIÓN

OTRA VOLTA CON LA VALTORTA

Hemos esperado la publicación del último Comentario Eleison (477)) en los blogs Los Impotentes y Elenco de errores del Obispo de Kent

Pero ha sido sin resultado… negativo, claro está… porque es muy positivo que no hayan podido publicarlo… No hay nada que hacer… No pueden…

Si nos remitimos a The St. Marcel Initiative, allí lo encontramos:

http://stmarcelinitiative.com/eleison-comments/?lang=es

Gloria de María – 03 de septiembre de 2016 – Número CDLXXVII (477)

Y comienza de esta manera:

Entre las Fiestas Católicas de la Asunción de Nuestra Señora al Cielo (15 de Agosto) y la Natividad de Nuestra Señora (8 de Septiembre), puede ser un buen momento para reflexionar sobre una objeción principal Protestante a la devoción de los Católicos hacia Nuestra Señora, a saber, que toda la atención, honor y oración dirigidos hacia Nuestra Señora le es tanto así quitado a Nuestro Señor – Él sólo es nuestro Redentor, así que solamente a Él deben ser dirigidas toda nuestra devoción, adoración y oración. La siguiente cita, proviniendo como de Nuestro Señor mismo, pone muchas objeciones en una perspectiva diferente.

Todo parecía indicar que se trataba de algo muy importante y de particular interés y actualidad.

Se nos prometía una refutación de una objeción principal protestante a la devoción de los católicos hacia Nuestra Señora; y, por añadidura, por medio de una cita cuyo autor sería el mismo Jesucristo.

¡Claro! Para refutar a los protestas no valen la autoridad y la interpretación de los grandes Doctores católicos marianos…

¡Dejemos de lado las citas propias de San Alfonso María de Ligorio y de San Luis María Grignon de Montfort, así como la larga enumeración que ambos hacen de otros Santos y Doctores de todos los siglos de la Iglesia!

¡Vengamos a la autoridad del mismo Jesucristo!

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Y entonces, si es así, uno se pregunta, ¿por qué los obsecuentes kentianos no han publicado el último Comentario Eleison?

Uno no sabe ya qué pensar de esta pobre gente…

Pero resulta que la cita, cuya referencia es cuidadosamente ocultada por el señor Obispo, está tomada, ¡una vez más!, ¡¿cuándo no?!, de Maria Valtorta…

La encontramos en Los Cuadernos, del 27 de junio del año 1943…

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No voy a publicar esa cita. Pero sí un extracto de lo escrito el 28 de junio de 1943, por la guía ciega del no menos ciego señor Obispo de Kent.

El 28 de junio…, ¡al día siguiente de lo citado en el Comentario Elesion 477!, se lee (¿también proviniendo como de Nuestro Señor mismo?):

Ahora te explico dos puntos del Evangelio. Uno es de Mateo y otro de Lucas. En realidad son una única parábola, pero expresada con alguna diferencia. Que en mis evangelistas se encuentren estas diferencias no debe causar asombro. Cuando escribían aquellas páginas eran todavía hombres. Ya elegidos, pero no todavía glorificados. Por esto podían cometer distracciones y errores, de forma, no de sustancia. Sólo en la gloria de Dios no se yerra más. Pero para alcanzarla ellos debían luchar y sufrir mucho todavía.

Resulta entonces que, según la Valtorta, Jesucristo habría dicho que los Evangelistas, en este caso al menos San Mateo y San Lucas, podían cometer errores al redactar sus Evangelios.

¡Zambomba!

Dejo para el comentario del Evangelio del próximo domingo 25 de septiembre, Decimonoveno después de Pentecostés, la explicación que dan los exégetas y comentaristas sobre la parábola del Homo quidam fecit cœnam magnam (de San Lucas XIV y Segundo Después de Pentecostés) y la del Homini regi, qui fecit nuptias filio suo (de San Mateo XXII).

Como para ir entrando en tema…; ¡vaya distracciones y errores entre la cena de un simple hombre (homo quidam) y el banquete que un rey organiza para las bodas de su hijo (Homini regi)…!

Supongo que, si se buscase con detenimiento, uno encontraría en la Valtorta aquella cuestión del árbol mitad bueno mitad malo que puede producir frutos mitad buenos mitad malos…

Dejemos de lado al obispo kentiano y su vidente, y leamos y reflexionemos con fruto lo que enseña el Magisterio de la Iglesia sobre la inerrancia de las Sagradas Escrituras.

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CONCILIO DE TRENTO

Sesión IV (8 de abril de 1546) Aceptación de los Libros Sagrados y las tradiciones de los Apóstoles.

El sacrosanto, ecuménico y universal Concilio de Trento, legítimamente reunido en el Espíritu Santo, bajo la presidencia de los tres mismos Legados de la Sede Apostólica, poniéndose perpetuamente ante sus ojos que, quitados los errores, se conserve en la Iglesia la pureza misma del Evangelio que, prometido antes por obra de los profetas en las Escrituras Santas, promulgó primero por su propia boca Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios y mandó luego que fuera predicado por ministerio de sus Apóstoles a toda criatura [Mt. 28, 19 s; Mc. 16, 15] como fuente de toda saludable verdad y de toda disciplina de costumbres; y viendo perfectamente que esta verdad y disciplina se contiene en los libros escritos y las tradiciones no escritas que, transmitidas como de mano en mano, han llegado hasta nosotros desde los apóstoles, quienes las recibieron o bien de labios del mismo Cristo, o bien por inspiración del Espíritu Santo; siguiendo los ejemplos de los Padres ortodoxos, con igual afecto de piedad e igual reverencia recibe y venera todos los libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, como quiera que un solo Dios es autor de ambos, y también las tradiciones mismas que pertenecen ora a la fe ora a las costumbres, como oralmente por Cristo o por el Espíritu Santo dictadas y por continua sucesión conservadas en la Iglesia Católica.

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CONCILIO VATICANO

SESION III (24 de abril de 1870) Constitución dogmática sobre la fe católica – Cap. 2. De la revelación

Ahora bien, esta revelación sobrenatural, según la fe de la Iglesia universal declarada por el santo Concilio de Trento, «se contiene en los libros escritos. y en las tradiciones no escritas, que recibidas por los Apóstoles de boca de Cristo mismo, o por los mismos Apóstoles bajo la inspiración del Espíritu Santo transmitidas como de mano en mano, han llegado hasta nosotros». Estos libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, íntegros con todas sus partes, tal como se enumeran en el decreto del mismo Concilio, y se contienen en la antigua edición Vulgata latina, han de ser recibidos como sagrados y canónicos. Ahora bien, la Iglesia los tiene por sagrados y canónicos, no porque compuestos por sola industria humana, hayan sido luego aprobados por ella; ni solamente porque contengan la revelación sin error; sino porque escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales han sido transmitidos a la misma Iglesia.

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LEÓN XIII

De los estudios de la Sagrada Escritura [De la Encíclica Providentissimus Deus, del 18 de noviembre de 1893. Ver Denzinger 1950-1952]

Puede ciertamente suceder que algunas cosas se les escaparan a los copistas al transcribir menos exactamente los códices; pero esto debe juzgarse con consideración y no admitirse con facilidad, si no es en aquellos pasajes en que se haya debidamente demostrado; puede también darse que en algunos pasajes permanezca dudoso el sentido genuino, para cuyo esclarecimiento, mucho contribuirán las mejores reglas de hermenéutica; pero es absolutamente ilícito ora limitar la inspiración solamente a algunas partes de la Sagrada Escritura, ora conceder que erró el autor mismo sagrado. Ni debe tampoco tolerarse el procedimiento de aquellos que, para salir de estas dificultades, no vacilan en sentar que la inspiración divina toca a las materias de fe y costumbres y a nada más…

Todos los libros que la Iglesia recibe como sagrados y canónicos, han sido escritos íntegramente, en todas sus partes, por dictado del Espíritu Santo, y tan lejos está que la divina inspiración pueda contener error alguno, que ella de suyo no sólo excluye todo error, sino que los excluye y rechaza tan necesariamente como necesario es que Dios, Verdad suprema, no sea autor de error alguno.

Esta es la antigua y constante fe de la Iglesia, definida también por solemne sentencia en los Concilios de Florencia y de Trento y confirmada finalmente y más expresamente declarada en el Concilio Vaticano, que promulgó absolutamente: Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento… tienen a Dios por autor. Por ello, es absolutamente inútil alegar que el Espíritu Santo tomara a los hombres como instrumento para escribir, como si, no ciertamente al autor primero, pero sí a los escritores inspirados, se les hubiera podido deslizar alguna falsedad. Porque fue Él mismo quien, por sobrenatural virtud, de tal modo los impulsó y movió, de tal modo los asistió mientras escribían, que rectamente habían de concebir en su mente, y fielmente habrían de querer consignar y aptamente con infalible verdad expresar todo aquello y sólo aquello que Él mismo les mandara: en otro caso, no sería Él, autor de toda la Escritura Sagrada… Hasta punto tal estuvieron los Padres y Doctores todos absolutamente persuadidos de que las divinas Letras, tal como fueron publicadas por los hagiógrafos, estaban absolutamente inmunes de todo error, que con no menor sutileza que reverencia pusieron empeño en componer y conciliar entre sí no pocas de aquellas cosas (que son poco más o menos las que en nombre de la ciencia nueva se objetan ahora), que parecían presentar alguna contrariedad o desemejanza; pues profesaban unánimes que aquellos libros, en su integridad y en sus partes, procedían igualmente de la inspiración divina, y que Dios mismo, que por los autores sagrados había hablado, nada absolutamente pudo haber puesto ajeno a la verdad. Valga en general lo que el mismo Agustín escribió a Jerónimo: «Si tropiezo en esas Letras con algo que parezca contrario a la verdad, no dudaré sino que o el códice es mendoso, o el traductor no alcanzó lo que decía el original, o yo no he entendido nada… » (Ep. 82 1, 3 [PL 33 (Aug. II), 277] y con frecuencia en otras partes).

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SAN PÍO X

Errores de los modernistas acerca de la Iglesia, la Revelación, Cristo y los Sacramentos [Del Decreto del Santo Oficio Lamentabili, del 3 de julio de 1907]

11. La inspiración divina no se extiende a toda la Sagrada Escritura, de modo que preserve de todo error a todas y cada una de sus partes.

12. Las parábolas evangélicas, las compusieron artificiosamente los mismos evangelistas y los cristianos de la segunda y tercera generación, y de este modo dieron, razón del escaso fruto de la predicación de Cristo entre los judíos.

13. En muchas narraciones, los evangelistas no tanto refirieron lo que es verdad, cuanto lo que creyeron más provechoso para los lectores, aunque fuera falso.

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BENEDICTO XV

De la inerrancia de la Sagrada Escritura [De la Encíclica Spiritus Paraclitus, del 15 de septiembre de 1920]

No le faltan a la Escritura Santa otros detractores; nos referimos a quienes de tal manera abusan de principios de suyo rectos, con tal de que se contengan dentro de ciertos límites, que destruyen los fundamentos de la verdad de la Biblia y socavan la doctrina católica comúnmente enseñada por los Padres. Si aun viviera, sobre ellos dispararía Jerónimo aquellos acérrimos dardos de su palabra, pues, sin tener en cuenta el sentir y juicio de la Iglesia, acuden con demasiada facilidad a las citas que llaman implícitas o a las narraciones sólo aparentemente históricas; o pretenden encontrar en los Sagrados Libros ciertos géneros literarios, con los que no puede componerse la íntegra y perfecta verdad de la palabra divina; o tales opiniones profesan sobre el origen de la Biblia que se tambalea o totalmente se destruye su autoridad. Pues, ¿qué sentir ahora de aquellos que en la exposición de los mismos Evangelios, de la fe a ellos debida, la humana la disminuyen y la divina la echan por tierra? En efecto, lo que nuestro Señor Jesucristo dijo e hizo, no creen haya llegado a nosotros íntegro e inmutable, por aquellos testigos que religiosamente pusieron por escrito lo que ellos mismos vieron y oyeron; sino que —particularmente por lo que al cuarto Evangelio se refiere— parte procedió de los Evangelistas, que inventaron y añadieron muchas cosas por su cuenta, parte se compuso de la narración de los fieles de otra generación.

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PÍO XII

Sobre el estudio de la Sagrada Escritura [De la Encíclica Divino Afflante Spiritu, del 30 de septiembre de 1943]

Inspirados por el divino Espíritu, escribieron los escritores sagrados los libros que Dios, en su amor paternal hacia el género humano, quiso dar a éste para enseñar, para argüir, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté pertrechado para toda obra buena. No es, pues, de admirar que la Santa Iglesia haya guardado con suma solicitud un tal tesoro —a ella venido del cielo y que ella tiene por fuente preciosísima y norma divina del dogma y de la moral—; como lo recibió incontaminado de mano de los Apóstoles, así lo conservó con todo cuidado, lo defendió de toda falsa y perversa interpretación y con toda diligencia lo empleó en su ministerio de comunicar a las almas la vida sobrenatural.

De todo ello nos ofrecen claro testimonio documentos casi innumerables de todas las épocas. Pero en tiempos recientes, cuando especiales ataques amenazaron el divino origen y la recta interpretación de los Sagrados Libros, la Iglesia con mayor empeño y diligencia tomó su defensa y protección. Por ello, el Santo Concilio de Trento con un solemne decreto prescribió que se han de tener como sagrados y canónicos los libros enteros con todas sus partes, tales como la Iglesia católica acostumbró a leerlos, y se encuentran en la antigua edición vulgata latina. Y en nuestro tiempo el Concilio Vaticano, para reprobar doctrinas falsas sobre la inspiración, declaró que estos libros han de ser tenidos en la Iglesia por sagrados y canónicos, no porque, compuestos por la sola industria humana, hayan sido después aprobados por la autoridad de la Iglesia, ni tampoco solamente por el hecho de contener la revelación sin error, sino porque escritos bajo la ins­piración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales fueron confiados a la misma Iglesia. Y, sin embargo, algún tiempo después, en oposición a esta solemne definición de la doctrina católica, que para los libros enteros con todas sus partes reivindica una tal autoridad divina, que está inmune de cualquier error, algunos escritores católicos osaron restringir la verdad de las Sagradas Escrituras a las cosas de fe y costumbres, mientras todo lo demás, referente al orden físico o al género histórico, lo reputaban como dicho de paso y sin conexión alguna —según ellos— con la fe. Por ello, Nuestro Predecesor, de inmortal memoria, León XIII, en su encíclica Providentissimus Deus, del 18 de noviembre de 1893, no sólo reprobó justísimamente estos errores, sino que ordenó los estudios de los Libros Sagrados con prescripciones y normas sapientísimas.

(…) No puede atribuirse error al escritor sagrado, si en algún lugar, al transcribir los códices se les escapó a los copistas algo inexacto, o cuando subsiste duda sobre el sentido preciso de alguna frase. Por último, no es en modo alguno lícito o restringir la inspiración de la Sagrada Escritura a algunas partes tan sólo, o conceder que erró el mismo escritor sagrado, porque la inspiración divina por sí misma no sólo excluye todo error, sino que lo excluye y rechaza tan necesariamente, cuanto es necesario que Dios, Verdad suma, no pueda ser autor de error alguno. Tal es la antigua y constante fe de la Iglesia.

Esta doctrina, pues, que con tanta gravedad expuso Nuestro Predecesor León XIII, la proponemos Nos e inculcamos con Nuestra autoridad para que todos religiosamente la mantengan.

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PÍO XII

De algunas falsas opiniones que amenazan destruir los fundamentos de la fe católica [De la Encíclica Humani generis, de 12 de agosto de 1950]

Volviendo a las nuevas teorías que hemos tocado antes, muchas cosas proponen o insinúan algunos en detrimento de la divina autoridad de la Sagrada Escritura. Efectivamente, empiezan por tergiversar audazmente el sentido de la definición del Concilio Vaticano sobre Dios autor de la Sagrada Escritura y renuevan la sentencia ya muchas veces reprobada, según la cual la inmunidad de error en las Sagradas Letras sólo se extiende a aquellas cosas que se enseñan sobre Dios y materias de moral y religión. Es más, erróneamente hablan de un sentido humano de los Sagrados Libros, bajo el cual se ocultaría su sentido divino que es el único que declaran infalible. En las interpretaciones de la Sagrada Escritura no quieren que se tenga cuenta alguna de la analogía de la fe ni de la «tradición» de la Iglesia; de suerte que la doctrina de los Santos Padres y del sagrado magisterio debe pasarse, por así decir, por el rasero de la Sagrada Escritura, explicada por los exegetas de modo puramente humano, más bien que exponer la misma Sagrada Escritura según la mente de la Iglesia, que ha sido constituida por Cristo Señor guardiana e intérprete de todo el depósito de la verdad divinamente revelada.

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En concreto, el señor Obispo de Kent le suministra piedras, serpientes y escorpiones a aquellos para quienes él se califica de padre, amigo y consejero

Monseñor Fellay se sirve de la Santísima Virgen para enmascarar su odiosa traición…

Monseñor de Kent se sirve de María Inmaculada para ocultar con bombas de humo y no dar explicaciones sobre la Sociedad fundada por Monseñor Faure y otras que sus gatos han establecido por aquí y por allá…, lo cual permite vislumbrar una cierta traición…

 

Padre Juan Carlos Ceriani