Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

El cuerpo al servicio de la persona

joven

El ideal de la educación es el joven que se desarrolla armónicamente en su cuerpo y en su alma. El cuerpo es santo como el alma, ya que lo recibimos del Creador para que nos ayude a conseguir nuestro fin eterno; sabemos que el cuerpo humano fue santificado por el mismo Hijo de Dios cuando asumió carne mortal, y creemos que un día también el cuerpo participará de la vida eterna.

El cristianismo no ve, pues algo «diabólico», algo «pecaminoso» en el cuerpo. No tiene por fin destruir el cuerpo ni debilitarlo. Lo que intenta es hacer del cuerpo un trabajador puesto al servicio de los fines eternos. Así, los mandamientos de Dios no son obstáculos a tu libertad, sino garantías y ayuda imprescindible para el vuelo de tu alma.

No vamos nosotros a pedir menos de los que pedía el noble pensar de un romano, Juvenal, en los versos que siguen: «Has de pedir alma sana en cuerpo sano. Pide ánimo fuerte, que no tema a la muerte, que pueda sobrellevar cualquier trabajo, que no se queje. Cuerpo sano, alma fuerte, capaz de soportar las fatigas pesadas y la auto-disciplina.»

Magnánimos en lo cotidiano

La mayoría de los hombres no tendrán ocasión ni una vez en su vida de realizar una sola gesta heroica. Aunque muchos jóvenes muestren su ardoroso entusiasmo contando lo que harían en una expedición al Polo Sur, cómo morirían de muy buena gana por Jesucristo… por muy hermoso que tal entusiasmo sea, mientras no pase de ser un vago sueño, será de muy poco valor en la vida real.

Hay que aplicar, pues, este entusiasmo a la vida cotidiana. Eso te pide hoy Jesucristo, una vida saturada de continuos heroísmos. Y esto es lo más difícil. El ejemplo de muchos desgraciados que ponen fin a su existencia muestra muy a las claras que muchas veces es preciso más valor para la vida que para la muerte.

Se necesita mucha menos valentía para bañarse en pleno invierno entre los trozos de hielo que flotan en un río caudaloso que para perseverar firme en lo que considero que es mi deber, o para ser coherente con mis principios morales o con mi fe, en medio de una sociedad permisiva. Es valentía ser honrado. Es valentía perseverar inconmovibles en el bien, y esto es lo que hace el joven de carácter.

«Pero ¡qué egoísta eres!»

¿Qué es el egoísmo? Un amor a sí mismo desordenado, desquiciado. El amor justo a sí mismo es mandamiento de Dios y un instinto de conservación que evita todo lo que pueda dañarnos. Pero el egoísmo es la caricatura del justo amor a sí mismo. El muchacho egoísta cree ser el centro del universo, que todo el mundo está hecho para él y que todos los hombres están para servirle. Juzga hasta los grandes acontecimientos según la ventaja que para él representan.

Cuanto más pequeño es el niño, tanto más vive bajo el poder de los sentidos, y es por eso mismo más egoísta. Mira, si no, a un niño de tres o cuatro años. ¡Cuántas exigencias tiene! Todo lo ansía para sí. A un pequeño se lo perdonamos, aunque es preciso ir acostumbrándolo al desprendimiento.

Cuando más te desarrollas, más comprendes que el mundo no está hecho sólo para ti; que no eres el personaje más importante de la Tierra; que millones y millones de hombres hay a tu alrededor con quienes tienes que tener atenciones. A quien no comprende esto lo llamamos egoísta. Y es curioso notar con que facilidad los muchachos se hacen egoístas a partir de la pubertad. Del joven que es insoportable en casa, que cierra las puertas con estrépito, que pone mala cara, que siempre está descontento, que no trata a nadie con corrección, suele decirse: «¡Es bastante nervioso!» ¡Qué va a serlo! Solamente es egoísta.

Hay egoísmo cuando un estudiante rico describe ante su compañero pobre las vacaciones que ha disfrutado. Hay egoísmo si te ríes cuando hay motivo de tristeza en la familia. Hay egoísmo si te burlas siempre de los otros y les das pie para irritarse.

Acostúmbrate a practicar el desprendimiento ya en tu juventud. ¡Qué repugnante egoísmo si un hombre no busca más que su propio interés en la vida y está dispuesto para lograrlo a pasar por encima de todos los demás! Pero, ¿cómo llegó hasta tal punto? Quizá haya empezado con cosas insignificantes en la niñez. Cuando andaba con sus amigos por espesos bosques, él iba delante soltando las ramas para que fueran a herir en la cara a los que lo seguían; a él sólo le importaba que ya había pasado.

En cambio, ¡qué satisfacción si se dice que es un joven de alma noble! La nobleza del alma es lo contrario del egoísmo. Si tu compañero tiene algún pesar, consuélalo con unas palabras que broten del corazón. Eso es nobleza del alma. Si se alegra, alégrate con él; el egoísta en estos casos se pone amarillo de envidia. Si compartes tu desayuno con tu compañero, tienes nobleza de alma. Si lo ayudas por la tarde para que aprenda la lección, si procuras alegrar a los demás, si tratas a los extraños con amabilidad… eso es grandeza de alma, es decir, amor al prójimo en las insignificantes pequeñeces de la vida.

¿Sabes decir «NO»?

Sin el arte de decir «NO» es imposible que haya un hombre de carácter. Cuando los deseos, las pasiones de los instintos se arremolinan en ti; cuando, después de una ofensa, la lava encendida de los gases venenosos bulle en tu interior y se prepara una erupción a través del cráter de tu boca; cuando la tentación del pecado te muestra sus alicientes, ¿eres capaz entonces, con gesto enérgico, de pronunciar la breve y decisiva palabra «No»? Si eres capaz, entonces no habrá erupción. No habrá golpes ni disputas.

Haz como Alberto, que quiso acostumbrarse a no hablar precipitadamente, a pensar las palabras de antemano, contando hasta veinte en sus adentros antes de dar una respuesta. Excelente medio. ¿Para qué sirve? Para que nuestro mejor «yo», nuestro juicio más equilibrado, pueda hablar.

Un joven se deslizaba esquiando por un espléndido nevado. Al final de la bajada se abría un profundo precipicio. El joven iba volando hacia abajo, lanzado como una flecha; pero he aquí que delante del precipicio, con admirable técnica, se para de repente y se mantiene allí, en el borde de la sima, como una columna de granito. ¡Bravo! ¡Estupendo! ¿Dónde los has aprendido? «Ah! —contesta el muchacho—. No ahora, por supuesto. Tuve que ensayarlo muchísimas veces en pendientes cada vez más inclinadas.»

También el camino de la vida es una especie de carrera de esquí, con innumerables precipicios. Y todos caen y todos van al abismo si no han hecho prácticas de pararse infinitas veces, plantados como una columna de mármol, respondiendo con un «NO» a las tempestades turbulentas de las pasiones.

Qué otro fin pretende el ejercicio de la voluntad sino prestar una ayuda sistemática al espíritu en la guerra de la libertad, guerra que se ha de sostener contra el dominio tiránico del cuerpo. Quien se incline, sin oponerse, sin decir palabra, a cualquier deseo instintivo, perderá el temple de su alma y su interior será la presa de fuerzas encontradas. Ahora comprenderás la palabra del Señor: «El reino de los cielos se alcanza a viva fuerza, y los esforzados lo arrebatan» (Mateo 11,12).

Por tanto, primera condición del carácter: la guerra contra nosotros mismos para poner orden en el salvaje entramado de las fuerzas instintivas. La mejor defensa es el ataque. Quien empieza la ofensiva gran ventaja lleva. En el combate del alma has de atacar día tras día, aunque sólo sea en pequeñas escaramuzas, al ejército enemigo que está dentro de ti y cuyo nombre es pereza, comodidad, capricho, glotonería, curiosidad, desamor…

Ejemplo de gran dominio de sí mismo nos da Abtuzit, el sabio naturalista de Ginebra. Durante veintidós años estuvo midiendo la presión del aire, anotándola cuidadosamente. Un día entró en la casa una nueva criada, que empezó por hacer una «gran limpieza» en su estudio. Llega el científico y pregunta a la muchacha: «¿Dónde están los papeles que tenía aquí, debajo del barómetro?», papeles donde tenía anotadas todas esas mediciones. «Ya no están, señor. Estaban tan sucios, que los he quemado, pero los he cambiado por otros completamente limpios.» Pues piensa lo que habrías hecho en semejante caso. ¿Y que dijo él? Cruzó los brazos; por un momento pudo adivinarse la tempestad que rugía: y después dijo con sosiego: «Has destruido el trabajo de veintidós años. De hoy en adelante no has de tocar nada de este cuarto.»

¿Sabrías guardar la serenidad en contratiempos menos importantes?

Se necesita gran vigor espiritual para que te atrevas a defender tu parecer y tu recto sentir en medio de una sociedad de pensar completamente distinto. Es menester valentía muy recia para que no reniegues ni un ápice de tu convicción religiosa por agradar a los demás. Quien está falto de esta valentía demuestra un carácter débil.

¿Sabes por qué empiezan a fumar muchos jóvenes? ¿Por que les gusta? ¡Qué va a gustarles! Fuman porque también los otros fuman.

¿Sabes por qué bastantes jóvenes se hacen negligentes y vagos? Porque los otros también lo son.

Hay jóvenes que se ruborizan de confesar su fe en medio de compañeros por el «qué dirán». Hay muchos que, a pesar de su alto concepto del amor, se divierten con historias obscenas, y hasta ellos mismos cuentan algunas, porque «los otros también lo hacen».

La flor abre sus pétalos al rayo de sol de la mañana, y no mira qué hacen las demás flores. ¡De cara al sol!, es lo que dice el hombre de carácter. El águila no espía con temor a las demás aves para ver si también ellas la siguen hacia arriba, sino que se lanza a las alturas serenas y puras, cara al sol. Hacia arriba, es la divisa del joven de carácter.

Es una suerte si puedes pronunciar —cuando es necesario— el «NO» enérgico.

¡No! —has de decir a tus compañeros cuando te incitan a cosas prohibidas.

¡No! —has de gritar a tus instintos cuando ciegamente te empujan.

¡No! —has de gritar a las tentaciones

Continuará…