NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

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Lo primero se ha de considerar cómo, cumplidos nueve meses después de la concepción de la Virgen, nació en casa de sus padres para gozo de todo el mundo, como dice la Iglesia ponderando el gozo que tendría la Santísima Trinidad viendo nacida a esta Niña tan querida suya, por la cual pensaba obrar cosas tan gloriosas para su gloria y bien nuestro; y así es de creer que en este día comunicaría a los Ángeles del cielo, a los justos de la tierra y a los Santos Padres del Limbo una nueva de alegría accidental, aunque no todos sabrían la causa de ella, como pronóstico del gozo que recibirían con la venida de Dios al mundo, cuya Madre había de ser aquella Niña; de la manera que la aurora cuando nace causa cierto modo de gozo y alivio en los vivientes como señal del nacimiento del sol, porque si muchos se gozaron en la natividad de San Juan porque era lucero y precursor de Cristo, muchos más sin comparación se holgarían con el nacimiento de la Virgen, que había de ser su Madre.

Y con esta consideración me moveré a afectos de alabanza y gozo, dando el parabién a la Santísima Trinidad del nacimiento de esta Niña; al Padre Eterno porque le ha nacido tal hija; al Hijo de Dios porque ha nacido la que ha de ser su Madre; al Espíritu Santo porque le ha nacido tal Esposa.

“Oh Trinidad beatísima, sea parabién el nacimiento de esta querida vuestra; repartid conmigo del gozo que dais a otros, pues también nace para mí.”

De aquí también tengo de sacar otro motivo de grande gozo espiritual, ponderando que así como el nacimiento de la Virgen causó alegría en el mundo porque era señal de la venida del Salvador a redimirle, así también cuando la devoción de la Virgen nace en un alma, causa en ella grande gozo, porque es grande prenda de que vendrá Dios a ella y la salvará; y por esto dijo san Anselmo, que ser muy devoto de nuestra Señora era señal de estar predestinado para el Cielo, porque con su devoción entran los efectos de la predestinación, negociándolos ella para sus devotos.

Ella como Madre nos solicita las inspiraciones del Cielo, la vocación de Dios, la gracia de la justificación, la victoria de las tentaciones, la preservación de las caídas y el aumento de los merecimientos, la perseverancia en la gracia y la corona de la gloria.

Oh Virgen soberana, que por mandato de Dios echáis raíces en los escogidos para el Cielo, echad en mi alma tan hondas raíces de vuestra devoción e imitación, que sean prendas de mi eterna predestinación. Amen.