LA NATIVIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

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Cuando marchaban en decadencia la religión y el gobierno de los hebreos, en el tiempo indicado por los Profetas, y cuando el cetro real se hallaba en manos de un extranjero, según la grande predicción de Jacob, vivían en Nazaret, ciudad de la Baja Galilea, poco distante del monte Carmelo, un hombre justo llamado Joaquín, de la tribu de Judá y de la familia de David por medio de Natán; y su mujer, que según San Agustín era de la tribu sacerdotal, y se llamaba Ana, nombre hebreo que significa Graciosa. Ambos eran justos delante de Dios, y caminaban en sus santos mandamientos con un corazón perfecto; pero al mismo tiempo parece que el Señor había querido ocultarles la luz de su divino rostro, privándolos de una grande bendición, cuál era la de tener hijos; pues entre los israelitas era un oprobio la esterilidad.

Joaquín, que amaba a su esposa por su amabilidad y eminentes virtudes, no quiso aumentar su desgracia intimándole el libelo de divorcio que en aquellos tiempos se concedía con facilidad; antes bien la conservó siempre en su compañía, y aquellos santos esposos, humildemente resignados a la divina voluntad, empleaban el tiempo en el trabajo, oraciones y limosnas.

Tantas virtudes no podían quedar sin recompensa; y al cabo de veinte años de esterilidad, Santa Ana concibió como por milagro, y dio a luz aquella dichosísima criatura, que fue a los ojos del Señor la más perfecta, santa y graciosa entre todos los escogidos.

El primer mes del año civil de los judíos, mientras el humo de los holocaustos se elevaba al cielo por la expiación de los pecados del pueblo, nació la Virgen predestinada, que debía lavar en la sangre de Jesucristo el pecado primitivo.

Su nacimiento fue sin estrepito ni aparato, como el de su divino Hijo; sus padres eran de la clase del pueblo, aunque descendientes de reyes, y llevaban según toda apariencia, una vida oscura y humilde. La cuna de la Reina de los Ángeles no ostentó molduras doradas, ni cobertores de Egipto elegantemente bordados, ni fue perfumada con nardo, mirra o aloe como la de los príncipes hebreos; fajas de basto lino comprimían aquellos tiernos brazos, que habían de estrechar con tanta gracia al Salvador del mundo. Los hijos de reyes envueltos en fajas de púrpura miran a los grandes inclinar la frente en su presencia, y decirles: Señor, la mujer que fue esposa y madre de Dios, concedió su primera sonrisa a muñeres del pueblo, las cuales pensando en la miserable y despreciada condición a que las habían sujetado los hombres, dirían acaso tristemente: he aquí una esclava más.

Entre los judíos se ponía al niño el nombre que debía llevar, a los ocho días de nacido, en una reunión de familia: la hija de Joaquín recibió de su padre el nombre de Miriam (María) que en lengua siríaca equivale a señora o soberana, y en hebreo significa estrella del mar. No podía en efecto, dice San Bernardo, tener la Madre de Dios nombre más adecuado, y que mejor expresase su alta dignidad. Porque María es realmente la hermosa y resplandeciente estrella, que brilla en el vasto y tempestuoso mar del mundo. Este nombre divino encierra en sí un encanto tan poderoso, maravilloso y dulce, que solo al pronunciarlo se enternece el corazón, y al escribirlo se agita la pluma. El nombre de María, dice San Antonio de Padua, es más dulce a la lengua que el panal de miel, más armonioso al oído que el canto más suave, más delicioso al corazón que el deleite más puro.

Era costumbre entre los hebreos que a los ochenta días del nacimiento de una niña, la madre se purificase solemnemente en el templo, llevando a él a su primogénita recién nacida, y conforme a la ley de Moisés ofrecía al Señor un cordero o un par de tórtolas; estas eran la oblata del pobre, y tal fue también la de la esposa de San Joaquín. Pero la gratitud de aquella piadosa madre se excedió del acostumbrado sacrificio: digna émula de Ana, mujer de Elcana, ofreció al Señor una víctima más pura, una paloma más inocente que las que entonces caían sangrientas y palpitantes bajo el cuchillo del sacrificador. No teniendo coronas votivas de oro purísimo que colgar a las paredes del templo, en lugar de ellas puso a los pies del Altísimo la corona de su vejez, la tierna niña, con la cual había bendecido su vida, y se obligó solemnemente a volver a conducir a su hija al templo para consagrarla al servicio del lugar santo, apenas su razón supiese discernir el bien del mal cuyo voto fue también ratificado por su padre.

Concluida la ceremonia, ambos esposos tomaron la vuelta de su tierra natal, provincia estéril en hombres grandes, y de donde los Israelitas se hallaban muy distantes de esperar un profeta; y se restituyeron a su humilde hogar siempre abierto a los pobres y extranjeros. Allí la hija de la bendición, de la gracia y del milagro fue en sus primeros años la delicia de su familia, y creció como una de aquellas azucenas, que según dice poéticamente San Bernardo, exhalan el olor de la esperanza.

Es de suponer que conforme al uso de las mujeres del pueblo hebreo, Santa Ana no confió a manos mercenarias el cuidado maternal de alimentar a su adorada hija. La razón de María, semejante al día en las regiones donde de continuo brilla el sol, casi no tuyo aurora, sino que se desarrolló desde la edad más tierna. Su temprano fervor, la sabiduría de sus palabras en un periodo de la vida, en que los demás niños no tienen sino una existencia física, dieron a conocer a sus padres ser llegada la hora de su separación; y después de haber hecho San Joaquín al Señor la tercera oblación de las primicias de sus campos, y de los frutos de la reducida herencia de sus padres, los agradecidos y resignados esposos se encaminaron a Jerusalén para depositar en el sagrado recinto del templo el inestimable tesoro que Dios les había dado a guardar.