Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 16ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

DECIMOSEXTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Como hubiese ido Jesús a casa de un jefe de los fariseos, un día sabático a comer, ellos lo acechaban. Estaba allí, delante de Él un hombre hidrópico. Tomando la palabra, Jesús preguntó a los doctores de la Ley y a los fariseos: ¿Es lícito curar, en día sabático, o no? Pero ellos guardaron silencio. Tomándolo, entonces, de la mano, lo sanó y lo despidió. Y les dijo: ¿Quién hay de vosotros, que viendo a su hijo o a su buey caído en un pozo, no lo saque pronto de allí, aun en día de sábado? Y no fueron capaces de responder a ésto. Observando cómo elegían los primeros puestos en la mesa, dirigió una parábola a los invitados, diciéndoles: Cuando seas invitado a un convite de bodas, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya allí otro convidado objeto de mayor honra que tú, y viniendo el que os convidó a ambos, te diga: “Deja el sitio a éste”, y pases entonces, con vergüenza, a ocupar el último lugar. Por el contrario, cuando seas invitado, ve a ponerte en el último lugar, para que, cuando entre el que te invitó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Y entonces tendrás honor a los ojos de todos los convidados. Porque todo el que se ensalza, será humillado; y quien se humilla, será ensalzado.

El banquete al que es invitado Nuestro Señor tiene lugar en casa de un fariseo y en sábado. Este era un fariseo importante.

Había más fariseos que estaban observándole, sin duda con intenciones de sorprenderle en alguna transgresión del ritual por ellos elaborado, esto es, si faltaba a la reverencia debida a la ley o si hacía algo de lo que estaba prohibido en día de sábado.

Aunque el Señor conocía la malicia de los fariseos, aceptaba sus convites para ser útil a los que asistían a ellos, con sus palabras y milagros.

Durante el festín se presentó un hidrópico; y Nuestro Señor toma la palabra y se dirige al grupo de los doctores de la Ley y fariseos, previendo la objeción tomada del Libro del Levítico, capítulo XXIII.

Este capítulo está dedicado a las fiestas que los israelitas tenían que celebrar año tras año. Primero se inculca la celebración del sábado, que para los israelitas era uno de los mandamientos más santos, como para los cristianos lo es el domingo o día del Señor: Seis días se trabajará, mas el séptimo día será día de descanso solemne, asamblea santa, en que no haréis trabajo alguno. Será sábado consagrado a Yahvé dondequiera que habitéis.

Habiendo llegado el hidrópico a presencia suya, por medio de una pregunta reprimió la insolencia de los fariseos que se proponían argüirle.

Entonces les preguntó si es lícito curar en sábado o no. Ellos, como de ordinario, callaron.

Cuando se dice que Jesús respondió, se hace referencia a que los fariseos le estaban acechando, porque el Señor conoce los pensamientos de los hombres.

Pero los interpelados callaron con razón, porque ven que cualquier cosa que dijesen se volvería contra ellos. Porque si es lícito curar en día de sábado, ¿por qué acechar al Salvador por ver si cura? Y si no es lícito, ¿por qué ellos cuidan sus rebaños en dicho día?

Si queremos discutir la institución del sábado, observaremos que fue establecido para hacer obras piadosas; estaba mandado que en el sábado no se trabajase, con el fin de que descansen el siervo, la criada y todo animal. Por tanto, el que se compadece del buey y de los demás animales, ¿cómo no se compadecerá del hombre afligido con una grave enfermedad?

Menospreciadas las asechanzas de los judíos, cura de su enfermedad al hidrópico, el cual, temiendo a los fariseos, no pedía el remedio de su mal porque era sábado, sino que únicamente estaba en su presencia para ver si se compadecía de él y lo curaba. Conociendo esto, el Señor no le pregunta si quiere ser curado, sino que le curó en seguida y le despidió.

Por lo tanto, no se propuso el Señor evitar el escándalo de los fariseos, sino hacer un beneficio al que necesitaba de su favor. Conviene, pues, que nosotros, cuando resulte un bien general, no nos cuidemos de si se escandalizarán los necios.

Acto seguido, Jesús les hizo un razonamiento que no podía refutarse, y que ellos practicaban. Si un día de sábado caía su hijo o su asno en un pozo, al punto lo sacaban. Era la conducta ordinaria. Sólo alguna fracción judía, muy rara, prohibía ésto.

Un grave daño que ha de seguirse no está vedado impedirlo por el reposo sabático. La ley natural está por encima. Y la caridad también, ya que en el amor a Dios está incluido el amor al prójimo, como tantas veces se lee en la Escritura.

Como veremos, argumentaciones semejantes las usó Nuestro Señor en otras ocasiones.

Como si les dijese irónicamente: Si la ley prohíbe compadecerse en día sábado, no te cuides de si peligra tu hijo en día sábado, ¿pero qué digo tu hijo, cuando ni siquiera dejas a tu buey, si lo ves en peligro?

En lo cual convenció de tal modo a los fariseos que lo observaban, que los condenó por su avaricia, puesto que tratando de librar un animal sólo consultaban su avaricia.

¿Con cuánta más razón, pues, debió Jesucristo librar al hombre, que es mucho mejor que una bestia?

San Gregorio enseña que este hidrópico fue curado en presencia de los fariseos, porque por la enfermedad del cuerpo del uno se expresa la enfermedad del corazón de los otros.

Y así el milagro rubricó la doctrina.

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El pasaje paralelo de San Mateo, XII, 7-14 nos relata lo siguiente:

Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de Misericordia quiero, que no sacrificio, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado. Pasó de allí y se fue a la sinagoga de ellos. Había allí un hombre que tenía una mano seca. Y le preguntaron si era lícito curar en sábado, para poder acusarle. Él les dijo: ¿Quién de vosotros que tenga una sola oveja, si ésta cae en un hoyo en sábado, no la agarra y la saca? Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por tanto, es lícito hacer bien en sábado. Entonces dice al hombre: Extiende tu mano. Él la extendió, y quedó restablecida, sana como la otra.

Cristo les da una doble respuesta: 1ª) el reposo legal sabático tiene excepciones; 2ª) y Él es el dueño y señor del sábado.

El precepto del reposo sabático era estricto y de institución divina. Pero tenía excepciones.

Nuestro Señor les cita primero el caso de David, que comió de los “panes de la proposición”, que sólo podían consumir los sacerdotes.

Si ésto estaba prohibido por la Ley y fue hecho por un sacerdote, al que no pareció ir contra el espíritu de la Ley; y por David, modelo de perfección, es que fue una acción lícita; la ley natural estaba antes que la positiva.

Jesucristo les desautoriza, incluso desde otro punto de vista, ya que ellos daban más valor a sus tradiciones y legislaciones que a la misma Ley.

San Mateo añade otra razón de Cristo. Si fuese tan estricto tal precepto, tampoco podría ministrarse en el santuario en sábado. Sin embargo, la Ley preceptuaba los sacrificios y su preparación en este día. Y, sin embargo, de todo aquel trabajo cultual no son culpables.

Pero Nuestro Señor concluye que no sólo hay excepciones lícitas, sino que Él mismo puede dispensarlo, porque “el Hijo del hombre es Señor del sábado“.

Como el reposo sabático es de institución divina, proclamarse “Señor del sábado” es proclamarse dueño de su institución. Moisés sólo fue un ministro que legisló en nombre de Dios.

Si Dios es el “Dueño” del sábado y Cristo es el “Señor” del sábado, Cristo se está proclamando Dios.

Al obrar así, manifestaba que Dios aprobaba la doctrina; y, al legislar Él mismo, con autoridad propia sobre el sábado, aparecía en la misma esfera de esta institución.

Y el sábado, ¿quién podría alterarlo o interpretarlo sino Dios?

El Hijo del hombre es Señor del sábado, el Kyrioscon cuya expresión la Iglesia primitiva proclamaba la divinidad de Cristo.

Él se llama a sí mismo Hijo del hombre, y quiere decir con esto lo siguiente: Aquel a quien vosotros tenéis por un puro hombre, es Dios, Señor de todas las criaturas, y aun del sábado, y puede, por lo mismo, variar a su arbitrio la ley, porque Él es el que la puso.

San Agustín llama la atención sobre un punto: Puede aquí proponerse la cuestión siguiente: ¿Cómo es que dijo San Mateo que le preguntaron al Señor si era lícito curar en día de sábado, cuando San Marcos y San Lucas dicen que les preguntó el Señor a ellos si era lícito hacer bien o mal en sábado? Debe entenderse todo ésto en este sentido: ellos fueron los primeros que preguntaron al Señor si era lícito curar en sábado y, comprendiendo el Señor la intención que tenían de buscar un medio para acusarlo, les puso delante el hombre a quien iba a sanar. Entonces les preguntó lo que refieren San Marcos y San Lucas. Y al permanecer ellos sin saber qué contestar, les propuso la comparación de la oveja y concluyó diciendo que era lícito hacer bien en sábado.

Los tres sinópticos concluyen, pues, con la fuerte y profunda frase de Jesús para justificar su acción: Porque señor del sábado es el Hijo del hombre.

San Marcos la precede por esta otra: el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.

Además, San Marcos señala muy fuertemente la “mirada airada” que Cristo dirige a aquel grupo, “entristecido por la dureza de sus corazones,” ya que callaban ante su pregunta.

San Lucas, resaltando escuetamente que los miró, omite el aspecto de santa ira.

Los tres sinópticos son unánimes en destacar la consecuencia que sacaron los escribas y fariseos: fue la confabulación para prender a Nuestro Señor.

Por eso concluye San Cirilo: ¡Oh fariseo, ves al que hace cosas prodigiosas, y que cura a los enfermos en virtud de un poder superior, y tú proyectas su muerte por envidia!

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Inmediatamente sigue la parábola de los convidados a bodas, con la conclusión: todo aquél que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

San Ambrosio explica que primeramente curó al hidrópico, en quien la hinchazón extraordinaria de la carne no permitía funcionar bien al alma y extinguía el ardor del espíritu; después enseña la humildad, refrenando el deseo de ocupar el primer lugar en el banquete nupcial.

Y San Juan Crisóstomo, completa la enseñanza: Así, el ambicioso de honor nunca obtiene lo que desea, sino que sufre repulsa; y buscando el modo de tener muchos honores nunca llega a ser honrado. Y como nada hay que pueda compararse con la modestia, Jesucristo inclina al que lo oye a hacer lo contrario, no sólo prohibiendo ambicionar el primer sitio, sino mandando que se busque el último.

¿Qué sucedió? Se fueron acomodando los convidados en los divanes para el festín. Jesús observa las maniobras de los comensales para hacerse con los primeros puestos, acercándose cuanto pueden al asiento del jefe de la casa, hombre principal.

Entonces les propuso la parábola, como una lección.

Notemos el contraste entre el que baja, lleno de confusión, y el que sube, lleno de honor, y entre las palabras duras dichas al primero y las suaves con que se invita al segundo a mejorar de puesto.

Y saca Jesús la moraleja de la parábola: Porque todo aquel que se ensalza, humillado será: y el que se humilla, será ensalzado.

Por lo tanto, es temeridad empeñarse en asaltar los primeros puestos, dice San Cirilo, cuando no nos son convenientes, y pueden llenar nuestra vida de vituperio. A veces se escuda esta ambición en las exigencias de nuestro cargo o dignidad: de aquí las cuestiones tan frecuentes de etiqueta y precedencia.

Es muy cristiano no altercar en estos casos, ceder si no es en desdoro de nuestro cargo, o indicar con modestia y humildad lo que juzguemos nuestro derecho.

Por lo tanto, es conveniente a todos ocupar el último lugar en los convites, según lo que manda el Señor.

Sin embargo, ésto puede producir alboroto… Imaginemos qué sucedería si todos los comensales buscasen los últimos puestos…

Por esta razón, San Basilio, dice que querer volver con obstinación al último lugar es digno de reprensión, porque altera el orden y produce tumulto; y una disputa sobre ésto os igualará con los que se disputan el primer lugar. Por tanto, como aquí dice el Señor, conviene que el que da un convite establezca el orden que cada uno debe guardar en la mesa. Y así nos soportaremos mutuamente con paciencia o con caridad, obrando honestamente en todo y según el orden, no según la apariencia o la ostentación de muchos. Ni debemos manifestar que practicamos la humildad o que la afectamos por violenta contradicción, sino más bien que la practicamos por condescendencia o por paciencia. Mayor indicio de soberbia es la repugnancia o la contradicción que ocupar el primer sitio cuando lo hacemos por obediencia.

Y San Cirilo señala con fina reflexión que, una vez demostrado el menosprecio que merecen los ambiciosos y que los que no lo son merecen ser exaltados, añadió lo grande a lo pequeño pronunciando una sentencia general cuando dice: Porque todo aquél que se ensalza humillado será y el que se humilla será ensalzado, lo cual se dice según el juicio de Dios y no según la costumbre humana, por la que muchos que desean honores los consiguen y otros que se humillan no llegan a alcanzarlos.

Sin embargo, vemos que no siempre es tenido en consideración por todos los hombres el que se ingiere en los honores; y aun cuando sea honrado por algunos, otros lo vituperan y acaso aquellos mismos que lo honran exteriormente.

Y San Beda concluye que la doctrina del Señor debe entenderse en sentido figurado; porque ni todo el que se ensalza delante de los hombres es humillado, ni todos los que se humillan en su presencia son ensalzados por ellos. Pero el que se eleva por su mérito será humillado por el Señor; y el que se humilla por sus beneficios será ensalzado por Él.

No busquemos, pues, ahora lo que se nos reserva para el fin; la gloria y el honor debemos esperarlos para la otra vida. Aunque puede también ésto tener lugar en la vida presente: porque cada día entra el Señor en el convite de sus bodas con las almas, despreciando a los soberbios y colmando con frecuencia a los humildes de tal abundancia de dones, que la asamblea de los comensales, es decir la Iglesia, los glorifique llena de admiración.