MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR PARA HABLAR BIEN CON DIOS

ENTRETENIMIENTO VII

Y séptimo medio para hablar bien con Dios

 

La presencia del mismo Dios

8 - copia

El Siervo. Vuestra conversación, Señor, tiene unos dulces encantos, de que no me puedo separar; yo quisiera gozar de ella continuamente; y cuando alguna ocupación exterior me impide, suelo estar en tales inquietudes, que algunas veces no puedo disimular. Me parece que entonces de todas partes me dicen: ¿Dónde está tu Dios? (Psalm. 41.) Y a estas palabras siento que se aumenta mi pena; no suspiro sino por Vos, yo os busco con grande ansia, y no tengo reposo, sino cuando felizmente os he hallado. Este momento, este dichoso instante ha llegado. En fin os hallé, oh amadísimo mío; yo os hallé, oh deseado de mi corazón; os hallé, y no os dejaré. (Cant.3) ¡Cuán bueno es estar cerca de Vos! ¡Cuán bueno es tratar con Vos, lejos del bullicio y del comercio del mundo! Permitid, Dios de bondad, que yo me aproveche a placer mío y de espacio de este bien, y que os hable con libertad. Habladme también Vos en vuestra voz, y dadme las instrucciones que sabéis necesito, oh Maestro mío.

El Señor. Hijo mío, para gozar de mi conversación, no es menester que te apartes de tus ordinarias ocupaciones. Yo estoy en todo, y así en toda ocupación puedes conversar conmigo, no tienes que hacer sino mantenerte en mi presencia. Cuando se está con alguna persona, por poco distinguida que sea, se juzga debido el hablarle; y se creería que faltaba a su respeto quien la dejase, sin decirle nada; tú pues hablarías conmigo, si pensaras que yo estoy junto a ti o contigo.

El Siervo. Es verdad, Señor, y yo lo he experimentado muchas veces. La memoria de vuestra presencia es un poderoso incentivo de vuestra conversación; pero los negocios y las compañías en que me hallo embarazado por mi estado me hacen perder esta dulce memoria.

El Señor. Hijo mío, no son los negocios, ni las compañías en que tu estado te pone, las que te hacen perder la memoria de mi presencia; es la demasiada solicitud e inmoderada afición que les tienes. Modera lo uno y lo otro, y te conservarás entre los mayores embarazos con la libertad de espíritu, que es necesaria para pensar en mí; no te des a las ocupaciones exteriores, préstate solamente. Antes que te empeñes en las conversaciones, sobre todo en aquellas a que te ves algo más aficionado, ármate contra la disipación, que es el escollo ordinario; ten cuidado en el discurso de estas conversaciones de entrar frecuentemente en ti mismo, y de levantarte de tiempo en tiempo hacia mí; y no salgas sino con algunos buenos sentimientos, que mantengan en tu corazón el reposo y la calma, a que antes gozaba. De esta manera me tendrás siempre delante de tus ojos, como mi Profeta, persuadido como él, que yo estoy siempre a tu lado para ayudarte y defenderte. (Psalm. 15.)

El Siervo. Señor, la atención, que es preciso poner en lo que se hace y se dice, se lleva la que merecía vuestra divina presencia.

El Señor. Hijo mío, estas dos suertes de atención no son incompatibles. Tú mismo lo experimentaras todos los días, cuando tratas con algunas personas de tu afición, y te ocupas en algo con ellas. ¿No piensas entonces en aquellas personas? ¿No les hablas de cuando en cuando, sin estorbo de la atención que es menester poner en lo que haces? ¿Por qué pues no te portarás del mismo modo conmigo, que no estoy menos cerca de ti, que coopero, fuera de esto, contigo, y que te doy los medios de obrar? Tú no me ves, es verdad; pero aunque invisible, estoy tan presente a ti como los objetos que caen bajo los sentidos, o por mejor decir lo estoy más; pues no solamente me tienes cerca de ti, sino en ti mismo; y el testimonio de la fe es mucho más seguro que el de los ojos.

El Siervo. Veo, Señor, que me falta esta fe de vuestra presencia.

El Señor. Hijo mío, si la fe de mi presencia te falta, todo te faltará; sin ella tu devoción no será ni sólida, ni constante. Bien podrás moderarte, cuando estés a la vista de los hombres; pero fuera de ella te dejarás arrastrar de tus deseos. Procura pues excitar en ti esta fe con frecuentes reflexiones sobre la existencia e inmensidad de mi ser. Piensa de tiempo en tiempo, que yo estoy delante de ti, y dentro de ti; que a cualquiera parte que te vayas me tienes siempre a tu lado, testigo siempre de tus palabras y de tus obras; que vives, te mueves y estas en mí; (Act. 17.) que yo estoy en todas las criaturas, produciendo las perfecciones que en ellas admiras, y todos los bienes que por ellas recibes; (ad Philip. 1.12.) que soy yo quien te alumbra en el sol, te calienta en el fuego, te refrigera en el aire, te quita la sed con el agua, te alimenta con los manjares, te cura en las plantas, te enriquece en las varias producciones de la naturaleza, te deleita en los perfumes, en los conciertos, en todo lo que halaga los sentidos, te divierte, te aconseja, y te sirve en las personas, cuya compañía te es útil o agradable. Convéncete bien de estas verdades; haz frecuentemente actos de fe, hazlos sobre todo, cuando des principio a alguna oración, y acción algo considerable; cuando entres en tu casa, o salgas de ella; cuando veas algún objeto, en que mis perfecciones resplandecen más.

El Siervo. ¡Qué de ocasiones, Señor, no nos ofrecéis para despertar en nosotros la memoria de vuestra presencia! ¡De cuantas maneras, igualmente sensibles que amorosas, no os descubrís a nuestros ojos! ¡Todas las criaturas de este vasto universo son como otros tantos claros espejos, que os representan a nosotros de todas partes; son como otros tantos abiertos libros, que anuncian vuestras perfecciones, y las manifiestan con los más significativos caracteres; pero, cosa extraña, y que parece prodigio! ¡Se ve el espejo, y no se ve lo que él representa! Se examina el libro, se miran en él todos sus caracteres, y no, se percibe lo que contiene. ¡Se admiran, Señor, vuestras obras, y no se piensa en el grande artífice que las hizo! ¡Se reciben de vuestras criaturas bienes continuos, y no se atiende a la mano, que derrama todos estos bienes por el canal de ellas!

¡Ah! Señor, yo puedo muy bien decir con vuestro Discípulo amado, que la luz luce en las tinieblas, y que las tinieblas no la perciben. (Joan. I.) ¡Vos brilláis, oh luz increada, Vos brilláis a mis ojos por todas partes; y no os veo a Vos, por quien todas las cosas se ven! Con razón me puedo apropiar a mí la reprehensión que hacía a los Judíos el Precursor de vuestro Hijo; Vos estáis, oh autor de todo lo criado, Vos estáis en medio de nosotros, y en todo lo que nos rodea, y no os conozco (Joan I) a Vos por quien sólo conozco y por quien sólo vivo.

Tened piedad, Señor de mi ceguedad, y dignaos de curarla; haced que yo vea, (Luc. 8.) no los objetos de acá bajo, que no pueden satisfacer a los ojos (Eccles. 1.), sino a Vos, oh belleza soberana, que sólo podéis contentar, así a los ojos como a los corazones. Vos nos decís en vuestras escrituras que la claridad de vuestro rostro brilla sobre cada uno de nosotros. (Psalm. 4.) No permitáis que yo sea insensible a esta divina luz; haced que yo me acostumbre a miraros en vuestras criaturas, para que algún día os vea cara a cara con los espíritus bienaventurados, que no pueden dejar de contemplaros (2. Petr. 1.) en el resplandor de vuestra gloria. Amen.