Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

joven

La fuerza de un gran objetivo

Fíjate algún ideal grande y elevado para tu vida, no te contentes con ser un mediocre. Después no te apartes nunca de él y aplica todas tus fuerzas a conseguirlo, aunque tardes años en alcanzarlo. Incluso hasta podría darse el caso de que nunca lo alcanzaras. Pero no importa, nos acercamos al fin. Quien se propone con todas sus energías conseguir un objetivo elevado descubrirá en sí, día tras día, nuevas fuerzas, cuya existencia ni siquiera sospechaba.

Las privaciones increíbles de las guerras nos han demostrado cuanto puede soportar el cuerpo humano; así también si te lanzas con todas tus fuerzas hacia tu ideal, sólo entonces podrás ver de cuánto es capaz el alma humana con una voluntad firme.

Podrías fijarte, por ejemplo, como meta librarte cueste lo que cueste de tu peor defecto, raíz de todos los demás. O bien, si en el curso pasado sacaste sólo aprobados, en el año que viene propónte sacar notables en todo, por mucho trabajo que pudiera costarte. O también resuelve aprender inglés, y a esto dedicarás media hora cada día; pero sin dejar de estudiarlo ni un solo día. Y así sucesivamente.

Pero además de estos fines inmediatos me gustaría que te fijaras un objetivo más lejano. Te ayudará a animarte leer frases como estas: «Donde millones de hombres se arredraron, allí empieza tú a trabajar. En las cumbres aún hay sitio para los esforzados. Los mayores cimas del mundo están aún por conquistarse.»

Si tus anhelos se lanzan siempre como el águila a un fin elevado, los alcanzará con más facilidad que si, a modo de golondrina, no hace sino rozar de continuo la tierra. Además, piensa que hay jóvenes que se degradaron moralmente porque no supieron fijar a su vida un gran ideal, una cumbre elevada que conquistar.

Acepta el reto que Dale Carnegi propone a los jóvenes: «Mi puesto está en la cumbre.» Pero sólo se alcanza por el trabajo duro y el cumplimiento del deber.

Hay quien se justifica diciendo que él quiere se conforma con ser «humilde», «resignado», «modesto». Confunden la cobardía con la virtud y la pereza con la humildad. La verdadera humildad hace decir al hombre: «Nada soy, nada puedo por mi propia fuerza, pero si Dios me ayuda no hay en el mundo cosa que no pueda hacer. Repite, pues, con frecuencia: «Dios mío, Dios mío! Nada soy y lo que soy es completamente tuyo. Confío en tu ayuda que no me ha de faltar.» Reza esta oración muchas veces y verás qué fuerza espiritual tan viva brota de tan sencilla súplica.

Antes piénsalo

Hay muchachos capaces de llevar a cabo mil hazañas estupendas… pero sólo en su fantasía. Refieren a sus compañeros empresas atrevidas pero sólo «sobre el papel»; eso no es carácter.

Obrar, eso es carácter. Tampoco es carácter la precipitación desatinada, defecto común muchos jóvenes. No es del joven de carácter lanzarse a la acción sin pensarlo antes, emprenderlo todo para dejarlo mañana. Ahora empiezas a estudiar inglés, pero dentro de una semana te descorazonas por las dificultades y echas en un rincón la gramática inglesa. En compensación te entregas a los deportes. Durante dos semanas te entrenas sin compasión, desde la mañana a la noche, pero al llegar a la tercera semana ya estás cansado. Cambias continuamente.

Antes pensarlo, después lanzarse. Es decir, pensar bien la cuestión, si es mi deber llevarla a cabo, considerar las circunstancias. Pero si ves que has de hacerlo, o vale la pena de que lo hagas, entonces no has de retroceder, por más abnegación, perseverancia, sacrificio que te costare; he de hacerlo, es deber mío, por tanto, lo hago; esto ya es ser hombre de carácter.

La libertad

No hay palabra que guste tanto a los jóvenes como la palabra «libertad». ¡Crecer libremente! ¡Desarrollarse libremente! ¡Vivir libremente! Libremente, como un pájaro. Un deseo instintivo impele a la juventud hacia la libertad. Y si es instintivo, luego lo dio el Creador; y si lo dio Él, entonces habrá fijado metas elevadas para este instinto. Este fin no puede ser otro que asegurar el desarrollo del espíritu. Y por ello no has de luchar contra toda regla o norma —eso sería libertinaje, desenfreno—, sino sólo contra los obstáculos — pasiones e inclinaciones— que se oponen al libre desenvolvimiento de tu carácter.

Muchas normas o reglas favorecen tu desarrollo, aunque a veces resulten incómodas y desagradables. Al igual que la parra se sostiene y eleva cuando está unida al rodrigón, necesitamos normas o reglas que nos permitan el crecimiento como personas, aunque a veces nos agraden. Si nos atamos a las normas no es para contrariar nuestra libertad, sino para dirigir y asegurar su recto crecimiento.

Todo instinto abandonado a sí mismo es ciego. Es ciego también el instinto de libertad y cuando no está sujeto a la dirección de la razón —por la que nos orientamos hacia el bien verdadero—, precipita al hombre en la perdición y la ruina. Por esto vemos día tras día la triste realidad de muchos jóvenes que se pierden por una libertad mal entendida. Los instintos sin control arrastran hacia lo fácil, hacia lo que «me apetece» y no a lo que favorece un desarrollo armónico y espiritual.

Si el joven quiere verse libre e independiente, más lo desean para él sus educadores y padres, que sea libre verdaderamente. No es independencia el desorden, el emanciparse de toda ley, sino la independencia interior, el dominio de sí mismo, el dominio contra la desgana, contra el desaliento, el capricho y la pereza.

¿Cómo, pues, podrás trabajar por tu independencia espiritual? Viendo en las órdenes de tus padres, en las reglas de tu centro educativo, en el deber cotidiano, no mandatos caprichosos que coartan tu libertad y que sólo han de cumplirse mientras lo ven otros y pueden vigilarlo, sino al contrario, medios que te sirven para vencer tu comodidad, tu mal humor, tus caprichos, tu superficialidad, tu inconstancia. Quien mira bajo este aspecto cuanto se le
manda y obedece, este tal trabaja de veras por la libertad del alma. «Servir a Dios es reinar», dice un proverbio latino.

Continuará…