SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO IX

Auditui meo dabis gaudium et laetitiam; et exultabunt ossa humiliata

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Dad gozo y contento a mis oídos y saltarán con alegría mis huesos humillados

Después de haberme castigado como Juez, dignaos, Dios mío, de perdonarme como Padre. No me tengáis más con los sobresaltos que me causa vuestra ira; os oiga yo alguna palabra de consuelo y de gozo. Señor, desfallecida estoy entre tinieblas, y no puedo ser alumbrada sino por vuestra gracia. Aunque yo tuviera muchos millones de años que vivir, y los pasase todos en lágrimas, en maceraciones, en oraciones, en vigilias y en ayunos, sé bien que aún no pudiera satisfacer plenamente a vuestra justicia; y sin el socorro de vuestra misericordia peligraría mi salvación.

Así, Salvador mío, tanta confianza tengo en vuestra bondad, que me atrevo a pediros que prevengáis desde ahora el tiempo de mi tardía conversión, y consoléis mi alma con palabras que la hagan saltar de alegría.

Este favor infinito, oh Dios mío, ayudará también a alentarme en el deseo fervoroso que tengo de ser toda vuestra. Ay que Vos conocéis todas mis flaquezas, la variedad de mis pensamientos, las mudanzas continuas que pasan por mi espíritu. Mi corazón es una arena movediza; sobre la cual dificultosamente puedo fundar un edificio sólido. Las tempestades y remolinos, que soplan de la parte del mundo, destruyen mi obra. Por eso, Dios mío, nada puedo hacer sin Vos; dadme vuestra mano ayudadora, fortalecedme con algunas de vuestras palabras, que me llenen de gozo, después de haber estado abatida y humillada. Después de haber sufrido tantas molestias, levantad mi alma desfallecida, y consoladla en sus amarguras.

Bien sé yo, Dios mío, que soy indigna de esta gracia; que no tengo que quejarme de lo que he padecido, y que tengo motivo para daros humildísimas gracias de que no me habéis castigado más; pero entretanto me atrevo a pediros todavía nuevas mercedes; atrévome a suplicaros, mi amable Jesús, que me hagáis participe de algunas de vuestras celestiales dulzuras; que me apartéis de los sobresaltos continuos en que me hallo por la enormidad de mis pecados ; y que derraméis en mi corazón aquella unción de amor, y caridad que da el verdadero descanso a la conciencia.

Confieso, Dios mío, que pido de una vez lo que por ninguna obra buena he merecido; yo deseo el premio antes de empezar el trabajo; deseo el triunfo sin haber peleado. Aún no he entrado en la carrera de la penitencia; cuando ya mi corazón vuela al término, para recibir en él la corona. En fin, Señor mío, yo soy una temeraria, que no tengo valor alguno para emprender el bien, ni virtud alguna para obrarle. ¿Más qué soy yo también sino una quinta esencia de todas las miserias humanas, una suma de todas las pasiones, un compendio de enfermedades, una nada a vuestros ojos, un poco de lodo?

Necesito, pues, de que Vos lo hagáis todo por mí, y queráis Dios mío, consolarme con algunas de vuestras palabras, que me ayuden a tomar el buen partido, y me alienten a dejar todas las cosas vanas y transitorias, que todavía me tienen asida. Si habláis Vos a mi corazón, ya no estará sordo a vuestra voz; él os responderá, Maestro mío amado, él os seguirá, y os será fiel.

Vuestros consuelos no son transitorios, como los del mundo, cuya posesión fatiga y disgusta. Vuestras dulzuras cuanto más se prueban, tanto más se desean gustar. Ellas sirven de un divino antídoto al alma para preservarla de los venenos que sus enemigos le presentan; le sirven de revulsivo contra la pérdida de los bienes, contra las mudanzas de la fortuna, contra el olvido de los amigos, contra las prisiones, destierros, amenazas, y todos los disgustos; sirven también contra el dulce alago de las grandezas en que el hombre se halla elevado por su nacimiento, o por los favores del Príncipe; permaneciendo humilde en la gloria del mundo, y pobre en la abundancia.

Éstos son, Señor; los efectos que las celestiales consolaciones esparcen sobre las almas; pero éstas son almas inocentes, la mía es pecadora; almas que no pueden deslumbrarse sino por vuestras divinas bellezas, y que se atraen la abundancia de vuestras mercedes, por lo bien que usan de ellas. Estas sí que merecen que Vos les habléis. Pero, Dios mío, aunque yo soy indigna de ésto, no dejo de suplicaros por vuestra infinita misericordia, y por esas entrañas de Padre, que os hicieron comprar mi salud a costa de toda vuestra preciosa Sangre, que tengáis a bien hacerme oír una palabra de consolación, y de alegría; y todas las potencias de mi alma, que habéis abatido, y humillado, saltarán de contento.