30 DE AGOSTO- SANTA ROSA DE LIMA

(1586-1617)
Virgen – Terciaria Dominica.
Patrona Principal de Hispanoamérica; Lima, Perú; Filipinas; bordadores; floristas; jardineros; personas ridiculizadas por su piedad. Protectora contra la vanidad.

santa rosa de lima 3VIDA DE SANTA ROSA

La cuna

Rosa que recibió en el bautismo el nombre de Isabel por ser de su abuelita, nació el 20 de abril de 1586, y sus padres fueron Gaspar Flores y María de Oliva, pertenecientes a una familia acomodada de Lima, capital del Perú. Cierto día en que la niña descansaba en su cuna, la contemplada amorosa su feliz madre en compañía de familiares y amigos, cuando vió admirada entreabrir en su lindo rostro los rojos y frescos pétalos de una rosa magnífica. Extraordinariamente sorprendida, tomó gozosa en brazos a su hijita y acariciándola y colmándola de besos le dijo:” Tú serás mi Rosa.” Cuando el gran Santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima y apóstol del Perú, le administró el Sacramento de la confirmación, La llamo también Rosa, aunque desconocía aquella milagrosa circunstancia con que el cielo se adelantara a distinguirla.

Llegada la adolescencia, oía la niña ponderar su hermosura, e ignorante del prodigio referido, creía que por ser bella la llamaban Rosa. Temió su casta humildad y, postrada a los pies de la Virgen, le contó con infantil sencillez la causa de su pena. Se le apareció entonces la Santísima Virgen con el niño Jesús en los brazos y le dijo: “Gusta a mí divino Hijo que te llamen Rosa pero desea que a tan precioso nombre añadas el mío; por tanto, de hoy en adelante habrás de llamarte Rosa de Santa María”.

Primeras pruebas

Tres años contaba Rosa, y un día se agarró los dedos con la tapa de un baúl cerrado incautamente. Tan bien supo disimular el dolor de aquel magullamiento, que no lo advirtió su madre hasta varios días después. El cirujano, a quién llamaron a toda prisa, aplicó a la uña un ungüento que la corroyó casi por completo y arrancó después la parte magullada, sin que en tan dolorosa operación exhalase la niña queja alguna ni manifestase el menor susto. Meses después tuvo mal en una oreja y hubo que sajarle la parte dañada, tampoco entonces dio señales de dolor. Apenas curada de esta dolencia, tuvo su madre la imprudencia de espolvorearle la cabeza con un producto preparado a base de mercurio para curarle unas erupciones. Desaparecieron las costras pero el mercurio penetró en las carnes y las royó, originó en la niña molestas convulsiones para las que no quiso alivio alguno, a pretexto de que el dolor no era mucho. La creyó su madre, pero fue muy grande su pena al ver la extensa y profunda llaga que las aplicaciones del violento cáustico le habían producido y de las que tardó 42 días en curarse. Después hubo de serle extraída una excrecencia en las fosas nasales. Durante la operación tuvo que soportar los vivísimos dolores consiguientes. Todos los circunstantes lloraban de compasión, sólo ella se mantuvo en calma.
Tanta constancia en el padecer fue recompensada con muy grande acopio de favores espirituales, en cuya comparación nada son los dolores y penalidades de la vida. Iluminada con luz sobrenatural en las vías de extraordinaria perfección a que el Señor la llamaba, comprendió Rosa desde sus más tiernos años, que los favores extraordinarios deben ser motivo ante todo para cumplir con la mayor perfección los deberes del propio estado. Aquel su anhelo por seguir con absoluta fidelidad las inspiraciones de la gracia, fue para la santa niña causa de una serie de ingentes sufrimientos y, por lo tanto, de méritos aquilatados; porque hallándose igualmente dispuesta a obedecer a sus padres y a seguir las inspiraciones de la gracia y los impulsos interiores, cuya fuerza aquellos ni sospechaban siquiera, surgían para la valerosa niña constantes tribulaciones.

Terciaria de Santo Domingo

Desde los 5 años había consagrado su virginidad al Señor. Era natural, pues, que a Él solo quisiese agradar, y que las vanidades y complacencias mundanas fuesen para ella un suplicio, pero tales trazas sabía darse que lograba complacer a Dios sin disgustar a su madre.
Forzada en cierta ocasión a adornarse con una corona de flores, se dio maña en poner con disimulo un alfiler que se le hincaba en la cabeza y trocaba a aquel ornato de vanidad en instrumento de tortura.
La madre, demasiado preocupada en realzar la belleza de su hija la obligaba a vestir con elegancia; y aún la castigaba severamente cuando, no por desobediencia, sino por indiferencia de las cosas de este mundo, descuidaba la niña el atavío de su persona. A fuerza de paciencia, Rosa logró, por fin, que su madre se allanara a permitirle usar un manto de tela basta.
Se ejercitaba en casa en todas las prácticas dignas de la más ferviente religiosa. Así, se había impuesto la obligación de no beber jamás sin permiso de su madre. Ese permiso lo pedía una vez cada tres días, y si en alguna de ellas su madre, como prueba, no se lo daba, permanecía otros tres días sin volverlo a solicitar y soportaba aquella dura privación con gran contentamiento de su alma, sin que llegara a flaquear su ánimo un instante.
Una serie de reveses de fortuna privó a los padres de Rosa de cuanto tenían. Entonces dio muestras la amante hija de todo su valor y abnegación, no sólo sirviendo a sus padres, sino también ayudándoles en el trabajo, a fin de ganar lo necesario para la subsistencia de todos.
Dios acudía en su ayuda milagrosamente, porque, a pesar de la precaria salud y de los frecuentes éxtasis, hacía Rosa diariamente la labor de cuatro personas, sin que sus energías cedieran ante el esfuerzo.
Sin embargo -¡oh ceguera e inconsecuencia del espíritu humano!-, su madre no podía resolverse a que renunciara al matrimonio, y como la belleza extraordinaria de Rosa, no quebrantada por tantas austeridades, le atraía numerosos pretendientes, la piadosa joven tuvo que sostener largas y penosas luchas con los suyos. Le ayudaba en éstas su protectora Santa Catalina de Siena, a quien había tomado por modelo. Como recompensa de esa fidelidad, Dios le dio a conocer que sin abandonar la casa paterna, podía consagrarse a Él y observar todas las virtudes monásticas. Por eso, como la Virgen de Siena, vistió el hábito de la Orden Tercera de Santo Domingo el10 de agosto de 1610, y a partir de aquel memorable día, se entregó, como ella, a una vida contemplativa y penitente.

Penitente

Desde sus tiernos años practicó el ayuno más riguroso. ¡Cuántas verdad es que las exigencias de nuestro cuerpo y de nuestra salud, crecen o disminuyen en proporción de lo que les concedemos!
Siendo pequeñita no comía nunca fruta. A los seis años ayunaba a pan y agua los viernes y sábados. A los quince, hizo voto de no comer nunca carne, salvo el caso de mandato formal de santa obediencia. Más tarde no comía más que sopas hechas sólo con pan y agua y sin condimento ninguno, ni siquiera sal, y como esa mortificación no le parecía suficiente, añadía un brebaje tan amargo que no podía tragarlo sin verter lágrimas. Pasaban a menudo varios días sin comer; y esos ayunos extraordinarios eran ciertamente en ella efecto de una gracia especial, a la que respondía con generosidad; pues si sus padres la obligaban a tomar algún alimento sustancioso, pronto tenían que reconocer que con aquel cuidado y oficiosidad, lejos de aliviarla, aumentaban considerablemente sus dolores.
Cada noche se disciplinaba con cadenas de hierro, y se ofrecía a Dios como víctima propiciatoria por la Iglesia, por el Estado, por las almas del purgatorio, por la conversión de los pecadores y por los intereses de la fe católica. Y era tan constante en esta penitencia que no daba tiempo a las heridas para curarse, de modo que su cuerpo era una pura llaga.
Íntimamente compenetrada con la pasión de su amante Salvador, se ingeniaba sobremanera para inventar penitencias que la acercasen más y más a su divino Modelo.
A los catorce años salía de noche al jardín con las espaldas martirizadas por las disciplinas, como lo habían sido las de Jesús, y, cargándose con una pesada cruz a ejemplo de su Maestro, caminaba con los pies descalzos y con paso lento, meditando sobre la subida de Cristo al monte Calvario, y dejándose caer de cuando en cuando para imitar con mayor perfección a su Ejemplar y Modelo.

Unida a la Cruz

Se ciñó la cintura con tres cadenitas que cerró con un candado, cuya llave arrojó al aljibe para que no se las pudieran quitar. Las cadenas atravesaron pronto la piel y penetraban en las carnes al paso que éstas iban creciendo, con lo que se le producían dolores acerbísimos que soportó durante muchos años en silencio; hasta que una noche no pudo contenerse y prorrumpió en sollozos. Se vio entonces obligada a descubrir su secreto a una criada, con cuya ayuda intentó vanamente romper las cadenas; sólo acudiendo a la oración consiguió que se quebraran; pero aun así, no se las pudo quitar sin arrancar partes vivas de su carne.
Muchas veces ponía los pies desnudos en la piedra ardiente del hogar y hacía larga meditación sobre las penas del infierno. Con una lámina de plata se fabricó a manera de un cerquillo, practicó en él tres filas de treinta y tres orificios en cada una, y por ellos introdujo clavos con las puntas hacia dentro. Los treinta y tres clavos representaban los treinta y tres años que vivió Cristo en la tierra.
Esa corona se la ponía todos los viernes, y la apretaba cada vez con mayor fuerza, a fin de que los clavos penetrasen en la cabeza, y para que el cabello no ofreciese su débil protección, se lo cortó. Acaso habría quedado ignorada esa penitencia heroica, si cierto día no se hubiese caído Rosa, hiriéndose en la cabeza, de la que se escaparon tres hilos de sangre que denunciaron el martirizador instrumento.
Pareciéndole poco austero el lecho de madera en que por mucho tiempo descansó, se fabricó otro con trozos de tabla unidos con cuerdas, y llenó los intersticios con fragmentos de teja y de vajilla de modo que las aristas más cortantes quedasen hacia arriba. Cuando por la noche se acostaba en ese lecho de tormento, se llenaba la boca de hiel en memoria de la que dieron a su amante Salvador en la Cruz. Ella misma confesó que ese brebaje le ponía la boca tan ardorosa y desecada que al levantarse no podía hablar y respiraba con muchísima dificultad. Tal repugnancia le producía aquella cama que sólo el verla o pensar en día le hacía temblar, y por la noche al prever lo que en ella iba a sufrir le acometía una fiebre abrasadora. A tanto llegó su temor cierto día, que antes de decidirse a sufrir aquel martirio se quedó largo tiempo pensativa. Entonces le habló claramente Jesús y le dijo- “Acuérdate, hija mía, que el lecho de mi cruz fue mucho más duro, más estrecho y más espantoso que el tuyo. Verdad es que yo no tenía como tú piedras bajo la espalda, pero acerados clavos atravesaban mis manos y mis pies. Ni me perdonaron la hiel. Me la presentaron los sayones cuando la fiebre devoradora me angustiaba. Medita eso en tu lecho de dolor y la caridad te dirá que, comparado con el mío, tu lecho es de flores”.
Fortalecida con tales palabras nunca más decayó la constancia de Rosa durante los dieciséis años que todavía vivió. Por eso dormía muy poco y el insomnio fue para ella, como lo había sido para Santa Catalina de Siena, una de las mortificaciones más difíciles de soportar.

Humildad y Obediencia

De las veinticuatro horas del día, dedicaba doce a la oración, diez al trabajo manual y dos al sueño. Cuando estaba de rodillas se cerraban sus párpados muy a pesar suyo, y para triunfar del sueño se hizo construir una cruz algo más larga que su estatura, clavó en los brazos de la misma dos clavos resistentes que pudiesen soportar el peso de su cuerpo, y cuándo que- ría rezar de noche, alzaba la cruz, la apoyaba contra la pared y se suspendía de los clavos mientras duraba la oración.
Daríamos una idea muy imperfecta de la santidad de Rosa, si expusiésemos sus austeridades extraordinarias sin añadir que las sometía a la obediencia y estaba siempre dispuesta a dejarlo todo si se lo mandasen, porque LA VERDADERA SANTIDAD NO CONSISTE EN LA PENITENCIA CORPORAL, SINO EN LA DEL CORAZÓN, QUE ES IMPOSIBLE SIN HUMILDAD Y OBEDIENCIA.
No ha de sorprender que permitiesen usar tan crueles austeridades a una jovencita de tan débil constitución. Siempre que quisieron oponerse a ello sus confesores, se vieron impedidos por una luz divina; y la madre, que la maltrataba cuando descubría alguna nueva penitencia, se veía misteriosamente impedida cuando quería obligarla a tomar algunos cuidados.
No era menor en Rosa la humildad que la obediencia. La palidez de su rostro, la alteración de sus facciones, aquellos ojos que habían perdido su brillo a fuerza de llorar, en una palabra, toda su persona desfigurada por la penitencia, atrajo la atención del público, y Rosa supo con grandísima confusión que todos la veneraban como santa. Acudió a Dios desolada y le pidió con instancia que sus ayunos no le alterasen en nada la fisonomía. Dios la escuchó y le devolvió la lozanía y los colores. Sus apagados ojos se reanimaron y todos sus miembros adquirieron nuevo vigor. Así sucedió que después de haber ayunado una cuaresma a pan y agua y de haber pasado treinta horas sin tomar alimento, la vieron unos jóvenes y se burlaron de ella diciendo: “¡Vaya con la religiosa célebre por sus penitencias! Cara tiene de haber banqueteado, a pesar de hallarnos en tan santo tiempo”. Rosa dio gracias a Dios desde el fondo de su alma.

Desposorio Místico

La soledad era un verdadero regalo para la piadosa virgen de Lima, y como en casa de sus padres no hallaba lugar alguno bastante oculto para vivir lejos del mundo y totalmente olvidada de él, se hizo construir una pequeña ermita en un rincón del jardín, adonde llevó su pobre lecho, una silla y algunas imágenes piadosas, allí distribuyó ordenadamente su tiempo entre la oración y el trabajo manual.
Como no se le permitía ir sola a la iglesia y su madre no siempre la podía acompañar, hubo quien la compadeció al verla privada de aquella dicha, pero Rosa contestó que Dios le hacía asistir diariamente a varias misas, ya en la iglesia del Espíritu Santo, ya en la de San Agustín.
La santa limeña fue devotísima de la Virgen del Rosario, quien le enseñaba, consolaba y visitaba junto con su Santísimo Hijo. Su imagen, existente en la iglesia de Santo Domingo, cambiaba de rostro cada vez que le solicitaba algún favor y le significaba los sucesos futuros del reino. Fue a sus plantas que recibió una de las mayores mercedes que obtuvo del Cielo, el Domingo de Ramos de 1615. Los religiosos repartieron todas las palmas que habían bendecido y no alcanzó para Rosa, quien quedó entristecida; pero enseguida, volviéndose a la sagrada imagen, arrepintiéndose de tal sentimiento por cosa de tan poca importancia, pidió perdón y dijo: “Señora mía, no quiero palmas de hombres, espero recibir la que por intercesión vuestra me ha de dar mi Señor Cristo”. Y continuando en oración vio que el rostro de Nuestra Señora estaba alegrísimo y el del Niño más aún, el cual mirándola le dijo: “Rosa de mi Corazón, sé mi esposa”. La santa, humillándose grandemente respondió: “Señor aquí esta vuestra esclava”. Rosa iniciaba, así, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en el Perú.
Volvió a casa con este pensamiento y determinó hacer un anillo, señal del desposorio. Confidenciando esto con un hermano suyo, pidió que se grabase un corazón y un Jesús, a lo que su hermano completó: “Y una frase que diga: «Rosa de mi Corazón, sé mi esposa»”, lo que la llenó de gozo al ver que éste repetía las mismas palabras del Niño sin haberlas oído. Hecho el anillo, después de hacerlo colocar en el sagrario durante los días de Semana Santa, la mañana de Pascua lo recibió de manos del Padre Maestro Fray Alonso Velásquez.

Defensora del Santísimo Sacramento

Cuando los calvinistas holandeses se aproximaron a las costas del Callao en julio de 1615 cundió la alarma en Lima y mientras los frailes dominicos fueron a tomar las armas, el Santísimo Sacramento quedó sin protección alguna en la Iglesia de Santo Domingo. Entonces, Rosa, “convertida en leona” se remangó las mangas y cortó los hábitos “para con más ligereza poder subir al altar” proponiéndose “luchar y morir por el divino Sacramento”.
Con frecuencia, decía Rosa a sus confesores: “Oh, quién fuese hombre, sólo para ocuparme en la conversión de las almas”, exhortando a los predicadores a la conversión de los indios idólatras. Y concertó con Fray Pedro de Loayza a que si él le daba la “mitad de las almas que por sus sermones se convirtiesen o enmendasen”, ella le daría la mitad “de todas cuantas buenas obras hiciese”.
Por eso, al fundarse en 1725 el convento franciscano de Ocopa, se tomó a Rosa por patrona. Este centro misionero amazónico materializaba el celo evangelizador de Rosa cuando ésta “ponía los ojos en los montes que ocupaban lo interior de la América, y sentía en sus entrañas que, pasadas las nevadas cumbres de aquellos ásperos collados y montañas inaccesibles, existían muchas almas que no conocían a Jesús”.
Testifican los confesores de Rosa, que tuvo singular don del cielo para discernir espíritus y conocer, entre tantas revelaciones y visiones que tuvo, cuáles eran de Dios y cuáles eran del patrón “sarnoso”.
Oyendo decir a algunas personas que querían ir al Purgatorio por toda la vida, sólo por ver a Dios, Rosa decía que era algo bueno, pero que ella no quisiera sino ir luego al Cielo, que para esto la había creado Dios.

Santa muerte y glorificación

Desde que cayó enferma supo que se había de morir y así se lo decía a todos. Viendo llorar a su madre, María de Oliva, le dijo: “No llore, madre mía, ni derrame lágrimas, porque las lágrimas valen mucho y sólo por los pecados se han de derramar”.
Los tormentos de la agonía final de Rosa repitieron la Pasión del Calvario. Sus dolores sobrenaturales se asemejaban a una lanza de fuego que la atravesaba de pies a cabeza. “Dónde estás Señor mío, bien mío, regalo mío; cómo no te veo” murmuraba Rosa en su lecho de muerte haciendo suyas las palabras de Cristo en la Cruz, para añadir después “cúmplase Señor en mí tu santísima voluntad”. Así llegó al último trance, para el cual toda la vida se había prevenido y diciendo: “Jesús, Jesús, sea conmigo” expiró y entregó su alma a Dios, en la madrugada del 24 de agosto de 1617, fiesta de San Bartolomé. Al morir, su boca —como la de Cristo— estaba cubierta de sangre y su faz parecía “un vivo retrato de … Nuestro Señor en la Cruz”.
Tan sólo a la vista de su venerable cadáver, los pecadores se confesaban a voces llenando los “confesionarios de lágrimas” y las “casas de modestia” (Fray Victorino Osende  O.P).
Su entierro fue apoteósico. Multitudes de gentes llenaron plazas, calles y azoteas. Concurrieron el Arzobispo Lobo Guerrero y los representantes del Cabildo de la Iglesia Metropolitana, los Magistrados y oidores de la Audiencia de Lima, que sólo hacían acto de presencia a la muerte de un virrey. Antes de ser sepultado, su venerable cadáver fue vestido seis veces por el fervor generalizado de obtener reliquias. Tenía su cuerpo yaciente una singular belleza. Rosa no parecía muerta sino dormida. Los fragmentos de los hábitos, las hojas de palma de su túmulo, las partículas de su escapulario y velo, el polvo y astillas de su sepulcro y ermita, se repartieron por todo el Perú empezando a curar enfermedades y a obrar numerosos milagros.
Como fue previsto por Rosa, su ejemplo cundió, cinco años después de su muerte se fundó el Monasterio de Santa Catalina, y sobre el solar de su protector don Gonzalo de la Maza, donde se refugió de la persecución que desató su familia contra ella, se levantó más adelante el Monasterio de Santa Rosa de las Monjas.
Clemente X, en su Bula de Canonización (1671), puntualizaba cómo esta santa era “una Rosa de muy suave olor a Dios, a los ángeles y a los hombres… y la primera que el Nuevo Mundo ha de poner en el catálogo de los santos… y de tal manera le inflamó con el fuego de su caridad, que no sólo recreó con su olor, sino que brilló con luz esplendente en aquella parte de la Casa de Dios que estaba en las tinieblas, para que resplandeciese como el lucero de la mañana entre las tinieblas, como la luna en su plenitud en nuestros días y como el sol refulgente en perpetuas eternidades”.
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