Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 15ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

DECIMOQUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y aconteció después, que iba a una ciudad, llamada Naím; y sus discípulos iban con Él, y una grande muchedumbre de pueblo. Y cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban fuera a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y venía con ella mucha gente de la ciudad. Luego que la vio el Señor, movido de misericordia por ella, le dijo: No llores. Y se acercó, y tocó el féretro; y los que lo llevaban, se pararon. Y dijo: Mancebo, a ti digo, levántate. Y se sentó el que había estado muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre, y tuvieron todos grande miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y Dios ha visitado a su pueblo. Y la fama de este milagro corrió por toda la Judea, y por toda la comarca.

Llegando a la ciudad de Naím, Nuestro Señor se encuentra con la muerte…

Jesús, autor de la vida, quien proclama ser la resurrección y la vida, se halla frente a frente con la muerte…

Conmovido ante la desgracia, obra el milagro y resucita al joven muerto…

Meditemos, pues, sobre la muerte y la resurrección…

Para esto nos serviremos de las meditaciones de un carmelita descalzo, Alegría de Morir, que hemos publicado en el blog entre noviembre de 2012 y octubre de 2013.

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Naturalmente todos deseamos vivir, pues hemos sido creados para la vida… El hombre busca sediento la vida perfecta, sin dolencias ni sinsabores, ajena de luchas; busca una vida de luz sin sombras, sin enfermedades ni desvelos; busca un vivir radiante de verdad, sin nube alguna de equivocación ni error. Anhela la vida perfecta y segura, sin límites ni ocaso…

Sabemos los cristianos que la muerte fue el castigo que Dios impuso al hombre por su desobediencia, y San Pablo nos dice que la muerte entró en el mundo por el pecado.

Adán y Eva fueron creados en justicia original; pasado el tiempo del mérito y de la prueba en el Paraíso, habrían sido trasladados desde allí al Cielo sin pasar por la muerte; pues el alma, inmortal por naturaleza, hubiese comunicado su inmortalidad al cuerpo, y el hombre hubiese llegado a la vida eterna sin pagar contribución a la muerte; recibiendo la glorificación del alma y del cuerpo sin descender al sepulcro.

Pero el hombre desobedeció a Dios y recibió el castigo de la muerte, la cual consiste en la separación temporal del alma y del cuerpo.

En la muerte sólo se separan por un tiempo los dos componentes esenciales de la naturaleza humana, en la hora que el Señor ha prefijado para cada uno de los mortales.

El alma, obediente al mandato divino, deja el cuerpo. Se dirá que causó la muerte la enfermedad, conocida o desconocida, lenta o rápida, la vejez o uno de los múltiples accidentes… Pero llega porque Dios lo dispuso así, y en el momento en que lo determinó para cada hombre.

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El alma puede ser feliz sin el cuerpo, y lo es en el Cielo; pero siempre dice relación al mismo cuerpo que informó y dio vida mientras estaba en la tierra; y un día, por la omnipotencia divina, volverá a unirse a su mismo cuerpo y a darle nueva vida según las propiedades que ella tenga.

La misericordia del Padre ha decretado la resurrección de los muertos para ya nunca volver a separarse alma y cuerpo, ni, por lo tanto, volver a morir.

Dios puso el castigo de la separación, que sólo Él podía poner, porque sólo Dios es creador de la naturaleza y de los seres. En su infinito poder, y con amor de Padre, halló remedio a esa violencia, y un día restablecerá de nuevo la naturaleza íntegra del hombre después de haber pagado el tributo y cumplido el castigo impuesto a todos los hijos de Adán.

Su omnipotencia hará que el alma vuelva a vivificar y transmitir sus propiedades al mismo cuerpo que antes había animado.

Es el dogma preciosísimo de la resurrección de la carne, que nos enseña la fe. Este cuerpo nuestro resucitará y volverá a recibir la vida de nuestra alma.

El alma comunicará entonces al cuerpo sus propiedades, según sus obras; se reflejarán en el cuerpo resucitado las cualidades del alma, e irradiará belleza y luz correspondiente al grado de gloria y amor del alma, o mostrará fealdad y dolor en proporción del castigo merecido por sus malas obras.

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Ahora, mientras vivimos aquí, no están los cuerpos en proporción con sus almas, ni aparece al exterior lo que el espíritu es en realidad ante Dios. En general, ni la hermosura ni el talento o simpatía guardan relación con la gracia. Vemos con frecuencia almas muy santas que viven en cuerpos enfermizos, contrahechos, desgarbados y débiles; en cambio, almas pecadoras y viciosas animan cuerpos de gran belleza, de inmenso talento y atractivo admirable.

No será así cuando los cuerpos resuciten para la vida de inmortalidad. Dios dará a cada uno su merecido y su premio. Los cuerpos serán el exacto reflejo del alma. Se manifestará el espíritu en los cuerpos. Dios, infinito en misericordia, pero exacto remunerador, dará a cada uno su merecido.

Los cuerpos de los que se salvaron resucitarán llenos de cualidades gloriosas, serán claros, ligeros, sutiles e impasibles. Su gloria, brillo y perfección serán en todo como sea la bondad y luz del alma. Cada uno resplandecerá con los destellos que ganó con su amor al Señor.

Vivirá ya el hombre para siempre con las perfecciones y bellezas que le comunique su espíritu.

Por idéntica causa, el alma que sufra el apartamiento de Dios y padezca las tinieblas y la desesperación de los condenados, comunicará a su cuerpo −el mismo cuerpo que pecó en la tierra− todo el tormento e irresistible despecho, dolor e impaciencia del infierno para siempre.

El cuerpo será en todo exacto retrato y reflejo del alma.

Después de pagar el tributo a la muerte, cuando el poder infinito de Dios y su misericordia resucite a todos los muertos, viviremos eternamente y no tendrá ya poder la muerte sobre el hombre. Pero vivirán de muy distinta manera los justos y los pecadores.

Cuerpo y alma oirán la sentencia del Señor en el Juicio Final, unidos como estuvieron en la tierra; la oirán delante de todas las generaciones; todos entonces nos conoceremos; todos veremos la causa del premio y gloria de los buenos e igualmente del castigo de los malos; alabaremos y admiraremos la exacta equidad y la infinita misericordia del justo Juez.

Cada uno recogerá lo que sembró y tendrá la compañía que buscó en la tierra y de la cual se hizo acreedor: los buenos, con Dios entre el ejército de los bienaventurados, gozarán de la dulzura de la contemplación divina por toda la eternidad; los malos, con los malos y con el príncipe de toda malicia para siempre.

El alma y el cuerpo de los buenos, ya gloriosos, serán siempre felices con una felicidad que no puede en la tierra concebir la inteligencia del hombre ni imaginar su fantasía.

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Observamos un hecho a primera vista extraño: muchos cristianos, aun fervorosos, tienen, a veces, más miedo a la muerte que los impíos y descreídos.

Parece inexplicable, pero así es. El pecador anda continuamente con la vida expuesta y nada le importa. Vive despreocupado de que en cualquier momento le puede llegar la muerte. En cambio, el cristiano fervoroso piensa en ella y en sus efectos.

La razón es porque el impío y descreído, o no quiere pensar en la muerte, o porque detrás de ella ve sólo el vacío y la nada. Juzga que con la muerte deja de existir y que no hay infierno o Cielo.

La desagradable sorpresa, sin posible remedio, será cuando se encuentre el alma ante la realidad de sus pecados y la infinita justicia de Dios; ante su impiedad y el inexorable castigo. Entonces, tarde ya, verá su error tristísimo: haber obrado con malicia, haber menospreciado a Dios y no haber querido ni creer ni orar. Desde aquel momento ya no podrá jamás amar ni retroceder. Recogerá inexorablemente lo que sembró.

Algunos cristianos, aun muy fervorosos, tienen miedo a la muerte, no por ella en sí misma, sino porque no conocemos el estado actual de nuestra conciencia; el alma se considera indigna de entrar en la gloriosa morada de Dios y teme no estar en disposición de poderla alcanzar.

Y en verdad que nadie es digno de entrar en el Cielo, ni nadie por sí mismo puede merecerlo, ni llegar a la posesión de la Verdad infinita ni del gozo inefable de Dios.

Pero el Señor es tan infinitamente generoso y amante como es infinito su poder, y nos creó para verle y gozarle, y ha prometido dar su Cielo a todos cuantos le amen y obedezcan; a todos los que se sometan a su voluntad cumpliendo sus mandamientos.

El que en la tierra está con Dios, eternamente le gozará con amor infinito; eternamente vivirá en Dios la vida de Dios; porque Él nos comunicará su Vida.

Nos enseña la fe, con toda seguridad, que la muerte pone en unión con Dios al alma que le ama y que está hermoseada y vivificada con su gracia; y, si la encuentra en aquel momento totalmente purificada y limpia, le da la inmediata posesión y gozo infinito de su mismo ser divino, en lo cual consiste la gloria.

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Si nos fuera concedido ver, como vemos el estado de nuestros cuerpos, el estado en que está el alma adornada por la gracia, su hermosura y riqueza, no solamente no tendríamos miedo a la muerte, sino que la amaríamos y suspiraríamos por ella como por hermana muy querida que nos conduce a la luz indeficiente y a la dicha deseada.

Pero el Señor ha dispuesto que no podamos ver nuestra alma mientras vivimos en la tierra, ni conocer el estado de belleza o fealdad en que se encuentra; ni si está en miseria de pecado o en hermosura de gracia.

Tan sólo indirectamente, por el examen de las obras, puede deducirse el estado del alma ajena, y aunque no con certeza, ver el de la nuestra.

Teme también el cuerpo aquella hora y comunica su inquietud al espíritu, porque en la muerte se siente abandonado del alma y pide auxilio, suplicándole no le deje en desamparo; quisiera acompañar al alma y entrar con ella en seguida en la vida inmortal. Le horroriza la corrupción del sepulcro, aunque sepa que recobrará más tarde vida inmortal y gloriosa. Rehúye la destrucción…

Pero el alma acepta la muerte como dispuesta por Dios y en esperanza de gloria y dicha. El alma se une al querer divino, que es eterno bien.

No debemos permitir que se apodere del alma el pesimismo, porque aunque no podemos ver si el alma está o no en gracia, sí se puede tener la certeza moral de no estar en pecado grave por el testimonio de la recta conciencia o por el humilde y doloroso arrepentimiento de las faltas cometidas.

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Para el alma que esmaltó su vida con virtudes y obras buenas en gracia y por amor de Dios, con recta voluntad, conciencia limpia y corazón humilde, se presenta la muerte como lo más precioso y deseable de todo lo creado. Ve en ella el feliz y apetecido momento de empezar a recoger el premio en luz de inmortalidad.

El Señor nos ha dado a los cristianos una fuente de alegría y consuelo en la última hora.

La muerte es el nacimiento para el Cielo, y por eso la Iglesia celebra el día de la muerte de los Santos como su natalicio, por serlo para la vida verdadera, que jamás fenece.

Tener seguridad de conseguir esa vida, sería el mayor consuelo en la tierra. Pero mientras vivimos aquí, no podemos tener esa certeza y hemos de labrar nuestra santificación con temor y temblor.

De la misma manera que no podemos saber con certeza si estamos o no revestidos de la divina gracia, tampoco podemos tener seguridad de nuestra salvación, no pudiendo ser completo nuestro gozo aquí.

Pero Dios nos ha dado a la Virgen Santísima para que sea nuestro puerto seguro.

Todos los días le pedimos en la Salve que nos muestre a Jesús; que nos guíe seguros a la visión eterna de Dios; se lo pedimos a Ella, Madre de misericordia y Refugio de pecadores.

Dios, haciéndola Mediadora de todas las gracias y Abogada de los hombres para obtenernos todo bien, la ha nombrado Puerta del Cielo, y podemos estar seguros de que la Virgen nos ama e intercede por nuestra salvación ante el Señor.

Llamar a la Madre de Dios Madre nuestra, pone confianza y consuelo en el alma. Ella nos salvará si queremos salvarnos, si somos fieles a sus insinuaciones y cooperamos a las gracias que nos obtiene.

Debemos gozarnos en repetir la frase de San Alfonso María de Ligorio: El verdadero devoto de la Virgen se salva. El amor filial a la Madre de Dios, es señal de predestinación y pone limpieza en el alma, fortaleza en la voluntad, luz en el entendimiento y ansias de gracia y virtudes en todo el ser.

El amor a la Virgen comunica santidad, acerca a Dios y asegura la confianza de alcanzar las promesas de Jesucristo por su mediación: como en las bodas de Cana, se llenarán nuestros vasos por su ayuda.

Fomentar sólidamente la devoción a la Virgen es dar gloria a Dios, crecer en divino amor y vivir intensamente la vida espiritual. Es la seguridad del ósculo del Señor en la suprema hora.

La Virgen sin mancilla, con su intercesión, nos alcanzó del Señor un signo externo de pureza o de arrepentimiento en la hora de la muerte. Es su Escapulario del Carmen.

El alma piadosa se recrea amando a la Virgen y repitiendo con ternura sus palabras: El que muera con él no se condenará.

El 16 de julio de 1251, la Virgen Santísima entregó por sí misma, en visión de protección y amor, el Santo Escapulario a San Simón Stock, prometiéndole que quien le llevara digna y legítimamente puesto sobre sí en el momento de la muerte, moriría en la gracia de Dios y no se condenaría.

Cuantos sienten cordial entusiasmo y tierna devoción a la Madre de Dios, procuran asegurar el Cielo llevando sobre su pecho continuamente tan preciosa joya, que es salud en los peligros, prenda segura de salvación y signo exterior del amor que arde dentro del alma. La Virgen ayuda con protección singularísima a quien lo lleva devotamente, y si en el momento de la muerte está revestido con él, se arrepentirá de todos sus pecados y morirá en la gracia y amor de Dios.

La Iglesia no sólo ha aprobado, sino que fomenta muchísimo esta devoción…

¿Quién no desea asegurar su salvación y morir en los brazos de María?

El Santo Escapulario de la Virgen del Carmen nos recuerda las grandes verdades de nuestra religión, las tiernas misericordias y llamadas de la Virgen Santísima y la esperanza del Cielo.

El Santo Escapulario enciende en el alma grandes deseos de virtud y de amor a Dios y da seguridad de conseguir la eterna gloria, porque el que muera con él no padecerá las llamas del fuego eterno.

Además de asegurar la salvación, comunica el Escapulario del Carmen otra muy consoladora esperanza a quien le viste: la Madre de misericordia quiere también acortar por medio de él a sus devotos el tiempo de la purificación dolorosa en el Purgatorio.

En el año 1322 se apareció al Papa Juan XXII, mandándole que enriqueciera su Escapulario del Carmen con lo que llamamos el Privilegio Sabatino; o sea, que la Santísima Virgen sacará del Purgatorio a cuantos vistieron su Escapulario y cumplieron las condiciones ordenadas, bajando ella, a más tardar, el primer sábado después de su muerte, y los llevará al Cielo.

No podían pensarse Privilegios más grandes y consoladores para las almas que estos dos.

Por el primero sabemos que el alma que murió con el Escapulario estaba en gracia y se salvó. El Escapulario de María no da la gracia, pero es el signo de que se muere en ella.

Por el segundo se abrevia el tiempo de estar en el Purgatorio.

Los cristianos fervorosos, humildes y agradecidos, abrazan con amor el Santo Escapulario, y llenos de gozo le estrechan contra su pecho sin jamás apartarlo de sí.

Las almas de fe y anhelosas del Cielo siempre le visten con dignidad, devoción y amor, y encuentran en él, según las palabras de la Virgen, la ayuda para no ofender a Dios, la seguridad de un sincero arrepentimiento y la esperanza de morir en gracia. Para ello se esmeran en cumplir las devociones, y la Virgen, Madre graciosa, bajará a buscarlas para conducirlas a su celestial morada.

Para estas almas desaparecieron, en parte, los miedos excesivos a la muerte; sólo en parte, porque cuando el Señor manda sus pruebas, todo se olvida y sólo se ve la propia nada y la incertidumbre futura.

Pero durante el tiempo ordinario, en lugar de temores, tienen la confianza de que el Señor, por su misericordia y por la intercesión de su Santísima Madre, las llevará al Cielo. Cuando se ven con su Escapulario a la hora de la muerte sienten el gozo de la protección que la Virgen ha prometido.

Con tan poderoso escudo no producirá tristeza la muerte, sino gozo; en este momento se cumplen de modo especial las palabras de David: Nació la luz para el justo y la alegría para los buenos de corazón.

La hora de la muerte será el momento en el cual la Virgen sin mancilla nos mostrará para siempre a Jesús, fruto bendito de su vientre.

Confiemos y esperemos que la Virgen, Nuestra Madre, nos conceda la perseverancia final y la gracia de una buena y santa muerte.