MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR PARA HABLAR BIEN CON DIOS

ENTRETENIMIENTO VI

Y sexto medio para hablar con Dios

Amor a la soledad

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El Siervo. ¡Oh cuanto encanta la soledad a cualquiera que sabe gustar sus dulzuras! En ella no hay turbación ninguna, ninguna queja, ninguna desunión; la ambición, emulación, temor y aflicción, están de ella desterradas. Allí se vive en reposo, sin incomodidad y sin cuidados, fuera del ruido y embarazos del mundo, al abrigo de la inconstancia de la fortuna, de la infidelidad de los amigos y de la malicia de los hombres. El espíritu no está atormentado, ni el corazón dividido por las pasiones violentas. El alma se halla siempre en el mismo sosiego, siempre quieta y tranquila, únicamente ocupada en lo que sólo puede contentarla; así goza de una felicidad constante y sólida. Ella goza de Vos, oh Dios mío, que es cuanto se puede decir, ella goza de Vos ¡Oh, cómo siente entonces la verdad de vuestras amables promesas! ¡Con qué efusión de corazón os comunicáis Vos a ella! ¡De qué torrente de delicias la embriagáis!

Yo no me admiro, después de ésto, que los Santos mostrasen tener tanto aprecio de la soledad; que un San Jerónimo la prefirió a todo lo que había visto más aliciente en Roma; que un San Agustín no la dejó sino gimiendo, y después de una orden expresa de su Obispo; que un San Celestino se volvió a ella algunos meses después que lo sacaron para colocarlo sobre el primer trono de la Iglesia; que un San Arsenio no quiso ni aun interrumpirla para recibir la visita de un Emperador; que tantas personas de uno y otro sexo renuncian el día de hoy toda suerte de entretenimientos y amistades inútiles, por gustar de los dulces frutos de esta soledad. Yo no me admiro, dije: ¿Se puede estar con otro alguno mejor que con Vos, oh centro de todo bien? ¿Y vuestra compañía por ventura no vale más que la de los hombres? ¡Ah! ¡Si yo pudiera gozar de Vos; si yo pudiera sepultarme para siempre en lo más retirado de un desierto, y allí no pensar, ni hablar más que de Vos, y a Vos! Vos sabéis, oh sabiduría divina, como yo no suspiro sino por esta felicidad; Vos oís mis clamores y mis gemidos, ¿y estaréis siempre insensible? ¿No romperéis jamás los lazos que me ligan a este mundo infeliz? Todo en él me lleva a la distracción. No hay cosa (hasta los ejercicios de caridad y de celo) que no me distraiga de vuestra divina presencia. Tened compasión de mí, Señor, y dignaos en fin introducirme en el bienaventurado retiro de la soledad.

El Señor. Hijo mío, estos deseos que sientes nacer en tu alma, por buenos que ellos te parezcan, no lo son siempre; tienen frecuentemente por principio al amor propio, que te hace temer la dificultad, o la confusión; a la inconstancia, que te lleva a desear, en todo estar en donde no estás; al tedio, a la aflicción, a la indignación. Por tanto, no apoyes demasiado sobre esta suerte de sentimientos, y no hagas tu capital de ellos. Acuérdate que la verdadera devoción consiste en cumplir las obligaciones de tu estado. Obrar de otra manera, buscar el retiro cuando hay obligación de salir al público; darse a la contemplación cuando urge la acción, es una ilusión de las más peligrosas para la salvación. Se puede, no obstante, gozar de una y de otra; y en defecto de la soledad exterior, tener la interior, que es mucho más importante, y mucho más meritoria. Pero tú haces todo al contrario: tú suspiras por aquélla, y haces poco caso de ésta. Tú corres en busca de una soledad imaginaria, que no está en tu mano, y dejas la soledad real, que depende únicamente de ti, y que es ella sola la verdadera, la necesaria, y la que es propia de tu estado.

El Siervo. Lo confieso así, Señor; hasta ahora he vivido en este error, el que ni aun ahora lo conociera, si Vos no os hubierais dignado alumbrarme con vuestras divinas luces. Os doy muy humildes acciones de gracias; y para corresponder, de alguna manera, a vuestra bondad, me esforzaré para adquirir esta soledad interior, a que conozco me llamáis. Ánimo pues, alma mía, encamínate a la soledad interior, y haz todos los esfuerzos para gozarla. No es menester que vayas muy lejos a buscarla; en ti misma la hallarás dentro de tú propio corazón, pues allí tienes a tu Dios, en Quien está la esencia y las delicias de esta amable soledad.

No alegues por pretexto la muchedumbre de tus ocupaciones. ¿Cuántas personas hay, que en medio de mayores embarazos han conservado el espíritu de recogimiento? San Luis tenía que gobernar un reino, y no obstante vivía tan recogido en sí, como si no tuviera que velar más que sobre su persona. Santa Francisca estaba cargada de una numerosa familia, a que debía atender; con todo éso no dejaba de ocuparse en la oración, la que no interrumpía sino exteriormente, cuando la obediencia o la caridad le obligaban. Santa Catalina tenía un ejercicio de mucha fatiga; pero ella supo formarse en el corazón un retiro y como un santuario, en donde de tiempo en tiempo se entraba para adorar en él al Señor, y tratar con él; San Bernardo se hallaba empleado en largos viajes y negocios considerables, que importaban a toda la Iglesia; pero apartándose de la soledad exterior, caminaba en la interior, que conservaba en medio de las compañías y ocupaciones de mayor distracción. En fin, el Taumaturgo de este siglo (San Juan Francisco de Regis) juntaba una alta contemplación con una acción casi continua.

Así que las ocupaciones exteriores no impiden el recogimiento del espíritu, ni por consiguiente la soledad interior, que no es otra cosa que este recogimiento. Antes contribuyen mucho; porque nos renuevan la memoria de Dios, delante de Quien obramos, y que obra con nosotros; nos dan ocasión de mil buenos pensamientos sobre la importancia de la salvación, que es el principal y aun el único negocio; sobre las miserias de esta vida y las dulzuras de la otra; sobre la flaqueza del hombre, su inconstancia y su malicia; en fin ellas nos hacen practicar muchos actos de virtudes, de humildad, paciencia, caridad, confianza en Dios, desconfianza de nosotros mismos y de sumisión entera a las disposiciones de la providencia.

Animo, pues, te digo otra vez, alma mía, date del todo a la soledad interior y al recogimiento de espíritu; no suspires sino por el retiro del corazón, que es el único camino para entrar al secreto de la conversación con Dios.

Así lo haré, Señor, yo seguiré esta senda, que os dignáis mostrarme. Pero como ella me es incógnita, tengo necesidad para no extraviarme de vuestra amorosa mano, que me guíe y me encamine. No me la rehuséis, os ruego, oh Dios de bondad, dirigid mis pasos en vuestra presencia (Psalm. 5.), haced que siguiendo el consejo, que en otro tiempo disteis a Abrahán, camine siempre delante de Vos y que no piense más que en agradaros, oh sólo grande, sólo bueno, sólo perfecto, mi primer principio y último fin. Así sea.