El Secreto Admirable del Santísimo Rosario- Día Veintisiete

de San Luis María Grignion de Montfort

Presentación: Publicaremos durante el mes de agosto, dedicado al Corazón Inmaculado de María, el libro “El Secreto Admirable del Santísimo Rosario” dividido en 31 meditaciones acompañadas de oraciones escritas por el mismo santo, en honra de María Santísima en calidad de esclavo. (Ver preparación para la Esclavitud Mariana aqui)

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Oración Inicial a Nuestra Señora

¡Salve, María , amadísima Hija del Eterno Padre; salve María, madre admirable del Hijo; salve, María, fidelísima Esposa del Espíritu Santo; salve, María, mi amada Madre, mi amable Maestra, mi poderosa Soberana; salve, gozo mío, gloria mía, mi corazón y mi alma! Sois toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia, pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Ti todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada, ni para mí, ni para otros.

Si algo ves en mí que todavía no sea tuyo, tómalo enseguida, te lo suplico, y hazte dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrada a Dios y plantar y levantar y producir todo lo que os guste.

La luz de tu fe disipe las tinieblas de mi espíritu; tu humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; tu contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; tu continua vista de Dios llene de su presencia mi memoria, el incendio de caridad de tu corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a tus virtudes mis pecados; tus méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haz, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y entender sus divinas voluntades; que no tenga más alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el tupo para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Tú.

No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Ti el ver claro, sin tinieblas; para Ti el gustar por entero sin amargura; para Ti el triunfar gloriosa a la diestra de tu Hijo, sin humillación; para Ti el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios. Esta es, divina María, la mejor parte que se te ha concedido, y que jamás se te quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro sino el experimentar el que Tú tuviste: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Ti, sin interés, como el más vil de los esclavos. La sola gracia, que por pura misericordia te pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén (así sea) a todo lo que hiciste en la tierra cuando vivías; amén a todo lo que haces al presente en el cielo; amén a todo lo que obras en mi alma, para que en ella no haya nada más que Tú, para glorificar plenamente a Jesús en mí, ahora y en la eternidad. Amén.

Día 27

Meditación

47a Rosa

 136) Separaos de los malos, pueblo de Dios, almas predestinadas, y para escapar y salvaros de en medio de los que se condenan por su impiedad, indevoción y ociosidad, decidíos, sin perdida de tiempo, a rezar con frecuencia el Santo Rosario, con fe, con humildad, con confianza y con perseverancia.

Quien piense seriamente en el mandato de Jesucristo de que oremos siempre, en su ejemplo, en las inmensas necesidades que tenemos de la oración a causa de nuestras tinieblas, ignorancias y debilidades y de la multitud de nuestros enemigos, no se contentará, ciertamente, con rezar el Rosario una vez al año, según ordena la Cofradía del Rosario perpetuo, ni todas las semanas, como la del Rosario ordinario prescribe, sino que lo rezará todos los días, sin faltar uno, como la Cofradía del Rosario cotidiano señala, aunque no tenga otra obligación que la de salvarse.

Oportet, es necesario, semper orare, orar siempre, et non deficere (7), no cesar de orar.

137) Son éstas palabras eternas de Jesucristo, que es forzoso creer y practicar, bajo pena de condenación. Explicadlas como queráis, con tal que no las expliquéis a la moda, a fin de no practicarlas a la moda. Jesucristo nos dio su verdadera explicación en los ejemplos que nos ha dejado: “Exemplum dedi vobis, ut quemadmodum ego feci, ita et vos faciatis” (8). “Erat pernoctans in oratione Dei”

(9). Como si el día no le bastase, empleaba la noche en la oración.

Con frecuencia repetía a sus Apóstoles estas dos palabras: “Vigilate et orate” (10).

Velad y orad. La carne es débil, la tentación próxima y continua. Si no oráis siempre, caeréis. Como quiera que creyeron que lo que Nuestro Señor les decía era sólo de consejo, interpretaron estas palabras a la moda y por eso cayeron en la tentación y en el pecado, aun estando en compañía de Jesucristo.

138) Si quieres vivir, amado cofrade, a la moda y condenarte a la moda; es decir, si transige con caer de vez en cuando en pecado mortal, pensando confesarte después, si evitas los pecados groseros y escandalosos y conservas las apariencias de la hombría de bien, no son necesarias tantas oraciones, ni que reces tantos Rosarios; una pequeña oración por la mañana y por la tarde, unos cuantos Rosarios que te sean impuestos en penitencia y algunas decenas de avemarías cuando te vinieren en gana, son bastante para aparecer ante el mundo como cristiano. Si hicieras menos, te acercarías al libertinaje; si hicieras más, te aproximarías a la excepción, a la gazmoñería.

139) Pero si, como verdadero cristiano que desea de veras salvarse y caminar por el sendero de los santos, quieres no caer de ningún modo en pecado mortal, romper todas las ligaduras y apagar todos los dardos encendidos del diablo, es necesario que reces siempre como enseñó Jesucristo.

Por tanto, es necesario, al menos, que reces diariamente el Rosario u otras oraciones equivalentes.

Y repito “al menos” porque ése será el fruto que conseguirás rezando el Rosario todos los días: evitar todos los pecados mortales y vencer todas las tentaciones, en medio de los torrentes de iniquidad del mundo, que arrastran con frecuencia a los más seguros; en medio de las espesas tinieblas, que ciegan con frecuencia a los más iluminados, en medio de los  espíritus malignos, que, más diestros que nunca y con menos  tiempo para tentar, lo hacen con mayor habilidad y éxito.

¡Oh, qué maravilla de la gracia del Santo Rosario! ¡Poder escapar del mundo, del demonio y de la carne y salvarte para el cielo!

140) Si no queréis creer lo que os digo creed en vuestra propia experiencia. Yo os pregunto si cuando sólo hacíais un poco de oración, como se hace en el mundo y del modo que ordinariamente se hace, podíais evitar faltas graves y grandes pecados que por vuestra ceguera os parecían pequeños. Abrid, pues, los ojos, y para vivir y morir santamente, sin pecados, al menos mortales, orad siempre, rezad todos los días el Rosario, como lo hacían en otro tiempo los cofrades al establecerse la Cofradía. La Santísima Virgen, al dárselo a Santo Domingo, le ordenó que lo rezase e hiciera rezar todos los días; y el Santo no recibía en la Cofradía a ninguno como no estuviera resuelto a rezarlo diariamente. Si, ahora, no se exige, en la Cofradía del Rosario ordinario, más que un

Rosario por semana, es porque el fervor se ha apagado y se ha enfriado la caridad. De aquí se deduce que puede decirse de quien reza poco: “Non fuit ab initio sic” (11).

Es preciso también advertir tres cosas.

141) La primera, que si deseáis inscribiros en la Cofradía del Rosario cotidiano y participar de las oraciones y méritos de los que están en ella, no basta con ser inscrito en la Cofradía del Rosario ordinario o tomar solamente la resolución de rezar el Rosario todos los días; es preciso además dar vuestro nombre a lo s que tienen potestad para inscribiros; y es conveniente confesar y comulgar en la ocasión de ser recibidos cofrades por esta intención. La razón de la mencionada advertencia consiste en que el Rosario ordinario no envuelve el cotidiano, pero el Rosario cotidiano implica el ordinario.

Lo segundo que debe tenerse en cuenta es: que no hay, absolutamente hablando, ningún pecado, ni aun venia l, en faltar de rezar el Rosario diario, ni el semanal, ni el anual.

Y lo tercero, que cuando la enfermedad, obediencia legítima, necesidad u olvido involuntario son causa de que no podáis rezar el Rosario, no dejáis por eso de tener su mérito y no perdéis la participación en los Rosarios de los otros cofrades; y por tanto no es necesario en absoluto que al día siguiente recéis dos Rosarios para suplir al que habéis faltado, sin culpa vuestra según yo supongo. Si, no obstante, la enfermedad os permitiera rezar una parte del Rosario, debéis rezarla. “Beati qui stant coram te semper.” “Beati qui habitant in domo tua, Domine, in saecula saeculorum laudabunt te” (12): Bienaventurados, oh Jesús, Señor nuestro, los cofrades del

Rosario cotidiano, que todos los días están alrededor vuestro y en vuestra casita de Nazaret alrededor de vuestra cruz sobre el Calvario y alrededor de vuestro trono en los cielos, para meditar y contemplar vuestros misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. ¡Oh, qué felices son en la tierra por las gracias especiales que les comunicáis y qué dichosos serán en el cielo, donde os alabarán de modo especial por los siglos de los siglos!

142) Además es preciso rezar el Rosario con fe, según las palabras de Jesucristo:

“Credite quia accipietis et fiet vobis” (13): Creed que recibiréis de Dios lo que le pidáis, y os escuchará. Os dirá: “Si cut credidisti, fiat tibi” (14). Hágase como has creído. “Si quis indige t sapientiam, postulet a Deo; postulet autem in fide nihil haesitans” (15): Si alguno necesita sabiduría, que la pida a Dios con fe, sin dudar, rezando el Rosario, y se le dará.

143) Es también necesario rezar con humildad, como el publicano que estaba con las dos rodillas en tierra, y no con una rodilla en el aire o sobre un banco, como los mundanos; estaba al fondo de la iglesia, y no en el santuario, como el fariseo; tenía los ojos bajos hacia el suelo, sin atreverse a mirar al cielo, y no con la cabeza levantada, mirando acá y allá, como el fariseo; y golpeaba su pecho confesándose pecador y pidiendo perdón: “Propitius esto mihi peccatori” (16), y no como el fariseo, que se vanagloriaba de sus buenas obras, despreciando a los demás en sus oraciones. Guardaos de la orgullosa oración del fariseo que le volvía más

endurecido y maldito; imitad, en cambio, la humildad del publicano en su oración, que le obtuvo la remisión de sus pecados.

Tened cuidado en no tender a lo extraordinario y de no pedir y desear conocimientos extraordinarios, visiones, revelaciones y otras gracias milagrosas que algunas veces se han comunicado a ciertos santos en el rezo del Rosario. “Sola fides sufficit” (17), la fe sola es suficiente en la actualidad, puesto que el Evangelio y todas las devociones y prácticas de piedad son suficientemente establecidas.

No omitáis jamás la más mínima parte del Rosario en vuestros desalientos, sequedades y decaimientos interiores; eso sería señal de orgullo e infidelidad; sino, como bravos campeones de Jesús y María, sin ver, sentir, ni gustar nada, rezad en medio de toda vuestra sequedad el padrenuestro y el avemaría, pensando lo mejor que podáis en los misterios.

No deseéis los bombones y golosinas de los niños para comer vuestro pan cotidiano, y para imitar con más perfección a Jesucristo en su agonía, prolongad vuestro Rosario cuando tengáis más trabajo para rezarlo: “Factus in agonia prolixius orabat” (18); para que pueda aplicarse a vosotros lo dicho de Jesucristo cuando estaba en la agonía de la oración: oraba más largamente.

144) En fin, orad con mucha confianza, fundada en la bondad y liberalidad infinita de Dios y en las promesas de Jesucristo. Dios es un manantial de agua viva que afluye al corazón de los que oran. Jesucristo es el pecho del Padre Eterno, lleno de la leche de la gracia y de la verdad; el mayor deseo del Padre Eterno con relación a nosotros es comunicarnos las aguas saludables de su gracia y misericordia; y exclama: “Omnes sitientes venite ad aquas” (19): Venid a beber de mis aguas por la oración; y cuando no se le pide, se lamenta de que se le abandona: “Me dereliquerunt fontem aquae vivae” (20). Se proporciona un gran placer a Jesucristo pidiéndole sus gracias; y mayor satisfacción todavía que procura a las madres naturales dar a sus hijos el néctar de sus pechos. La oración es el canal de la gracia de Dios y a modo de pecho maternal de Jesucristo. Si no se acude a ella como deben hacerlo todos los hijos de Dios, Jesucristo se queja amorosamente: “Usque modo non petistis quidquam, petite et accipietis, quaerite et invenietis, pulsate et aperietur vobis” (21): Hasta ahora nada me habéis pedido: pedidme y os daré, buscad y encontraréis, llamad a mi puerta, que yo os la abriré. Y para animarnos más a rogarle con confianza, empeña su palabra de que el Eterno Padre nos concederá cuanto le pidamos en su nombre: en el nombre de Jesús.

 Oración Final a Nuestro Señor Jesucristo

Dejadme, Amabilísimo Jesús mío, que dirija a Vos, para atestiguaros mi reconocimiento por la merced que me habéis hecho con la devoción de la esclavitud, dándome a vuestra Santísima Madre para que sea Ella mi abogada delante de vuestra Majestad, y en mi grandísima miseria mi universal suplemento. ¡Ay, Señor! Tan miserable soy, que sin esta buena Madre, infaliblemente me hubiera perdido. Sí, que a mí me hace falta María, delante de Vos y en todas partes; me hace falta para calmar vuestra justa cólera, pues tanto os he ofendido y todos los días os ofendo; me hace falta para detener los eternos y merecidos castigos con que vuestra justicia me amenaza, para pediros, para acercarme a Vos y para daros gusto; me hace falta para salvar mi alma y la de otros; me hace falta, en una palabra, para hacer siempre vuestra voluntad, buscar en todo vuestra mayor gloria. ¡Ah, si pudiera yo publicar por todo el universo esta misericordia que habéis tenido conmigo! ¡Si pudiera hacer que conociera todo el mundo que si no fuera por María estaría yo condenado! ¡Si yo pudiera dignamente daros las gracias por tan grande beneficio! María está en mí: Haec facta est mihi. ¡Oh, qué tesoro! ¡Oh, qué consuelo! Y, de ahora en adelante, ¿no seré todo para Ella? ¡Oh, qué ingratitud! Antes la muerte. Salvador mío queridísimo, que permitáis tal desgracia, que mejor quiero morir que vivir sin ser todo de María. Mil y mil veces, como San Juan Evangelista al pie de la cruz, la he tomado en vez de todas mis cosas. ¡Cuántas veces me he entregado a Ella! Pero si todavía no he hecho esta entrega a vuestro gusto, la hago ahora, mi Jesús querido, como vos queréis la haga. Y si en mi alma o en mi cuerpo veis alguna cosa que no pertenezca a esta Princesa augusta, arrancadla, os ruego arrojadla lejos de mí; que no siendo de María, indigna es de Vos.

¡Oh, Espíritu Santo! Concededme todas las gracias, plantad, regad y cultivad en mi alma el árbol de la vida verdadero, que es la amabilísima María, para que crezca y florezca y dé con abundancia el fruto de vida. ¡Oh, Espíritu Santo! Dadme mucha devoción y mucha afición a María; que me apoye mucho en su seno

maternal, y recurra de continuo a su misericordia, para que en ella forméis dentro de mí a Jesucristo, al natural, crecido y vigoroso hasta la plenitud de su edad perfecta. Amén.