Lorena Vázquez- CONTRACORRIENTE

no abandones

Pensando en voz alta, me dispuse a escribir.

Pensaba en la vida del salmón quien llegado su momento de madurez, nada contracorriente hasta llegar al lugar donde debe ser fecundo, así, como este pez, viaja contra la fuerza del río que lo empuja hacia el mar, se enfrenta a depredadores que amenazan con su vida, se encuentra con  la disyuntiva y la tentación de continuar o no, y decide que vale la pena, que debe luchar para lograr alcanzar para lo que ha sido creado, así se encuentra el hombre en esta vida…Así nos encontramos hoy en este mundo en el que vamos contracorriente, y en donde debemos enseñar a los pequeños y jóvenes a encontrar esa entereza para no abandonar en el camino ante todos los obstáculos que se les irán presentando, entender que en esta vida todo es pasajero, que nada vale mas que aquello que debemos preservar mas que nada , que es nuestra alma, que valió hasta la última gota de sangre de quien tanto nos amó y nos ama, y que el objetivo de todas estas tentaciones, obstáculos, dolores y penas, encontrarán su premio el día de nuestra muerte terrena si logramos vencer y ganar el Cielo.

Que tiempos difíciles nos tocan pasar; yo, que cuento ya con mis cuarenta años, puedo ver cómo todo lo que está afectado por la línea de lo moral, está totalmente desvirtuado y al borde del colapso…, y esta conclusión resulta tratando de ser benigna en mi apreciación.

¿Qué sucede hoy con nuestros niños?, ¡qué temprano pierden el sentido del pudor, qué precoz vuelven la mirada a lo liviano del mundo!

Nosotros, como padres católicos, tenemos gran deber y gran tarea de formar en nuestros pequeños tesoros esa valiosa virtud de la pureza, y hoy esto es ir contracorriente.

Cuando lo niños se vuelven adolescentes, sus pares son su punto de referencia, ese punto que antes éramos mamá y papá; ahora la opinión de quienes son sus iguales vale mucho más, y justamente esa opinión se vuelve presión. Por esto, nosotros sus padres, que tenemos la gran tarea de hacer almas grandes, fuertes para enfrentar cualquier batalla, y hacerles ganar el Cielo, debemos trabajar, rezar, y sacrificarnos por ellos, porque el día de nuestra muerte, ¡seremos juzgados como padres!, tiembla mi mano al escribir esta afirmación.

Debemos tener en cuenta para nosotros mismos y para quienes debemos formar lo maravilloso y valioso de esta virtud, veamos qué nos dice el Santo Cura de Ars:

Quien ha conservado la inocencia del Bautismo es como un niño que nunca ha desobedecido.

Cuando se ha conservado la inocencia, nos sentimos llevados por el amor de Dios, como el águila es portada por sus alas.

Un cristiano que tiene la pureza del alma está en la tierra como un pájaro atado con un hilo. ¡Pobre pajarito! Sólo espera el momento de cortar el hilo y volar.

El mundo, mundo es…; y además tenemos que combatir contra la carne y el demonio. Nos encontramos rodeados de tentaciones y atracciones que buscan perdernos, ¡cuánto más las almas inocentes!, por eso debemos estar atentos, vigilantes; y a la vez enseñar armas para el combate, para que no se sientan los tiernos brotes a punto de quebrarse ante el vendaval que los ataca sin piedad.

Pero quién más que nuestros grandes Santos para enseñarnos sobre estas cosas; leamos un fragmento de “Pensamientos de San Agustín sobre la guarda de la castidad y la pureza de corazón”.

Lucha: La corona de la victoria se ha prometido únicamente a los que combaten. El apóstol San Pablo nos dice claramente: He terminado mi obra, he concluido mi carrera, he guardado la fe; nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada (Tm 4, 7). Conoce a tu enemigo, y si sales vencedor, serás coronado (De ag. christ. 1).

Tu enemigo es tu propio deseo: eres tentado, cuando eres atraído y halagado por tu propio deseo; después, tu deseo, llegando a concebir, pare el pecado, el cual, una vez consumado, engendra la muerte (Sant 1, 14-15).

Lucha contra tus malos deseos. En el bautismo se te borraron los pecados, pero quedó la concupiscencia, y por ello, aunque regenerado, debes luchar contra ella. Lucha, lucha con esfuerzo: El mismo que te regeneró es el juez de la lucha; y el mismo que te ha hecho descender a la arena está dispuesto para coronarte si obtienes la victoria (Serm. 57, 9).

Una cosa es, sin combatir, disfrutar de paz verdadera y perpetua; otra, combatir y conseguir victoria; otra, combatir y ser vencido; y otra, sin pelear, ser juguete del enemigo.

Si la razón de no luchar es porque no detestas el mal, ya eres víctima de tu malicia. Si entras a la lucha confiado en tus propias fuerzas, por este acto de soberbia saldrás mal parado. Combatiste, es cierto; pero fuiste vencido. Para vencer, coloca tu esperanza en aquél que te ha mandado combatir, y con el auxilio del que te ha ordenado que combatas, conseguirás el triunfo de tu enemigo (In Ps. 35, 6).

Pero una cosa es no sentir los aguijones del deseo y otra no dejarse arrastrar por sus impulsos. No sentir los malos deseos es del hombre perfecto; no seguir sus inclinaciones es propio del que lucha, del que combate y se afianza en su posición. Mientras dura el combate, ¿por qué desesperar de la victoria? (Serm. 154, 8).

Bien sé que tú desearías no tener deseo alguno que te solicitase a malos o ilícitos placeres. ¿Qué santo no deseó esto mismo? Pero éste es un deseo inútil: mientras se vive en este mundo, será una aspiración irrealizable. La carne tiene tendencias contrarias al espíritu, y el espíritu aspiraciones opuestas a la carne, y siendo éstas las dos partes combatientes, muchas veces no puedes hacer aquello que quisieras. Por eso camina guiado por la ley del espíritu, y ya que no puedes destruir en ti los deseos del hombre carnal, ponte en guardia para no secundarlos (Serm. 163, 6).

Si tu espíritu no ha entablado lucha con las pasiones, mira si esto procede de haber pactado con el enemigo una paz vergonzosa. ¿Qué esperanza de conseguir victoria final puedes abrigar no habiendo aún comenzado a pelear? (Serm. 30, 4).

Resiste a las tentaciones. Con no consentir ya has obtenido victoria.

¿Se sublevan? Sublévate. ¿Luchan? Lucha tú también. ¿Te atacan? Ataca tú. Atiende sólo a que no te venzan nunca. Este combate durará siempre; pues si bien las pasiones pueden debilitarse con el tiempo, jamás desaparecen (Serm. 151, 3-5).

Tus preceptos, Señor y Dios mío, serán mis armas. Haz que escuche tu voz, a fin de armarme con lo que voy oyendo. Con la ayuda de tu Espíritu seré dueño de mí mismo. Si las bajas pasiones se encienden, y Tú me ayudas a dominarme, ¿qué podrán contra mí?

Sujeta mis pies para que no caminen hacia lo prohibido; refrena mis ojos para que no se vuelvan a lo malo; cierra mis oídos para que no escuchen voluntariamente palabras lascivas; sujeta todo mi cuerpo, de uno a otro costado y desde la cabeza a los pies.

En la tempestad te acompaña

Estás navegando en un mar en que nunca faltan vientos y tempestades; habrás visto muchas veces zozobrar y casi sumergirse tu navecilla bajo las olas enfurecidas de las tentaciones (In Ps. 25, 4).

Si tienes fe, tienes también contigo a Cristo, porque Cristo habita en nuestros corazones por la fe. De aquí resulta que tener fe en Cristo es tener a Cristo en tu corazón (In Io. 49, 9).

Dormía Cristo en la barca y temblaban los apóstoles; rugía el viento, embravecíanse las olas y se sumergía la nave porque Jesús dormía. Lo mismo te ocurre a ti cuando te combaten los vientos de la tentación en este mundo: tu corazón se agita como la nave (Serm. 38, 19).

Tu barca se agita y amenaza naufragio, porque Cristo duerme dentro de ti.

¿Por qué hablas así? ¿Por qué te asustan las olas y las tempestades de este mar del mundo? Porque a Jesús lo tienes dormido, porque tu fe en Cristo Jesús dormita en tu corazón. Despierta a Jesús en ti y dile de corazón: “¡Maestro, que perezco! Me aterran los peligros del mundo; ¡estoy perdido!”

Al despertar Cristo, cesará la tempestad de agitar tu corazón y las olas desistirán de anegar la nave, porque tu fe dominará los vientos y las olas y se alejará el peligro (In Ps. 25, 4).

La vida de los santos ha consistido en esta lucha continua; y en esta guerra tendrás que luchar tú hasta que mueras (Serm. 151, 7).

El diablo está al acecho para ver cuándo resbala tu pie, a fin de hacerte caer en tierra. Él observa tu talón; tú atiende a su cabeza. Su cabeza es el principio de la mala insinuación. Por tanto, apenas empiece a sugerirte malos deseos, recházale pronto, antes de experimentar algún agrado que pueda arrastrar tras de sí el consentimiento. De este modo tú esquivarás su cabeza y él no podrá apresar tu talón (In Ps. 48, 6).

Siempre que te venga a la mente el deseo de algo ilícito, aparta de él tu atención, para no consentir. Esta imaginación es la cabeza de la serpiente; aplástala y te librarás de otros movimientos pecaminosos. Resiste desde el principio a la insinuación porque el diablo está atento a tu talón, a tu tropiezo.

Si tropiezas, caerás, y en cuento caigas, serás su posesión. Para no caer, procura no salirte del camino. Estrecho es el sendero que el Señor te ha trazado, pero fuera de él no hay más que tropiezos. Cristo es la verdadera luz y Cristo es el camino. Caminas por Cristo y vas a Cristo. Si te separas de Cristo, te escondes de la luz y te apartas del camino.

Contra sus insinuaciones

La serpiente no cesa de aconsejarte el mal; te dice: «¿Por qué vives así? ¿Acaso eres tú el único cristiano? ¿Por qué no haces lo que hacen otros?». El enemigo no ceja nunca: insistirá y procurará vencerte, invocando el ejemplo de los malos cristianos ( In Ps. 93, 20).

Examina tu modo de obrar y no imites a los malos cristianos. No digas: «Haré esto, porque son muchos los fieles que lo hacen». Esto no es preparar las defensas del alma, sino más bien buscar compañeros para el infierno. Procura crecer en el campo del Señor, donde encontrarás buenos cristianos que te llenarán de gozo si es que tú eres bueno también (Serm. 146, 2).

Ataca desde fuera la ciudad amurallada, pero no puede rendirla (In Ps. 103, 4, 7).

El tentador no cesa de llamar una y otra vez para entrar; pero si una y otra vez la encuentra cerrada, sigue su camino (In Ps. 141, 3).

Supongamos que el fuego de la tentación arde dentro de tu alma: si en ella encuentra oro y no paja, te purificará en vez de reducirte a cenizas (Serm. 91, 4).

Aunque te parezca que la fortuna te sonríe, no presumas de tus fuerzas ni entres en diálogo con tus pasiones. Funda sobre Cristo tu edificio, a fin de que no seas arrastrado por las aguas, el viento o las lluvias.

Pasará el cautiverio, llegará la felicidad, será confundido tu enemigo y habrás triunfado para siempre con Dios (In Ps. 136, 22).

Todos los días me combaten algunas tentaciones. El atractivo de los placeres me hace guerra continua; y aunque no consienta, sin embargo, me molesta esta lucha y corro peligro de quedar vencido. Y cuando por no consentir quedo triunfante, me cuesta todavía resistir a los atractivos del placer (In Ps. 148, 4).

Escúchame, te ruego, Señor; clamo a Ti, que estás dentro de mí para escucharme. Purifica la morada íntima de mi corazón, ya que dondequiera que esté y en cualquier parte que ore, Tú, que escuchas, estás dentro de mí, sí, dentro, en lo más secreto; porque Tú que me oyes, no estás fuera de mí (In Io. 10, 2).

Pero si me molestan las tentaciones, dirigiré una mirada a Ti, pendiente de la cruz (In Ps. 104, 40).

Corrige a tu amigo

Dice el Señor: Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros (Jn 13, 34). Lo nuevo en el mandato de Cristo está en que debemos amarnos mutuamente como Él mismo nos amó (In Io. 65, 1). Hermano mío, practica este amor y vive tranquilo.

¿Tienes que reprender a alguno? Esto lo hace el amor, no la crueldad. Pongamos un ejemplo: hay uno que odia a su enemigo y, sin embargo, finge amistad con él; y cuando le ve cometer el mal, le alaba, a fin de que, rodando por el precipicio, vaya a dar al fondo del abismo, corriendo ciego tras sus pasiones desordenadas, de modo que no pueda volver atrás. Para esto le alaba y emborracha con sus adulaciones. Es decir, le odia y le alaba.

Tú, al contrario, cuando veas a tu amigo conducirte de modo semejante, debes amonestarle; si no te escucha, emplea palabras graves y severas; grítale, incrépale y, si es necesario, procésale.

Que tu caridad sea celosa del bien del prójimo, para corregir y para enmendarle. Si las costumbres de tu prójimo son intachables, ámale y alégrate; si son malas, no tengas reparo en hacerle las reflexiones convenientes para corregirle.

No debes amar el error en el hombre, sino al hombre; el hombre es criatura de Dios, el error es obra del hombre (In Ep. Io. 10, 7).

Paciencia del Señor con los pecadores

Aunque debes confiar mucho en la misericordia de Dios, debes también tener presente a toda hora su justicia. Con justicia ha de juzgarte el que te redimió con misericordia.

El que durante tanto tiempo te haya perdonado tantas veces no es señal de indiferencia, sino de paciencia. Ni ha sufrido menoscabo su poder, antes bien te ha proporcionado tiempo para hacer penitencia. Tanto como misericordioso, mientras vivamos en este mundo, será justo en el otro para dar a cada uno lo que sus obras merezcan (Serm. 44, 8).

Ahora es el tiempo de la misericordia; por eso, si cuando le vuelves la espalda te llama y cuando te conviertes te concede el perdón de los pecados, todo esto es paciencia que usa contigo en espera de tu conversión. No dejes, pues, pasar este tiempo precioso de la misericordia; no, no lo dejes pasar (In Ps. 32, 10).

¿Fuiste malo ayer? Sé bueno hoy. ¿Has pasado también en pecado el día de hoy? Pues al menos mañana cambia de vida.

Siempre lo dejas para más adelante, abusando de la misericordia divina, como si el que te ofrece el perdón te prometiera al mismo tiempo una vida larga. Humíllate ahora, confiesa haber andado por malos derroteros y sigue el camino recto; porque en la otra vida serán confundidos todos los que no se humillaren para recobrar la vida espiritual. Dios te facilita ahora este camino de saludable confusión, con tal que no deprecies el remedio de la confesión (In Ps. 85, 23).

En cuanto empieces a disgustarte de ti mismo, te ayudará Dios con su misericordia; y al verte deseoso de castigarte, te concederá el perdón. El reconocimiento de tu iniquidad te trae la indulgencia divina (Serm. 278, 12).

Cambia de vida ahora que puedes hacerlo; echa mano al arado para cultivar tu tierra endurecida; arranca las piedras y destruye las malezas. No sea tu corazón como tierra endurecida, en que no penetra la semilla de la palabra de Dios. No digas jamás: “He pecado y nada desagradable me ha ocurrido”. Dios sigue siendo omnipotente y te exige que hagas penitencia (Serm. 23, 3).

Si has tenido la desgracia de pecar, mira la gravedad de la herida; pero no de modo que desesperes de la majestad del médico. Ahora es tiempo de misericordia para enmendarte.

¿Ofendiste a Dios? Arrepiéntete pronto. No has concluido aún tu peregrinación; aún te queda tiempo para hacerlo. No desesperes, porque éste sería el mayor mal de los males; más bien clama al Señor como David: Piedad de mí, Dios mío, por tu gran misericordia —Salmo 50, 3— (Serm. 17, 5).

¡Qué dulce es el Señor!

¡Qué suave vida sería no tener deseos desordenados! ¡Oh, dulce vida!

Dulce es también el placer del pecado; de lo contrario, los hombres no lo seguirían. Los teatros, los espectáculos, las torpes canciones, dulzuras son de la concupiscencia, que realmente deleitan, pero no según tu ley, oh Señor.

¡Dichosa el alma que se complace en las dulzuras de tu ley, en la que no la contamina torpeza alguna, sino que la purifica el aire fresco de la verdad!

Tú eres suave, oh Señor; con tu suavidad enséñame tus bondades.

Cierto que cuando el mal me solicita y es dulce me resulta amarga la verdad. Enséñame con tu suavidad, de modo que me sea agradable la verdad y tu dulzura me haga despreciar la iniquidad.

Mucho mayor y más suave es la verdad; pero, como sucede con el pan, no es agradable más que para los sanos. ¿Qué cosa mejor y más excelente que el pan del cielo? Nada, en verdad, pero sólo para el que no padezca la dentera de la maldad. ¿De qué me sirve alabar el pan, si vivo mal? No me nutro de lo que alabo.

Escucho la palabra de la justicia y de la verdad, y la alabo; pero la mejor alabanza sería practicarla.

¡Ayúdame, Señor, a practicar lo que alabo! (Serm. 153, 10).

Ya con estas bellas y tan claras palabras tenemos nuestro aliento, nuestra enseñanza y nuestro espejo, observemos nuestra alma, nuestro pensamiento, nuestro actuar. No olvidemos que como padres, como educadores, somos ejemplo, y el ejemplo deja marcas profundas. Sembremos sin miedo, sabemos que estas semillas son buenas, confiemos de donde proceden, y veamos en nosotros simples instrumentos de Nuestro Señor.

Seamos los primeros en remar contracorriente, sabemos en la barca de quien vamos, no hay que temer, y si en algún momento flaquean nuestras fuerzas, o creemos que no hay frutos, levantemos la mirada confiados, y digamos al Señor: Señor, todo lo que puedo lo puedo por Ti, por favor mi dulce Señor, ¡no te apartes de mí…!