ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – AGOSTO 2016 – 1° PARTE

EN TORNO AL ASESINATO DEL PADRE JACQUES HAMEL

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de Agosto de 2016.

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1) Simple hecho, sin entrar en los detalles

2) Comunicado del Padre Christian Bouchacourt, 26 de julio de 2016

https://laportelatine.org/district/france/bo/bouchacourt2016/bouchacourt_160726_attentat_st_etienne_du_rouvray.php

3) Comienzan las críticas

4) Defensa del Distrito de Estados Unidos, 27 de julio de 2016

http://sspx.org/en/news-events/news/catholic-priest-attacked-islamic-violence

5) Lo retoman los Distritos de México, Sudamérica y España

http://www.fsspx-sudamerica.org/node/17219

http://fsspx-sudamerica.org/es/news-events/news/la-violencia-isl%C3%A1mica-ataca-sacerdote-cat%C3%B3lico-17219

http://www.fsspx.es/es/news-events/news/la-violencia-isl%C3%A1mica-ataca-sacerdote-cat%C3%B3lico-17219

6) El jueves 28 de julio, artículo en Radio Cristiandad: ¿Mártires de este siglo?

https://radiocristiandad.wordpress.com/2016/07/28/martires-de-este-siglo/

7) Funeral del Padre Hamel, el 2 de agosto en la catedral de Rouen

8) Artículo de Radio Cristiandad: Alrededor del asesinato del Padre Jacques Hamel

https://radiocristiandad.wordpress.com/2016/08/05/alrededor-del-asesinato-del-padre-jacques-hamel/

9) Análisis más profundo de los hechos

Como se sabe, la mezquita de la localidad de Saint Etienne du Rouvray (Alta Normandía) estaba construida sobre una parcela de terreno que en el año 2.000 fue donada por la parroquia de Santa Teresa. En aquella época, el párroco titular de la iglesia católica de Saint Etienne de Rouvray era Jacques Hamel, cargo que ejerció hasta su jubilación en 2008, y por tanto el último responsable de la decisión de ceder a la comunidad musulmana los terrenos propiedad de su parroquia para la construcción de la mezquita, que adoptó el nombre de ‘Yahya’.

Diversas declaraciones:

http://www.paris-normandie.fr/accueil/le-temoignage-de-soeur-danielle–ils-ont-oblige-jacques-a-se-mettre-a-genoux-il-a-essaye-de-se-debattre-MB6425358#

Una monja, quien fue una de los testigos del ataque, describió la escena a la estación de radio francesa local RMC:

En la iglesia, todo el mundo gritaba: “Deténganse, ustedes no saben lo que está haciendo, pero ellos no se detuvieron. Obligaron al Padre a ponerse sobre sus rodillas. Él trató de defenderse a sí mismo, y allí entonces fue que comenzó el drama.

Los terroristas se grabaron a sí mismos (en un vídeo). Ellos, de inmediato hicieron algo, dijeron como un sermón -alrededor del altar- en árabe. Todo esto fue un horror”, dijo la monja, que se identificó como la hermana Danielle.

La hermana logró escapar de sus captores para luego parar un coche que venía en la vía y así buscar ayuda, informó RMC.

El Semanario La Vie, de Francia, obtuvo un reportaje de dos de las religiosas que acompañaban al Padre Jacques Hamel el día de su asesinato.

La publicación lleva por título:

Cara a cara con los terroristas en Saint-Étienne-du-Rouvray: el testimonio de las religiosas rehenes

http://www.lavie.fr/actualite/france/face-a-face-avec-les-terroristes-de-saint-etienne-du-rouvray-le-temoignage-des-religieuses-otages-29-07-2016-75263_4.php

La Hermana Hélène Decaux y la Hermana Huguette Péron narran al semanario La Vie el intercambio que tuvieron en la iglesia de Saint-Etienne-du-Rouvray con los dos autores del ataque.

El Padre Jacques Hamel acaba de ser asesinado. Un fiel, también gravemente herido, está tendido en el suelo.

Sin embargo, tras el asesinato del sacerdote, un diálogo se entabló entre el comando y las dos religiosas retenidas en el interior del edificio.

Los dos asaltantes habían demostrado hasta ese momento agresividad y nerviosismo. Entonces, de repente, cambian su comportamiento.

Tuve una sonrisa de parte de uno de ellos. No fue una sonrisa de triunfo, sino una sonrisa dulce, de alguien que está feliz“, dice la Hermana Huguette Péron.

La Hermana Hélène Decaux, acompañada por la esposa del fiel herido, pide poder sentarse. Uno de los dos asesinos acepta. “Le pedí mi bastón, y me lo dio“.

A continuación, la conversación toma un giro religioso.

Uno de los hombres pregunta a la hermana Hélène si conoce el Corán. “Sí, lo respeto como respeto a la Biblia, ya he leído varias suras. Y lo que me llamó la atención, en particular, son las suras sobre la paz“, respondió la religiosa.

La paz es lo que queremos. Mientras haya bombas en Siria, continuarán aquí los atentados. Y habrá a diario. Cuando se detengan, nos detendremos“, responde su interlocutor.

¿Tiene miedo a morir?“, le pregunta a la Hermana.

Ante la respuesta negativa de la religiosa, continúa: “¿Por qué?“.

Creo en Dios y sé que voy a ser feliz“, réplica la hermana Hélène, que confiesa que oraba interiormente a la Virgen y pensaba Christian Chergé, el Prior del monasterio de Tibéhirine, asesinado con otros seis monjes en 1996.

¿Quién fue Christian Chergé?

En 1996, en Argelia fueron brutalmente asesinados siete monjes trapenses del monasterio de Nuestra Señora del Atlas en Tibhirine; eran franceses y se dedicaban a la oración y al trabajo en los campos. Se habían rehusado a colaborar con los guerrilleros islamistas a los que llamaban “los hermanos de la montaña” y habían organizado en la zona un grupo de oración y diálogo entre cristianos y musulmanes, apodado “Vínculo de paz”.

Cuando los grupos extremistas de la guerrilla exigieron que todos los extranjeros salieran del país, ellos se negaron por fidelidad a la gente del lugar, que los apreciaba y los quería. La casi totalidad de las misioneras y misioneros extranjeros presentes en Argelia hicieron lo mismo. Los monjes de Tibhirine fueron los chivos expiatorios. El más joven de los monjes tenía 45 años y el más anciano 82; fueron secuestrados el 27 de marzo de 1996. Exactamente dos meses después del secuestro, se supo la terrible noticia: los monjes del Atlas habían sido decapitados el 30 de mayo por los guerrilleros fundamentalistas.

TESTAMENTO DEL PADRE CHRISTIAN DE CHERGÉ

Escrito más de un año antes de su muerte:

Cuando un A-Dios se vislumbra…

Si me sucediera un día –y ese día podría ser hoy– ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar en este momento a todos los extranjeros que viven en Argelia, yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios y a este país.

Que ellos acepten que el Único Maestro de toda vida no podría permanecer ajeno a esta partida brutal.

Que recen por mí.

¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?

Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas y abandonadas en la indiferencia del anonimato.

Mi vida no tiene más valor que otra vida. Tampoco tiene menos. En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia.

He vivido bastante como para saberme cómplice del mal que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo, inclusive del que podría golpearme ciegamente.

Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez que me permita pedir el perdón de Dios y el de mis hermanos los hombres, y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido.

Yo no podría desear una muerte semejante. Me parece importante proclamarlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato. Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la “gracia del martirio” debérsela a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam. Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente. Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo.

Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas. Argelia y el Islam, para mí son otra cosa, es un cuerpo y un alma. Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido, encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia, precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes.

Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista:”¡qué diga ahora lo que piensa de esto!” Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad.

Entonces podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con El a Sus hijos del Islam tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.

Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente para este GOZO, contra y a pesar de todo. En este GRACIAS en el que está todo dicho, de ahora en más, sobre mi vida, yo os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy,y a vosotros, amigos de aquí, junto a mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos, ¡el céntuplo concedido, como fue prometido!

Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías.

Sí, para ti también quiero este GRACIAS, y este “A-DIOS” en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea concedido rencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío.

¡AMEN! ¡IM JALLAH!

Argel, 1 de diciembre de 1993

Tibhirine, 1 de enero de 1994

Christian.+

Con la hermana Huguette, la conversación giró en torno a Jesús.

Jesús no puede ser hombre y Dios. Son ustedes los que están equivocados“, afirma el otro asesino.

Puede ser, pero, tanto peor, es una lástima“, respondió la hermana Huguette

¿Dirá el Padre Bouchacourt que, en el caso de las dos religiosas, han escapado al martirio, en sentido canónico, perfectamente calificado como tal?

¿Dirá el Padre Trejo que está claro que los dos primeros elementos del martirio cristiano se habrían cumplido en el caso de que las dos religiosas hubiesen sido asesinadas?

DE LA HOMILÍA DE DOMINIQUE LEBRUN

“El mal es un misterio. Alcanza alturas de horror que nos hacen salir de lo humano. ¿No es esto lo que quisiste decir, Jacques, por tus últimas palabras? Caído en tierra después de la primera puñalada, intentaste repeler a tu atacante con los pies, y dijiste: “Atrás, Satanás“. Repetiste: “Atrás, Satanás”. Expresaste, entonces, tu fe en el hombre creado bueno, al cual el diablo atrapa. El Evangelio dice que Jesús sanó a todos los que estaban bajo el poder del diablo.”

10) Comunicado del Instituto Mater Boni ConsiliI

¿MARTIRIO O CASTIGO?

Como todo el mundo sabe, dos militantes mahometanos han degollado, en la iglesia parroquial de Saint-Étienne-du-Rouvray, Normandía, un sacerdote, el Padre Jacques Hamel.

No hace falta decir que se trata de un crimen horrible y de un sacrilegio, y que rogamos por el alma de este hermano en el sacerdocio (fue ordenado en 1958).

Muchos bautizados se han preguntado si no se podía hablar de martirio, en el sentido estricto y “canónico” del término: por ejemplo, el superior del distrito de Francia de la Fraternidad San Pío X, Christian Bouchacourt, que considera a la pobre víctima un mártir del Islam, muerto en la iglesia “durante una misa”.

Sin embargo, los testimonios sobre la vida y el ministerio del anciano sacerdote francés, hablan de otra cosa.

El Padre Hamel, al igual que todos los fieles adeptos del Vaticano II, estaba activamente comprometido en el “diálogo interreligioso” con los negadores de la Santísima Trinidad y de la divinidad de Cristo.

Y la “misa” que la víctima celebraba era la misa reformada, que el fundador de la sociedad religiosa del padre Bouchacourt llamaba, con razón, la “Misa de Lutero”.

A menos que nos convirtamos en seguidores del wojtyliano “Ecumenismo del martirio”, no se puede reconocer en un modernista, incluso si fue matado en cuanto cristiano, un “mártir de la fe”, especialmente en el sentido estricto y canónico.

El mártir da testimonio, de hecho por la sangre, de la verdad y de la fe profesada durante su vida y en el momento de su muerte.

Los Padres de la Iglesia han negado siempre a los bautizados herejes o cismáticos, aunque sufriesen y muriesen como cristianos, el carácter de mártires.

La ignorancia invencible (no culpable) puede hacer libre de pecado (formal) al que cae en el error contra la fe, pero no puede hacer de él un testigo de la verdad.

Entonces uno puede preguntarse si lo que pasó, y lo que tal vez vuelva a suceder (Dios no lo quiera), no es más bien un castigo, no tanto en lo que respecta a la persona misma víctima del sacrilegio atroz (cf. Lucas XIII, 1-5), sino en vista del modernismo, por su complacencia impía respecto de los enemigos de la divinidad de Jesucristo y de la fe en la Santísima Trinidad.

El Señor advierte: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis”. Estas palabras hacen temblar, si pensamos que la invitación a la penitencia, la advertencia del Señor, con sus castigos, para abandonar el espíritu apóstata de la declaración Nostra ætate —que da frutos evidentes por todo el mundo— no se ha oído.

¡Al contrario! ¡El domingo 31 de julio, los musulmanes fueron invitados a predicar en las iglesias católicas profanadas de Francia e Italia!

Ningún católico, que no desea caer en el pozo, puede tomar como guía a ciegos que guían a otros ciegos.

Ningún católico, que quiere salvarse y no perecer por la eternidad, puede seguir a aquellos que consideran sin importancia —al menos de hecho— creer o no creer en la divinidad de Cristo y en la Santísima Trinidad.

Que Dios nos salve, que salve del modernismo la fe de los católicos, y nos salve del justo castigo con que el Señor castiga y castigará la ofensa hecha a su Nombre.

11) Santo Tomás en la Suma Teológica

SUMA TEOLÓGICA

II-II CUESTIÓN 124

El martirio

Sobre este tema planteamos cinco problemas:

¿Es el martirio un acto de virtud?

¿De qué virtud es acto?

¿Cuál es la perfección de este acto?

¿Cuál es la pena del martirio?

¿Cuál es su causa?

Artículo 1

El martirio es un acto de virtud

Compete a la virtud permanecer en el bien de la razón.

Dicho bien consiste en la verdad como su propio objeto, y en la justicia como efecto propio.

Pertenece a la razón del martirio mantenerse firme en la verdad y en la justicia contra los ataques de los perseguidores.

Por tanto, es evidente que el martirio es un acto de virtud.

1ª Objeción: Todo acto de virtud es voluntario. Pero el martirio a veces no es voluntario, como está claro en el caso de los Inocentes muertos por Cristo. Por tanto, el martirio no es acto de virtud.

Respuesta: La gloria del martirio, que otros merecen por su propia voluntad, lo consiguieron estos niños por la gracia de Dios, ya que el derramamiento de sangre por Cristo hace las veces del bautismo. De ahí que, así como en los niños bautizados actúan los méritos de Cristo por la gracia bautismal, así también en los niños muertos por Cristo actúan los méritos del martirio de Cristo para conseguir la palma del martirio.

Artículo 2

¿Es el martirio acto de la fortaleza?

A la fortaleza pertenece confirmar al hombre en el bien de la virtud contra los peligros, sobre todo contra los peligros de muerte, y especialmente de la muerte en la guerra.

Pero es evidente que en el martirio el hombre es confirmado sólidamente en el bien de la virtud, al no abandonar la fe y la justicia por los peligros inminentes de muerte, los cuales también amenazan en una especie de combate particular, por parte de los perseguidores.

Por tanto, está claro que el martirio es acto de la fortaleza.

Y por eso dice la Iglesia, hablando de los mártires, que se hicieron fuertes en la guerra.

El acto principal de la fortaleza es el soportar, y a él pertenece el martirio, no a su acto secundario, que es el atacar. Y como la paciencia ayuda a la fortaleza en su acto principal, que es el soportar, se sigue que también en los mártires se alabe la paciencia por concomitancia.

Artículo 3

¿Es el martirio el acto de mayor perfección?

Podemos hablar de un acto de virtud bajo dos aspectos:

Uno, según su especie, comparándolo con la virtud que lo produce inmediatamente. Entonces el martirio, que consiste en soportar debidamente la muerte, no puede ser el más perfecto de los actos virtuosos, ya que soportar la muerte no es de suyo encomiable, sino sólo en cuanto ordenado a un bien que es un acto de virtud, como puede ser la fe y el amor a Dios. Y este acto de virtud, por ser fin, es más perfecto.

Otro aspecto bajo el que podemos considerar el acto virtuoso es si lo comparamos con el primer motivo, que es el amor de caridad.

Pero el martirio es, entre todos los actos virtuosos, el que más demuestra la perfección de la caridad, ya que se demuestra tener tanto mayor amor a una cosa cuando por ella se desprecia lo más amado y se elige sufrir lo que más se odia.

Ahora bien: es obvio que entre todos los bienes de la vida presente el hombre ama sobre todo su propia vida, y por el contrario experimenta el mayor odio hacia la muerte, especialmente si es con dolores y tormentos corporales.

Según esto, parece claro que el martirio es, entre los demás actos humanos, el más perfecto en su género, como signo de máxima caridad, conforme a las palabras de San Juan: Nadie tiene mayor amor que el dar uno la vida por sus amigos.

Artículo 4

La muerte es esencial al martirio

Mártir significa testigo de la fe cristiana, por la cual se nos propone el desprecio de las cosas visibles por las invisibles.

Por tanto, pertenece al martirio el que el hombre dé testimonio de su fe, demostrando con sus obras que desprecia el mundo presente y visible a cambio de los bienes futuros e invisibles.

Ahora bien: mientras vive en este mundo, aún no puede demostrar con obras el desprecio de los bienes temporales, pues los hombres siempre suelen despreciar a los familiares y a todos los bienes que poseen con tal de conservar la vida.

De donde se desprende que para la razón perfecta de martirio se exige sufrir la muerte por Cristo.

3ª Objeción: El martirio es acto de la fortaleza. Y a éste corresponde no sólo no temer la muerte, sino ni siquiera las otras adversidades. Ahora bien, hay otras muchas adversidades, además de la muerte, que pueden aguantarse por la fe en Cristo, como son la cárcel, el destierro, el despojo de los bienes. De ahí que se celebre el martirio del papa San Marcelo, y eso que murió en la cárcel. Por tanto, no es necesario para el martirio sufrir la pena de muerte.

Respuesta: La fortaleza se ocupa principalmente de los peligros de muerte, y de los demás como una consecuencia. Por lo mismo, no se llama propiamente martirio el soportar la cárcel o el destierro o el despojo de los bienes, a no ser que de ellos se siga la muerte.

4ª Objeción: El martirio es un acto meritorio. Pero no puede haber acto meritorio después de la muerte. Luego debe ser antes. Así que la muerte no es esencial al martirio.

Respuesta: El mérito del martirio no se da después de la muerte, sino en soportarla voluntariamente, es decir, cuando uno sufre libremente la inflicción de la muerte. Sucede a veces, sin embargo, que después de haber recibido heridas mortales por Cristo, o cualesquiera otras tribulaciones semejantes, que se sufren por la fe en Cristo, provenientes de los perseguidores, uno puede sobrevivir largo tiempo. En este estado, el acto del martirio es meritorio, y también en el mismo momento de padecer estas penas.

Artículo 5

No sólo la fe es causa del martirio

Se dice en San Mateo 5, 10: Dichosos los que padecen persecución por la justicia, lo cual se refiere al martirio.

Ahora bien, a la justicia pertenece no sólo la fe, sino también las demás virtudes.

Por tanto, también ellas pueden ser causa del martirio.

Mártires es lo mismo que testigos, es decir, en cuanto con sus padecimientos corporales dan testimonio de la verdad hasta la muerte; no de cualquier verdad, sino de la verdad que se ajusta a la piedad, que se nos manifiesta por Cristo.

De ahí que los mártires de Cristo son como testigos de su verdad.

Pero se trata de la verdad de la fe, que es, por tanto, la causa de todo martirio.

Pero a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe, conforme al texto de Santiago 2, 18: Yo, por mis obras, te mostraré la fe.

Por tanto, las obras de todas las virtudes, en cuanto referidas a Dios, son manifestaciones de la fe, por medio de la cual nos es manifiesto que Dios nos exige esas obras y nos recompensa por ellas.

Y bajo este aspecto pueden ser causa del martirio.

Por eso se celebra en la Iglesia el martirio de San Juan Bautista, que sufrió la muerte no por defender la fe, sino por reprender un adulterio.

1ª Objeción: Se dice en I Pedro 4, 15-16: Ninguno de vosotros padezca por homicida o ladrón, o algo parecido; pero si padece por ser cristiano, no se avergüence, antes glorifique a Dios en este nombre. Pero se llama cristiano a quien tiene la fe de Cristo. Por tanto, sólo la fe en Cristo da la gloria del martirio a los que lo padecen.

Respuesta: Llamamos cristiano al que es de Cristo. Pero se dice de uno que es de Cristo no sólo por tener la fe en Cristo, sino también porque realiza las obras virtuosas movido por el Espíritu de Cristo, y también porque ha muerto al pecado. Por eso, padece como cristiano no sólo el que sufre por la confesión de su fe de palabra, sino también el que sufre por hacer cualquier obra buena, o por evitar cualquier pecado por Cristo: porque todo ello cae dentro de la confesión de la fe.

2ª Objeción: «Mártir» significa «testigo», y sólo se es testigo de la verdad. Pero no se llama mártir al que da testimonio de cualquier verdad, sino sólo de la verdad divina. De lo contrario, sería mártir quien muriera por la confesión de una verdad de geometría o de otra ciencia especulativa, lo que parece ridículo. Por tanto, sólo la fe es la causa del martirio.

Respuesta: La verdad de las otras ciencias no pertenece al culto divino. Por lo cual no decimos que sean según la piedad; de ahí que su confesión tampoco puede ser causa directa del martirio. Pero, siendo pecado toda mentira, evitar la mentira, aunque sea contra cualquier tipo de verdad, puede ser causa del martirio, en cuanto la mentira es un pecado contrario a la ley divina.

3ª Objeción: Entre las virtudes parece que son más excelentes las que se ordenan al bien común, ya que el bien de todos es mejor que el bien de un solo hombre. Por tanto, si fuese causa del martirio algún otro bien, serían mártires los que mueren en defensa de la república. Esto no lo contempla la Iglesia, pues no se celebran los martirios de los soldados muertos en guerra justa. Parece entonces que sólo la fe es causa del martirio.

Respuesta: El bien de la república es el principal entre los bienes humanos. Pero el bien divino, que es la causa propia del martirio, está por encima del bien humano. Sin embargo, como el bien humano puede convertirse en divino si lo referimos a Dios, cualquier bien humano puede ser causa del martirio en cuanto referido a Dios.

12) Otras consideraciones importantes:

De parte de los asesinos = el odio de la fe.

De parte del asesinado:

Causa de parte del que muere

Morir confesando la Fe

Perseguidos por odio a Cristo y muertos por amor a Cristo.

Por mí”, “por causa de mi nombre”, dice Jesucristo en los Evangelios.

En efecto, el mártir muere por Cristo (Santo Tomás, IV Sent. dist. 49, 5, 3).

Actualmente, incluso en ambientes cristianos, se concede el título de mártir con una gran amplitud, pero no es ésa la norma de la Iglesia católica.

Y en el mundo se tergiversa el término hasta degradar su sentido original. Así se habla de los “mártires” de la Revolución soviética, o, maoísta, o castrista, o sandinista, o feminista, etc.

Sin embargo, que el perseguidor obre por odio a Cristo, o como suele decirse, ex odio fidei, y que el mártir muera por amor a Cristo, es causa necesaria para que se dé el martirio cristiano en el sentido estricto.

Ha de darse odio a la fe, o bien odio a cualquier obra buena en tanto que viene exigida por la fe en Cristo.

No pueden ser, pues, considerados mártires sino aquellos que, habiendo sido perseguidos y muertos por odio a Cristo o a lo cristiano, han sufrido la muerte por amor a Cristo.

Es el criterio para discernir en las causas para la canonización de los mártires.

 

Sin resistencia

Uno de los casos más interesantes y de los más discutidos es el de decidir si el martirio supone la no resistencia a la muerte.

Lo que hace dudar es el pasaje de la II-II, q. 124, a. 5, ad 3um donde Santo Tomás parece indicar que se puede considerar como mártir el soldado que muere en una guerra emprendida por la defensa de la fe.

Santo Tomás se expresa más claramente en IVum Sent, dist. XLIX, q. v, a. 3, quaest. 2, ad 1um:

Cuando alguien sufre la muerte por el bien común no referido a Cristo, no merece la aureola; pero, si ello está referido a Cristo, merece la aureola y es mártir; siempre y cuando, si defiende el bien común de la impugnación del enemigo, que intenta corromper la fe de Cristo, y en tal defensa sufre la muerte.

En esta opinión, es necesario una guerra entre fieles e infieles, no por motivos políticos, sino por una causa de religión. En ese caso, los que luchan por defender la religión contra los infieles, mueren mártires, porque la muerte les es infligida en odio de la fe.

Su resistencia no es un obstáculo a su título de mártir, puesto que ellos luchan no primariamente para defender su vida, sino por la causa de la Iglesia y de la verdadera fe contra los adversarios de Cristo. Ellos no defienden su vida sino secundariamente, en cuanto ella es necesaria a la Iglesia y a la fe cristiana.

El caso difícil y controvertido es el de los soldados que luchan y resisten en una guerra emprendida por la fe.

Por eso, en el caso de Josafat, arzobispo de Polotsk, los auditores de la Sacra Rota hicieron destacar que muchos teólogos rechazan admitir el martirio cuando la víctima resiste, se defiende, muere por necesidad, no por voluntad, y cae porque sus fuerzas son incapaces de triunfar de sus enemigos.

La razón es que el mártir debe imitar a Jesucristo, que rindió testimonio de la verdad sufriendo, no luchando y resistiendo (ver I Pedro XI, 23).

Paciencia y Constancia

Todo el mundo está de acuerdo para exigir en el mártir la paciencia y la constancia hasta la muerte.

Es necesario que el mártir haya perseverado hasta la muerte invicte et patienter.

Pero, ¿cómo probar esta perseverancia?

Hay que distinguir la perseverancia interna y la perseverancia externa.

La interna es conocida sólo por Dios. La externa está sometida al juicio de la Iglesia, que conjetura la interna por la externa.

Es necesario, entonces, que las palabras, los signos y los hechos prueben la perseverancia interna.

Además, Benedicto XIV distingue el mártir coram Deo y el mártir coram Ecclesia.

Falsos mártires

Es necesario morir por la Fe; lo cual comprende no sólo aquello que es necesario creer, sino también aquello que la Fe nos enseña que es necesario practicar, y, por consecuencia, para el ejercicio de toda virtud cayendo debajo del precepto.

Esto es lo que se llama profesión de fe de hecho, como hemos visto en el texto de Santo Tomás (q. 124, a. 5): a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe.

Comentario a Romanos 8, lección 7:

8, 36; Según está escrito: Por la causa tuya somos muertos cada día, considerados como ovejas destinadas al matadero.

Cuando dice: Según está escrito, etc., muestra la necesidad de esta cuestión por el hecho de que los santos estaban amenazados de padecer todos estos males en cualquier momento por el amor de Cristo. Y cita las palabras del Salmista como si se pusieran en la boca de los mártires.

En los cuales primero presenta la causa del martirio. Porque al mártir no lo hace la pena, sino la causa, como dice Agustín. Por lo cual dice: Por la causa tuya somos muertos cada día. Quien pierde su alma, o sea, su vida, por Mí, la hallará (Mt 10, 39). Ninguno de vosotros padezca, pues, como homicida o ladrón; pero si es por cristiano, no se avergüence (I P 4,1 5). Padece también por Cristo, no sólo quien padezca por la fe de Cristo, sino quien padezca por cualquier obra de justicia por amor de Cristo.

Aquél que confesase la fe cristiana por vana gloria, por adquirir celebridad, para obtener un culto y ser puesto entre los mártires, no sería un verdadero mártir, puesto que su acto no sería moralmente bueno.

Para constituir el martirio no es suficiente aceptar la muerte:

  • Por una verdad conocida por la luz natural de la razón (Benedicto XIV cita los casos de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma).
  • Por una opinión revelada, conocida por una revelación privada.
  • Por una opinión no definida aún por la Iglesia.
  • Por un bien éticamente bueno (guardar un secreto).
  • Por una aserción que falsamente se cree pertenecer a la Revelación.

El caso de herejes y cismáticos

Hemos visto que el perseguidor obre por odio a Cristo, o como suele decirse, ex odio fidei, y que el mártir muera por amor a Cristo, es causa necesaria para que se dé el martirio cristiano en el sentido estricto.

No es, pues, mártir, en el pleno sentido cristiano del término, aquel que muere por su adhesión a una fe herética.

San Cipriano enseña que «los discordes, los disidentes, los que no están en paz con sus hermanos en la Iglesia no se librarán del pecado de su discordia, aunque sufran la muerte por el nombre de Cristo, como atestigua el Apóstol» (Trat. sobre Padrenuestro 24).

Si uno se separa de la Iglesia, «no teniendo caridad, nada le aprovecha», ni dar su hacienda a los pobres, ni entregar su cuerpo a las llamas (I Cor 13, 3).

Antes del Vaticano II no se admitía reconocer la existencia de auténtico martirio fuera de la Iglesia católica: porque al testimonio de los otros cristianos le falta la integridad y plenitud de la fe católica.

Enseñanzas del Magisterio

Concilio de Florencia (XVII Ecuménico)
-Fuera de la Iglesia no hay salvación aun para quien derramare su sangre por Cristo.

Sínodo de Laodicea (363-364 AD)
-Los “mártires” de los herejes son ajenos a Dios.

San Fulgencio de Ruspe
-Quien no está en la Iglesia Católica no puede salvarse, aunque vierta su sangre por el nombre de Cristo.

San Cipriano de Cartago
-La sangre derramada por un cismático no lava ninguna mancha.

-El suplicio sufrido por un cismático no sería corona, sino castigo de su perfidia.
-El bautismo de sangre de nada sirve al hereje.

San Agustín
-No puede tener muerte de mártir quien, como cismático, no tiene vida de cristiano.

-No pueden presumir de persecución por Cristo quien se rebelan contra su Cuerpo.
-Si el cismático muere como un sacrílego, ¿cómo puede ser bautizado con su sangre?.
-A los mártires los hace no la pena, sino la causa.
-No son mártires los que padecen por la iniquidad y por dividir la unidad cristiana.
-En el horno donde el mártir es purificado, los herejes son reducidos a cenizas.

San Dionisio de Alejandría
-Exhortación a un cismático, próximo a ser sacrificado, a salvar su alma.

San Paciano de Barcelona
-Un cismático asesinado no tenía comunicación con la Santa Madre Iglesia para poder ser considerado mártir.

Benedicto XIV
-Aunque el hereje muera por un artículo de la verdadera fe no puede ser mártir.

Pelagio II (Dz. 247): De la necesidad de la unión con la Iglesia

[De la Carta 2 Dilectionis vestrae a los obispos cismáticos de Istria, hacia el año 585]

… No queráis, pues, por amor a la jactancia, que está siempre muy cercana de la soberbia, permanecer en el vicio de la obstinación, pues, en el día del juicio, ninguno de vosotros se podrá excusar… Porque, si bien por la voz del Señor mismo en el Evangelio [cf. Mt. 16, 18] está manifiesto dónde esté constituida la Iglesia, oigamos, sin embargo, qué ha definido el bienaventurado Agustín, recordando la misma sentencia del Señor. Pues dice estar constituida la Iglesia en aquellos que por la sucesión de los obispos se demuestra que presiden en las Sedes Apostólicas, y cualquiera que se sustrajere a la comunión y autoridad de aquellas Sedes, muestra hallarse en el cisma. Y después de otros puntos: “Puesto fuera, aun por el nombre de Cristo estarás muerto. Entre los miembros de Cristo, padece por Cristo; pegado al cuerpo, lucha por la cabeza”. Pero también el bienaventurado Cipriano, entre otras cosas, dice lo siguiente: “El comienzo parte de la unidad, y a Pedro se le da el primado para demostrar que la Iglesia y la cátedra de Cristo es una sola; y todos son pastores, pero la grey es una, que es apacentada por los Apóstoles con unánime consentimiento”. Y poco después: “El que no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿cree guardar la fe? El que abandona y resiste a la cátedra de Pedro, sobre la que está fundada la Iglesia, ¿confía estar en la Iglesia?”. Igualmente luego: “No pueden llegar al premio de la paz del Señor porque rompieron la paz del Señor con el furor de la discordia… No pueden permanecer con Dios los que no quisieron estar unánimes en la Iglesia. Aun cuando ardieren entregados a las llamas de la hoguera; aun cuando arrojados a las fieras den su vida, no será aquélla la corona de la fe, sino el castigo de la perfidia; ni muerte gloriosa, sino perdición desesperada. Ese tal puede ser muerto; coronado, no puede serlo… El pecado de cisma es peor que el de quienes sacrificaron; los cuales, sin embargo, constituidos en penitencia de su pecado, aplacan a Dios con plenísimas satisfacciones. Allí la Iglesia es buscada o rogada; aquí se combate a la Iglesia. Allí el que cayó, a sí solo se dañó; aquí el que intenta hacer un cisma, a muchos engaña arrastrándolos consigo. Allí el daño es de una sola alma; aquí el peligro es de muchísimas. A la verdad, éste entiende y se lamenta y llora de haber pecado; aquél, hinchado en su mismo pecado y complacido de sus mismos crímenes, separa a los hijos de la madre, aparta por solicitación las ovejas del pastor, perturba los sacramentos de Dios, y siendo así que el caído pecó sólo una vez, éste peca cada día. Finalmente, el caído, si posteriormente consigue el martirio, puede percibir las promesas del reino; éste, si fuera de la Iglesia fuere muerto, no puede llegar a los premios de la Iglesia”.

Observaciones complementarias sobre el martirio

La exacta fisonomía espiritual del martirio ofrece en algunos casos perfiles discutibles, sobre los cuales han tratado con frecuencia teólogos y canonistas. Entre éstos destaca Benedicto XIV, en su tratado De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione (Bolonia 1737; lib. III, c. XI-XXII).

Sin entrar en prolijos análisis y argumentos, recordaré aquí brevemente algunas de las cuestiones más importantes.

– ¿Es lícito desear el martirio, pedirlo a Dios? Sí, ciertamente, pues es el martirio el acto más perfecto de la caridad, el que más directamente hace participar de la Pasión de Cristo y de su obra redentora, y el que produce efectos más preciosos tanto en la santificación del mártir como en la comunión de los santos. Es, por tanto, el martirio altamente deseable, pues por él se configura el cristiano plenamente a Cristo Crucificado: «para esto fuisteis llamados, ya que también Cristo padeció por vosotros y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos» (I Pe 2, 21). Santo Tomás afirma la bondad del deseo del martirio. Hace suya la doctrina de San Gregorio Magno, que comenta la frase de San Pablo, «el que desea el episcopado, desea algo bueno» (1Tim 3,1), recordando que cuando el Apóstol hacía esa afirmación, eran los obispos los primeros que iban al martirio (STh II-II, 185, a. 1 ad1m). Y de hecho, muchos santos, como Santo Domingo y San Francisco de Asís, Santa Teresa y San Francisco Javier, desearon el martirio intensamente, y en ocasiones dieron forma de oración a sus persistentes deseos. En cierto sentido, así como se habla de un bautismo de deseo y se reconoce su eficacia santificante, también podría hablarse de un martirio de deseo, con efectos análogos, aunque no iguales, a los del martirio real.

– ¿Es lícito procurar y buscar el martirio? Como regla general hay que decir que no (STh II-II, q. 124, a.1 ad3m). Ésa ha sido la norma de la Iglesia desde antiguo. Fácilmente habría en ese intento presunción poco humilde en el aspirante a mártir y una cierta complicidad con el crimen del perseguidor. Algunos autores, apoyándose, por ejemplo, en el concilio de Elvira (303-306), no consideran mártires a quienes son muertos por haber destruído o profanado los templos e ídolos de los paganos. Benedicto XIV (c. XVII), sin embargo, distingue entre las provocaciones producidas en el mismo martirio –como las que recordamos en los Macabeos o en San Esteban– y aquéllas que han podido preceder y dar ocasión al mismo. También hay excepciones en esto. La Iglesia ha reconocido como santos mártires a no pocos fieles que, movidos por el Espíritu Santo, han buscado el martirio, han destruído ídolos, han acudido espontáneamente «ante los tribunales» para declararse cristianos, sabiendo que tales acciones, u otras semejantes, les traerían la muerte. No pocos mártires antiguos del santoral cristiano obran así. E incluso la disciplina de la Iglesia antigua permite la búsqueda del martirio a aquellos cristianos lapsi, que de este modo quieren expiar y retractar públicamente su anterior infidelidad ante el martirio.

– ¿Es lícito huir la persecución? Sí, ciertamente. Cristo lo aconseja en determinadas ocasiones (Mt 10,23), y Él mismo, cuando lo estima conveniente, rehúye la muerte, como cuando tratan de despeñarlo en Nazaret (Lc 4,28-30). San Pedro huye de la cárcel, auxiliado por un ángel (Hch 12). Y también San Pablo escapa a la persecución del rey Aretas (2Cor 11,33). Sin embargo, los obispos y pastores, que han recibido encargo de velar por el pueblo de Dios, no deben abandonarlo en la persecución (STh I-II, q. 85, a. 5). Norma que, sin duda, tiene también lícitas excepciones prudenciales. San Cipriano, por ejemplo, siendo obispo de Cartago, cuando más arreciaba la persecución de Valeriano, permanece huido bastante tiempo porque entiende que, en circunstancias tan difíciles, no conviene que el rebaño quede sin la guía y asistencia de su pastor. Y finalmente se entregó al martirio. En nuestros días hemos visto, en situaciones de grave persecución, cómo unos misioneros permanecían con su pueblo, sin abandonarlos en el peligro, en tanto que otros huían, para poder seguir sirviéndolos una vez pasada la persecución. Y no puede decirse sin más que una actitud es en sí mejor que la otra, sino que es una elección que debe hacerse buscando la voluntad de Dios y el bien del pueblo cristiano, a la luz de la prudencia y el don de consejo, o si es el caso, sometiendo la elección al mandato de los superiores.

– ¿Son necesarias ciertas condiciones espirituales para que, por parte del cristiano, pueda darse propiamente el martirio? ¿O más bien es indiferente la actitud espiritual del cristiano, con tal de que acepte morir por Cristo? La respuesta verdadera es que son necesarias, ciertamente, en el adulto algunas actitudes espirituales. Y por eso no puede ser considerado mártir aquel que, aunque no rechace la muerte, pudiendo hacerlo, la acepta con odio a sus perseguidores, o permaneciendo apegado a ciertos pecados, sin propósito de romper con ellos, si sobrevive. El adulto es mártir si muere por Cristo teniendo contrición por los pecados pasados, o al menos atrición por ellos. Si el bautismo no borra los pecados del adulto cuando éste no tiene, al menos, atrición, tampoco el martirio. Por otra parte, Cristo manda –no es un simple consejo; es un mandato– «amar» a los enemigos y «orar» por ellos (Mt 5,43-46). En efecto, si el martirio es un acto supremo de la caridad, ha de ser una afirmación de amor no solo a Cristo y a la comunión de los santos, sino también hacia los perseguidores. El mártir manifiesta este amor perdonando a sus enemigos y orando por ellos. Así es como en el martirio se configura plenamente a Cristo, a Esteban y a todos los santos mártires. Como dice Santo Tomás, «la efusión de la sangre no tiene razón de bautismo [es decir, de martirio, de bautismo de sangre] si se produce sin la caridad» (STh III, q. 66, a. 12 ad2m). El martirio, además, superando los miedos y angustias propios de la debilidad natural, ha de ser sufrido con paciencia y en confiada obediencia a la Voluntad divina providente. Más aún, Cristo anima y concede morir por él con alegría: «alegraos y regocijaos» (Mt 5, 12; Lc 6, 22); y de hecho, por Su gracia, así han muerto los mártires cristianos: gozosos de poder consumar la ofrenda permanente de sus vidas, gozosos de poder llevar su amor a Dios y a los hombres a su más alta cumbre, gozosos de recibir de la Providencia la ocasión oportuna para dar ante el mundo el máximo testimonio de la verdad, el más persuasivo.