Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

jovenEsculpir mi alma

Esculpir en tu propia alma la imagen sublime que Dios concibió al formarte es la noble labor a la que damos el nombre de autoformación. Trabajo personal, ningún otro puede hacerlo en tu lugar. Has de ser tú quien desees ser noble, fuerte, limpio de alma. Has de conocerte bien, descubrir las malas hierbas que hay en ella, y qué es lo que le falta. El éxito ha lo obtendrás a costa de muchos esfuerzos, abnegaciones y victorias alcanzadas sobre ti mismo, a base de negarte a menudo cosas deleitosas, de hacer muchas veces lo que no te apetece, de no quejarte, y seguir intentándolo.

Tu carácter y el curso que des a toda tu vida dependen de pequeñas acciones mediante las cuales vas entretejiendo la suerte de tu vida. Siembra un pensamiento y cosecharás el deseo; siembra un deseo y recogerás la acción; siembra la acción y recogerás la costumbre; siembra la costumbre y recogerás el carácter; siembra el carácter y tendrás por cosecha tu propia suerte.

No pierdas jamás la ocasión de hacer una obra buena, y si esta obra estuviere en pugna algunas veces con tu provecho y deseo momentáneos, acostumbra tu voluntad a vencerlos… Así alcanzarás un carácter con que puedas un día hacer algo grande.

Altísima escuela de carácter, la más sublime que pueda haber, es la que nos hace exclamar con sentimiento sincero: «Señor, no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22, 42). Has de educar, por tanto, tu voluntad para que se compenetre con la voluntad de Dios. Lograrás la más valiosa autoeducación si tras tus acciones puedes contestar afirmativamente a la pregunta: «Señor, ¿ha sido de veras tu voluntad lo que he hecho? ¿Lo querías Tú de esta manera?»

Y esta educación del carácter has de empezarla ahora. En la edad madura es mucho más difícil. Quien llega sin carácter firme al ajetreo del mundo, es fácil que pierda hasta lo poco que haya podido tener.

Sin traicionar mis ideales

Ahora ya sabes de quién decimos: es un joven de carácter. Lo decimos de aquel que tiene principios, ideales nobles y sabe ejecutarlos y permanecer firme en ellos. Permanecer firme aun cuando todos los que le rodean sean cobardes y sin carácter. Permanecer firme a pesar de millares y millares de ejemplos adversos. ¡Permanecer firme en los principios, sean cuales fueren las circunstancias! Sólo Dios sabe cuán terriblemente difícil es esto a veces.

Cuando en un grupo de jóvenes se ridiculiza con burla la verdad, la doctrina católica o la Iglesia, levantar entonces la palabra sin espíritu de ofender, pero con valentía, descubriendo los errores y falsos argumentos, es algo que requiere un gran carácter, y cierto heroísmo.

Cuando la risa despreocupada de tus compañeros te invita a dejar el estudio ingrato de tu lección de matemáticas, permanecer en estas ocasiones impertérrito fiel al deber, es propio de todo un carácter.

En las sangrientas persecuciones de los primeros siglos cristianos apresaron a un campesino sencillo y le pusieron ante una estatua de Júpiter… «Echa incienso en el fuego y sacrifica a nuestro dios.» «¡No lo hago!», contesta con calma Barlaam. Empiezan a torturarlo. En vano. Entonces extienden a viva fuerza su brazo para que la mano esté justamente encima de las llamas, y le ponen incienso en la palma. «¡Deja caer el incienso y serás libre!» ¡No lo hago!», repite Barlaam. Y allí está en pie, inconmovible, con el brazo extendido… La llama del fuego va subiendo, ya está lamiendo la palma de la mano, ya empieza a humear el incienso…; pero el hombre sigue impertérrito. El fuego consumió su mano, y así se quemó el incienso, pero el corazón del mártir Barlaam no fue perjuro a su Dios.

¡Qué pocos son, por desgracia, los que en nuestros días tienen este carácter de mártir!

Los grandes pensadores del paganismo descubrieron la gran verdad de que un hombre puede ser una celebridad por su inteligencia, riqueza, dotes artísticos o deportivos; pero si no tiene carácter, nada vale. Mira qué elevados pensamientos aparecen en las obras de Epiceto (Gnomologium Epicteti), un esclavo pagano:

«Al hombre justo y firme en sus propósitos, aunque el mundo resquebrajado caiga, lo encontrarán impávido en las ruinas. No te preocupes de satisfacer las necesidades de tu estómago, sino las de tu alma. Antes morir que vivir con mala moralidad. Quien es libre según el cuerpo, pero tiene atada su alma, es esclavo; quien está exento de mal en el alma, es hombre libre, aunque tenga el cuerpo encadenado. Es de más provecho para el Estado si en moradas pequeñas viven almas grandes, que si en palacios viven hombres de un alma esclava. Tu alma es la irradiación de la divinidad; eres su hijo; por tanto, tenla en gran estima. ¿No sabes que llevas a Dios en tu persona? Nuestro fin es obedecer a Dios para que de esta suerte nos hagamos semejantes a Él. El alma es como una ciudad sitiada; detrás de sus muros resistentes vigilan los defensores. Si los cimientos son fuertes, la fortaleza no tendrá que capitular. Si quieres ser bueno, antes has de creer que eres malo. Absténte del mal y no condesciendas jamás con tus malas inclinaciones. En todas tus obras, grandes o pequeñas, mira a Dios. Enseña a los hombres que la felicidad no está donde ellos, en su ceguera y miseria, la buscan. La felicidad no está en la fuerza, porque Muyo y Ofelio no eran felices; no está en el poder, porque los cónsules no tenían dicha; ni en el conjunto de estas cosas, porque Nerón, Sardápalo y Agamenón hubieron de gemir, llorar, mesar sus cabellos, y fueron los esclavos de las circunstancias, los prisioneros del parecer. La felicidad está en ti, en la libertad verdadera, en el absoluto dominio de ti mismo, en la posesión de la satisfacción y la paz…»

Continuará…