Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 14ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

DECIMOCUARTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Sólo lo destacado en azul es lo que trae nuestro Misal en el Evangelio de este Domingo:

No alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los corroen y donde los ladrones horadan y roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín los corroen y donde los ladrones no horadan ni roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
Ninguno puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o al uno sufrirá y al otro despreciará. No podéis servir a Dios y a las riquezas.
Por lo tanto os digo: No andéis afanados por vuestra alma qué comeréis, ni por vuestro cuerpo qué vestiréis. ¿No es más el alma que la comida y el cuerpo más que el vestido?
Mirad las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni amontonan en graneros; y vuestro padre celestial las alimenta. ¿Pues no sois vosotros más que ellas? ¿Y quién de vosotros discurriendo puede añadir un codo a su estatura?
¿Y por qué andáis acongojados por el vestido? Considerad los lirios del campo cómo crecen, no trabajan ni hilan: os digo, pues, que ni Salomón con toda su gloria fue cubierto como uno de éstos. Pues si al heno del campo, que hoy es, y mañana es echado en el horno, Dios lo viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?
No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos? Porque los Gentiles se afanan por estas cosas, y vuestro Padre celestial sabe que necesitáis de todas ellas. Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura.
Y no andéis cuidadosos por el día de mañana. Porque el día de mañana a sí mismo se traerá su cuidado: le basta a cada día su propia aflicción.

Después de haber manifestado y condenado la malicia de la vanagloria, Nuestro Señor consideró muy oportuno enseñar el menosprecio de las riquezas. ¿Por qué? Puesto que ninguna otra cosa hace desear tanto las riquezas como la avidez de la gloria. Y por ésto dice el Señor No queráis atesorar para vosotros tesoros en la tierra.

Estas palabras evocan aquellas casas de Palestina, donde en cofres y arcones se guardaban telas, trajes, tejidos valiosos; también en lugares más disimulados de la casa, y hasta ocultas en tierra y guardadas en cajas o en jarras, se guardaban cosas valiosas, como monedas, joyas…

Todo esto, guardado con tanto esmero, está expuesto a la pérdida o destrucción.

La “polilla” acribilla los tejidos. Lo mismo les causa otro elemento que destaca San Mateo y que la Vulgata lo traduce por ærugo, que ordinariamente significa “orín” o “herrumbre”, pero que también significa un gorgojo que roe el grano.

Todos esos “tesoros” también se hallan amenazados por fuera. Los ladrones los pueden robar fácilmente, “horadando” las casas palestinas, hechas de argamasa y adobe.

Hasta aquí se expone el aspecto antiutilitarista de estos tesoros.

De esta imagen, se eleva el pensamiento a la consideración religiosamente utilitarista de los verdaderos afanes: para seguridad, hay que atesorar valores en el Cielo.

Los tesoros de la tierra, tanto por el lugar como por las personas, se dañan y perjudican, mientras que los del Cielo producen gran utilidad.

No debemos, pues, colocar nuestro tesoro, o constituir nuestro corazón, en lo transeúnte, sino en lo que permanece para siempre.

¡Qué necedad tan grande es amontonar bienes donde se ha de dejarlos, y no enviarlos allí a donde se ha de ir! Coloca tus riquezas allí donde tienes tu patria.

¿Qué esperará encontrar en el Cielo aquel que nada ha enviado? Por lo tanto, peca dos veces: primero, porque atesora mal y, tal vez, cosas malas; segundo, porque tiene su corazón fijo en la tierra.

Asimismo, por causas contrarias, obra bien doblemente quien atesora tesoros en el cielo.

Enseña San Juan Crisóstomo: como no todo tesoro de la tierra se destruye por el orín y la polilla, ni se roba por los ladrones, añade diciendo: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Como si dijese: “Aun cuando no suceda lo primero, no sufrirás pequeña pérdida apegado a las cosas inferiores, hecho su esclavo, caído del Cielo e incapaz de pensar en las cosas sublimes”.

+++

El proverbio “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” está basado en la psicología del corazón humano, así como en la legislación oriental judía.

La formulación tiene el extremismo oriental. No se habla de ciertas, aunque imperfectas, incompatibilidades, por ejemplo, una imperfección compatible con un fundamental amor a Dios.

Literariamente se presenta un siervo entregándose totalmente a un señor; su voluntad es la de su amo. Ésto le impedirá servir totalmente a otro. El siervo no tiene más que la voluntad de su señor.

Aun se acusa más el extremismo de incompatibilidades: “amará” a uno y “odiará” al otro.

Y Jesucristo saca la enseñanza o moraleja: “No se puede servir a un tiempo —con verdadera servidumbre totalitaria de afanes— a Dios y a Mamona”.

La riqueza aparece así como el injusto enemigo del hombre.

Esta palabra mamona, es precisamente la transcripción de la forma aramea, y es la personificación de la riqueza; y, en el judaísmo tardío, generalmente mal adquirida.

No se puede “servir” a Dios y a las riquezas. Ni psicológica ni religiosamente esto es posible. El corazón ha de estar totalizado en Dios.

Por eso dice San Jerónimo que ésto no debe entenderse solamente del dinero, sino de todas las cosas que se poseen en la tierra. Para el goloso, su dios es el vientre; para el lascivo, su tesoro es la impureza; para el amante, la liviandad. Cada uno es esclavo del que le ha vencido. Allí, pues, tiene su corazón donde tiene su tesoro…

+++

San Juan Crisóstomo señala que las riquezas nos dañan precisamente porque nos separan de Dios. Y que Nuestro Señor lo prueba con una razón muy fácil de comprender: “Ninguno puede servir a dos señores”. Dice dos, porque mandan cosas contrarias. Si se entendiesen no serían dos, sino uno.

Se refiere el Señor a dos clases de sirvientes: unos sirven con gusto y por afecto, y otros servilmente y por temor.

Cuando uno sirve por cariño a uno de dos señores enemigos, es necesario que aborrezca al otro.

Pero, si le sirve por temor, se hace necesario que, mientras obedece a uno, aborrezca al otro.

San Agustín, por su parte, completa el pensamiento diciendo que el que sirve a las riquezas también sirve a aquel que, puesto a la cabeza de todas ellas por razón de su perversidad, es llamado por Dios príncipe de este mundo. Manifiesta quiénes son estos dos señores cuando dice: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”, o lo que es lo mismo, a Dios y al diablo.

Sufre un duro dominio todo el que sirve a las riquezas. Cegado por su codicia, vive sometido al diablo, y no lo quiere. Como aquel que está unido a la sierva de otro por la concupiscencia, sufriendo una dura esclavitud, aun cuando no ame a aquél a cuya sierva ama.

Obsérvese que ha dicho: “Y despreciará al otro”, y no: “Le aborrecerá”, porque apenas hay conciencia que pueda aborrecer a Dios. Mas se le puede despreciar, esto es, no temerle a causa de la confianza que inspira su bondad.

+++

Y aquí introduce la parábola de pajaritos y lirios, que tiene por tema el contraste con las riquezas.

¿No ha de haber solicitud por los bienes necesarios de la tierra?

Sí, pero sin demasiada solicitud, pues hay Providencia.

San Juan Crisóstomo aclara: Habiendo dicho el Señor que debe despreciarse el dinero, para que algunos no dijesen: “¿Cómo podremos vivir si abandonamos todo?”, añade: “Y por lo tanto os digo: No andéis solícitos”.

Esto es, no os afanéis por las cosas temporales, para que no prescindáis de las eternas.

La enseñanza es clara: no es negar la solicitud por las cosas necesarias o convenientes a la vida —alimento, bebida y vestido—, sino que la censura va contra el afán desorbitado por aquellas que impidan atender a las exigencias del Reino.

No se promete venir, milagrosamente, a proveer de sustento o cubrir así las necesidades de los hombres.

San Jerónimo concluye: Por lo tanto debe trabajarse, pero debe evitarse la preocupación.

La enseñanza se halla encuadrada en la línea de contrastes extremistas, constantemente usados en el sermón de la Montaña.

No se contrapone lo más a lo menos, sino que una cosa se contrapone a otra en forma rotunda y exclusiva.

Esto exige una interpretación justa.                               

Y contraprueba de ello son los años de trabajo de Cristo en su vida oculta de Nazaret; lo mismo que, al encontrarse sediento, pide agua a la Samaritana; como también para usos y previsiones del grupo apostólico había una bolsa común de bienes. 

+++

Después de haber excluido sucesivamente la preocupación por el vestido y la comida, tomando su argumento de las cosas inferiores, excluye ahora las dos, diciendo: “No os acongojéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos?

Aparte de la enseñanza escueta, hay una argumentación más fuerte y profunda, uno de los argumentos más usados para probar lo que implícitamente decía en su prédica: hay Providencia.

Que se busque primero el Reino y se cumplan sus exigencias, y Dios proveerá por mil medios al desarrollo de la vida, pues cuida del hombre.

La gran lección, después de buscar primero el reino y su justicia, es ésta: ¡Hay Providencia sobre la vida!

Es lo contrario de los gentiles, que no la conocían; creían en el Hado o la Fatalidad, pero no en el Dios Padre providente.

Hay, pues, una preocupación superflua, hija de la mala inclinación de los hombres, cuando reservan, tanto en dinero como en frutos, más de lo que necesitan. Olvidándose de las cosas espirituales, se fijan demasiado en ellos, casi desesperando de la bondad de Dios, y ésto está prohibido con estas palabras: “Porque los gentiles se afanan por estas cosas”.

Dado que creen que la fortuna consiste en estas cosas humanas, no creen que hay Providencia, ni que Dios sea quien se cuida del gobierno de estas cosas, sino que suceden por casualidad. Así temen y desesperan, como si no tuviesen quien los dirigiese.

Los gentiles, que no tienen fe, se afanan por eso. Citar a un judío la conducta de un gentil, equiparándole a ella, era su mayor censura.

+++

Y la frase evangélica, tomada del medio ambiente como frase proverbial, es usada como un apéndice al pasaje de la Providencia para indicar la inutilidad de adelantarse a lo incierto, en paralelo con la sentencia que indica que, con cavilaciones, no se alarga ni un codo a la vida.

Encuadrada en este marco de la Providencia, la sentencia cobra una nueva perspectiva: No te preocupes afanosamente, desorbitadamente, por los cuidados del mañana, que ni conoces y acaso ni puedes evitar; pero confía en Dios, porque ¡hay Providencia!

En efecto, los que creen que todas las cosas son gobernadas por Dios, confían la comida a la dirección de su liberal mano, y por eso añade: “Sabe vuestro Padre que necesitáis de todas estas cosas”.

San Juan Crisóstomo, aclara con precisión: No dijo sabe Dios, sino sabe vuestro Padre, para inspirarles más confianza. Si es padre, no podrá despreciar a sus hijos.

Ni puede argumentarse que muchos pájaros mueren de inanición o frío, y nosotros no nos podemos estrechar hasta ese término.

Este planteamiento son sutilezas al margen del ambiente y argumentación. Pues el tema es la Providencia de Dios, que existe, y la formulación es sapiencial, y habla del suceder normal y según la naturaleza de las cosas.

También en el plan de Dios están las catástrofes humanas, a pesar de las previsiones de los hombres.

Por lo tanto, el que crea que en Dios se da Providencia, espere de su mano el alimento, pero considere que lo mismo debe esperar lo bueno que lo malo.

+++

San Agustín señala que la añadidura son las cosas temporales. El Reino de Dios y su justicia son nuestro bien, en el cual debemos constituir nuestro fin. Pero como en esta vida, en la que peleamos para conseguir aquel Reino, nos son necesarias estas cosas, por eso nos dice: “Se os darán por añadidura”.

Cuando dijo primeramente, significó, no prioridad de tiempo, sino de dignidad. Aquéllo, como nuestro verdadero bien; ésto, como necesario para la vida.

Estas cosas las conseguiréis, si no ponéis impedimento; no sea que buscando estas cosas os pervirtáis de tal modo que constituyáis dos fines.

Y San Agustín nos indica que, como estas cosas se nos dan por añadidura, el Médico Divino sabe cuándo debe concedernos la abundancia y cuándo la escasez, según cree que nos conviene.

+++

Finalmente, se introduce el tema del futuro: “Y no andéis cuidadosos por el día de mañana. Porque el día de mañana a sí mismo se traerá su cuidado: le basta a cada día su propia aflicción”.

Había prohibido la preocupación de las cosas presentes, y ahora prohíbe la preocupación vana de las cosas futuras.

San Jerónimo dice que nos basta el pensar en las cosas presentes; las futuras, como inciertas que son, dejémoslas a Dios. Y esto es lo que indica cuando añade: “Porque el día de mañana, a sí mismo se traerá su cuidado”. Esto es, traerá consigo su propia preocupación: Bastante tiene el día de hoy con su aflicción.

Y San Juan Crisóstomo completa el pensamiento: Ninguna cosa hace tanto daño al alma, como la preocupación y los cuidados. Cuando dice que el día de mañana tendrá bastante con su propia preocupación quiere decir con más claridad lo que ya ha enseñado. ¿Acaso el día no tiene su carga, esto es, su propio cuidado? ¿Por qué lo gravas más, imponiéndole también el cuidado del otro día?

La conclusión de esta doctrina es que no es necesario preocuparnos por la pena del día siguiente, es decir, del tiempo por venir.

Esta expresión “el día de mañana” está en perfecta armonía con la oración del Padre Nuestro, donde decimos a Dios: “Danos hoy nuestro pan de cada día.

Lo pedimos “para hoy”; ya que hoy no tenemos necesidad del pan “de mañana”. El pan de mañana sólo nos será necesario mañana.

En esta actitud ante al Padre celestial hay para nosotros una doble ventaja:

En primer lugar, la de estar en una dependencia absoluta respecto de Dios.

En segundo lugar, la de ser perfectamente libres y no esclavos respecto de las solicitudes de la vida presente.

+++

Pero, observemos bien, Nuestro Señor, que nos prohíbe y nos libera de la solicitud del día de mañana, no nos priva de aquélla del día presente.

Hoy mismo debemos ser solícitos para el pan de hoy.

Ese pan cotidiano debemos pedirlo a Dios; y Él nos lo dará, pero con dos condiciones: el rezo y el trabajo.

El hombre es cuerpo y alma. Y en la solicitud que Dios le prescribe para hoy, hay una parte para su cuerpo y una parte también para su alma.

La parte que le corresponde al cuerpo es el trabajo; la parte que le corresponde al alma es el rezo.

No era esta la condición del hombre antes del pecado original.

Se ve por allí que el abandono a la Providencia de Dios dista mucho de ser la holgazanería.

El hombre perezoso peca contra Dios y contra sí mismo: ofende a Dios no rogando; él mismo se ofende no trabajando.

“Ayúdate, y el cielo te ayudará”. Trabaja, y Dios, bendiciendo tu trabajo, te dará el pan de cada día, con la alegría de ganarlo.

+++

Pero la legítima solicitud que debemos tener por el presente dejaría de ser legítima y se volvería excesiva si se extendiese al día siguiente.

Dios nos da nuestros días uno a uno, y nos da también de este modo las solicitudes de la vida.

No podemos vivir a la vez dos días, no debemos tampoco sobrellevar a la vez las penas de hoy y las de mañana. Llevemos hoy las penas presentes; mañana, si las hay, llevaremos las de mañana.

“¡A cada día le basta su aflicción!”

El mal de ayer ya no es; el de mañana no es aún. Permanece, pues, la aflicción de hoy. Y es necesario saber tomarla, por decirlo así, en todo su detalle.

Dios permite el mal sucesivamente; aprendamos a llevarlo como Dios lo permite.

De este modo, tendrá cada día bastante aflicción para cada día, cada hora bastante para cada hora, cada minuto bastante para cada minuto.

Cada momento tiene lo que le basta, lo suficiente.

No añadamos el mal pasado al presente; no vayamos añadir a este mal presente el mal futuro. La carga superaría nuestras fuerzas; y Dios nos prohíbe esta clase de operaciones.

A cada día su aflicción, y así tenemos bastante.

Por lo tanto no debe haber solicitud malsana por el día presente, ni solicitud, incluso buena, por el día de mañana.