MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

 

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR PARA HABLAR BIEN CON DIOS

ENTRETENIMIENTO V

Medio quinto para conversar bien con Dios

El recogimiento interior

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El Siervo. ¡Bienaventurada tal alma, Dios mío! Se puede decir muy bien de ella lo que Vos dijisteis de la Magdalena, que había escogido la mejor parte, la cual no se le quitaría. Pero, Señor, pocos son los que pueden pretender ésto; no se concede a todos entrar en vuestro retiro, y pasar en él sus días cerca de Vos, y lejos del comercio de los hombres.

El Señor. Hijo mío, la soledad, que yo te encomiendo, es de todos los estados; es una soledad interior, que cada uno se puede hacer para sí, en cualquiera condición y en cualquier empleo que se halle. No es menester para ésto más que tener el espíritu recogido, y siempre unido a mí. Los que quieren darse a lo exterior, no gozarán jamás de esta dulce soledad, jamás llegaran a ser hombres de oración; esto sería un prodigio tan sobrenatural, como ver y oír teniendo los ojos y los oídos cerrados e impedidos; porque semejantes personas no tienen sus sentidos interiores abiertos, sino para las cosas sensibles. Yo tengo gusto de hablarles a su corazón, pero las pasiones excitadas con los objetos exteriores apagan mi voz que, siendo dulce y delicada, no puede oírse sino en el silencio; Yo quiero asimismo descubrirme a ellos en los efectos admirables de la naturaleza y de la gracia; pero las nubes, que estas mismas pasiones forman en su alma, me ocultan a sus ojos.

El Siervo. ¡Y de aquí, Dios mío, qué tristes consecuencias! Yo por mí mismo lo puedo juzgar, viéndome en el estado a que me ha reducido mi extremada disipación.

El Señor. Hijo mío, la disipación es un vicio de los más peligrosos, él hace perder en poco tiempo todas las ventajas que el recogimiento había adquirido; él obscurece el entendimiento, endurece el corazón, introduce la turbación en la substancia del alma, la hace flaca y vacilante en el bien, y aun la expone a funestas caídas y a la última desgracia.

El Siervo. Yo comprendo, Señor, que la disipación, dando entrada a toda suerte de pensamientos, abre el camino a toda suerte de pecados. ¡A donde estuviera yo, Dios, mío, si vuestra amorosa mano no me hubiera sostenido en medio de tanto riesgo! ¿Y qué haré para reconocer este exceso de misericordia?

El Señor. Para reconocerlo, conserva, como te he dicho, tu espíritu recogido y siempre unido a mí, él de sí es bastante llevado a la distracción, no lo lleves tú por ti mismo, ofreciéndole diversos objetos que le sugieran pensamientos vanos y frecuentemente pecaminosos; reprime esta curiosidad que te es tan connatural y que te causa un perjuicio tan grande; mortifica tus sentidos por donde la muerte entra al alma, según mi Sagrada Palabra (Jerem. 9.) huye el mundo, y todo aquello que te pueda ser materia de distracción; ama la soledad, ejercítate allí en la oración, en la lección y en la práctica de las virtudes, sin las cuales la devoción se apaga, así como el fuego, cuando no se tiene cuidado de cebarlo; haz frecuentemente reflexiones sobre la vanidad del mundo, la brevedad de la vida, el rigor de mis juicios, la grandeza de mis recompensas y las otras verdades de mi religión. El no reflexionar sobre ellas es la ocasión de que la iniquidad haya desolado, y desole aun al presente toda la tierra. (Jerem. I.) Eleva de cuando en cuando tu corazón hacia mí con aspiraciones u oraciones jaculatorias, que como otras tantas centellas y carbones encendidos encenderán en ti el fuego de mi amor. Ten asimismo todos los días algunas horas señaladas para retirarte a mi templo o al secreto de tu casa; y allí después de haber cerrado las puertas de tus sentidos, según las palabras de mi Evangelio, (Matth. 6.) trata dulcemente conmigo. Con estos diferentes socorros fijarás, poco a poco, la ligereza de tu imaginación y pensamientos.

El Siervo. ¡Oh, Señor, qué afortunado sería yo si pudiera obtener esta gracia, por la cual suspiro tanto tiempo ha, pero siempre inútilmente!

El Señor. La razón porque hasta ahora no la has conseguido, es porque has despreciado hasta el presente el medio que te propuse. Es menester ir a la raíz del mal; las frecuentes distracciones de espíritu de que te quejas, vienen de la disipación continua en que vives; así, para detener el curso, es preciso servirse del remedio contrario, que no es otro que el recogimiento interior y exterior; ello costara al principio algún trabajo, ¡pero cuán bien recompensado será! Él te adquirirá aquellas ilustraciones y aquellos gustos celestiales, aquella dulce paz, aquel gozo constante, aquella confianza y aquella firmeza incontrastable, que experimentan las almas verdaderamente recogidas.

El Siervo. Cuando yo no hubiera de hallar sino dificultades en este santo ejercicio, no dejaría de aplicarme a él, oh Dios mío, porque no tengo otra cosa a mi vista, sino agradaros y cumplir vuestra voluntad. Dichoso aquel a quien Vos queréis manifestarla y os dignáis instruirlo en vuestra ley (Psalm. 53.) Bienaventurados mil veces vuestros siervos, que están siempre en Vuestra presencia, y por este medio oyen vuestra sabiduría. (2. Paralip. 9.) Al mismo tiempo que ilustráis sus entendimientos con vuestras divinas luces, abrasáis sus corazones con el fuego de vuestro amor.