UNA NUEVA DIVISIÓN POLÍTICA

Apocalipsis 17 16 18

ACLARACIÓN:

A propósito del artículo que publicamos, recordamos un pasaje del Apocalipsis y el pertinente comentario del Padre Leonardo Castellani:

“Y los diez cuernos que has visto, así como la Bestia, van a aborrecer a la Ramera; la dejarán desolada y desnuda, comerán sus carnes y la abrasarán por el fuego; porque Dios ha puesto en sus corazones hacer lo que Él plugo, una sola y misma idea; y dar su autoridad a la Bestia hasta que se cumplan las palabras de Dios. Y la mujer que has visto es aquella ciudad, la grande, la que tiene imperio sobre los reyes de la tierra” (Apocalipsis, 17:16-18).

La Mujer oprime a la Fiera y no la propicia, pues los diez cuernos (o reyezuelos) la destruyen en un día y ponen toda su potestad al servicio de la fiera.

Aborrecerán ellos mismos a la ramera, que había ido el objeto de su pasión y cuya caída deplorarán luego.

Vemos así cuán admirablemente se vale Dios de sus propios enemigos para realizar sus planes y sacar de tantos males un inmenso bien, como será la caída de la Gran Babilonia.

Así, esta fortaleza anticristiana en el orden espiritual perecerá a manos de la otra fuerza anticristiana del orden político, la cual a su vez, con todos los reyes coligados con ella será destruida finalmente por Cristo.

UNA NUEVA DIVISIÓN POLÍTICA (y II), por Juan Manuel de Prada

(ABC, 15 de agosto de 2016)

En un artículo reciente, Guy Sorman sostenía que la distinción entre izquierda y derecha se ha quedado obsoleta; y proponía como distinción alternativa otra que señalase, por un lado, a los partidarios de la “sociedad abierta” y, por otro, a los partidarios de la “sociedad tribal”. La elección de los epítetos delata las preferencias del autor, que incluye entre los adalides de esta “sociedad tribal” –en el artículo citado y en otros anteriores—a líderes políticos de muy diverso pelaje, desde el “populista” Trump al “despótico” Putin, pasando por los “criptofascistas” Viktor Orban o Andrzej Duda. Los epítetos peyorativos desempeñan nuevamente una función anatemizadora de estos líderes, a quienes Sorman moteja de “nacionalistas, autárquicos y estatistas”. En cambio, cuando describe los rasgos principales de los partidarios de la “sociedad abierta” (entre los que ocupa un lugar destacado la bruja Hilaria), Sorman adopta un lenguaje más acariciante que los convierte en defensores de “la diversidad cultural, étnica, religiosa y sexual” y del “activismo diplomático y militar”.

Lo que traducido al román paladino significa que son fieles mamporreros del mundialismo, encargados de convertir a los pueblos en una papilla buenista y bardaje; encargados de promover el multiculturalismo, destruir la familia y erosionar las tradiciones de sus pueblos; encargados de expoliar las economías nacionales y de ponerlas al servicio de la plutocracia transnacional; encargados de apoyar los conflictos bélicos que han convertido Oriente Próximo en un avispero, alimentado el yihadismo y desatado corrientes migratorias incontenibles. Y enfrente de estos mamporreros tenemos una miscelánea de líderes políticos que se resisten de forma visceral a los designios del mundialismo, a veces revitalizando el patriotismo, a veces apoyando la familia y combatiendo el homosexualismo, a veces tratando de devolver a las naciones cierto grado de independencia económica, a veces renegando de la geopolítica impuesta por el mundialismo o negándose a aceptar invasiones disfrazadas de migración. Ninguno de estos líderes encarna una política verdaderamente cristiana; y alguno cuenta con episodios muy turbios en su biografía. Pero tampoco Tamerlán era un santo varón de comunión diaria, sino un mongol al que se le metió entre ceja y ceja la idea quimérica de zurrar la badana al sultán turco; y vaya si se la zurró. Desbarató sus tropas, saqueó sus posesiones y dejó a los turcos noqueados durante décadas, justo cuando más amenazaban a una Cristiandad debilitada en guerras intestinas. Evidentemente, Tamerlán no era ningún paladín de la Cristiandad; pero, al destrozar al turco, permitió que la Cristiandad se recompusiese. Ya llegaría luego don Juan de Austria.

Parece evidente que Putin y Orban, Trump y Duda no son santitos de peana; pero son chinas en el zapato para un mundialismo al que, llegado el caso, pueden causar graves daños, como Tamerlán se los causó al turco. Esta es la razón por la que los malditos irredentos los miramos con simpatía; y la razón por la que tanto liberales como progresistas los detestan y arremeten contra ellos. Saben que, aunque no vayan a restaurar el derruido orden cristiano que tanto odian, pueden favorecer las condiciones que lo hagan posible; pues, aunque hijos de la revolución, son hijos bastardos, hijos tronados y levantiscos que pueden salir por peteneras, si se les mete entre ceja y ceja alguna idea quimérica. Cosa que nunca harán la bruja Hilaria o –en la chiquita medida de sus posibilidades– la alguacilesa Cifuentes, que se tragan las ruedas de molino del mundialismo con un ardor (¡sociedad abierta de orificios!) digno de Linda Lovelace.