El Secreto Admirable del Santísimo Rosario- Día Dieciocho

de San Luis María Grignion de Montfort

Presentación: Publicaremos durante el mes de agosto, dedicado al Corazón Inmaculado de María, el libro “El Secreto Admirable del Santísimo Rosario” dividido en 31 meditaciones acompañadas de oraciones escritas por el mismo santo, en honra de María Santísima en calidad de esclavo. (Ver preparación para la Esclavitud Mariana aqui)

maria18Oración Inicial a Nuestra Señora

¡Salve, María , amadísima Hija del Eterno Padre; salve María, madre admirable del Hijo; salve, María, fidelísima Esposa del Espíritu Santo; salve, María, mi amada Madre, mi amable Maestra, mi poderosa Soberana; salve, gozo mío, gloria mía, mi corazón y mi alma! Sois toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia, pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Ti todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada, ni para mí, ni para otros.

Si algo ves en mí que todavía no sea tuyo, tómalo enseguida, te lo suplico, y hazte dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrada a Dios y plantar y levantar y producir todo lo que os guste.

La luz de tu fe disipe las tinieblas de mi espíritu; tu humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; tu contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; tu continua vista de Dios llene de su presencia mi memoria, el incendio de caridad de tu corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a tus virtudes mis pecados; tus méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haz, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y entender sus divinas voluntades; que no tenga más alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el tupo para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Tú.

No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Ti el ver claro, sin tinieblas; para Ti el gustar por entero sin amargura; para Ti el triunfar gloriosa a la diestra de tu Hijo, sin humillación; para Ti el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios. Esta es, divina María, la mejor parte que se te ha concedido, y que jamás se te quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro sino el experimentar el que Tú tuviste: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Ti, sin interés, como el más vil de los esclavos. La sola gracia, que por pura misericordia te pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén (así sea) a todo lo que hiciste en la tierra cuando vivías; amén a todo lo que haces al presente en el cielo; amén a todo lo que obras en mi alma, para que en ella no haya nada más que Tú, para glorificar plenamente a Jesús en mí, ahora y en la eternidad. Amén.

Día 18

Meditación

 Cuarta Decena

Excelencia del Santo Rosario demostrada por las maravillas que Dios ha hecho en su favor


31a Rosa

98) Santo Domingo, al visitar a Doña Blanca, reina de Francia, que en los doce años que llevaba de casada no había tenido hijos, y estaba afligida sobremanera, le aconsejó que rezara el Rosario todos los días para lograr del cielo la gracia de tener descendencia. Así lo hizo la reina, y su petición fue oída el año1213, en que nació su primogénito, que fue llamado Felipe. Pero la muerte se lo arrebató, y más que nunca acudió ella a la Santísima Virgen, y distribuyó gran cantidad de Rosarios en la Corte y en varias ciudades del reino para que Dios la colmase con una completa bendición. Y esto sucedió el año 1215, en que vino al mundo San Luis, gloria de Francia y modelo de reyes cristianos.

99) Alfonso VIII, rey de Aragón y de Castilla, fue, a causa de sus pecados, castigado por Dios de varias maneras, y se vio obligado a retirarse a una ciudad de uno de sus aliados. Encontrándose Santo Domingo en la misma el día de Navidad, predicó, según su costumbre, el Rosario y las gracias que se obtienen de Dios por esta devoción, y dijo, entre otras cosas, que los que lo rezan devotamente obtendrán la victoria sobre sus enemigo s y recobrarán todo lo perdido.

El rey advirtió bien estas palabras y envió a buscar a Santo Domingo y le preguntó si era cierto cuanto había predicado. El Santo respondió que no había que dudar, y le prometió que si quería practicar esta devoción y apuntarse en la Cofradía, vería los efectos. Resolvióse el rey a rezar todos los días el Rosario, continuó así durante un año, y el mismo día de Navidad, después de rezarlo se le apareció la Santísima Virgen y le dijo: “Alfonso, hace un año que me sirves devotamente con el Rosario.

Vengo a recompensarte. Sabe que he obtenido de mi Hijo el perdón de todos tus pecados. Aquí tienes esto Rosario. ¡Te lo regalo! Llévalo siempre contigo y jamás podrán perjudicarte tus enemigos.” Desapareció, dejando al rey muy consolado; volvió él a su casa llevando en la mano el Rosario, y viendo a la reina le contó lleno de gozo el favor que acababa de recibir de la Santísima Virgen, le tocó los ojos con el Rosario y recobró la vista, que había perdido.

Algún tiempo después, habiendo el rey reunido algunas tropas, con ayuda de sus aliados atacó osadamente a sus enemigos, les obligó a devolver las tierras y a reparar los daños, los arrojó enteramente, y fue tan afortunado en la guerra que de todas partes iban soldados para combatir bajo su mando, porque las victorias parecían seguir por todas partes sus batallas. No debe sorprendernos, porque no entraba jamás en batalla sino después de haber reza do el Rosario de rodillas; había hecho ingresar en la Cofradía a toda la corte y exhortaba a sus oficiales y criados a ser devotos del Rosario. La reina se obligó igualmente y los dos perseveraron en el servicio de la Santísima Virgen y vivieron piadosamente.

32a Rosa

 100) Santo Domingo tenía un primo, llamado Don Pero o Pedro, que llevaba una vida muy disoluta. Habiendo oído que el Santo predicaba las maravillas del Rosario y que muchos se convertían y cambiaban de vida por este medio, dijo: “Había perdido la esperanza de mi salvación, pero comienzo a tomar confianza, es preciso que yo oiga a ese hombre de Dios.” Asistió, pues, un día al sermón de Santo Domingo. El Santo, al verle, redobló su ardor en atacar los vicios y rogó a Dios, desde lo íntimo de su corazón, que abriese los ojos de su primo para que conociera el estado miserable de su alma.

Don Pero se asustó desde luego, pero no se resolvió a convertirse; volvió, sin embargo, a la predicación del santo, y éste, viendo que este corazón endurecido no se convertiría sin algo extraordinario, gritó en alta voz: “Señor Jesús, haced ver a todo este auditorio el estado en que se encuentra el que acaba de entrar en vuestra casa.”

Entonces todo el pueblo vio a Don Pero rodeado de una multitud de diablos en forma de bestias horribles que le tenían atado con cadenas de hierro; huyeron todos, unos por aquí, otros por allá, y fue para él espantoso verse objeto del horror de todos. Santo Domingo hizo que todos se detuvieran, y dijo a Don Pero:

“Conoced, desgraciado, el deplorable estado en que os encontráis; arrojaos a los pies de la Santísima Virgen. Tomad este Rosario, rezadlo con devoción y arrepentimiento de vuestros pecados y resolveos a cambiar de vida.”

Se puso de rodillas, rezó el Rosario y se sintió movido a confesarse, lo que hizo con una gran contrición. El Santo le ordenó que rezase todos los días el Santo Rosario, y él prometió hacerlo y se inscribió en la Cofradía; su cara, que antes había asustado a todos, al salir de la iglesia aparecía brillante como la de un ángel.

Perseveró en la devoción al Santo Rosario, llevó una vida arreglada y murió dichosamente.

 Oración Final a Nuestro Señor Jesucristo

Dejadme, Amabilísimo Jesús mío, que dirija a Vos, para atestiguaros mi reconocimiento por la merced que me habéis hecho con la devoción de la esclavitud, dándome a vuestra Santísima Madre para que sea Ella mi abogada delante de vuestra Majestad, y en mi grandísima miseria mi universal suplemento. ¡Ay, Señor! Tan miserable soy, que sin esta buena Madre, infaliblemente me hubiera perdido. Sí, que a mí me hace falta María, delante de Vos y en todas partes; me hace falta para calmar vuestra justa cólera, pues tanto os he ofendido y todos los días os ofendo; me hace falta para detener los eternos y merecidos castigos con que vuestra justicia me amenaza, para pediros, para acercarme a Vos y para daros gusto; me hace falta para salvar mi alma y la de otros; me hace falta, en una palabra, para hacer siempre vuestra voluntad, buscar en todo vuestra mayor gloria. ¡Ah, si pudiera yo publicar por todo el universo esta misericordia que habéis tenido conmigo! ¡Si pudiera hacer que conociera todo el mundo que si no fuera por María estaría yo condenado! ¡Si yo pudiera dignamente daros las gracias por tan grande beneficio! María está en mí: Haec facta est mihi. ¡Oh, qué tesoro! ¡Oh, qué consuelo! Y, de ahora en adelante, ¿no seré todo para Ella? ¡Oh, qué ingratitud! Antes la muerte. Salvador mío queridísimo, que permitáis tal desgracia, que mejor quiero morir que vivir sin ser todo de María. Mil y mil veces, como San Juan Evangelista al pie de la cruz, la he tomado en vez de todas mis cosas. ¡Cuántas veces me he entregado a Ella! Pero si todavía no he hecho esta entrega a vuestro gusto, la hago ahora, mi Jesús querido, como vos queréis la haga. Y si en mi alma o en mi cuerpo veis alguna cosa que no pertenezca a esta Princesa augusta, arrancadla, os ruego arrojadla lejos de mí; que no siendo de María, indigna es de Vos.

¡Oh, Espíritu Santo! Concededme todas las gracias, plantad, regad y cultivad en mi alma el árbol de la vida verdadero, que es la amabilísima María, para que crezca y florezca y dé con abundancia el fruto de vida. ¡Oh, Espíritu Santo! Dadme mucha devoción y mucha afición a María; que me apoye mucho en su seno

maternal, y recurra de continuo a su misericordia, para que en ella forméis dentro de mí a Jesucristo, al natural, crecido y vigoroso hasta la plenitud de su edad perfecta. Amén.