Mons Tihamer Tóth- El Joven de Carácter

AL JOVEN LECTOR

joven

Al inaugurarse un nuevo curso comienzan las visitas de los muchachos a mi despacho. Los nuevos llaman a mi puerta con recelo, los ya conocidos con confianza. Se sientan junto a mi mesa, y en la soledad de mi cuarto silencioso me abren su alma joven. Al exponerme sus penas, sus preocupaciones y problemas, y al pedirme después consejo, —¿qué he de hacer?— he caído en la cuenta que cada joven es una mina de diamantes inagotable, un caudal lleno de promesas.

Ayudarles en su formación me resulta no sólo un deber, sino un orgullo. Porque no hay misión más sublime en la vida que dar a beber de la fuente eterna de la verdad a las almas sedientas. No existe nada más grato a Dios que librar de la perdición a un joven, llamado a ser templo vivo de Dios.

Quienes no tratan a la juventud, no sospechan siquiera cuántas dudas, tormentos y tropiezos —quizá hasta la caída definitiva— puede experimentar la efervescencia sus almas, y cuánto necesitan sentir esas frágiles navecillas, en las tempestades de la primavera de la vida, una mano vigorosa que empuñe el timón en la dirección adecuada.

Y cuando en estas ocasiones he querido infundiros fuerza para la lucha, apaciguar vuestra alma alborotada o, bien, resolver vuestras dudas, me ha parecido que no sólo estaba sentado ante mí uno de mis estudiantes jóvenes, sino miles y miles de jóvenes, todos aquellos que están luchando con idénticos problemas, que no tienen a nadie quizá a quien pedir consejo.

Así nació este libro. Así es como me vino la idea de redactarlo.

No sé cómo te llamas. No sé que colegio, instituto o universidad frecuentas. Tan sólo sé una cosa: que eres estudiante, que en tu alma llevas el porvenir de la humanidad y que tienes problemas serios; y resolver tus dudas es mi obligación. Y antes de que lo leas debes saber que todas las líneas de este libro me fueron dictadas por el amor que profeso a los jóvenes y por el deseo de animarlos con nobles ideales. Te saluda, aun sin conocerte, y es tuyo,

EL AUTOR

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CAPÍTULO I

Primer punto- ¿CUÁL ES EL JOVEN DE CARÁCTER?

Régulo en Cartago

Cartago envió una embajada a Roma para pedir la paz. Se confió la legación al romano Régulo, que estaba preso, y se le exigió el juramento de volver a la cautividad si la misión no alcanzaba éxito. Puedes imaginarte la emoción de su alma al ver de nuevo a su amada Roma. Y habría podido quedarse allí, en su patria, definitivamente, caso de conseguir la paz.

¿Sabes qué hizo?

Fue él precisamente quién abogó con más ardor por la continuación de la guerra; y cuando el senado le alentaba a quedarse, dando por motivo que el juramento arrancado a viva fuerza no obliga, contestó:

«¿Tan empeñados estáis en que me degrade? Bien sé que me esperan torturas y muerte al volver. Pero, ¡qué cosa más baladí es todo esto en parangón con la vergüenza de una acción infame, con las heridas de un alma culpable! Quiero conservar en su pureza el carácter romano, aun siendo prisionero de los cartagineses. He jurado volver. Cumpliré mi deber.»

Volvió a Cartago y los cartagineses, en medio de grandes tormentos, le dieron muerte.

Así era el recio carácter romano.

Pero, ¿qué es el carácter? El carácter no es un apellido de alta alcurnia que se hereda sin trabajo. El carácter el resultado de la lucha ardua, de la autoeducación, de la abnegación.

En la primavera de la vida, todo joven se pregunta: «Vida ¿Qué me darás? ¿Qué es lo que me espera?» Y la vida le devuelve la pregunta, como la tierra al campesino: «Depende de lo que tú me des. Recibirás tanto cuanto trabajes, y cosecharás conforme hayas sembrado.»

Tal vez no comprendas ahora del completo lo que significa la palabra «carácter». Piensa para empezar, que la escuela actual tiene un gran defecto porque pone mucho empeño en formar la inteligencia de los jóvenes y olvida demasiado la formación del carácter, es decir, forjar la voluntad y la coherencia del joven. De ahí la triste realidad de que en la sociedad abunden más las cabezas instruidas que las voluntades de acero, que haya más ciencia que carácter.

Hoy día, la falta aterradora de voluntad y de coherencia es el origen de muchos vicios, de los desordenes más trágicos de la humanidad. Hoy, el no tener carácter pasa, en el sentir de muchos, como virtud de prudente adaptación a las circunstancias, y la falta de coherencia con los propios principios se denomina «astucia», y el perseguir el interés individual se llama interés por el bien común. Por eso se prima tanto la comodidad y el goce sobre la honradez.

Y es que el carácter no es un «premio gordo» que se pueda conseguir sin méritos y sin trabajo, sino el resultado de una lucha ardua, forjada a base de autoeducación, de abnegación, de una batalla espiritual sostenida con firmeza. Y esta batalla ha de librarla cada uno por sí solo. Nadie lo hará por ti. !Anímate! El día en que ganes esta batalla, entonces se te escapará un grito de entusiasmo, como el que se le escapó a Haydin, el gran compositor, cuando oyó su obra titulada Creación: «Dios mío y ¿soy yo el autor de esta obra.»

Este libro, por tanto, quiere formar «jóvenes de carácter», jóvenes que piensen de esta manera: «Una responsabilidad inmensa pesa sobre mí. Mi vida tiene un objetivo que cumplir. En mi alma está en proyecto mi porvenir en esta vida terrena y en la eterna; he de procurar de llevar a término este proyecto de Dios para ser feliz aquí abajo y poder gozar con Él para siempre en el cielo.»

No se puede pedir que todos los hombres sean ricos; ni que todos sean sabios; tampoco que todos sean célebres; pero sí, de todos podemos exigir, que tengan carácter.

Por este motivo, este libro quiere educar jóvenes cuyo carácter sea integro, cuyos principios de vida sean firmes y justos, cuya voluntad no se detenga ante las dificultades; jóvenes cuya alma y cuyo cuerpo sean fuertes como el acero, rectos como la verdad y sinceros y claros como la luz del sol.

Tener carácter no es fácil. Requiere esfuerzo, pero sólo así se llega a una vida digna del hombre. El valor real de un hombre no depende de la fuerza del entendimiento sino de su voluntad. Quien esté desprovisto de está poco hará de provecho, a pesar de que posea grandes dotes individuales. Y los ejemplos abundan, es lamentable comprobar la existencia de personas muy inteligentes pero sin carácter.

Verás por propia experiencia que el camino del carácter no es un camino llano. Al andarlo, sentirás muchas veces qué voluntad más robusta se requiere para guerrear de continuo contra tus propias faltas, pequeñas y grandes, y para no hacer paces nunca con ellas

Punto Segundo-¿QUÉ ES EL CARÁCTER?

¿Qué pensamos cuando decimos de alguien que es un joven de carácter? Con la palabra carácter entendemos la adaptación de la voluntad del hombre en una dirección justa; y joven de carácter es aquel que tiene principios nobles y permanece firme en ellos, aun cuando esta perseverancia fiel le exija sacrificios.

En cambio, es de carácter inestable, de poca garantía, débil o en último término, hombre sin carácter quien, contra la voz de la propia conciencia, cambia sus principios según las circunstancias, según los amigos, etc., y hace traición a sus ideales desde el momento en que por ellos tenga que sufrir lo más mínimo.

Con esto ya puedes ir vislumbrando en qué consiste la educación del carácter. Primero tendrás que adquirir ideales y principios; después, tendrás que acostumbrarte a su ejercicio continuo, a obrar según tus nobles ideales en cualquier circunstancia de la vida. La vida del hombre sin principios sólidos está toda ella expuesta a continuas sacudidas y es como la caña azotada por la tempestad. Hoy obra de un modo, mañana se deja llevar por otro parecer. Antes de todo, pues, pongamos principios firmes en nuestro interior; después, adquiramos la fuerza requerida para seguir siempre lo que consideramos justo y recto.

¿Cuál es, por ejemplo, uno de principios en el estudio? «He de estudiar con diligencia constante, porque he de desarrollar, según la voluntad de Dios, las dotes que me fueron dadas?» ¿Cuál es el principio justo respecto a mis compañeros? «Lo que deseo que me hagan a mí he de hacerlo yo también a los otros.» Y así sucesivamente. En todo has de tener principios rectos y justos.

El segundo deber, ya más difícil, es seguir estos principios justos; es decir, forjar tu carácter. Y éste, cómo hemos dicho no se da gratis, sino que hemos de alcanzarlo mediante una lucha tenaz, de años y decenas de años. El ambiente, cualidades heredadas, buenas o malas, pueden ejercer influencia sobre tu carácter; pero, en resumidas cuentas, el carácter será obra personal tuya, el resultado de tu trabajo formativo.

¿Sabes en qué consiste la educación? En inclinar la voluntad del hombre de suerte que en cualquier circunstancia se decida a seguir sin titubeos y con alegría el bien.

¿Sabes que es el carácter? Un modo de obrar siempre consecuente con los principios firmes: constancia de la voluntad para alcanzar el ideal reconocido como verdadero; perseverancia en plasmar ese noble concepto de la vida.

Lo que resulta difícil no es tanto formular estos rectos principios firmes para la vida, lo cual se consigue con relativa facilidad, sino el persistir en ellos a través de todos los obstáculos. «Es uno de mis principios y me mantengo en él, cueste lo que cueste.» Y como esa firmeza exige tantos sacrificios, por eso hay tan pocos hombres de carácter entre nosotros.

No ser veleta, no empezar a cada momento algo nuevo; fijarse el objetivo y perseguirlo hasta el fin. Guardar siempre fidelidad a los propios principios, perseverar siempre en la verdad… ¿Quién no se entusiasma con tales pensamientos? ¡Si no costase tanto llevarlo a la práctica! ¡Si no se esfumasen con tanta facilidad bajo la influencia contraria de los amigos, de la moda, del ambiente y de mi propio «yo», egoísta y comodón!

Continuará…