Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón en la fiesta de la Asunción de María

ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA A LOS CIELOS

El 1º de noviembre de 1950, el Romano Pontífice Pío XII definió solemnemente el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma a los Cielos.

¿Cuál ha sido el camino seguido para la definición del cuarto dogma mariano?

En su Bula Munificentissimus Deus, Pío XII nos lo indica.

Comienza el Pontífice por señalar que se enciende cada día más la devoción hacia la Virgen Madre de Dios.

Mientras la Santísima Virgen cumple amorosísimamente las funciones de Madre hacia los redimidos por la Sangre de Cristo, la mente y el corazón de los hijos se estimulan a una más amorosa contemplación de sus privilegios.

Dios ejecutó los planes de su Providencia de tal modo que resplandecen en perfecta armonía los privilegios y las prerrogativas que con suma liberalidad le ha concedido.

En nuestro tiempo ha sido puesta a mayor luz el privilegio de la Asunción corporal al Cielo de la Virgen Madre de Dios, María.

Este privilegio resplandeció con nuevo fulgor desde que nuestro predecesor Pío IX, de inmortal memoria, definió solemnemente el dogma de la Inmaculada Concepción de la augusta Madre de Dios.

En efecto, la enseñanza del privilegio de la Asunción recibió un gran apoyo e impulso en los estudios que se realizaron con ocasión de la proclamación de la Inmaculada Concepción por Pío IX, mostrando la conexión entre ambos misterios.

Dice Pío XII que estos dos privilegios están estrechamente unidos entre sí, y lo explica de este modo:

Cristo, con su muerte, venció la muerte y el pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta también la victoria, en virtud de Cristo, todo aquel que ha sido regenerado sobrenaturalmente por el Bautismo.

Pero por ley general, Dios no quiere conceder a los justos el pleno efecto de esta victoria sobre la muerte, sino cuando haya llegado el fin de los tiempos.

Por eso también los cuerpos de los justos se disuelven después de la muerte, y sólo en el último día volverá a unirse cada uno con su propia alma gloriosa.

Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la Bienaventurada Virgen María.

Ella, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su Concepción Inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo.

Por eso, cuando fue solemnemente definido que la Virgen Madre de Dios, María, estaba inmune de la mancha hereditaria de su concepción, los fieles se llenaron de una más viva esperanza de que cuanto antes fuera definido por el supremo magisterio de la Iglesia el dogma de la Asunción corporal al Cielo de María Virgen.

Se comprende fácilmente que, si la Inmaculada Concepción representa el punto inicial de la existencia terrena de María, su puerta de entrada, su gloriosa Asunción representa su puerta de salida, su punto final, el estado culminante del desarrollo progresivo de su plenitud de gracia y de su santidad.

Entre los teólogos, la cuestión planteada no era tanto de si hubo o no Asunción corporal de María Inmaculada a los Cielos, pues los autores estaban de acuerdo en afirmarla. El verdadero centro de la cuestión consistía en hallar el nexo con la Tradición Apostólica de una creencia cuyas fuentes testimoniales más antiguas databan sólo del siglo V y a través de los libros apócrifos.

La definición del dogma dependía, evidentemente, de que se considerase a este misterio como parte del depósito revelado.

Dice Pío XII que muchos y eximios teólogos intensificaron sus estudios sobre este tema. Todos estos estudios e investigaciones pusieron más de relieve que en el depósito de la fe confiado a la Iglesia estaba contenida también la Asunción de María Virgen al Cielo.

La definición dogmática pronunciada por Pío XII esclareció infaliblemente la cuestión de la Asunción.

En efecto, a lo largo de la Bula Munificentissimus Deus, el Papa ofrece algunos argumentos que muestran una conexión con la Revelación, aunque ésta no se encuentre explícita ni en la Escritura ni en la Tradición primitiva.

Se trata del llamado “revelado implícito”, y lo ve tanto en el sensus fidelium, como en el testimonio de la Sagrada Liturgia y en el de algunos Santos Padres.

Escuchemos cómo Pío XII planteaba y esclarecía toda esta cuestión:

Mientras elevábamos a Dios ardientes plegarias para que infundiese en nuestra mente la luz del Espíritu Santo para decidir una causa tan importante, dimos especiales órdenes de que se iniciaran estudios más rigurosos sobre este asunto, y entretanto se recogiesen y ponderasen cuidadosamente todas las peticiones que, desde el tiempo de nuestro predecesor Pío IX, de feliz memoria, hasta nuestros días, habían sido enviadas a esta Sede Apostólica a propósito de la Asunción de la beatísima Virgen María al Cielo.

Pero como se trataba de cosa de tanta importancia y gravedad, creímos oportuno pedir directamente y en forma oficial a todos los venerables hermanos en el Episcopado que nos expusiesen abiertamente su pensamiento.

Por eso, el 1º de mayo de 1946 les dirigimos la carta Deiparae Virginis Mariae, en la que preguntábamos: «Si vosotros, venerables hermanos, en vuestra eximia sabiduría y prudencia, creéis que la Asunción corporal de la beatísima Virgen se puede proponer y definir como dogma de fe y si con vuestro clero y vuestro pueblo lo deseáis».

Y aquellos que «el Espíritu Santo ha puesto como obispos para regir la Iglesia de Dios» han dado a una y otra pregunta una respuesta casi unánimemente afirmativa.

Este «singular consentimiento del Episcopado católico y de los fieles», al creer definible como dogma de fe la Asunción corporal al Cielo de la Madre de Dios, presentándonos la enseñanza concorde del magisterio ordinario de la Iglesia y la fe concorde del pueblo cristiano, por él sostenida y dirigida, manifestó por sí mismo de modo cierto e infalible que tal privilegio es verdad revelada por Dios y contenida en aquel divino depósito que Cristo confió a su Esposa para que lo custodiase fielmente e infaliblemente lo declarase.

De esta fe común de la Iglesia se tuvieron desde la antigüedad, a lo largo del curso de los siglos, varios testimonios, indicios y vestigios; y tal fe se fue manifestando cada vez con más claridad.

Esta misma fe la atestiguan claramente aquellos innumerables templos dedicados a Dios en honor de María Virgen asunta al cielo y las sagradas imágenes en ellos expuestas a la veneración de los fieles, las cuales ponen ante los ojos de todos este singular triunfo de la Bienaventurada Virgen.

Además, ciudades, diócesis y regiones fueron puestas bajo el especial patrocinio de la Virgen asunta al Cielo; del mismo modo, con la aprobación de la Iglesia, surgieron institutos religiosos, que toman nombre de tal privilegio.

No debe olvidarse que en el Rosario mariano se propone a la meditación piadosa un misterio que, como todos saben, trata de la Asunción de la Beatísima Virgen.

Pero de modo más espléndido y universal esta fe de los sagrados pastores y de los fieles cristianos se manifiesta por el hecho de que desde la antigüedad se celebra en Oriente y en Occidente una solemne fiesta litúrgica, de la cual los Padres Santos y doctores no dejaron nunca de sacar luz porque, como es bien sabido, la sagrada liturgia «siendo también una profesión de las celestiales verdades, sometida al supremo magisterio de la Iglesia, puede oír argumentos y testimonios de no pequeño valor para determinar algún punto particular de la doctrina cristiana».

Pero como la liturgia no crea la fe, sino que la supone, y de ésta derivan como frutos del árbol las prácticas del culto, los Santos Padres y los grandes doctores, en las homilías y en los discursos dirigidos al pueblo con ocasión de esta fiesta, no recibieron de ella como de primera fuente la doctrina, sino que hablaron de ésta como de cosa conocida y admitida por los fieles; la aclararon mejor; precisaron y profundizaron su sentido y objeto, declarando especialmente lo que con frecuencia los libros litúrgicos habían sólo fugazmente indicado; es decir, que el objeto de la fiesta no era solamente la incorrupción del cuerpo muerto de la bienaventurada Virgen María, sino también su triunfo sobre la muerte y su celestial glorificación a semejanza de su Unigénito.

Es muy importante esto que dice el Papa Pío XII. Ya en la Encíclica Mediator Dei, de 1947, estuvo obligado a precisar esta cuestión de la relación de la Fe con la Liturgia. Allí enseñó:

A este respecto, juzgamos deber sacar a la luz exacta esto que no ignoráis seguramente, Venerables Hermanos: a saber, el error de los que consideraron la liturgia como una especie de experiencia de las verdades que deben retenerse como de fe; de modo que si una doctrina hubiera producido, por medio de los ritos litúrgicos, frutos de piedad y de santificación, la Iglesia la aprobaría, y que la rechazaría en el caso contrario. De ahí procedería el axioma Lex orandi, lex credendi; la norma del rezo es la norma de la creencia.

Pero no es éso lo que enseña, no es éso lo que prescribe la Iglesia. El culto que es dado por ella a Dios santísimo es una profesión continua de fe católica y un ejercicio de esperanza y caridad.

En la liturgia sagrada profesamos la fe católica expresa y abiertamente, no sólo por la celebración de los misterios, la realización del sacrificio, la administración de los sacramentos, sino también recitando o cantando el “Símbolo” de la fe, que es como la marca distintiva de los cristianos, y así mismo leyendo los otros textos, y sobre todo las Sagradas Escrituras inspiradas por el Espíritu Santo.

Toda la liturgia, pues, contiene la fe católica, en cuanto ella testimonia públicamente la fe de la Iglesia.

Esta es la razón por la que, cada vez que se trató de definir una verdad divinamente revelada, los Soberanos Pontífices y los concilios, cuando exploraban en las “fuentes teológicas”, extrajeron muchos argumentos de esta disciplina sagrada. Y así mismo la Iglesia y los santos Padres, cuando discutían de alguna verdad dudosa y controvertida, no descuidaban pedir explicaciones a los venerables ritos transmitidos desde la antigüedad.

De allí viene el axioma conocido y respetable: Legem credendi lex statuat supplicandi, que la norma del rezo establezca la norma de la creencia.

Así pues, la santa liturgia no designa y no establece la fe católica absolutamente y por su propia autoridad, sino más bien, siendo una profesión de las verdades celestiales sujetas al supremo magisterio de la Iglesia, ella puede proporcionar argumentos y testimonios de gran valor para decidir un punto particular de la doctrina cristiana.

Que si se quiere distinguir y determinar de una manera absoluta y general las relaciones entre la fe y la liturgia, se puede decir a justo título: Lex credendi legem statuat supplicandi, que la norma de la creencia establezca la norma del rezo.

Decía, entonces, Pío XII que el objeto de la fiesta no era solamente la incorrupción del cuerpo muerto de la bienaventurada Virgen María, sino también su triunfo sobre la muerte y su celestial glorificación a semejanza de su Unigénito.

Y continúa: Así San Juan Damasceno, que se distingue entre todos como testigo eximio de esta tradición, considerando la Asunción corporal de la Madre de Dios a la luz de los otros privilegios suyos, exclama con vigorosa elocuencia: «Era necesario que Aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que Aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitase en los tabernáculos divinos. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que Aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, lo contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios».

Estas expresiones de San Juan Damasceno corresponden fielmente a aquellas de otros que afirman la misma doctrina. Efectivamente, palabras no menos claras y precisas se encuentran en los discursos que, con ocasión de la fiesta, tuvieron otros Padres anteriores o contemporáneos.

Al extenderse y afirmarse la fiesta litúrgica, los pastores de la Iglesia y los sagrados oradores, en número cada vez mayor, creyeron un deber precisar abiertamente y con claridad el objeto de la fiesta y su estrecha conexión con las otras verdades reveladas.

Entre los teólogos escolásticos no faltaron quienes, queriendo penetrar más adentro en las verdades reveladas y mostrar el acuerdo entre la razón teológica y la fe, pusieron de relieve que este privilegio de la Asunción de María Virgen concuerda admirablemente con las verdades que nos son enseñadas por la Sagrada Escritura.

Partiendo de este presupuesto, presentaron, para ilustrar este privilegio mariano, diversas razones contenidas casi en germen en esto: que Jesús ha querido la Asunción de María al Cielo por su piedad filial hacia Ella.

Opinaban que la fuerza de tales argumentos reposa sobre la dignidad incomparable de la maternidad divina y sobre todas aquellas otras dotes que de ella se siguen: su insigne santidad, superior a la de todos los hombres y todos los Ángeles; la íntima unión de María con su Hijo, y aquel amor sumo que el Hijo tenía hacia su dignísima Madre.

Frecuentemente se encuentran después teólogos y sagrados oradores que, sobre las huellas de los Santos Padres para ilustrar su fe en la Asunción, se sirven con una cierta libertad de hechos y dichos de la Sagrada Escritura.

Entre los dichos del Nuevo Testamento consideraron con particular interés las palabras «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres», porque veían en el misterio de la Asunción un complemento de la plenitud de gracia concedida a la bienaventurada Virgen y una bendición singular, en oposición a la maldición de Eva.

En la escolástica posterior, o sea en el siglo XV, San Bernardino de Siena, resumiendo todo lo que los teólogos de la Edad Media habían dicho y discutido a este propósito, no se limitó a recordar las principales consideraciones ya propuestas por los doctores precedentes, sino que añadió otras. Es decir, la semejanza de la divina Madre con el Hijo divino, en cuanto a la nobleza y dignidad del alma y del cuerpo exige abiertamente que «María no debe estar sino donde está Cristo».

Aclarado el objeto de esta fiesta, Pío XII nos dice que no faltaron doctores que más bien que ocuparse de las razones teológicas, en las que se demuestra la suma conveniencia de la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al Cielo, dirigieron su atención a la fe de la Iglesia, y, apoyados en esta fe común, sostuvieron que era temeraria, por no decir herética, la sentencia contraria.

Todas estas razones y consideraciones de los Santos Padres y de los teólogos tienen como último fundamento la Sagrada Escritura, la cual nos presenta al alma de la Madre de Dios unida estrechamente a su Hijo y siempre partícipe de su suerte.

De donde parece casi imposible imaginarse separada de Cristo, si no con el alma, al menos con el cuerpo, después de esta vida, a Aquella que lo concibió, le dio a luz, le nutrió con su leche, lo llevó en sus brazos y lo apretó a su pecho. Desde el momento en que nuestro Redentor es hijo de María, no podía, ciertamente, como observador perfectísimo de la divina ley, menos de honrar, además de al Eterno Padre, también a su amadísima Madre. Pudiendo, pues, dar a su Madre tanto honor al preservarla inmune de la corrupción del sepulcro, debe creerse que lo hizo realmente.

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Retomando la idea principal, Pío XII va concluyendo y resume su enseñanza:

Ya se ha recordado especialmente que desde el siglo II María Virgen es presentada por los Santos Padres como nueva Eva estrechamente unida al nuevo Adán, si bien sujeta a Él, en aquella lucha contra el enemigo infernal que, como fue preanunciado en el protoevangelio, habría terminado con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte, siempre unidos en los escritos del Apóstol de las Gentes.

Por lo cual, como la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final de esta victoria, así también para María la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal; porque, como dice el mismo Apóstol, «cuando… este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito: la muerte fue absorbida en la victoria».

De tal modo, la augusta Madre de Dios, arcanamente unida a Jesucristo desde toda la eternidad «con un mismo decreto» de predestinación, Inmaculada en su concepción, Virgen sin mancha en su divina Maternidad, generosa Socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del Cielo, donde resplandece como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos.

Y como la Iglesia universal, en la que vive el Espíritu de Verdad, que la conduce infaliblemente al conocimiento de las verdades reveladas, en el curso de los siglos ha manifestado de muchos modos su fe, y como los obispos del orbe católico, con casi unánime consentimiento, piden que sea definido como dogma de fe divina y católica la verdad de la Asunción corporal de la bienaventurada Virgen María al Cielo —verdad fundada en la Sagrada Escritura, profundamente arraigada en el alma de los fieles, confirmada por el culto eclesiástico desde tiempos remotísimos, sumamente en consonancia con otras verdades reveladas, espléndidamente ilustrada y explicada por el estudio de la ciencia y sabiduría de los teólogos—, creemos llegado el momento preestablecido por la providencia de Dios para proclamar solemnemente este privilegio de María Virgen.

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La prevista definición recibió la ratificación final de los Cardenales reunidos en consistorio semipúblico el 30 de octubre de 1950, es decir, dos días antes de que se verificase el acto.

En tal ocasión, Pío XII dijo que “el coro admirable y prácticamente unánime de pastores y fieles profesaban la misma fe y pedían la misma cosa como sumamente deseada por todos” y “como toda la Iglesia Católica no puede engañar ni ser engañada, tal verdad, firmemente creída ha sido revelada por Dios y puede ser definida con Nuestra suprema autoridad”.

Esa misma tarde y en los dos días sucesivos, el Papa fue testigo, durante su paseo por los jardines vaticanos, de la reproducción del milagro de Fátima, como si se tratara de una confirmación celeste de la proclamación dogmática.

El 31 de octubre, a la hora del crepúsculo, partía de la Basílica romana de Santa María in Ara Cæli una impresionante y multitudinaria procesión de clero y fieles acompañando la venerable imagen de la Santísima Virgen bajo la advocación de Salus Populi Romani, que se venera habitualmente en la Capilla Paulina de la Basílica de Santa María la Mayor.

El sagrado icono –que sería coronado canónicamente por el propio Pío XII en 1954– fue llevado a la Basílica patriarcal de San Pedro donde fue colocado para presidir la tan ansiada proclamación del dogma de la Asunción. Lo cual se hizo con estas palabras:

Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.

Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica.

A ninguno, pues, sea lícito infringir esta nuestra declaración, proclamación y definición u oponerse o contravenir a ella. Si alguno se atreviere a intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de sus santos apóstoles Pedro y Pablo.

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Así como la definición de 1854 propició y favoreció la de 1950, ésta produjo un desarrollo tal de los estudios mariológicos en la siguiente década que se llegó a postular la definición de otros dos dogmas marianos: el de la Corredención de la Virgen y el de la Mediación Universal de todas las gracias.

El Año Santo Mariano de 1954 y los Congresos Marianos nacionales e internacionales que se sucedieron favorecieron ese desarrollo, que, inopinada, irreverente y blasfemamente se vio truncado por la corriente minimalista, que había empezado a insinuarse en ciertos ambientes y que prevaleció en el aula del conciliábulo vaticanesco al negar a la Virgen Santísima un esquema propio.

Hoy en día una noción falsa de ecumenismo constituye el principal obstáculo para el avance de dichas doctrinas marianas, cosa que el venerable Pío XII hubiera estado bien lejos de imaginar.

Hoy, más que nunca, digamos con la Sagrada Liturgia a María Inmaculada y Asunta al Cielo:

El Señor Te ha bendecido, dándote su poder; pues por medio de Ti ha aniquilado a nuestros enemigos. Bendita eres del Señor, Dios Altísimo, oh hija, sobre todas las mujeres de la tierra. Bendito sea el Señor, creador del cielo y de la tierra, que ha dirigido tu mano para cortar la cabeza del caudillo de nuestros enemigos. Hoy ha hecho Él tan célebre tu Nombre, que no cesarán de pregonar tus alabanzas los hombres, que conservarán para siempre la memoria del poder del Señor; pues has expuesto tu vida por tu pueblo, viendo las angustias y la tribulación de tu gente, y nos has salvado de la ruina, acudiendo a nuestro Dios.