Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 13ª después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

DECIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y aconteció que yendo Jesús a Jerusalén, pasaba por medio de Samaria y de Galilea. Y entrando en una aldea, salieron a Él diez hombres leprosos, que se pararon de lejos. Y alzaron la voz diciendo: Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros. Y cuando los vio, dijo: Id y mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que, mientras iban, quedaron limpios. Y uno de ellos, cuando vio que había quedado limpio, volvió glorificando a Dios a grandes voces. Y se postró en tierra a los pies de Jesús, dándole gracias; y éste era samaritano. Y respondió Jesús, y dijo: ¿Por ventura no son diez los que fueron limpios? Y los otros nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete, que tu fe te ha hecho salvo.

Los textos de este Domingo plantean el problema de la Fe.

En realidad, es una cuestión que gira toda entera en torno al mismo Jesucristo, el Mesías prometido.

Se trata de saber, en efecto, si nuestra salvación eterna depende sólo de Cristo (es decir, de Cristo en, con y por la Iglesia por Él fundada) o si, al lado y por encima de Cristo, produce también la vida de la gracia la Ley de Moisés, es decir, el Antiguo Testamento; y, por consiguiente, si éste conserva todavía su valor y su fuerza obligatoria.

La Santa Iglesia, por medio de su Liturgia, da a esta cuestión una respuesta tajante, categórica: ¡Cristo, sólo Cristo! Sólo en Él está la salvación.

En la Epístola de hoy nos dice San Pablo que las promesas fueron hechas a Abrahán y su descendiente. Este descendiente no puede ser Moisés, es decir, el Antiguo Testamento, porque la Ley mosaica es incapaz de perdonar el pecado y de dar la vida de la gracia.

Solamente Jesucristo puede cumplir las promesas de vida, y sólo los que creen en Cristo pueden participar de esas promesas y de esa vida.

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Las promesas fueron hechas a Abrahán y a su descendiente.

Como advierte San Pablo en la Epístola de hoy, Dios no dijo: En tus descendientes, en plural, como si fueran muchos, sino que dijo: En tu descendiente, en singular.

Pues bien, este único descendiente de Abrahán, en el cual serán bendecidos todos los pueblos, en el cual encontrarán su salud, su vida y su redención todas las generaciones, no es otro, no puede ser otro que Cristo.

Sólo en Él residen la salud y la gracia sobrenaturales.

Todos pecaron, lo mismo los judíos que los paganos, para que así la promesa, es decir la redención prometida, fuese comunicada solamente a los creyentes, a los que tuviesen fe en Jesucristo. El que creyere y fuese bautizado, se salvará. El que no creyere, se condenará…

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Ahora bien, cuando Jesús, el Mesías prometido, el descendiente de Abrahán, el depositario de las promesas, se dirigía hacia Jerusalén, se detuvo en una pequeña aldea. Allí se le presentaron diez leprosos, los cuales le suplicaron que los curase.

Él les dijo, conforme a la Ley mosaica: Id y mostraos a los sacerdotes.

El Antiguo Testamento nos enseñó con figuras lo que el Nuevo nos ha mostrado a las claras. Las prescripciones de Moisés sobre los leprosos no eran tan sólo medidas higiénicas; tenían una finalidad más elevada.

La lepra era una imagen significativa de los estragos del pecado, particularmente contra la fe; de ahí el carácter de inmundicia legal que adquirió en los libros de Moisés.

El leproso era apartado de la comunión de sus hermanos con un rito especial, y no podía ser devuelto a ella mientras no le reconociese el sacerdote por limpio de la inmundicia de la lepra.

Con estos antecedentes llegamos a entender el sentido de la respuesta de Cristo al clamor de los desgraciados: ¡Id y mostraos a los sacerdotes!

Apenas escucharon los leprosos la intimación del Salvador, partieron con presteza a cumplir el divino mandato, dándonos con ello un ejemplo de confianza a toda prueba. En efecto, se ven todavía cubiertos de asquerosas escamas, y se apresuran, no obstante, a correr a la presencia de los sacerdotes, para que éstos constaten su curación.

La Ley de Moisés, es decir, el Antiguo Testamento, con sus sacerdotes y sus sacrificios, no puede curar a los pobres leprosos.

El mundo enfermo y pecador sólo puede ser curado por Cristo. En Él serán bendecidas todas las naciones…

La Sinagoga, el Judaísmo, atribuye los bienes recibidos, no a Cristo, sino a sus propios méritos, a su fiel custodia de la Ley, a sus esfuerzos personales. Para la Sinagoga la salvación no reside en Cristo.

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La Ley de Moisés ordenaba que todo leproso curado de su enfermedad debía presentarse ante un sacerdote, para que éste expidiera el certificado oficial de dicha curación. Los leprosos del Evangelio de hoy, al dirigirse a la ciudad más próxima, para cumplir este requisito de la Ley, se sienten curados súbitamente.

Confianza tan grande en la palabra del Señor mereció el milagro que pedían, y así en el camino quedaron curados.

Nueve de ellos continúan su viaje y se presentan a los sacerdotes, para cumplir exactamente lo preceptuado por la Ley de Moisés. Son unos judíos celosos de la Ley. Confían en las obras de la Ley. Creen que su curación es efecto de la fiel observancia de la Ley. Toda su gratitud es para las obras de la Ley. Comparten la funesta ilusión y ceguera del pueblo de Israel acerca del valor justificativo de la Ley.

Es la misma ilusión de todos los que creen que la vida de la gracia, que la verdadera salud de los hombres, puede proceder de otra fuente distinta de la fe en Jesucristo.

Es la misma ceguera y la misma funesta ilusión de todos aquellos que esperan y creen poder alcanzar la vida sobrenatural con sus propios esfuerzos, con sus talentos y cualidades personales, con las fuerzas y la industria del puro hombre natural, sin apoyarse para nada en el único fundamento verdadero de esa vida, que es la fe en Cristo, en el Hijo de Dios.

Aquí hay mucho más que ese egoísmo tan arraigado en nuestra naturaleza, que nos hace acordar de Dios cuando la necesidad nos acucia; pero para olvidarlo al momento que nos vemos satisfechos…

Se trata de una falta contra la fe; tan fea y abominable a los ojos de Dios, que al propio Jesús le arranca frases de amarga queja: ¿Por ventura no son diez los que fueron limpios? Y los otros nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este extranjero?

Sólo uno de los diez leprosos curados vuelve al Señor. Este leproso no era judío, era un samaritano. Alaba a Dios en voz alta; atribuye su curación a Dios, a Jesús; reconoce que la salud reside solamente en Cristo, no en los actos del hombre, no en las obras ni en el fiel cumplimiento de la Ley del Antiguo Testamento.

Este leproso curado no se presenta ante los sacerdotes. Está plenamente convencido de que su curación no se debe a las obras de la Ley ni a sus propios méritos o esfuerzos. Cree en Jesús. Por éso, tan pronto como se ve curado se vuelve a Jesús y glorifica a Dios con grandes voces; y se postra a los pies del Señor.

Este samaritano leproso abandona la Ley de Moisés y se une a Cristo. Es un acabado modelo de la Santa Iglesia. Ésta se halla edificada sobre la fe en Cristo.

Los nueve faltantes tuvieron confianza en Jesús, pero no creyeron en su divinidad. El agradecido era, en efecto, samaritano, que no profesaba la fe verdadera… Y, sin embargo, termina profesando la divinidad de Nuestro Señor por medio de un acto de adoración: Y se postró en tierra a los pies de Jesús…, mientras los otros nueve están junto al sacerdote de la Antigua Ley…

La Iglesia cree que la Redención y la salvación se encuentran únicamente en Jesús. Por eso nunca se cansa de tornar a Él, para manifestar su adoración, junto con su hondo y cordial agradecimiento. Siempre sus labios están ensalzando la grandeza y la misericordia divinas.

¡Sólo Cristo! No se ha dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre, fuera del de Cristo, en el cual podamos salvarnos.

Convenzámonos profundamente de lo que nos enseña hoy la Sagrada Liturgia. Creamos en Jesucristo y a Jesucristo. En Cristo, sólo en Cristo podremos salvarnos. Sólo la fe en Cristo es quien puede alcanzarnos la salud espiritual. Sólo ella puede asegurarnos la vida eterna.

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Jesucristo es el autor y el fin de la creación.

Todas las cosas han sido hechas por Nuestro Señor Jesucristo y nada de lo que existe ha sido hecho sin Él.

Pero si es principio del universo, el Verbo es también su Fin.

Nada tiene esto de extraño, escribe Dom Delatte. La primera causa eficiente es también la última causa final; la armonía de las cosas quiere que el Alfa sea el Omega, principio y fin, y que todo se termine y vuelva finalmente a su primer principio. ¿Cómo no había de ser el heredero y el término de los siglos Aquél por quien los siglos comenzaron?

Es el mismo Hijo de Dios quien ha hecho los siglos y en quien los siglos terminan como en el heredero de su obra común.

Que todas las cosas se acaben en Él, que en Él encuentren su término y su consumación, proviene de que el Padre le ha instituido heredero de todas las personas y cosas.

Esto significa, igualmente, que toda la historia se orienta hacia Él; es el término de la creación, pero también de la historia.

Los sucesos se encaminan hacia Él, que es el heredero del largo esfuerzo de los siglos. Todos han trabajado para Él.

La Iglesia ha venido, a su hora, para recoger como bien suyo, como una riqueza preparada por Dios para Ella, todo el fruto de la inteligencia antigua.

Para la Iglesia han hablado la Ley y los Profetas; para Ella las escuelas socráticas han discutido, la escuela de Alejandría balbuceado su logos, los pueblos se han mezclado, el Imperio Romano adquirió su poderosa estructura.

El Señor es el heredero de todo; a Él, primero en el pensamiento de Dios, se han ordenado todas las obras de Dios.

El orden consiste, pues, en que todo el universo gravite hacia el Verbo como hacia su término.

Y el Verbo, es Jesucristo Nuestro Señor.

Dios quiere primero su gloria.

Dios quiso crear porque quiso su glorificación fuera de sí mismo. Y queriendo su glorificación exterior, quiso, en primer lugar y principalmente, lo que en la historia actual de la humanidad es el único medio de procurarla: la Encarnación Redentora, obra de Cristo, cumplida con la cooperación de su Madre Inmaculada.

Así, Jesús y María son principalmente queridos por Dios como aquellos de quienes dependen todas sus otras obras. Tienen sobre la Creación entera la preeminencia y una verdadera realeza.

Decía el Cardenal Pie a sus sacerdotes:

Enseñaréis que la razón humana tiene su poder propio y sus atribuciones esenciales; enseñaréis que la virtud filosófica posee una bondad moral e intrínseca, que Dios no desdeña en remunerar a los individuos y a los pueblos con ciertos premios naturales y temporales, y aun con más altos favores a veces.

Pero enseñaréis, también, y probaréis con argumentos inseparables de la esencia misma del cristianismo, que las virtudes naturales, que las luces naturales, no pueden conducir al hombre a su fin postrero, que es la gloria celestial.

Enseñaréis que el dogma es indispensable, que el orden sobrenatural en el cual el mismo autor de nuestra naturaleza nos constituyó, por un acto formal de su voluntad y de su amor, es obligatorio e inevitable.

Enseñaréis que Jesucristo no es facultativo y que fuera de su ley revelada no existe, no existirá jamás ningún término medio filosófico y sereno en donde quienquiera que sea, alma selecta o alma vulgar, pueda encontrar el reposo de su conciencia y la regla de su vida.

Enseñaréis que no importa sólo que el hombre obre bien, sino que importa que lo haga en nombre de la fe, por un movimiento sobrenatural, sin lo cual sus actos no alcanzarán el fin último que Dios le señaló, es decir, la eterna felicidad de los Cielos.

La verdadera fe, según leemos en el Símbolo de San Atanasio, requiere que creamos y profesemos que Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, es Dios y hombre.

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En Cristo, y sólo en Él, está la salvación. En Él se encuentra la plenitud de todos los bienes sobrenaturales que Dios ha determinado dar a toda la humanidad en general y a cada uno de los hombres en particular.

Tal ha sido y es el plan salvador de Dios: nos lo ha dado y nos lo da todo en su Hijo Jesucristo. Quiere unirse con nosotros y quiere que nosotros nos unamos con Él, sólo en Cristo y por medio de Cristo.

Nadie puede ir al Padre a no ser por medio de Mí, dice Nuestro Señor. Él es el único camino que conduce al Padre.

Nadie puede colocar otro fundamento que el que ha puesto Dios, es decir, Jesucristo. Sobre este fundamento tenemos que construir todos.

Dios Padre ha depositado, pues, la plenitud de su vida divina en la Sacratísima Humanidad de Jesucristo. Por medio de esta Santa Humanidad derrama esa vida divina sobre la Iglesia y sobre cada alma en particular.

Por lo tanto, nuestra participación de la vida divina y de la santidad cristiana será tanto mayor cuanto más íntima sea nuestra incorporación con Cristo, cuanto más viva Cristo en nosotros.

Dios no quiere más que esta clase de santidad. Por consiguiente, o nos santificamos en Cristo y por Cristo, o, de lo contrario, no conseguiremos nada.

Cristo es, pues, el centro, la meta, la fuente, el resumen y el perfecto cumplimiento de todas las promesas de Dios. Sólo en Él residen la salvación, toda salud, toda gracia, toda redención y toda esperanza.

Vivamos de esta Fe y en esta Fe.

Omnipotente y sempiterno Dios, danos aumento de fe, esperanza y caridad; y, para que merezcamos alcanzar lo que prometes, haz que amemos lo que nos mandas.