Mons. Tihamér Tóth- EL MATRIMONIO

CAPÍTULO XVII

EL MATRIMONIO CRISTIANO

 

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En este último capítulo me gustaría resumir brevemente los pensamientos que he expuesto en este libro

El primer matrimonio es algo más que una alianza meramente natural entre un hombre y una mujer. Porque leemos en las primeras páginas de la Sagrada Escritura que Dios ha querido sacar estas relaciones de los marcos meramente naturales y las ha colocado en las alturas del orden sobrenatural.

«Los creó varón y mujer. Y les dio Dios su bendición y les dijo: «Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gen 1, 2728).

Dios comunicó una fuerza creadora al primer hombre y a la primera mujer; y al conferirles el encargo de perpetuar la especie, «les dio su bendición». Está claro que Dios bendijo de forma especial el matrimonio, y que Él ha querido que este matrimonio sea la alianza de un solo hombre con una sola mujer.

Por tanto, el primer matrimonio, es decir, la forma primitiva del matrimonio, fue, sin duda alguna, el matrimonio monógamo. Debido al pecado, el hombre se desvió de la voluntad de Dios y se introdujo en la historia las dolorosas aberraciones de la poligamia y la poliandria.

Llega Cristo, el Hijo de Dios. Viene no solamente para redimir del pecado al hombre, sino también para restituir el matrimonio a su forma ideal, a la forma que Dios le fijó desde el principio, allí, en el Paraíso, y aún más, para levantar el contrato matrimonial a categoría de sacramento. Por esto proclamó sin rodeos: «Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre» (Mc 10, 9).

Y Jesucristo nos enseña que la unidad y fidelidad del matrimonio son tan absolutas e incondicionales, que no es lícito infringirlas ni tan siquiera con el pensamiento: «Yo os digo más: cualquiera que mire a una mujer con mal deseo hacia ella, ya ha adulterado en su corazón» (Mt 5, 28).

He ahí el ideal del matrimonio para todos los que quieren ser verdaderos discípulos de Jesucristo.

Lo que Cristo pregonó de un modo tan claro y terminante, ¿puede cambiarse en una sola tarde, es lícito «reformarlo» en cualquier época?

El matrimonio no es una invención humana, sino que ha sido instituido por el Creador. El matrimonio, aun antes del Cristianismo, tiene un atributo sobrenatural: ha sido instituido por Dios; y el matrimonio cristiano es mucho más: es sacramento.

Siendo esto así, siendo el matrimonio, por su misma naturaleza, una «cosa santa»; aún más, siendo el matrimonio cristiano «sacramento», es obvio que el hombre no puede cambiar nada en su ley básica; es claro que su esencia no depende de la voluntad humana, y que el hombre no puede legislarlo a su antojo, según sus deseos.

Queda claro, después de todo lo expuesto, que el caos y desvarío que reina actualmente en el matrimonio, está causado por las pasiones humanas, se han entrometido a deshacer las leyes divinas.

El hombre, engreído por los avances de la ciencia, por el dominio que ejerce sobre la materia, ha pensado que también podría someter a su capricho el más grande de los misterios: el misterio de la procreación humana.

Y si Dios ha querido que la familia sea el origen de la vida humana, no le es lícito al hombre meter su mano chapucera a manipular este origen.

La familia debe ser siempre el ámbito donde la humanidad se rejuvenece constantemente. La familia ha de ser siempre la puerta por la cual entra en la vida la nueva generación humana, que ocupa el puesto que deja vacío la generación traspasa la muerte a la vida eterna. La familia debe ser el santuario en que florezcan las virtudes más hermosas: el amor, el espíritu de sacrificio, el trabajo bien hecho… etc. La familia es la célula de la que está formada la sociedad, y el fundamento sobre el cual se levanta el edificio de la cultura.

Por tanto, lo que se necesita no es «reformar» el matrimonio, tal como propalan los partidarios del «matrimonio de hecho», del «matrimonio de prueba», y de otras mil sandeces… ¡No!, no es esto lo que nosotros necesitamos. Lo que necesitamos es salvar y robustecer el matrimonio de siempre, por lo cual hemos llegado al actual desarrollo, y que la Iglesia de Cristo no cesa de defender.

«Pero vamos a ver —me objetan algunos—. ¿No es un desatino que siga proponiendo hoy la Iglesia un ideal tan alto sobre el matrimonio, cuando han cambiado radicalmente las circunstancias, cuando está comprobado que la realidad se queda muy atrás del ideal propuesto

Ciertamente, a nadie le duele más que a la Iglesia la gran sima que se ha abierto en el ámbito del matrimonio entre el ideal cristiano y la triste realidad. Y, a pesar de todo, nos prohíbe ceder un ápice del ideal. Porque hay valores absolutos, hay exigencias que no pueden cambiarse ni deformarse, aun cuando los abandone el mundo entero.

Repito un símil que ya he propuesto:

Supongamos que por un motivo cualquiera todos los relojes del mundo señalasen erróneamente la hora. ¿Debería ajustarse el sol a los relojes? ¿No sería más lógico dar como buena la hora señalada por el sol, y así tener por lo menos un punto seguro para sincronizar los relojes?

Desde que nuestros primeros padres cometieron el primer pecado, nunca la realidad ha coincidido con el ideal; siempre ha habido una gran distancia entre la realidad y el ideal. Pero mientras brille alentadora sobre nosotros la imagen del ideal perfecto, la vida será soportable; mientras que si los ideales perecen, la vida se hace insoportable y se acaba autodestruyéndose.

Así se comprende que la Iglesia católica, aun hallándose sola, siga sosteniendo una lucha sobrehumana por el ideal perfecto que propuso Cristo, es decir, por el matrimonio indisoluble. Así se comprende la gran estima que tiene por la pureza de la vida matrimonial, y cómo la cuida, defiende y robustece con solicitud sin igual.

Es a través de la familia como se renueva la humanidad, y vienen a la existencia nuevos miembros del Cuerpo místico de Jesucristo. ¡A qué extremo de degeneraciones se vería reducida la familia de no sostenerla la Iglesia de Cristo con su palabra orientadora, con su amor solícito!

Acaso por ningún motivo ha tenido de aguantar la Iglesia tantos reproches como por la entereza de que ha defendido el matrimonio. Muchos se han alejado de ella, indignados. Y, sin embargo, llegará un tiempo en que la humanidad entera tendrá que demostrar su gratitud a la Iglesia, por haber defendido con firmeza inquebrantable la indisolubilidad y unidad del matrimonio. Porque si es verdad que la cultura humana es una consecuencia de la vida de familia y que en último término a la familia se debe la cultura, ¡qué gran bien ha hecho a la cultura el Cristianismo por todo cuanto ha hecho y sigue haciendo en bien de la familia!

¿No sería lógico que en esta crisis que sufre la familia, la legislación civil también aceptase las orientaciones de la Iglesia, que cuenta ya con una experiencia de dos milenios, y que se ha granjeado méritos, más que como ningún otro, en la defensa de la célula primaria de la sociedad?

* * *

La única reforma del matrimonio no puede tener más que un solo camino: restituir el matrimonio a las bases cristianas, salvar la indisolubilidad y pureza del matrimonio… Únicamente con esto se salva el porvenir de la humanidad.

Si es cierto que el Estado no puede prescindir de la familia, no lo es menos que el Estado es incapaz por sus propias fuerzas de crear los fundamentos morales en que la familia se apoya.

Ningún Estado puede ver con gusto que los matrimonios se disuelvan. Todos saben y experimentan las consecuencias que acarrea el divorcio, en punto a los intereses bien entendidos de la nación. Y todos los Estados se afanan en que dentro de su territorio sean firmes los hogares… Pero hay que reconocer que sin la ayuda de la religión los mejores esfuerzos no corren mejor suerte que aquellos planes que hizo el emperador Augusto.

En la época de Octavio Augusto, el divorcio se había difundido como una plaga en el imperio romano. El emperador dio dos leyes severas: una en el año cuarto después de Cristo. Es la llamada «Lex Julia». La otra en el año nueve después de Cristo: Es la llamada «Lex Papia Poppaea». En estas leyes se señalaban premios para los que contrajeran matrimonio y tuvieran muchos hijos; y al mismo tiempo establecía sanciones para aquellos que no se casaban, o si se casaban tenían pocos hijos.

¿Cuál fue el resultado de estas leyes? Nulo. No tuvieron ningún efecto positivo.

¿Por qué? La historia nos da la contestación: el mismo Augusto, que promulgó estas leyes tan severas, vivía en adulterio, y así daba testimonio irrefutable de que las leyes civiles en sí mismas son insuficientes, si no se educa antes la conciencia de los ciudadanos.

 Por esto nunca se alabará bastante la labor del Cristianismo, que levantó el matrimonio a categoría de sacramento. En el árbol de la Redención, uno de sus mejores frutos es precisamente éste: la familia cristiana. Y fortaleciendo de esta manera la familia, el Cristianismo pudo levantar, sobre las ruinas del mundo antiguo, los cimientos de la cultura cristiana.

Al ponderar estas cosas, salta a la vista el desafortunado paso que dio la humanidad cuando, retando la voluntad divina, empezó a disolver el matrimonio legalizando el divorcio. De esta forma socavó y debilitó uno  de lo pilares fundamentales sobre los que se asienta la sociedad, abriendo paso a las tiranía de las pasiones y de los caprichos humanos.

No cabe duda que el principio de indisolubilidad del matrimonio puede ir en contra de los deseos de algunas personas (como lo hacen otros principios y otras leyes), y hacer de sus vidas una tragedia. Pero el bien común, el bien de la comunidad, está por encima de los intereses individuales. Éstos últimos no han de ser motivo para mitigar los principios fundamentales que se dirigen al bien común. Si los mitigamos —como cuando se permite el divorcio —, el bien común se resquebraja, y la sociedad entera sufre las consecuencias.

¿No vemos espantados que aumentan día tras día los motivos de divorcio? Al principio no se pensaba en el divorcio más que para casos muy graves; pero poco a poco fue aumentando el número de motivos y excusas para disolver el matrimonio, hasta que por fin se ha querido sencillamente suprimir la misma institución matrimonial.

Esto no ha de causarnos sorpresa; si no reparamos un descosido, el vestido termina por romperse del todo.

Y, sin embargo, sabemos muy bien que entre las cuatro paredes que llamamos santuario familiar crece el porvenir de una nación. Sabemos muy bien que el más bello programa social es vana palabrería si no se fija como primer objetivo la solicitud por la familia. Sabemos muy bien que lo que más necesita una nación, hoy en día, es consolidar la familia.

Esto es más necesario que el arte y la ciencia, que la técnica y la agricultura, que la industria y el comercio…, porque todo esto se apoya en la vida de familia, y de ella se nutre.

Por otra parte, la disolución de la familia supone siempre la pérdida de insustituibles valores morales; y un pueblo en que se hace añicos la familia, ha perdido ya su papel en la historia.

La Iglesia católica no puede ser indulgente con el mal moral, cuando tal indulgencia significaría dejarse llevar de la pendiente y precipitarse en el abismo. La Iglesia tiene el deber santo de mantener la vida familiar a la altura en que Dios la colocó al principio, y en que la volvió a restituir Jesucristo, levantando además el matrimonio a categoría de sacramento.

El mundo camina tambaleándose hoy día como un gigante ebrio. No parece sino que un nuevo diluvio, diluvio de sangre, diluvio de maldad y rebeldía, está para inundar la faz de la tierra, como la cubrió el diluvio de agua en tiempos de Noé.

Pero si esto sucediera, si realmente fuera destruido todo cuanto de grande y hermoso ha creado el espíritu humano durante milenios, aun entonces, aun en medio del furor de las olas, seguirá flotando incólume la segunda arca de Noé, la Iglesia de Cristo, y salvará de nuevo la familia.

No serán las conferencias internacionales las que salven al mundo, ni las máquinas, ni las asociaciones, ni los Estados, sino los padres y las madres que viven la santidad en el matrimonio.

No hay más que un camino para salvar la familia: el retorno a las leyes naturales y divinas abandonadas; el retorno al ideal cristiano de la familia. La mejor garantía para vislumbrar un futuro feliz es volver a vivir el ideal evangélico. Salvemos el ideal del matrimonio y habremos salvado la patria.

¡Señor Dios, escucha nuestra oración final: defiende, protege, robustece y bendice a nuestras familias cristianas!

FIN