SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO VII

Ecce enim veritatem dilexisti; incerta et oculta sapientiæ tuæ manifestasti mihi

No ignoraba yo que vos queríais fuésemos vuestros, y de todo corazón; y aun me habíais secretamente inspirado el conocimiento de vuestra sabiduría

La fuerza suprema de vuestra Divinidad, Dios mío, siempre estuvo impresa en mi alma; el natural atractivo que nos lleva a nuestra propia conservación, me hacía implorar vuestro Santo Nombre en el peligro, y mi espíritu me daba a conocer por las luces de la fe que sois mi Creador. Vos me habíais también inspirado secretamente el conocimiento de vuestra sabiduría; admiraba yo vuestra grandeza en las cosas maravillosas que veía con asombro; esos hermosos Astros que habéis colocado en el Firmamento, y que con un curso regulado e igual comienzan y acaban la sucesión de los días; esos profundos mares, cuyo flujo y reflujo confunde igualmente la ciencia y curiosidad de los filósofos; ese vasto universo lleno de ríos, de montes, de selvas, de prados; todos esos animales de especies diferentes; y finalmente el hombre que creasteis a vuestra imagen y semejanza. Todas estas cosas, Dios mío, me enseñaban vuestra sabiduría y vuestro poder, e inclinaban mi espíritu a buscaros.

Yo aprendí a conoceros, Vos me habéis enseñado, Vos habéis hablado a mi alma, Vos me habéis dado a entender que queríais fuésemos vuestros totalmente, de lo íntimo de nuestro corazón; y en efecto quería yo darme del todo a Vos, como a mi solo y único bien; pero olvidando de repente tan poderosos atractivos, y desviando mis pasos del buen camino, me dejé guiar al que me pareció más agradable, y más halagüeño al sentido. Enflaquecida mi fe con esta primera infidelidad, no tuve ya fuerzas para refrenar las miserables pasiones que me han arrastrado; los falsos amigos del siglo adularon mi primera juventud; mi natural corrompido me hizo descuidar del mayor bien, para seguir el mayor mal; y para haber de reducirme a mi obligación, ha sido menester, no menos que aflicciones infinitas y reiterados azotes.

¡Ay Dios mío! Vos quisisteis castigarme para hacerme bien, y tuvisteis la bondad de hacérmele, sin consultarlo conmigo, sabiendo que nunca tendría yo valor para consentir en ello. Vos me quitasteis las personas que yo más quería y amaba; Vos destruisteis mi fortuna, me enviasteis largas enfermedades, me habéis profundamente abatido; mis enemigos se han alegrado de mis desgracias; mis amigos me han abandonado; aquellos en quienes yo juzgaba poder confiar, no me han reconocido y habiéndoseme vuelto todas las cosas al contrario, no supe a qué lado poder volver mis tristes ojos. En este estado, más semejante a una caña tronchada y agitada de los vientos, que a una persona animada de vuestro santo temor, me hallaba casi para caer en la desesperación. Yo no pensaba sino en mis enemigos y en las injusticias que había sufrido; yo entregaba mi corazón a estas reflexiones; y en todas estas mudanzas de estados no veía yo, Dios mío vuestra mano que todo lo dirigía para vuestra gloria, y para mi salvación.

Sin embargo ella era la que me castigaba para reducirme a mi obligación, y volverme a entrar en un verdadero recogimiento.

Vos me habéis arrancado, a pesar mío, de en medio de los deleites, con que estaba embriagada, y que no tuviera valor para dejarlos. Vos me habéis traído a una soledad, en donde me renováis vuestros preceptos, en donde me dais a conocer que queréis sea vuestra de todo mi corazón, y me aproveche del conocimiento que me habéis inspirado de vuestra sabiduría.

En este lugar, Dios mío, es donde puedo yo gustar infinitas dulzuras, si tengo la dicha de seros fiel; en este es donde puedo estar libre y segura de perder bienes y grandezas; donde puede acaudalar tesoros, pero tesoros no perecederos; donde puedo adquirir honores, pero honores eternos, que no dependen de los grandes de la tierra.

Señor mío , después de haberos dado las gracias que puedo, por haberme quitado las cosas que tanto amaba, y de que aún no me hallo perfectamente desasida, os suplico por todos los atributos de grandezas que nos dan a conocer vuestra omnipotencia y por vuestras bondades paternales, me concedáis que mi corazón no sea sino vuestro, sin dividirse en lo futuro, como lo ha hecho hasta ahora, y alumbréis tan perfectamente mi alma con los rayos de vuestra sabiduría, que sea capaz de menospreciar todos los falsos bienes de este mundo.