El Secreto Admirable del Santísimo Rosario- Día Siete

de San Luis María Grignion de Montfort

Presentación: Publicaremos durante el mes de agosto, dedicado al Corazón Inmaculado de María, el libro “El Secreto Admirable del Santísimo Rosario” dividido en 31 meditaciones acompañadas de oraciones escritas por el mismo santo, en honra de María Santísima en calidad de esclavo. (Ver preparación para la Esclavitud Mariana aqui)

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Oración Inicial a Nuestra Señora

¡Salve, María , amadísima Hija del Eterno Padre; salve María, madre admirable del Hijo; salve, María, fidelísima Esposa del Espíritu Santo; salve, María, mi amada Madre, mi amable Maestra, mi poderosa Soberana; salve, gozo mío, gloria mía, mi corazón y mi alma! Sois toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia, pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Ti todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada, ni para mí, ni para otros.

Si algo ves en mí que todavía no sea tuyo, tómalo enseguida, te lo suplico, y hazte dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrada a Dios y plantar y levantar y producir todo lo que os guste.

La luz de tu fe disipe las tinieblas de mi espíritu; tu humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; tu contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; tu continua vista de Dios llene de su presencia mi memoria, el incendio de caridad de tu corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a tus virtudes mis pecados; tus méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haz, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y entender sus divinas voluntades; que no tenga más alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el tupo para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Tú.

No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Ti el ver claro, sin tinieblas; para Ti el gustar por entero sin amargura; para Ti el triunfar gloriosa a la diestra de tu Hijo, sin humillación; para Ti el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios. Esta es, divina María, la mejor parte que se te ha concedido, y que jamás se te quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro sino el experimentar el que Tú tuviste: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Ti, sin interés, como el más vil de los esclavos. La sola gracia, que por pura misericordia te pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén (así sea) a todo lo que hiciste en la tierra cuando vivías; amén a todo lo que haces al presente en el cielo; amén a todo lo que obras en mi alma, para que en ella no haya nada más que Tú, para glorificar plenamente a Jesús en mí, ahora y en la eternidad. Amén.

Día 7

Meditación

9a Rosa

30) Pero veamos ahora qué injusticia es impedir los progresos de la Cofradía del Santo Rosario y cuáles son los castigos de Dios para los desgraciados que la han despreciado y quisieron destruirla.

Como la devoción del Santo Rosario ha sido autorizada por el cielo con varios prodigios y aprobada por la Iglesia en varias bulas de los Papas, sólo los libertinos, impíos y espíritus fuertes de estos tiempos se atreven a difamar la Cofradía del Santo Rosario o alejar de ella a los fieles. En verdad que sus lenguas están infectadas con el veneno del infierno y que son movidas por el espíritu maligno; porque nadie puede desaprobar la devoción del Santo Rosario sin condenar lo más piadoso que hay en la Religión Cristiana, a saber: la oración dominical, la salutación angélica y los misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima Madre.

Estos espíritus fuertes, que no pueden sufrir que se rece el Rosario, caen con frecuencia en el criterio, reprobado, de los herejes, que tienen horror al Rosario.

Aborrecer las cofradías es alejarse de Dios y de la piedad, puesto que Jesucristo nos asegura que se encuentra en medio de los que se reúnen en su nombre. No es ser buen católico despreciar tantas y tan grandes indulgencias como la Iglesia concede a las cofradías. Disuadir a los fieles de que pertenezcan a la del Santo Rosario es ser enemigo de la salvación de las almas, que por este medio dejan el partido del pecado para abrazar la piedad. San Buenaventura dijo con razón que morirá en pecado y se condenará quien haya despreciado a la Santísima Virgen:

“Qui negligerit illam morietur in peccatis suis.” ¡Qué castigos aguardan a los que apartan a otros de la devoción a Nuestra Señora!

10a Rosa 

31) En ocasión en que Santo Domingo predicaba esta devoción en Carcasona, un hereje se dedicó a poner en ridículo los milagros y los quince misterios del Santo Rosario, lo que impedía la conversión de los herejes. Dios permitió, para castigar a este impío, que 15.000 demonios entrasen en su cuerpo; sus parientes le llevaron al bienaventurado Padre (Santo Domingo) para librarle de los espíritus malignos.

Aquél se puso en oración y exhortó a todos los presentes a rezar con él el Rosario en alta voz, y he aquí que a cada avemaría la Santísima Virgen hacía salir cien demonios del cuerpo de este hereje en forma de carbones encendidos. Después que fue curado, abjuró de todos sus errores, se convirtió y se inscribió en la Cofradía del Rosario, con otros muchos compañeros arrepentidos con este castigo y con la virtud del Rosario.

32) El docto Cartagena, de la Orden de San Francisco, y otros varios autores refieren que el año 1482, cuando el venerable Padre Diego Sprenger y sus religiosos trabajaban con gran celo para restablecer la devoción y la Cofradía del Santo Rosario en la ciudad de Colonia, dos famosos predicadores, envidiosos de los grandes frutos que los primeros obtenían con esta práctica, trataron de desacreditarla en sus sermones, y como tenían talento y predicamento grandes, disuadieron a muchas personas de inscribirse. Uno de estos predicadores, para mejor conseguir su pernicioso intento, preparó expresamente un sermón en domingo. Llegó la hora y el predicador no aparecía: se le esperó, se le buscó y al fin se le encontró muerto, sin haber sido auxiliado por nadie. Persuadido el otro predicador de que este accidente era natural, resolvió suplirle para abolir la Cofradía del Rosario. El día y hora del sermón llegaron, y Dios castigó al predicador con una parálisis que le quitó el movimiento y la palabra. Entonces reconoció su falta y la de su compañero, recurrió con el corazón a la Santísima Virgen, prometiéndole predicar por todas partes el Rosario con tanto brío como lo había combatido y rogándole que le devolviese para esto la salud y la palabra, lo alcanzó de la Santísima Virgen, y, encontrándose súbitamente curado, se levantó como otro Saulo, cambiado de perseguidor en defensor del Santo Rosario. Hizo pública reparación de su falta y predicó con mucho celo y elocuencia las excelencias del Santo Rosario.

33) No dudo de que los espíritus fuertes y críticos de nuestros días, cuando lean las historias de este librito, las pondrán en duda, como han hecho siempre, aunque yo no he hecho sino transcribirlas de muy buenos autores contemporáneos, y en parte de un libro compuesto recientemente por el R. P. Antonino Thomas, de la Orden de Predicadores, titulado El Rosal Místico.

Todos saben que hay tres clases de fe para las diferentes historias. A las historias de la Sagrada Escritura, les debemos una fe divina; a las historias profanas que no repugnan a la razón y están escritas por buenos autores, una fe humana; a las historias piadosas referidas por buenos autores y en modo alguno contrarias a la razón, a la fe y a las buenas costumbres, aunque a veces sean extraordinarias, una fe piadosa. Reconozco que no hay que ser ni muy crédulo ni muy crítico, y que debemos quedarnos siempre en el medio para encontrar el punto de verdad y de virtud; pero también sé que así como la caridad cree fácilmente todo aquello que no es contrario a la fe ni a las buenas costumbres, “Caritas omnia credit” (7), del mismo modo el orgullo conduce a negar casi todas las historias bien justificadas con el pretexto de que no están en la Sagrada Escritura.

La caridad todo lo cree» (1 Cor 13,7)

Es el lazo de Satanás, en que han caído los herejes que niegan la tradición y donde los críticos de hoy caen insensiblemente, no creyendo porque no comprenden o cuando no les agrada, sin otra razón que el orgullo y su propia suficiencia.

 Oración Final a Nuestro Señor Jesucristo

Dejadme, Amabilísimo Jesús mío, que dirija a Vos, para atestiguaros mi reconocimiento por la merced que me habéis hecho con la devoción de la esclavitud, dándome a vuestra Santísima Madre para que sea Ella mi abogada delante de vuestra Majestad, y en mi grandísima miseria mi universal suplemento. ¡Ay, Señor! Tan miserable soy, que sin esta buena Madre, infaliblemente me hubiera perdido. Sí, que a mí me hace falta María, delante de Vos y en todas partes; me hace falta para calmar vuestra justa cólera, pues tanto os he ofendido y todos los días os ofendo; me hace falta para detener los eternos y merecidos castigos con que vuestra justicia me amenaza, para pediros, para acercarme a Vos y para daros gusto; me hace falta para salvar mi alma y la de otros; me hace falta, en una palabra, para hacer siempre vuestra voluntad, buscar en todo vuestra mayor gloria. ¡Ah, si pudiera yo publicar por todo el universo esta misericordia que habéis tenido conmigo! ¡Si pudiera hacer que conociera todo el mundo que si no fuera por María estaría yo condenado! ¡Si yo pudiera dignamente daros las gracias por tan grande beneficio! María está en mí: Haec facta est mihi. ¡Oh, qué tesoro! ¡Oh, qué consuelo! Y, de ahora en adelante, ¿no seré todo para Ella? ¡Oh, qué ingratitud! Antes la muerte. Salvador mío queridísimo, que permitáis tal desgracia, que mejor quiero morir que vivir sin ser todo de María. Mil y mil veces, como San Juan Evangelista al pie de la cruz, la he tomado en vez de todas mis cosas. ¡Cuántas veces me he entregado a Ella! Pero si todavía no he hecho esta entrega a vuestro gusto, la hago ahora, mi Jesús querido, como vos queréis la haga. Y si en mi alma o en mi cuerpo veis alguna cosa que no pertenezca a esta Princesa augusta, arrancadla, os ruego arrojadla lejos de mí; que no siendo de María, indigna es de Vos.

¡Oh, Espíritu Santo! Concededme todas las gracias, plantad, regad y cultivad en mi alma el árbol de la vida verdadero, que es la amabilísima María, para que crezca y florezca y dé con abundancia el fruto de vida. ¡Oh, Espíritu Santo! Dadme mucha devoción y mucha afición a María; que me apoye mucho en su seno

maternal, y recurra de continuo a su misericordia, para que en ella forméis dentro de mí a Jesucristo, al natural, crecido y vigoroso hasta la plenitud de su edad perfecta. Amén.