MÉTODO PRÁCTICO PARA HABLAR CON DIOS

SEGUNDA PARTE

LOS MEDIOS QUE SON MENESTER TOMAR

PARA HABLAR BIEN CON DIOS

 

ENTRETENIMIENTO IV

Y cuarto medio para hablar con Dios

 

La paz interior

6 - copia

El Siervo. Gran Dios, que por la inmensidad de vuestro ser lo llenáis todo, yo os adoro aquí presente con todos los Espíritus celestiales, de que estáis rodeado, y os reconozco, con ellos como a soberano Señor, solo grande, solo poderoso, solo bueno, solo perfecto. ¡Qué felicidad para estas sublimes inteligencias estar siempre cerca de Vos, siempre ocupadas en contemplaros y bendeciros! ¡Oh, cuán diferente es mi suerte en este lugar de destierro! ¡Qué de ocasiones me impiden gozar de vuestra amable presencia y de vuestra dulce conversación!

El Señor. Tú, hijo mío, la gozarías siempre, si tuvieras cuidado de conservar la paz en tu alma; pero te inquietas a la menor ocasión; una pérdida muy corta, una pequeña incomodidad, una confusión, una palabra, una nada levanta en tu corazón movimientos que, no siendo reprimidos en sus principios, cada instante se hacen más violentos; ¿y habrá medio entonces de tratar como es menester conmigo, de hablarme con la atención, respeto y fervor debidos, cuando las pasiones están tan fuertemente agitadas, y con sus alteraciones derraman en el alma tan grandes tinieblas?

El Siervo. No, Señor; yo lo conozco y lo tengo muy bien experimentado, cuando hay alguna turbación no se vive en estado de conversar con Vos; el alma no tiene ni pensamientos aptos para conoceros, ni sentimientos a propósito para gozaros; arrebatada fuera de sí misma con la violencia de sus deseos, no puede aplicarse al ejercicio de vuestra presencia, y contra los esfuerzos, que de tiempo en tiempo hace por volver al pensamiento su dulce objeto, se ocupa sin cesar de la materia de su pena.

El Señor. No debe causar esto admiración; porque el entendimiento del hombre es tal, que no puede igualmente aplicarse a diversos objetos; y es constreñido a poner toda su atención en aquel que hace más impresión en el corazón. Así, para hacerte señor de tus pensamientos, es menester que te mantengas, en una entera libertad, y no te entregues a vanas inquietudes. Esta tranquilidad de espíritu y de corazón se juzga necesaria para el estudio de las ciencias profanas; con más fuerte razón lo será para el ejercicio de mi divina conversación, que pide una atención particular, y por consiguiente rechaza todo lo que le puede turbar. No, no es el tumulto, ni la agitación donde yo me comunico al alma (III Reg. 19.) es en la paz y en el reposo donde tengo mi habitación (Psal. 75) y allí es donde me encuentran las almas, y donde reciben mis favores más raros. Soy Dios de paz, ni reino está en la paz, y en el corazón donde la paz reina. Mi trato es libre y tranquilo; y no hay quien goce de él, sino las almas cuyas pasiones están sujetas a la razón.

El Siervo. Dichosas tales almas, oh Dios mío, bienaventurados los pacíficos; porque ellos serán llamados vuestros hijos (Matth. 5. 9,) y como a tales les daréis asiento en vuestra mesa, y les serviréis manjares deliciosos con toda la ternura de Padre, (Luc. 12.) y del mejor de todos los Padres; ¡oh, si yo pudiera tener parte en su felicidad!

El Señor. Tú tendrás parte en ella, hijo mío, si procuras como ellos mortificar tus pasiones; porque las pasiones inmortificadas detienen el curso de mis divinas comunicaciones, embarazando al alma con una tropa de pensamientos y deseos, que la inquietan y atormentan de mil maneras, y la ponen fuera de estado de tratar familiarmente conmigo.

El Siervo. ¡Oh Dios mío, muy probados tengo estos tristes efectos! Luego que una pasión comienza a enseñorearse de mi alma, destierra el reposo y el gusto, y hace a la misma alma un campo de confusión, de tinieblas y horror, en donde no hay más que amargura, sospechas, envidia, murmuración, temor, displacer, deseos inmoderados, pensamientos crueles, pensamientos y deseos que me siguen por todas partes, aun en el tiempo de la oración, y que cercándome entonces más que nunca, me hacen salir de este santo ejercicio como entré en él, tan turbado en el alma, tan distraído y tan frío como antes.

El Señor. No te puedes sufrir a ti mismo en este estado, y no quieres salir de él; gimes bajo el peso de tus cadenas, y no haces nada por librarte de ellas; quieres tu misma esclavitud, por más dura e insoportable que te parezca. Procura a lo menos al presente retirarte, entra en la libertad de mis hijos, que se te ha ofrecido, y que te traerá una paz sólida contigo mismo, y una íntima unión conmigo. ¡Oh, si conocieras el precio de esta paz interior! ¡Si gustaras sus dulces frutos! Ella es un gaje y un anticipado gusto de los placeres celestiales, (ad Philip. 4. 7) superior a todo sentido; ella derrama en el alma un gozo puro, que se manifiesta aun en lo exterior, y que está fundado sobre la seguridad que ella le da de su salvación; ella le hace firme e incontrastable, en medio de los mayores peligros; igual en los accidentes más arriesgados, capaz de los más altos conocimientos y de las más nobles empresas, capaz, sobre todo de conocerme y de amarme de la manera la más perfecta.

El Siervo. ¡Don precioso!, ¡Don inestimable! ¿Quién podrá hacerme participante de él, sino Vos; Dios mío? Vos sois el Príncipe de la paz, Vos la trajisteis al mundo naciendo, Vos la disteis a vuestros Discípulos todas las veces que os aparecisteis a ellos, y se la dejasteis al apartaros de su vista. Vos la dais, aun todos los días a vuestros siervos fieles en las frecuentes y siempre amables visitas que les hacéis; no me la rehuséis pues a mí, Dios de bondad, por más indigno que me haya vuelto con mis infidelidades; yo no os pido la paz que el mundo promete, y que él constituye en la posesión de bienes sensibles; os pido sí vuestra paz, aquella que toda es interior, y que consiste en la mortificación de pasiones, y en la perfecta sujeción de estas a vuestras órdenes…

El Señor. Hijo mío, esta paz es la verdadera y sólida, la paz del mundo no es sino aparente, porque no está fundada más que en bienes terrenos, que no pueden contentar a una alma creada para el Cielo. Ella por otra parte es incierta e inconstante, porque tales bienes no son seguros ni estables. Así los mundanos no gozan jamás de verdadero reposo; ellos desean mucho y alcanzan poco, y aquello poco que obtienen se les va de las manos casi al mismo tiempo de haberlo obtenido; bien pueden tener algunos instantes de placer; pero ¿de qué disgustos no están aquellos placeres acompañados? A lo menos de qué arrepentimientos, de qué tenores y de qué aflicciones no están seguidos.

El Siervo. ¿Y es posible, Señor, tener paz consigo mismo, no teniéndola con Vos? ¿Quién es aquel que ha osado resistir a Vos y ha gozado paz? (Job 9.) No, Dios mío (Vos lo habéis dicho, y la experiencia nos lo enseña cada día) no es la paz para los impíos, ellos suspiran sin cesar por ella, sin cesar la llaman a su ayuda; paz, paz, claman; pero esta paz tan deseada no llega jamás a ellos; antes por el contrario se aleja siempre más, porque ellos se alejan siempre más de Vos, que sois la fuente de la verdadera paz.

El Señor. La paz no es sino para aquellos cuyas pasiones están sosegadas y tranquilas. A estos es a quien se comunica plenamente, y en su corazón es donde reposa, donde reina, y a donde reparte sus dulces frutos.

El Siervo. ¡Qué feliz sería yo, Señor, si pudiera traerla a mí! Yo la deseo con ansia, y sólo por el motivo de vuestro amor la deseo tan ardientemente; Dios mío, por tener una estrecha unión con Vos, deseo estar conmigo mismo en paz.

El Señor. Tendrás, hijo mío, el cumplimiento de tus deseos, si ellos son verdaderamente sinceros; porque yo traje la paz a los hombres de buena voluntad, y se la anuncié por mis Ángeles; mas esta buena voluntad no consiste en meros deseos, consiste en cortar todo lo que es incompatible con la paz que se desea, en domar sus pasiones, en hacerse violencia, en negarse a sí mismo; en una palabra, en no tener más voluntad que la mía; sin esto no hay buena voluntad, no hay verdadera paz. Muchos creen haberla encontrado, cuando después de muchas dificultades llegan al fin de sus designios; ellos se regocijan, ellos se aplauden, pero sin razón; esta no es más que una falsa paz, a quien el primer contratiempo trastorna; la verdadera paz no depende ni de tiempo, ni de lugar, ni de personas, ni de vicisitudes de la fortuna; ella es firme e incontrastable, porque está basada sobre fundamentos sólidos de que mis promesas y recompensas son infalibles; sobre mi voluntad, que siempre es justa y fiel; sobre mi bondad, que no tiene límites; sobre mi poder, que no encuentra cosa imposible; sobre mi sabiduría, que todo lo penetra; sobre la grandeza y excelencia de mi ser, que sólo él puede llenar la infinita capacidad del corazón humano. Pon pues, hijo mío, pon tu paz en mí solo, y estarás siempre plenamente contento. Si la pones en algún objeto criado, no tendrás gusto sino cuando no te suceda alguna cosa contraria a tus inclinaciones. Ahora, ¿a cuántos accidentes molestos, a cuantos males y reveses no estás expuesto sobre la tierra?

El Siervo. Yo, mi Dios, lo conozco cada día más; no hay verdadero contento sino cuando se descansa en Vos solo; pero ¡cual es vuestra bondad, que queráis Vos mismo ser mi reposo y mi gozo! Demasiadamente ingrato, y muy enemigo de mí mismo sería yo, si no me aprovechara de un bien tan grande. Yo me aprovecharé, Señor, con todo el anhelo posible; no necesito sino de vuestra ayuda para ello; porque para gozar de esta gracia, es menester morir a sí mismo y a sus pasiones, lo que no es fácil a la naturaleza, ni aun posible sin vuestro socorro.

El Señor. Es verdad, hijo mío; no es ésto obra de algunos días; pero se llega al fin con el tiempo, y más presto de lo que se piensa. Mis Santos tenían pasiones como tú, y muchas aún más fuertes; no obstante con el constante ejercicio de la mortificación interior se hacían de tal modo señores de ellas, que parecía las tenían del todo muertas. ¿Cuántas almas fervorosas se ven, aun el día de hoy, que tienen el mismo celo por vencerse, y con el mismo suceso? Anímate con estos ejemplos, y con la recompensa que se sigue al trabajo; tú lo puedes con aquel que te conforta; toma solamente una resuelta determinación de hacerte violencia en los reencuentros; y por medio de las frecuentes victorias, que conseguirás de tú mismo, adquirirás poco a poco un dominio tan grande sobre tus pasiones, que nada en el mundo te podrá turbar, ni estorbar, que goces las dulzuras de mi conversación.

El Siervo. Vos sabéis, Dios mío, las disposiciones de mi corazón, y veis la sincera voluntad en que me hallo de ponerlo todo en obra, para adquirir la paz de mi alma y unión íntima con Vos.

El Señor. Hijo mío, la unión conmigo, y la paz contigo mismo, no podrán estar sin la caridad para con el próximo; los odios y las divisiones, las desafecciones y los rencores causan en el alma la turbación, y le impiden que trate conmigo; al contrario, la caridad derrama en ella una dulce paz, que la hace el objeto de mis complacencias y de mis familiaridades más íntimas. Por ella David y Moisés, y tantos Santos de mi Nueva Ley, llegaron a ser varones conformes a mi Corazón; y por la misma también tú participaras con ellos de este glorioso título.

El Siervo. ¡Ay, Señor, de cuántos modos me he hecho yo indigno de un tan gran bien! ¿Qué pensamientos, qué palabras, qué obras, qué movimientos no he tenido contrarios al espíritu de dulzura, de que vuestros Santos estaban animados? Pero Vos, Señor, que sois Dios de amor, Vos Salvador de nuestras almas, que nos disteis la dulzura por especial distintivo vuestro, y nos encomendasteis esta virtud de una manera tan fuerte y tan urgente; que hicisteis de ella un nuevo precepto, que añadisteis inmediato al primer de todos, al cual lo llamasteis precepto vuestro; Vos que nos decís que reputaréis como hecho a Vos mismo lo que hiciéremos al menor de vuestros Siervos; Vos, digo, amable Salvador, ¿cómo me habéis podido sufrir en disposiciones tan poco conformes a vuestro espíritu, a vuestras máximas y a vuestros ordenes?

El Señor. Procura pues, hijo mío, conformarte en adelante conmigo, ten para con tu próximo entrañas de misericordia; míralo con ojos de caridad, sírvelo y amalo por mi amor. Él es mi criatura, mi imagen, mi hijo, y tu hermano; ríndete a estas cualidades, que tanto te obligan; en ellas se interesa tu provecho, mucho más que el suyo, porque si tú te compadeces de sus males, yo me compadeceré de los tuyos; si tú lo asistes, yo te asistiré, si tú lo perdonas, yo te perdonaré; si tú excusas sus defectos, yo me olvidaré de tus culpas.

El Siervo. ¡Cuán bueno sois, Señor, pues pagáis tan liberalmente los menores servicios que se hacen a vuestras criaturas! Ve aquí por qué Vos me ordenáis tan frecuente y tan fuertemente la práctica de la caridad fraterna: es a fin de hacerme el bien, que yo hiciere a mi próximo y de ejercitar conmigo la misericordia que yo usaré con él. Vuestro amor, Dios mío, me mueve más que mi interés propio; él será de aquí en adelante el motivo y la regla de la caridad que tendré para con mi próximo; yo lo excusaré, lo sufriré, lo amaré por vuestro amor, y procuraré con esto suplir el defecto de las virtudes que me faltan; suplidlo Vos mismo, divino Salvador, con la extensión de vuestra caridad, comunicadme los sentimientos de vuestro Corazón; de aquel Corazón tan tierno y tan benéfico; haced, que yo esté siempre unido con mi próximo, para que lo esté siempre con Vos, y con esto merezca gozar los frutos de vuestra conversación. Amén.