El Secreto Admirable del Santísimo Rosario- Día Seis

de San Luis María Grignion de Montfort

Presentación: Publicaremos durante el mes de agosto, dedicado al Corazón Inmaculado de María, el libro “El Secreto Admirable del Santísimo Rosario” dividido en 31 meditaciones acompañadas de oraciones escritas por el mismo santo, en honra de María Santísima en calidad de esclavo. (Ver preparación para la Esclavitud Mariana aqui)

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Oración Inicial a Nuestra Señora

¡Salve, María , amadísima Hija del Eterno Padre; salve María, madre admirable del Hijo; salve, María, fidelísima Esposa del Espíritu Santo; salve, María, mi amada Madre, mi amable Maestra, mi poderosa Soberana; salve, gozo mío, gloria mía, mi corazón y mi alma! Sois toda mía por misericordia, y yo soy todo vuestro por justicia, pero todavía no lo soy bastante. De nuevo me entrego a Ti todo entero en calidad de eterno esclavo, sin reservar nada, ni para mí, ni para otros.

Si algo ves en mí que todavía no sea tuyo, tómalo enseguida, te lo suplico, y hazte dueña absoluta de todos mis haberes para destruir y desarraigar y aniquilar en mí todo lo que desagrada a Dios y plantar y levantar y producir todo lo que os guste.

La luz de tu fe disipe las tinieblas de mi espíritu; tu humildad profunda ocupe el lugar de mi orgullo; tu contemplación sublime detenga las distracciones de mi fantasía vagabunda; tu continua vista de Dios llene de su presencia mi memoria, el incendio de caridad de tu corazón abrase la tibieza y frialdad del mío; cedan el sitio a tus virtudes mis pecados; tus méritos sean delante de Dios mi adorno y suplemento. En fin, queridísima y amadísima Madre, haz, si es posible, que no tenga yo más espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y entender sus divinas voluntades; que no tenga más alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor; que no tenga más corazón que el tupo para amar a Dios con amor puro y con amor ardiente como Tú.

No pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni contentos, ni aun espirituales. Para Ti el ver claro, sin tinieblas; para Ti el gustar por entero sin amargura; para Ti el triunfar gloriosa a la diestra de tu Hijo, sin humillación; para Ti el mandar a los ángeles, hombres y demonios, con poder absoluto, sin resistencia, y el disponer en fin, sin reserva alguna de todos los bienes de Dios. Esta es, divina María, la mejor parte que se te ha concedido, y que jamás se te quitará, que es para mí grandísimo gozo. Para mí y mientras viva no quiero otro sino el experimentar el que Tú tuviste: creer a secas, sin nada ver y gustar; sufrir con alegría, sin consuelo de las criaturas; morir a mí mismo, continuamente y sin descanso; trabajar mucho hasta la muerte por Ti, sin interés, como el más vil de los esclavos. La sola gracia, que por pura misericordia te pido, es que en todos los días y en todos los momentos de mi vida diga tres amenes: amén (así sea) a todo lo que hiciste en la tierra cuando vivías; amén a todo lo que haces al presente en el cielo; amén a todo lo que obras en mi alma, para que en ella no haya nada más que Tú, para glorificar plenamente a Jesús en mí, ahora y en la eternidad. Amén.

Día 6

Meditación

7a Rosa

24) Desde que el Beato Alano de la Roche renovó esta devoción, la voz pública, que es la voz de Dios, le ha dado el nombre de Rosario, que significa corona de rosas.

Es decir, que cuantas veces se reza como es debido el Rosario se coloca sobre la cabeza de Jesús y de María una coro na compuesta de 153 rosas blancas y 16 rosas encarnadas del paraíso que jamás perderán su hermosura ni su brillo. La Santísima Virgen aprobó y confirmó este nombre de Rosario, revelando a varios que le presentaban tantas rosas agradables cuantas avemarías rezaban en su honor y tantas coronas de rosas como Rosarios.

25) El Hermano Alfonso Rodríguez, de la Compañía de Jesús, rezaba el Rosario con tanto ardor, que veía con frecuencia a cada padrenuestro salir de su boca una rosa encarnada, y a cada avemaría, una blanca, igual en hermosura y buen aroma y solamente distinta en el color.

Las crónicas de San Francisco cuentan que un joven religioso tenía la buena costumbre de rezar todos los días antes de la comida la corona de la Santísima Virgen. Un día, no se sabe por qué, faltó a ella, y estando servida la cena rogó a su superior que le permitiese rezarla antes de ir a la mesa. Con este permiso se retiró a su habitación; pero como tardaba mucho, el superior envió un religioso a llamarle.

Éste le encontró iluminado con celestes resplandores y a la Santísima Virgen con dos ángeles cerca de él. Cada vez que decía un avemaría, una rosa salía de su boca, y los ángel es cogían las rosas una tras otra y las colocaban sobre la cabeza de la Santísima Virgen, que les testimoniaba su consentimiento. Otros dos religiosos, enviados para saber la causa del retraso de sus compañeros, vieron este misterio, y no desapareció la Santísima Virgen hasta que terminó el rezo de la corona.

El Rosario es, pues, una gran corona, y el de cinco decenas, una guirnalda de flores o coronilla de rosas celestes que se coloca sobre las cabezas de Jesús y María. La rosa es la reina d e las flores, y del mismo modo el Rosario es la rosa y la primera de las devociones.

8a Rosa

26) No es posible expresar cuánto estima la Santísima Virgen el Rosario sobre todas las devociones y cuán magnánima es al recompensar a quienes trabajan para predicarlo, establecerlo y cultivarlo y cuán terrible es, por el contrario, con aquellos que quieren hacerle oposición.

Santo Domingo en nada puso durante su vida tanto entusiasmo como en alabar a la Santísima Virgen, predicar sus grandezas y animar a todos a honrarla por medio del Rosario. Esta poderosa Reina del Cielo, a su vez, no cesó de derramar sobre Santo Domingo bendiciones a manos llenas; coronó sus trabajos con mil prodigios y milagros, nada pidió éste a Dios que no obtuviera por intercesión de la Santísima Virgen, y -para colmo de favores- Ella le sacó victorioso de la herejía de los albigenses y le hizo padre y patriarca de una gran Orden.

27) ¿Qué diría yo del Beato Alano de la Roche, reparador de esta devoción?

La Santísima Virgen le honró varias veces con su visita para instruirle sobre los medios de conseguir su salvación, hacerse buen sacerdote, perfecto religioso e imitador de Jesucristo.

Durante las tentaciones y persecuciones horribles de los demonios, que le reducían a una extremada tristeza y casi a la desesperación, le consolaba y disipaba con su dulce presencia todas estas nubes y tinieblas. Ella le ensenó el modo de rezar el Rosario, sus excelencias y sus frutos, le favoreció con la gloriosa calidad de nuevo esposo y, como arras de sus castos amores, le puso un anillo en el dedo, un collar hecho con su pelo al cuello, y le dio un Rosario. El Abad Tritemio, el docto Cartagena, y el sabio Martín Navarro y otros hablan de él con elogio.

Después de haber atraído a la Cofradía del Rosario más de cien mil almas, murió en Zunolle, Flandes, el 8 de septiembre del año 1475.

28) Envidioso el demonio de los grandes frutos que el Beato Tomás de San Juan, célebre predicador del Santo Rosario, conseguía con esta práctica, le redujo por medio de duros tratos a estado de una larga y penosa enfermedad, en la que fue desahuciado por los médicos. Una noche en que él se creía infaliblemente a punto de morir se le apareció el demonio en espantosa figura; pero, elevando él devotamente los ojos y el corazón hacia una imagen de la Santísima Virgen que había cerca de su cama, gritó con todas sus fuerzas: “¡Ayudadme, socorredme, dulcísima Madre mía!” Apenas hubo acabado estas palabras, la imagen le tendió la mano y le

apretó el brazo, diciéndole: “No temas Tomás, hijo mío, yo te auxilio: levántate y continúa predicando la devoción de mi Rosario como habías empezado.

Yo te defenderé contra todos tus enemigos.” A estas palabras de la Santísima Virgen, huyó el demonio. Se levantó el enfermo en perfecta salud, dió gracias a su buena Madre con un torrente de lágrimas, y continuó predicando el Rosario con éxito maravilloso.

29) La Santísima Virgen no favorece solamente a los predicadores del Rosario, también recompensa gloriosamente a aquellos que, por su ejemplo, atraen a otros a esta devoción.

A Alfonso, rey de León y Galicia, que deseaba que todos sus criados honrasen a la Santísima Virgen con el Santo Rosario, se le ocurrió, para animarles con su ejemplo, llevar ostensiblemente un gran Rosario, aunque sin rezarlo, lo que bastó a obligar a todos sus cortesanos a que lo rezaran devotamente.

El rey cayó gravemente enfermo y cuando le creían muerto fue transportado en espíritu al tribunal de Jesucristo, vio allí a los demonios, que le acusaban de todos los crímenes que había cometido, y cuando iba a ser condenado a las penas eternas, se presentó a su favor la Santísima Virgen delante de su divino Hijo; se trajo entonces una balanza, se colocaron todos los pecados del rey en un platillo, y la Santísima Virgen colocó en el otro el gran Rosario que él había llevado en su honor, juntamente con los que, gracias a su ejemplo, habían rezado otras personas, y esto pesaba más que todos sus pecados. Y después, mirándole con ojos compasivos, le dijo: “He obtenido de mi Hijo, como recompensa del pequeño

servicio que me hiciste llevando el Rosario, la prolongación de tu vida por algunos años. Empléalos bien y haz penitencia.” El rey, vuelto en sí de este éxtasis, exclamó: “¡Oh bendito Rosario de la Santísima Virgen, por el que fui librado de la condenación eterna!” Después que recobró la salud pasó el resto de su vida con gran devoción al Santo Rosario y lo rezó todos los días.

Que los devotos de la Santísima Virgen procuren ganar cuantos fieles puedan para la Cofradía del Santo Rosario, a ejemplo de estos santos y de este rey; conseguirán en la tierra la protección de Nuestra Señora y luego la vida eterna. “Qui elucidant me vitam aeternam habebunt” (6).

 Oración Final a Nuestro Señor Jesucristo

Dejadme, Amabilísimo Jesús mío, que dirija a Vos, para atestiguaros mi reconocimiento por la merced que me habéis hecho con la devoción de la esclavitud, dándome a vuestra Santísima Madre para que sea Ella mi abogada delante de vuestra Majestad, y en mi grandísima miseria mi universal suplemento. ¡Ay, Señor! Tan miserable soy, que sin esta buena Madre, infaliblemente me hubiera perdido. Sí, que a mí me hace falta María, delante de Vos y en todas partes; me hace falta para calmar vuestra justa cólera, pues tanto os he ofendido y todos los días os ofendo; me hace falta para detener los eternos y merecidos castigos con que vuestra justicia me amenaza, para pediros, para acercarme a Vos y para daros gusto; me hace falta para salvar mi alma y la de otros; me hace falta, en una palabra, para hacer siempre vuestra voluntad, buscar en todo vuestra mayor gloria. ¡Ah, si pudiera yo publicar por todo el universo esta misericordia que habéis tenido conmigo! ¡Si pudiera hacer que conociera todo el mundo que si no fuera por María estaría yo condenado! ¡Si yo pudiera dignamente daros las gracias por tan grande beneficio! María está en mí: Haec facta est mihi. ¡Oh, qué tesoro! ¡Oh, qué consuelo! Y, de ahora en adelante, ¿no seré todo para Ella? ¡Oh, qué ingratitud! Antes la muerte. Salvador mío queridísimo, que permitáis tal desgracia, que mejor quiero morir que vivir sin ser todo de María. Mil y mil veces, como San Juan Evangelista al pie de la cruz, la he tomado en vez de todas mis cosas. ¡Cuántas veces me he entregado a Ella! Pero si todavía no he hecho esta entrega a vuestro gusto, la hago ahora, mi Jesús querido, como vos queréis la haga. Y si en mi alma o en mi cuerpo veis alguna cosa que no pertenezca a esta Princesa augusta, arrancadla, os ruego arrojadla lejos de mí; que no siendo de María, indigna es de Vos.

¡Oh, Espíritu Santo! Concededme todas las gracias, plantad, regad y cultivad en mi alma el árbol de la vida verdadero, que es la amabilísima María, para que crezca y florezca y dé con abundancia el fruto de vida. ¡Oh, Espíritu Santo! Dadme mucha devoción y mucha afición a María; que me apoye mucho en su seno

maternal, y recurra de continuo a su misericordia, para que en ella forméis dentro de mí a Jesucristo, al natural, crecido y vigoroso hasta la plenitud de su edad perfecta. Amén.