SENTIMIENTOS Y AFECTOS DE UNA ALMA PENITENTE SOBRE EL SALMO L

VERSO VI

Ecce enim in iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.

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Ved que fui concebida en la iniquidad, y mi madre me concibió en el pecado.

La miseria humana es tan grande que no solamente estamos cargados de las culpas que por nuestra desdicha cometemos, sino que también nacemos con el pecado original. El delito de nuestros primeros padres nos tenía desterrados cuando la gracia vino a socorrernos. Las aguas saludables del Bautismo con que somos reengendrados, nos ponen en el estado de gozar la eterna bienaventuranza, si por nosotros mismos no buscamos nuestra perdición.

Pero, Dios mío, las obligaciones que contraemos cuando la Iglesia nos hace hijos vuestros, son tan justas, y tan urgentes, que no hay quien pueda bastantemente asombrarse de la pérdida de nuestra primera inocencia. ¡Ay de mí! que no puedo acordarme de haber poseído este precioso tesoro, sin acordarme al mismo tiempo de haber usado de él tan mal, que no puedo menos de tener de ellos muy sensible arrepentimiento.

Vos sabéis, Señor mío, que fui concebida en el pecado; Vos habéis lavado esta mancha; y yo no me aproveché de un favor de que os debo dar gracias todos los días de mi vida. ¿Qué hallasteis en mí para que me escogieseis entre tan grande número de personas (que viven en las tinieblas de la ignorancia en países remotos, donde nada saben de vuestros santos misterios) y me hicieseis participante de vuestra divina palabra, y de las luces de la fe?

Quizás, Dios mío, aquellas que todavía traen consigo la culpa de sus padres, cumplieran mejor mil veces con sus obligaciones, que yo con las mías; y con todo eso Vos quisisteis, por una predilección y amor anticipado, que me llena de bienes, ponerme en el número de vuestros hijos, Señor mío y Rey mío. Vos comenzasteis desde el primer momento de mi vida a darme pruebas de vuestro amor, por esta misma preferencia que yo no he merecido, ni me esfuerzo a merecerla; tanto es el poder que tiene la ingratitud sobre mi alma.

¿Qué puedo yo pensar ni decir, mi amable, Jesús, que me sirva de excusa legítima delante de Vos?, ya que mi conciencia me reprehende cada momento mi perversa conducta, y que a pesar de sus reprehensiones secretas que debiera contribuir a mi convención; a pesar del reconocimiento que debo tener a las mercedes particulares que me habéis hecho, Dios mío; viendo que fui engendrada en la iniquidad, y que mi madre me concibió en el pecado; viendo que Vos podíais con justicia abandonarme para siempre, y que vuestra misericordia me ha sacado de mi destierro, no dejo a todas horas de ofenderos, y haceros traición.

Yo rara vez hago reflexión sobre vuestros beneficios; procuro olvidarlos; y cuando todas las pruebas que recibo de ellos fuerzan mi corazón a volverse a Vos, nunca me hallo más violenta, ni más embarazada, me quedo seca y suspensa; parezco una extranjera que ignoro el lenguaje en que he de hablar para ofrecer a mi Criador mis deseos, y mis oraciones.

¡Ah, pecadora infeliz! ¿Trataría yo así con aquellos vanos objetos del mundo, con aquellos peligrosos envenenadores, que conducen al suplicio por un camino lleno de rosas? ¿No podré por ventura fijar la vista en las bellezas verdaderas del Cielo? ¡No Dios mío! Si Vos no me despegáis los ojos, no podrán enderezar su vista débil a los rayos de vuestra gracia.

Yo soy como aquellos infelices, que habiendo estado largo tiempo en un calabozo obscuro, cierran los ojos a la luz, y no la pueden sufrir. El mundo ha sido hasta ahora el calabozo tenebroso, donde he vivido; no tengo fuerza para mirar un amor tan resplandeciente como el vuestro, Dios mío, a menos que vuestras misericordias infinitas se apoderen de mi alma, como de una hacienda feudataria vuestra, y que sólo ha de ser vuestra.

No permitáis, que el príncipe de las tinieblas triunfe de mi flaqueza. Yo soy vuestra criatura; a Vos me acerco, Dios mío, para que gravéis en mi alma el Tau misterioso, de que habla la Escritura, que me librará de la muerte eterna. Después de tantos favores de que me habéis colmado, no me desamparéis en el peligro de perderme. Yo soy un hijo rebelde; mas con todo eso os dignasteis recibirme por uno de los vuestros. Oh mi adorable Jesús, dignaos salvarme, aunque yo haya sido engendrada en la iniquidad, y aunque mi madre me haya concebido en el pecado.